Por qué no se dejó persuadir
“Y permaneciendo nosotros allí algunos días, descendió de Judea un profeta llamado Agabo, quien viniendo a vernos, tomó el cinto de Pablo, y atándose los pies y las manos, dijo: Esto dice el Espíritu Santo: Así atarán los judíos en Jerusalén al varón de quien es este cinto, y le entregarán en manos de los gentiles. Al oír esto, le rogamos nosotros y los de aquel lugar, que no subiese a Jerusalén. Entonces Pablo respondió: ¿Qué hacéis llorando y quebrantándome el corazón? Porque yo estoy dispuesto no sólo a ser atado, mas aun a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús. Y como no le pudimos persuadir, desistimos, diciendo: Hágase la voluntad del Señor.” (Hechos 21:10-14)
Esta escena ocurre cuando Pablo regresaba de su tercer viaje misionero. Después de despedirse en Mileto de los ancianos de la iglesia de Éfeso, se preparaba para subir a Jerusalén. Entonces descendió de Judea un profeta llamado Agabo. Le dijo a Pablo: “Préstame tu cinto”, lo tomó, se ató los pies y las manos, y dijo: “Esto dice el Espíritu Santo: Así atarán los judíos en Jerusalén al varón de quien es este cinto, y le entregarán en manos de los gentiles”. Tal vez este hombre, mientras oraba, vio algo en una visión. De cualquier manera, había sido conmovido o tenido una experiencia especial, y por eso vino a hablarle así a Pablo.
Al oír estas palabras, los que acompañaban a Pablo le rogaron: “No subas a Jerusalén”. Algunos, yendo un poco más lejos, quizás lo interpretaron directamente así: “El Espíritu Santo dijo que no fuera”. Pero el Espíritu Santo no le dijo a Pablo que no fuera. Solo le mostró lo que le iba a pasar allí.
La reacción inmediata de quienes oyeron esta experiencia fue: “No subas”. ¿Pero cómo llegaron a esa conclusión? “Te van a perseguir en Jerusalén. Te atarán y te entregarán en manos de los gentiles”. Tal vez incluso se habló de que llegaría hasta Roma. Al oír lo que iba a pasar, la gente sacó esta conclusión: “Entonces no vayas”. Eso quiere decir que entre la información que recibieron y la conclusión que sacaron hay algo más. Parece obvio, pero en realidad son dos cosas totalmente distintas. La información “Si vas allá, te atarán de pies y manos y te entregarán a los gentiles” y el consejo “Entonces no vayas” pueden convertirse fácilmente en lo mismo en la mente de una persona.
Pero no son lo mismo. Si Pablo de verdad no hubiera ido por esas palabras, mucha gente habría pensado que las dos cosas eran iguales. Pero Pablo no lo vio así. No tenía ninguna intención de echarse atrás. En cambio, los demás pensaban: “Claro que no debe ir”. ¿Por qué pensaron así? Recibieron la misma información, pero la vasija en la que la recibieron era distinta. Era una vasija completamente diferente.
Lo que esas personas veían era solo la situación: si Pablo iba, lo iban a arrestar, y eso era algo muy doloroso. No sabían qué pasaría después, y hasta podía morir. Por eso sentían miedo, tristeza y también lástima. Pero quien miraba a Pablo con lástima no tenía fe. Hoy también, quien mira con lástima a Simuon no tiene fe. Nadie tiene derecho a tenerle lástima. Nadie está en esa posición. ¿Quiénes somos nosotros para compadecerlo?
Cuando Jesús subía cargando la cruz, la gente también lloraba por Él. ¡Qué absurdo! Para Jesús debió de ser humillante y no tenía ningún sentido: “¿Por quién creen que estoy haciendo esto? Ustedes son los que me dan lástima, y por eso hago esto, ¿y ahora lloran porque yo les doy lástima a ustedes?”. La gente derramaba lágrimas que no entendían lo que de verdad estaba pasando. Sin embargo, vista con ojos humanos, la escena de Jesús cargando la cruz da muchísima lástima. Duele verla, y uno quisiera hacer algo por Él.
Si una persona es de la carne o del espíritu se nota también en situaciones como esta. Nosotros ya hemos recibido el Espíritu Santo y conocemos la verdad; por eso debemos ser personas espirituales. ¿Cómo respondió Pablo al oírlos? “¿Qué hacéis llorando y quebrantándome el corazón? Porque yo estoy dispuesto no sólo a ser atado, mas aun a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús”. ¿Por qué llorar por alguien que desde el principio trabaja con esa actitud? Así como la reacción de la gente le pareció absurda a Jesús, a Pablo también le debió de parecer absurda.
Desde el punto de vista humano, tal vez Pablo tendría que haberlos consolado. Podría haberles dicho para calmarlos: “Está bien, no voy a ir”. Pero eso no era lo importante. Además, visto de otra manera, podría parecer que el Espíritu Santo le advirtió claramente y Pablo no le hizo caso, como si no quisiera escuchar. Pero el “no vayas” era la interpretación de la gente. Es cierto que el Espíritu Santo le mostró lo que iba a pasar, pero hay algo que está por encima de eso: la Voluntad de Dios está más arriba. Por eso, sin importar lo que el Espíritu Santo le hubiera mostrado, Pablo actuó según ese propósito más alto.
Jesús vino a esta tierra, predicó el evangelio, fue perseguido y murió. Nos dijo que también nosotros fuéramos e hiciéramos lo mismo, y que predicáramos el evangelio hasta lo último de la tierra. Desde ese punto de vista, esto era una buena oportunidad. Para Pablo, era una buena oportunidad. Si lo arrestaban en Jerusalén y lo entregaban a los gentiles, podría llegar hasta Roma. Y, si las cosas salían bien, hasta podría ser juzgado ante las autoridades más altas, incluso ante el emperador romano. Entonces tendría la oportunidad de predicarles el evangelio a todos ellos. Por eso digo que era una buena oportunidad.
Pero el pensamiento humano dice: “No vayas”. Cuando arrestan a alguien, la gente le tiene lástima y trata de sacarlo como sea, aunque sea pagando dinero. Pero Pablo no hizo eso; se dejó arrestar conforme a la voluntad de Dios.
Aquí hace falta cierta dureza; es decir, sangre fría. La necesitamos con nosotros mismos, y a veces también hay que pedírsela a los demás. Por eso el versículo 14 dice: “Y como no le pudimos persuadir, desistimos, diciendo: Hágase la voluntad del Señor”. La voluntad del Señor está por encima de todo.
Mucha gente viene con una experiencia como la que acabamos de ver y dice: “¡El Espíritu Santo me dijo que no fuera!” o “¡El Espíritu Santo me dijo que no lo hiciera!”. Pero la voluntad del Señor va primero.
Cuando decimos “la voluntad del Señor”, no hablamos de lo que yo siento en mi corazón. Nosotros ya conocemos la Voluntad de Dios, así que no podemos salir con otra cosa. De ahora en adelante, cuando oigamos “la voluntad del Señor”, lo que debe venirnos a la mente es la Voluntad de Dios, y no lo primero que se nos ocurrió mientras orábamos. Porque la imagen completo de la Voluntad de Dios ya está desplegado delante de nosotros.
En ese sentido, somos como comandantes en el cuartel general. En pocas palabras, el Comandante en Jefe nos ha mostrado toda su estrategia. Entonces tenemos que estar a la altura de esa estrategia y actuar de acuerdo con ella.
En la guerra también hay distintos niveles. Hay quienes disparan en el campo de batalla; hay quienes, un poco más atrás, dirigen el combate; y hay quienes, muy lejos, en el cuartel general, solo miran el panorama completo, el tablero, y mueven las piezas. A veces, aunque desde el frente pidan: “¡Bombardeen!”, el cuartel general responde: “Ahora no”. Aunque griten: “¡Nos vamos a morir! ¡Rápido! ¡En tres minutos!”, el cuartel general, mirando todo el conjunto, tiene que responder con firmeza: “Aguanten. En tres minutos no se puede”.
Pero si el comandante estuviera sentado en el cuartel general llorando y diciendo: “¿Qué hacemos? ¿Qué vamos a hacer…?”, ¿qué pasaría? O imaginemos que, por los nervios o porque allí está su propio hijo, piensa: “¡Ay, tengo que salvar a mi hijo!”, y manda allá un avión que debía ir a otro lugar. Esa sola decisión podría arruinar toda la guerra. Por eso el comandante en jefe se mueve según el panorama completo, y no según la situación dolorosa que enfrenta cada persona.
La verdad es que, trabajando aquí, a menudo tenemos este tipo de conflictos; en cierto modo, son conflictos éticos. Los hemos tenido muchas veces. Yo, en especial, los he vivido muchísimo, y todavía siguen llegando.
Les comenté que últimamente en China hay persecución con frecuencia; de verdad, recibimos noticias casi todos los días. Casi a diario. “Vinieron y lo pusieron todo patas arriba”, “se llevaron tal cosa”: así llegan noticias el sábado, el domingo y también hoy.
Antes, ¿qué habríamos hecho en una situación así? Aquí mismo se armaba un gran alboroto. Se difundía la noticia, se pedía oración y, sobre todo, se recogía dinero, para sacar rápido a quien hubieran detenido.
En realidad, aunque alguien sea detenido, según la ley tiene que salir en tres días. Deben soltarlo en un plazo de tres días; si pasa más tiempo, es ilegal. Aun así, a veces lo retienen de forma ilegal. Hace poco, una persona estuvo detenida veinte días antes de salir; pero, de todos modos, al final se sale.
Antes, en cambio, a veces no se salía nunca. Había centros de detención, los llamados centros de reeducación, donde podían encerrar a la gente sin juicio. Ese sistema desapareció porque era muy inhumano, iba en contra del Estado de derecho y fue condenado por la comunidad internacional. Lo manejaba la policía, y allí encerraban durante años a personas que ni siquiera habían pasado por un juicio. Nadie sabía qué trato iban a recibir, y mucha gente murió allí.
Hoy ya no existe por esas críticas, pero todavía quedan viejas costumbres, y por eso aún retienen a la gente veinte días. De todas formas, es cierto que quien entra termina saliendo.
Pero como no podían esperar y se alarmaban, aquí se recogía dinero. Con ese dinero se sobornaba a la policía para sacarlos. Por ejemplo, a alguien que habría salido en una semana lo sacaban en tres días. En realidad, eso era todo lo que se lograba. Así se hacía con frecuencia. Se mandaban avisos urgentes, y también se enviaban a los templos filiales. Eso es lo que se hacía antes.
Pero, al hacerlo así, ¿qué pasó? Cada vez que ocurría algo, todo pasaba a ser responsabilidad de la iglesia madre. Si arrestaban a alguien, la iglesia madre tenía que pagar. Se volvió una costumbre. Y no solo se acostumbró la iglesia; también se acostumbró la policía: “A los de esta iglesia Berea basta con arrestarlos para que llegue dinero”. Entonces, claro, seguían arrestándolos, ¿no?
Por eso, curiosamente, siempre arrestaban al mismo grupo. Ellos ni siquiera usaban el nombre de Berea, evitaban a propósito escribir cartas y decían que estaban siendo prudentes; se alarmaban y decían: “¡No hagan cosas peligrosas!”. Y aun así, curiosamente, siempre los atrapaban a ellos. Una y otra vez. En cambio, las iglesias Berea de este lado usaban abiertamente el nombre de Berea y no les pasaba nada; nunca las atraparon. Pero a ese grupo lo seguían atrapando.
Esto es algo que yo viví personalmente. Con el tiempo, incluso se difundió el falso rumor de que los atrapaban porque Ki Taek Lee los había denunciado a la policía, y eso me hizo sufrir muchísimo.
En fin, ¿qué pasó con esas personas? ¿Qué iba a pasar? Hoy ya no tienen nada que ver con nosotros. Usaron a la Iglesia Sungrak solo como una ayuda, como un medio para sacar beneficios económicos; eran egocéntricos. Como siempre se les ayudaba, llegaron a pensar que, así como el mundo existe para ellos, la Iglesia Sungrak también existía para ellos. Por eso, al final, se atrevieron a decir: “No se metan en el Movimiento Berea de China. Nosotros nos encargamos”.
Todo esto fue el resultado de una enseñanza que, desde el principio, no podía terminar de otra manera. ¿De quién es la responsabilidad? De los padres. Si un hijo no obedece, la responsabilidad es de los padres, no del hijo. Yo lo veía venir y lo advertí de antemano. Pero algunos se metieron en medio diciendo cosas como “¿Por qué los odia?”, sembraron división y nos fueron separando, y así se llegó hasta hoy.
Pero no fue por odio. Con los demás hice exactamente lo mismo. Los cientos de iglesias que hay hoy crecieron de esa manera. Con todas hacemos lo mismo.
Cuando la policía arresta a alguien, nos avisan. ¿Y qué hacemos? En el corazón, uno quiere hacer cualquier cosa por ellos y correr a ayudarlos en ese mismo momento. Pero nosotros actuamos según el principio.
¿Qué dijo Pablo? Dijo que iba dispuesto a morir. Así que les decimos lo mismo, según el principio: “Ora con fervor en la cárcel y evangeliza a los que están allí. Mientras estés detenido, los hermanos de la iglesia van a despertar para orar, y la iglesia tendrá un avivamiento. Además, ¿quién sabe si no llegarás a evangelizar a los policías? Ora bien y espera. Y si llegas a morir allí…”.
Allí también golpean a la gente, así que uno podría morir en un accidente. “Si mueres, eso es algo bueno. Si derramas tu sangre y mueres allí, la iglesia de esa región va a crecer”. La iglesia crece alimentándose de sangre. Así como una planta crece cuando le dan agua, la iglesia crece cuando se le da sangre. La razón por la que la iglesia en Corea creció tanto es que se le dio sangre. Por eso les dije: “Si ustedes derraman su sangre, la iglesia crecerá en esa misma medida; así que derramen su sangre”.
Pero ¿qué pasa si alguien tropieza al oír esto? Quien tropieza se aparta en ese momento. Aunque se le presente la palabra de verdad con sinceridad, puede que no la acepte. Entonces se aparta, así de simple.
Nunca he intentado retener a alguien así diciendo: “No, no, me expresé mal…”. Hay quienes siguen adelante aun después de oír esto. Esas personas siguen, y esas son las verdaderas. La mayoría, quizás, se apartaría en ese punto.
Alguno podría pensar: “¿Cómo? Nos arrestaron, ¿y nos trata así? ¿Lo dice porque no es su problema?”. Pero, en realidad, casi nadie reaccionó así; casi nunca me pasó. Las personas que habían sido formadas paso a paso con la Palabra no reaccionaban de esa manera.
Podrían haber dudado de mí, pero lo que he hecho durante todo este tiempo no las deja dudar, porque durante años han visto en mí una conducta coherente. Además, saben muy bien que yo mismo he tomado esas mismas decisiones. Por eso no toman mis palabras como una excusa para no ayudarlos, sino como algo que les presento con claridad según la Voluntad de Dios.
Así, hay quienes siguen la Palabra y quienes no. ¿Qué pasa con el tiempo? Curiosamente, a quienes la siguieron les va bien, y a quienes no la siguieron les va muy mal. Ya les comenté que hoy en China ordenan cerrar iglesias y hasta derriban edificios. Pero antes de eso, el Movimiento Patriótico de las Tres Autonomías repetía mucho: “Si solo dejan el nombre de Berea, los dejaremos seguir” o “Si se unen al Movimiento de las Tres Autonomías, los dejaremos seguir”. Por eso algunas iglesias se unieron. Cuando las iglesias me preguntaban qué hacer, yo les respondía: “Unirse al Movimiento de las Tres Autonomías significa decir: ‘Obedeceremos de forma absoluta lo que ustedes digan’. Eso va en contra de nuestra fe. Tenemos un solo Señor; ¿cómo vamos a servir a dos señores? No se puede. Si queremos guardar nuestra fe, no se unan”. La mayoría escuchó y no se unió, pero algunas sí lo hicieron. ¿Qué les pasó a esas iglesias? Ahora el gobierno está derribando iglesias, dejando un solo templo por región y eliminando los demás, y las primeras en ser eliminadas fueron justamente las que en aquel tiempo se habían legalizado. Como ya las tenían registradas, las eliminaron primero. ¿Qué significa esto? Perdieron su fidelidad delante de Dios y tampoco recibieron la protección del gobierno chino. Se quedaron sin una cosa ni la otra. ¡Qué desgracia!
Una vez vi una película en la que un hombre traicionó a alguien, lo entregó y se pasó al bando contrario. Pero el otro bando mató al que había sido entregado y luego, diciendo: “No podemos estar con alguien que traiciona”, mató también al traidor. ¡Qué lástima de hombre! Olvidado por un lado y olvidado por el otro, terminó siendo alguien sin ningún valor para nadie. ¿No deberíamos ser, al menos, personas a las que un lado recuerde con claridad? O ser recordados por la nación, o ser recordados en el reino de los cielos: una de dos.
Para tomar bien este tipo de decisiones hay que ir más allá de la compasión, las emociones y el cariño; a veces, también más allá de la culpa y de ciertas relaciones. Es verdad que estos dilemas no se resuelven tan fácilmente como quien corta mantequilla con un cuchillo. Aun así, en lo básico, debemos saber que estamos en el cuartel general. Puede ser que todavía no cumplamos bien ese papel, pero es hacia allí hacia donde apuntamos. Como somos el cuartel general, si solo nos quedamos sufriendo porque uno o dos caen en la batalla, no podremos llevar esta guerra a la victoria. Por eso hace falta un poco de sangre fría. Claro, no es algo fácil de decir. Eso no significa que yo ignore a quien me pide ayuda. Pongo la voluntad de Dios en primer lugar y respondo a cada situación según ese principio. Solo digo que, en lo básico, debemos tener esa sangre fría.
Acaba de llegar una carta, recién salida del horno, de una iglesia en China. Llegó hace unos veinte minutos desde Shanghái, del pastor Zhao Xinyong. Se la voy a leer.
“Con motivo de su cumpleaños, Obispo Mayor, le enviamos nuestras felicitaciones. Gracias por formarnos con la Palabra. Por medio de usted comenzó el Movimiento de Berea, y así llegamos a conocer la verdad y la Voluntad de Dios. Usted, a lo largo de toda su vida, ha guardado y practicado la verdad, y sigue trabajando junto con Jesucristo. Porque recibimos esta Palabra, estamos experimentando el gran poder del Espíritu Santo que se manifiesta entre nosotros. Por esta Palabra usted ha sufrido mucha persecución y, aun así, no ha cambiado. Por eso hemos entendido claramente que la verdad y la persecución vienen juntas. Como nosotros también crecimos por medio de la Palabra que usted nos enseñó, queremos enfrentar todo llevando el mismo nombre: ‘Berea’. Desde que fundamos nuestra iglesia hemos mantenido el nombre ‘Berea’, y nos sentimos muy orgullosos de ello.
“Ayer, funcionarios de asuntos religiosos y de seguridad pública irrumpieron en nuestro culto. Detuvieron el culto y se llevaron una caja de libros de Berea y otra caja de materiales”.
¡Qué lástima perderlos! Pero no se puede hacer nada. No afecta para nada a nuestro ministerio.
“Además, nos llevaron a mí, a mi esposa y a algunos colaboradores a la comisaría para interrogarnos. Después de medio día, nos soltaron. No negamos el nombre Berea de nuestra iglesia. Nos dijeron: ‘Vayan a adorar a un templo reconocido por el Estado’ y ‘Vayan a la oficina de asuntos religiosos y presenten una solicitud’.
“Luego, un funcionario de asuntos religiosos me preguntó en voz baja: ‘¿Por qué usan el nombre Berea? Si no lo usaran, no habría ningún problema. ¿Por qué insisten tanto?’.
“Pero nosotros fundamos esta iglesia decididos, desde el principio, a compartir la gloria del movimiento Berea ‘Volvamos a la Palabra’ y a sufrir persecución junto con él. Damos gracias al Señor Jesús. Gracias por darnos una parte en la bendición junto con el Movimiento de Berea ‘Volvamos a la Palabra’. Como el Señor Jesucristo está con nosotros, no tenemos miedo. Estamos dispuestos a sufrir lo que sea necesario. Y deseamos que muchas más almas en la región de Shanghái escuchen esta preciosa Palabra. Gracias al Obispo Mayor y a la iglesia madre por seguir formándonos con la Palabra. Aunque nuestra iglesia todavía es pequeña, el camino que seguimos es el camino de Jesucristo, el camino que han recorrido los santos de todas las épocas y el camino que usted ha recorrido. Por eso nosotros también andaremos por ese camino. Pastor, a usted y a su esposa les deseamos mucha salud; por favor, reciban también nuestro regalo de cumpleaños. Salude de nuestra parte al Obispo Sung Hyun Kim, al pastor Ki Taek Lee y a los colaboradores”.
Doy gracias porque quedan personas así, que se mantienen firmes hasta el final. No tengo miedo. Venga la persecución que venga, no me preocupa, porque ellos guardan lo que hay que guardar. Nos pueden quitar todo lo demás, pero no la fe que se aferra a la verdad. Nos pueden quitar la vida, pero esto no nos lo pueden quitar. Entonces no hay nada que perder. ¡Qué paz tan grande! El problema viene cuando nos empeñamos en aferrarnos a lo que sí nos pueden quitar, como los edificios o las cosas.
Además de esta, en otra carta que llegó hace apenas una hora decían: “Se llevaron todos los muebles”. Es la iglesia de la hermana mayor de la esposa del pastor Zhao, en otra región. Se llevaron todos los muebles, les dijeron: “No se reúnan más aquí”, y nos preguntan qué hacer. ¿Y por eso ya no se pueden reunir? Basta con obedecer el mandamiento de Jesucristo. Basta con reunirse en el nombre de Jesús. Si no pueden reunirse en ese lugar, que se reúnan en otro; si tampoco hay un lugar adecuado, en un parque; y si no se puede en el parque, pues en la calle. ¡Miren con qué constancia juegan al janggi, el ajedrez coreano, algunos señores en la calle! Uno se puede reunir en lugares así; ¿cuál es el problema? ¿Hace frío? ¡Qué hermoso sería adorar en el frío, y cuánto más llenos del Espíritu Santo estaríamos! Miren el templo de Guri: ¿cuánto tiempo llevan ya adorando bajo la lluvia con paraguas? Así se hace. ¿Quién nos lo puede quitar? Si nos llevan presos, pues vamos presos; ¿cuál es el problema? Desde allí mismo evangelizamos. No dejemos que la lástima nos lleve a querer rescatar a cada rato a las personas o a resolverles todos los problemas; nosotros simplemente actuamos según el principio.
Cuando la Voluntad de Dios está por encima de todo, no nos dejamos mover por lo que alguien diga que escuchó o que vio. Está muy claro a dónde tenemos que ir. No somos personas que andan siempre a tientas porque no conocen el camino; vamos por un camino muy claro, y por eso seguimos adelante, diga lo que diga la gente. Gracias a que los aconsejamos así, hay personas que no se sintieron heridas y que durante años han permanecido firmes, guardando su fe.
En el futuro, al tratar con muchas personas, verán que cada una tiene sus propios problemas. Si escuchan sus casos uno por uno, da mucha pena. Pero no podemos hacernos cargo de todos los problemas de cada persona. Lo que hacemos es ayudarles a que puedan enfrentarlos y resolverlos por sí mismos. Cuando, por una situación inevitable y por la guía de Dios, algo llega delante de mí, no lo rechazo ni lo evito a propósito; pero, en la mayoría de los casos, nuestro objetivo no es cargar con cada situación personal, sino ayudar a que ellos mismos puedan hacerlo.
Hay pastores que quieren un avivamiento y nos piden que vayamos. Piensan que, si les hacemos un avivamiento, su iglesia va a crecer. Esa no es la forma en que debemos trabajar; aunque sea más lento, hay que ayudar a que ese pastor crezca. Tomará unos cuatro años. Pero entonces la iglesia crecerá de verdad, con un crecimiento que dura. Por ese tipo de crecimiento debemos trabajar. Pidamos sabiduría para manejar bien estas cosas dentro de los grandes principios que nos guían. Nosotros somos personas que están en el cuartel general. Oremos para que Dios nos dé sabiduría para el ministerio.
Predicado por el pastor Ki Taek Lee el 17 de junio de 2019.


