Servicio del Día del Señor del 25 de octubre del 2026

Pastor Sung Hyun Kim

“¿Por qué tengo que cargar yo con el pecado que cometió Adán? Yo ni siquiera estaba en el huerto del Edén. Eso es injusto”. A primera vista, parece tener razón: ¿por qué la falta de alguien de hace tanto tiempo tiene que ser mi responsabilidad? Pero Adán no es un hombre del pasado que no tenga nada que ver conmigo. En aquel tiempo todavía no habíamos nacido, pero ya estábamos en el cuerpo de Adán como semilla. Por eso, en el momento en que Adán pecó, fue como si toda la humanidad hubiera pecado junto con él. “Aun así, yo no quiero tener nada que ver con Adán”. Pero nosotros nacimos de nuestros padres, y ellos nacieron de los suyos. Por más que lo neguemos, el hecho de que venimos de Adán no cambia.

Entonces, ¿qué nos vino de Adán? La muerte. No solo la muerte física, sino una muerte más profunda: la ruptura de la relación con Dios. Si esa relación no se restaura, al final se llega al castigo eterno del infierno. ¿Y antes de la Ley era diferente? En ese tiempo solo faltaba un criterio para decir “¡Esto es pecado!” y castigarlo, pero el pecado estaba allí igual. La Ley no creó el pecado; solo lo reveló. Caín mató a su hermano, y en tiempos de Noé la gente era tan malvada que Dios destruyó el mundo con un diluvio. En ese tiempo también todos morían. El simple hecho de que todos mueran es evidencia de que el pecado está presente en la humanidad. Nadie cometió el mismo pecado que Adán, y aun así la muerte reinó sobre todos.

¿Por qué? Porque todos heredamos de Adán la naturaleza pecaminosa. “Esa persona se volvió depravada porque pecó demasiado”. Solemos decir esto, pero el orden está al revés: como por dentro ya hay una naturaleza depravada, se peca mucho. Fíjense en los niños. Nadie les enseña a mentir ni a tomar lo que no es suyo, y aun así lo hacen. Y lo hacen como si nada, sin sentir ninguna culpa. La madre desea: “Que mi hijo crezca y sea una gran persona”, pero desde que nace, el niño empieza a ir por un camino distinto al que su madre desea. No estamos hablando de otros. Lo más engañoso y corrupto de todo el mundo es precisamente nuestro corazón humano.

Entonces, ¿no hay esperanza para nosotros? ¡Sí la hay! Hay otro representante de la humanidad: Jesucristo. Adán fue una figura de aquel que había de venir. Así como un solo hombre, Adán, trajo a la humanidad el pecado y la muerte, un solo Hombre, Cristo, trajo a la humanidad la justicia y la vida. Si estamos unidos a Adán por la sangre, con Cristo llegamos a ser uno por medio de la justicia que Dios nos concede. A quien dice: “¿Pero yo no estaba en el huerto del Edén?”, le respondería con otra pregunta: cuando Jesús fue crucificado, ¿estabas tú en el Gólgota? Aun así, el creyente cree que murió y resucitó con el Señor, y Dios reconoce esa fe. Así como en Adán todos cayeron, en Cristo todos vuelven a vivir.

“Pero lo injusto sigue siendo injusto, ¿no?”. Si vamos a exigir equidad, lo verdaderamente injusto es que Dios haya entregado a su Hijo a la muerte en nuestro lugar. Si Dios hubiera actuado solo con equidad, Adán y Eva habrían sido destruidos en el Edén, y nosotros habríamos nacido sin ni siquiera la oportunidad de ser restaurados. Somos salvos porque Dios no solo es justo, sino que también perdona y da vida. Más allá de lo que nuestro entendimiento puede alcanzar, Dios ya había querido darnos vida. El hecho de ser descendientes de Adán, una realidad de la que no podíamos escapar, terminó convirtiéndose en el camino que nos permitió encontrarnos con el Señor. Ahora ya no somos de Adán, sino del Señor. Sigamos al Señor toda la vida, vayamos asemejándonos a Él y no nos apartemos de su lado hasta el último momento.