Servicio del Día del Señor del 26 de julio del 2026
La fe que recibe la promesa de ser heredero del mundo
(Romanos 4:13-15)
Pastor Sung Hyun Kim
¿Piensa usted que, por haber creído en Jesús y ser salvo, ya está todo hecho? Eso, por supuesto, es una gracia grande y admirable. Pero lo que Dios da al que cree no se queda solo en la salvación. Junto a esa salvación viene también la promesa de una herencia que Dios confía al que ha sido salvo. Pablo describe esa herencia con estas palabras: “¡Serás heredero del mundo!”. Es la promesa de que, algún día, llegaremos a ocupar el lugar de quienes gobiernan el mundo. Y este pacto que Dios hizo con Abraham y su descendencia no vino por medio de la Ley, sino únicamente por la justicia de la fe.
Los judíos sostenían que Abraham había sido declarado justo porque guardó bien la Ley. Pero la Ley fue dada cientos de años después de la época de Abraham. ¿Cómo iba él a guardar una ley que todavía no existía? Además, cuando una misma herencia se recibe creyendo una promesa, es un regalo; pero cuando se recibe por cumplir la Ley, es el pago de un trabajo. Por eso, si los herederos fueran los que pertenecen a la Ley, entonces la promesa de Dios quedaría anulada y la fe no tendría ningún sentido. Lo que Abraham presentó delante de Dios no fue el mérito de cumplir bien las normas ni la excelencia de su carácter. Él confió plenamente en Dios, y por eso obedeció su palabra tal como se la dio.
Al hacer pacto con Abraham, Dios le prometió: te daré la tierra; te daré una descendencia tan numerosa como las estrellas del cielo y la arena del mar; por medio de ti y de tu descendencia todo el mundo será bendecido; y de tu descendencia vendrá el Salvador. Sin embargo, cuando Dios hablaba de la descendencia, en algún momento se refirió a una sola persona. Abraham lo captó, supo lo que había de suceder y esperó el tiempo en que se cumpliría. Por eso pudo entregar incluso a Isaac, el hijo que tuvo en su vejez, confiando en que Dios era poderoso para volver a darle vida. Y aquel a quien se refería era Cristo, que había de venir.
Entonces, ¿qué tiene que ver esa promesa con nosotros? Pablo dice que “si vosotros sois de Cristo, ciertamente linaje de Abraham sois, y herederos según la promesa”. Las bendiciones terrenales prometidas a la descendencia nacida según la carne también se cumplirán sin falta. Pero quienes de verdad heredarán para siempre lo que se le prometió a Abraham son los que tienen su misma fe, su descendencia espiritual. Sean judíos o gentiles, todos los que pertenecen a Cristo forman parte de una sola simiente. Como estamos en Cristo, somos hijos de Dios; y si somos hijos, también somos herederos: herederos juntamente con Cristo. No se trata de conquistar el mundo por un breve tiempo, sino de gobernarlo y enseñarlo para siempre, como reyes y sacerdotes.
La Ley no puede hacer justo al hombre. Cuanto más intenta uno hacerse justo cumpliéndola, más queda al descubierto su propia incapacidad y más aumenta la ira. La Ley cumple la función de un ayo que, al llevar a la persona a la desesperación, la conduce hasta Cristo. En aquel tiempo, cuando aún no había Ley y por tanto tampoco transgresión, lo que Dios pidió a Abraham fue fe. Dios miró su fe y derramó sobre él la justicia de Cristo, que antes no tenía. También hoy Dios concede esa misma gracia a todo el que cree en Cristo. Y a nosotros, que hemos recibido esta gracia, todavía nos queda una promesa por cumplir. Por eso, aunque el mundo nos menosprecie, no nos dejemos aplastar; antes bien, como Abraham, avancemos con valentía, mirando hacia la ciudad que Dios ha de edificar.

