El que ha recibido gracia

Al sexto mes el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David; y el nombre de la virgen era María. Y entrando el ángel en donde ella estaba, dijo: ¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres. Mas ella, cuando le vio, se turbó por sus palabras, y pensaba qué salutación sería esta. Entonces el ángel le dijo: María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios. (Lucas 1:26-30)

La palabra que nuestro Dios le prometió a Abraham es, en esencia, el “Emanuel” que dice: “Yo estaré contigo.” Miren ahora lo que el ángel viene a decirle a María. ¿Qué le dice? “Entrando donde ella estaba, dijo: ¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo.” Conviene notar que, en el texto original “salve”, la palabra que el ángel usa es una palabra común de saludo. La versión coreana lo traduce como “paz sea contigo”, recogiendo así el sentido de paz. Lo que quiere decir, que el Señor está contigo. En otras palabras, con la venida de Jesucristo a esta tierra se cumple el Emanuel, y esa palabra “El Señor es contigo” es lo que el ángel le está diciendo ahora a María. Es la primera persona, entre todos los seres humanos, en escuchar esta palabra. El ángel le transmite esta palabra en lugar de Dios.

Entonces, ¿qué clase de persona es ella? Es alguien que ha recibido gracia. Entre Dios y nosotros hay un muro; ¿por qué hay un muro? A causa del pecado. Por eso no podemos ver el rostro de Dios, ni podemos estar con Dios. Entonces, ¿cómo podemos estar con Él? Porque hemos recibido gracia. Así que, como ella ha recibido gracia, le dice: “Ten paz.” ¿Cuál es la característica más grande del que tiene a Dios consigo? Que ahora tiene paz. Como estábamos separados de Dios, como había un muro, no había paz. Pero ahora, como Dios está con nosotros, una paz eterna está con nosotros. La “paz” se refiere a la felicidad. Significa que una felicidad eterna está ahora con esa persona.

Por eso le dice “la paz sea contigo, muy favorecida”, y enseguida, ¿qué dijo? “Entonces el ángel le dijo: María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios.” Así que está diciendo tres cosas. Si las separamos para explicarlas, serían: “La que ha recibido gracia,” luego “ten paz,” y después “no temas.” Es decir, como Dios está contigo, ya no debes temer. Las personas, como no tienen paz, como no han recibido gracia, no tienen paz, y por eso viven siempre en temor. A causa de ese temor no pueden creer en Dios. A causa del temor no pueden obedecer el mandamiento de Dios.

¿Por qué hicieron Ananías y Safira semejante necedad? Fue por temor. ¿Por qué? Por la inquietud de pensar: “Si lo damos todo, ¿de qué vamos a vivir nosotros?” Por eso no pueden actuar conforme a la fe. Cuando Jesús iba en la barca con sus discípulos, los discípulos tienen miedo. Jesús había dicho claramente: “¡Pasemos al otro lado!”, así que ellos debían creer que esa palabra ciertamente se cumpliría y no debían tener temor en ninguna circunstancia. Pero como vino la tormenta, tienen miedo de hundirse en el agua. Sin embargo, esa palabra había salido claramente de la boca del Señor. “Pasemos al otro lado.” Si Él lo dijo, entonces debían tener la fe de creer que, ya fuera buceando o volando, al final llegarían. Debían tener paz, pero no la tuvieron. Fue el temor. Por eso el Señor dijo: “¿Por qué teméis, hombres de poca fe?”

La fe y el temor son completamente opuestos. ¿Por qué no podemos imponer las manos y orar? Por temor. Por eso de pensar: “¿Y si lo hago y no se sana? ¿Qué hago si quedo en vergüenza delante de la gente?” Por eso no lo hacemos. El temor estorba nuestra vida de fe. En el Día del Señor, cuando dicen: “Ven a trabajar, te pago el doble”, la persona se va. ¿Por qué? Por miedo de morir de hambre si pierde esa oportunidad. Cuando le dicen que dé el diezmo, no puede. ¿Por qué? Porque tiene miedo. Por el temor de pensar: “Si vivo de esta manera, ¿cómo voy a poder mandar a mis hijos a la universidad?”

Pero uno mismo debe saber que es alguien que ha recibido gracia. Cuando uno sabe que ha recibido gracia, Dios le da paz, y luego, al que ha recibido gracia, le encomienda una tarea. ¿Qué tarea le encomienda? La tarea de engendrar y criar al Hijo de Dios a través de ti. En el mundo hay muchos cargos. En la iglesia también hay cargos. Pero ¿cuál sería el cargo más importante? El cargo más importante que se le ha dado al ser humano es el de ser el vientre del Hijo de Dios, Jesucristo. Llegar a ser la mujer capaz de sostenerlo es el cargo más importante; y ahora ese cargo, el más alto de todos los cargos, lo quiere encomendar, pero ¿a quién se lo encomienda? Se lo encomienda al que ha recibido gracia. Por eso, una persona que tiene temor y no tiene paz no puede sostener este cargo. Solo cuando uno sabe que es alguien que ha recibido gracia, puede sostener esto.

Por eso María, hasta el último momento, hasta el momento en que Jesús murió en la cruz, no tuvo temor. Aun viendo aquella escena, no tuvo temor, sino que en su corazón tuvo paz. Aquella palabra con la que el ángel la bendijo al principio la acompañó hasta el final. Por eso este cargo le fue dado a esta mujer, para que pudiera sostenerlo. Así que, para sostener esto, para sostener el cargo, primero hay que saber: “Yo soy alguien que ha recibido gracia.” Aunque uno se vea acosado y oprimido en medio de cualquier circunstancia, aunque por esto haya dificultades económicas y la gente lo ataque, aun cuando llegara a perder la vida, hay que tener paz hasta el final. Hay que tener paz diciendo: “Yo soy alguien que ha recibido gracia”, y después, hay que vivir sin temor hasta el final. Cuando eso suceda, al final podremos ver Su gloria.

Así pues, dando gracias porque nuestro Dios me ha mostrado su gracia, me ha dado más paz, me ha hecho feliz, y me ha encomendado el cargo, oremos para que podamos servir sin temor hasta el final.

Padre Dios, te damos gracias por mostrarnos tu gracia. Te damos gracias porque estás con personas como nosotros. Ayúdanos a obedecer verdaderamente conforme a tu mandamiento y a sostener nuestro cargo, pero que nuestra alma esté siempre en paz y sin temor. No permitas que, a causa del temor, caigamos en tentación y desobedezcamos tu mandamiento; y obra, Señor, para que no hagamos planes según nuestro propio pensamiento, según nuestra propia inteligencia, adelantándonos a ti. Oramos en el nombre de Jesús. Amén.