Los labios del sacerdote

Ahora, pues, oh sacerdotes, para vosotros es este mandamiento. Si no oyereis, y si no decidís de corazón dar gloria a mi nombre, ha dicho Jehová de los ejércitos, enviaré maldición sobre vosotros, y maldeciré vuestras bendiciones; y aun las he maldecido, porque no os habéis decidido de corazón. He aquí, yo os dañaré la sementera, y os echaré al rostro el estiércol, el estiércol de vuestros animales sacrificados, y seréis arrojados juntamente con él. Y sabréis que yo os envié este mandamiento, para que fuese mi pacto con Leví, ha dicho Jehová de los ejércitos. Mi pacto con él fue de vida y de paz, las cuales cosas yo le di para que me temiera; y tuvo temor de mí, y delante de mi nombre estuvo humillado. La ley de verdad estuvo en su boca, e iniquidad no fue hallada en sus labios; en paz y en justicia anduvo conmigo, y a muchos hizo apartar de la iniquidad. Porque los labios del sacerdote han de guardar la sabiduría, y de su boca el pueblo buscará la ley; porque mensajero es de Jehová de los ejércitos. Mas vosotros os habéis apartado del camino; habéis hecho tropezar a muchos en la ley; habéis corrompido el pacto de Leví, dice Jehová de los ejércitos. Por tanto, yo también os he hecho viles y bajos ante todo el pueblo, así como vosotros no habéis guardado mis caminos, y en la ley hacéis acepción de personas. (Malaquías 2:1-9)

Nuestro Señor Jesús ordenó: “Recibid el Espíritu Santo”, y dijo: “A quienes remitiereis los pecados, les serán remitidos”, y con esto ahora nos ha hecho sacerdotes. Por eso todos nosotros, en Cristo Jesús, hemos llegado a ser sacerdotes. Nos ha hecho sacerdotes que cumplen el papel de mediadores entre Dios y muchas personas. Y esto no es solo con nosotros, sino que también cuando Dios escogió a Israel lo prometió así. Dijo: “Si escucháis bien mi palabra y la ponéis por obra, os haré una nación de sacerdotes.” También cuando escogió a Abraham dijo: “Te bendeciré. Y por medio de ti todas las naciones serán bendecidas.” Es decir, es como decir: ‘Lo haré sacerdote.’ Es decir que lo haría sacerdote para toda la humanidad. Y entonces, por fin, al descender el Espíritu Santo sobre nosotros, hemos llegado a ser sacerdotes.

Hoy en día, en sábado, en el día de reposo, andamos de un lado a otro con toda libertad y también trabajamos. Y el que eso no sea pecado es porque hemos llegado a ser sacerdotes. Se dijo que, así como el sacerdote no peca, aunque trabaje en el día de reposo dentro del templo, tampoco pecamos nosotros dentro de Cristo Jesús. Por eso, aunque andemos de un lado a otro y trabajemos en el día de reposo, seguimos tan tranquilos. En cambio, la persona que dice ‘yo no soy sacerdote’ después será juzgada por haber quebrantado el día de reposo. Y lo mismo ocurre con la persona que vive sin saber que es sacerdote. Si esa persona, sin saberlo, menosprecia así el día de reposo, lo está quebrantando.

Entonces, todos nosotros, sin excepción, somos personas que hemos llegado a ser sacerdotes en Cristo Jesús, y para el sacerdote hay algo que Dios desea. Dios escogió a la tribu de Leví y con ellos hizo un pacto. Se dice que hizo un pacto de vida. A ellos les encomendó una misión especial, a la tribu de Leví. Se trata de cumplir el papel de sacerdotes, pero a ellos no se les dio tierra. A todas las demás tribus se les repartió tierra, pero a ellos no se les dio. En cambio, se les dio el nombre Dios. El cumplir el papel de sacerdotes de Dios llegó a ser en sí mismo una preciosa herencia para ellos. Por eso ellos no salen a trabajar, no labran la tierra, sino que se dedican a servir a Dios.

Entonces ¿qué es lo que Dios desea de ellos? Que teman el nombre de Dios, y luego, si miramos el versículo 7, dice: “Porque los labios del sacerdote han de guardar la sabiduría, y de su boca el pueblo buscará la ley; porque mensajero es de Jehová de los ejércitos” (Mal 2:7). Ante todo, dijo que los labios han de guardar la sabiduría. De esa boca siempre debe salir la palabra de Dios, y las personas deben poder encontrar allí la Ley de Dios. Es decir, uno debe poder conocer la palabra de Dios.

En el versículo 6 dice: “La ley de verdad estuvo en su boca, e iniquidad no fue hallada en sus labios; en paz y en justicia anduvo conmigo, y a muchos hizo apartar de la iniquidad.” Así, nosotros debemos conocer en profundidad la verdad y abundar la capacidad y el conocimiento para enseñarla. Para que cada persona que nos encuentre pueda salir de en medio de la iniquidad. Y en la vida de fe hay diversas preguntas. Cada vez que surjan, debemos poder dar una respuesta con sabiduría. Acá ‘sabiduría’ es poder dar una respuesta que concuerde con la voluntad de Dios. Así, no hacer que las personas vayan por un camino equivocado, sino ayudarlas para que puedan recibir la guía plena de Dios.

Nosotros hacemos mucha consejería. Muchas personas en China nos contactan y también les damos consejería. Y en Corea también a veces vienen personas diciendo que quieren consejería, y cuando a ellas se les da un mal consejo, esa persona, al oír esa palabra, a veces va por un camino equivocado. Y entonces, ¡cuán maldita cosa llega a ser eso también para él, y cuán grande la responsabilidad que cargo yo, que lo guie!

Por eso, la palabra de Dios y los valores de Dios, es decir, que la palabra de Dios forme en mí un sistema de valores, para que yo pueda guiarlo realmente conforme a la voluntad de Dios. Y para eso, conocer la imagen de la voluntad de Dios es algo absoluto. No hacer las cosas como quien, porque de repente le vino a la mente algún versículo, dice “haz esto”, a la manera en que la gente actúa por superstición. Muchas personas hacen las cosas de ese modo. Lo hacen diciendo: ‘De repente me vino a la mente cierto versículo.’ Por supuesto, eso es algo bastante importante. En cuanto a que de repente venga a la mente un versículo, yo también tengo mucha experiencia de eso. Pero si uno no lo hace conociendo la intención total de Dios, es muy fácil que eso vaya en una dirección muy equivocada. Por eso, primero uno debe conocer bien la imagen de la voluntad de Dios para poder ver toda la Escritura, y luego, en los detalles, debe dejarse guiar por la palabra de Dios; porque si uno sigue adelante sin saber siquiera si va hacia el oriente o hacia el occidente, al final termina haciendo las cosas según los pensamientos de su propio corazón.

Entonces, ¿cuán importante es nuestro papel? Siempre debe salir de nuestra boca la palabra de Dios. Así que la Escritura no debe apartarse de nuestras manos. Cuando Dios habló a Josué, le encargó: “No se aparte de tu boca este libro.” Prometiéndole que lo guiaría, le dijo: “No se aparte de ti este libro de la ley.” Y lo que dijo a los reyes también fue: “No se aparte nunca de ti este libro de la ley.” ¿Cuál es la característica de los reyes que fracasaron? Que no se les ocurrió acercarse al libro de la ley. Pero los reyes que tuvieron éxito, los reyes que lograron una reforma de la fe, ¿qué hicieron? Al final llegaron a eso por haber hallado el libro de la ley. Cierto rey, mientras reparaba el templo, comenzó a leerlo porque allí apareció el libro de la ley, y así llegó a hacer una reforma. Por eso Dios lo evaluó bien. Entonces, al final, hay que hacerlo así, con la palabra de Dios.

Si el pensamiento del hombre y el pensamiento de Dios fueran iguales, si fueran parecidos, cuando pensáramos podríamos simplemente decir: ‘Ah, Dios ha de ser así’; pero se dijo que el pensamiento del hombre y el pensamiento de Dios son demasiado diferentes. Así como el oriente está lejos del occidente son de diferentes, y como el cielo está lejos de la tierra así de diferentes son esos pensamientos; por eso, sin acercarnos a la palabra de Dios, con solo mi sentido común o mis propios pensamientos, no podemos conocer el pensamiento de Dios. Por eso hay que conocer a Dios. 

Mi pueblo perece por falta de conocimiento, y ese pueblo, aunque mire la Escritura, no la entiende. Por eso los líderes primero deben llegar a tal punto que, habiéndola mirado y entendido, puedan explicársela a otros. Para que esa palabra de Dios pueda dominarme, para que la palabra siempre se derrita dentro de mí y obre, hay que acercarse siempre a la palabra. Por eso se dijo: ‘Ocúpate en la lectura y en la enseñanza.’ Es decir: ‘Esfuérzate en enseñar, ocúpate en ello.’ Es decir, obsesiónate. Es como decir que uno se obsesione mucho con enseñar. Y también es como decir que uno se obsesione con leer. Pero yo, últimamente, me obsesiono con el celular. Me obsesiono con el celular. Cuando debería obsesionarme con la Biblia.

Se dijo: ‘Haz las primeras obras.’ Las primeras obras. Diciendo: ‘Habéis perdido vuestro primer amor’, ¿qué fue lo que dijo? Dijo: arrepiéntete. Se lo dijo a la iglesia de Éfeso. “Tú has perdido el primer amor.” Después de decir ‘arrepiéntete’, ¿qué sigue? Al arrepentirse, ¿qué hay que hacer? Dijo: “Ten las primeras obras”, las primeras obras. Entonces, si uno quiere tener el primer amor, que no trate de tener primero aquel sentimiento; ¿qué es lo primero que hay que tener? Lo primero que hay que tener son las obras. Tener el primer sentimiento es muy difícil. Tampoco en la Escritura se dijo que tuviéramos el primer sentimiento. Recobrar el primer amor, pero para hacerlo se dijo que tuviéramos las primeras obras. Se trata de cómo actué yo al principio, cuando creí en Jesús. ¿Cómo actué?

Yo, al principio, apenas creí en Jesús, me fui al servicio militar, de inmediato. Al llegar al ejército, la Biblia, que aquí normalmente no había sabido apreciar como algo tan precioso, se me hizo valiosa. Por supuesto, después de creer en Jesús ya había empezado a leer la Biblia más que antes, pero fui al ejército a los tres meses de haber creído en Jesús. Por eso tenía muchísima hambre de la Biblia, hambre. Hambre como quien tiene hambre de comida. Allí, ¿acaso iba a ver televisión, iba a hacer qué? Entonces, diciendo ‘debo leer la Biblia’, y como en el ejército reparten una Biblia pequeña, durante la instrucción en el ‘centro de entrenamiento de reclutas’, que son dos semanas, tenía el Nuevo Testamento y los Salmos. Así que, decidido —‘voy a leerlo entera una vez en las dos semanas’—, la leí, y la leí toda. Y después recibí la asignación a mi unidad.

Cuando recibí la asignación a la unidad, me la llevé conmigo. Pero, al llegar, durante un año los reclutas no pueden leer libros. Ahora ya no es así, ¿verdad? En aquel tiempo, hasta que uno llegaba a cabo, ¿ver algún libro? Eso era algo impensable. ¿Qué iba a hacer? Entonces, cuando montaba guardia, al montar guardia me llevaba la Biblia. La rasgaba, la iba rasgando hoja por hoja, ese papel delgado. Rasgaba un pedacito así de pequeño, y si lo doblaba en cuatro y lo dejaba pegado al fusil para que no se notara. Leía, luego lo volteaba y leía otra vez, y de nuevo lo abría, lo volteaba y leía otra vez, y así leí la Biblia de corrido. Así que, durante el tiempo en el ejército, leí la Biblia una o dos veces. Desde el principio hasta el final. El Nuevo Testamento lo leí varias veces.

Después de leerla así, luego, al llegar de nuevo a la unidad, estaban los ‘Navegantes’. El líder de los ‘Navegantes’ enseñaba a memorizar versículos de la Biblia, y al principio mandó memorizar 69 versículos, y los memoricé. Luego mandó memorizar 180 versículos, y los memoricé. Era divertido. Al terminar eso, mandó memorizar 240 versículos, y los memoricé también. Y lo que memoricé entonces me sirvió muchísimo, al evangelizar. Así que, incluso mientras marchaba, como se trata de caminar todo el día con la carga a la espalda y el fusil en la mano, memorizaba todo el día. Los 69 versículos, los 180 versículos, los 240 versículos, memorizándolos sin parar, memorizándolos sin parar iba caminando.

Entonces, aquella persona que me enseñaba memorizaba un gran número de versículos, y al final le sabía miles de versículos. Memorizaba miles de versículos. De modo que, a este hombre, apenas abría la boca, le brotaba la palabra a raudales, y sin embargo este hombre no conocía la imagen de la voluntad de Dios. Además, se oponía a la sanidad de enfermos, y como yo hablaba en lenguas me decía que no hablara en lenguas, y me decía que no asistiera a las reuniones de oración; era bastante perverso. Y sin embargo yo lo amaba. Por eso simplemente lo seguía. Aunque él decía que no, aunque decía ‘tú eres un hereje’, cuando él estaba enseñando en algún lugar, yo me acercaba a su lado y, fingiendo hacer otra cosa, lo escuchaba todo. Después, cuando había examen, yo sacaba mucho mejor puntaje que los que de verdad habían aprendido. 

Como hacía las cosas de ese modo, y como él también manejaba la palabra, aunque no conociera la imagen de la voluntad de Dios, como la palabra le salía sin parar, tenía poder de influencia. Por eso, cuando decía algo, mi corazón se conmovía, y mucha gente lo respetaba y lo seguía. Así que se veía realmente hermoso, se veía como un ángel. Este es el poder de la palabra. Entonces, si nosotros tenemos la imagen de la voluntad de Dios, y encima de eso la palabra nos brota así a raudales apenas abrimos la boca, ¿qué tal sería? Sería algo grandioso.

Por eso, en cuanto a memorizar la palabra, la manera de memorizarla era así: hoy memorizo un versículo. Mañana memorizo un versículo. Es decir, cada día memorizo un versículo. Pero cada vez que memorizo un versículo al día, sigo repasando junto con él lo que memoricé ayer. Al tercer día memorizo juntos los del primer día, el segundo y el tercero. El día que se cumple una semana, memorizo el de ese día repasando todo lo que he memorizado hasta entonces. Entonces, al pasar el tiempo, cuando pasa un año, uno memoriza 365. Así que el último día, el 31 de diciembre, uno repaso todo lo que se ha aprendido en el año. Y como uno lo hace una vez cada día, aunque pase un año no se olvida. Por eso los ‘39 versículos’ que memoricé en aquel tiempo, todavía hoy no se me olvidan. 

Nosotros, claro, no memorizamos mucho, pero, así, ayer, cuando yo predicaba, ‘Deuteronomio capítulo 19, versículo 23’, ¡qué bueno sería que eso saliera de corrido! Como no me salía bien, tuve que preguntar, ¿no es cierto? Entonces, que así la palabra fluya de corrido desde dentro de nosotros. Por supuesto, no es que esté diciendo que memoricemos los versículos, sino que la cosa es que la sabiduría de Dios, esa voluntad de Dios esté siempre dentro de nosotros, de modo que salga la palabra y que también podamos guiar a otros con la palabra. Así al acercarnos a la palabra podamos llegar a ser realmente sacerdotes dignos de tal nombre. Que en este año nuevo podamos estar más despiertos. Oremos para que, sin ocuparnos en otras cosas, podamos ocuparnos en la lectura de la Escritura y en la enseñanza.

Padre nuestro, ayúdanos a que no nos obsesionemos con las cosas que se pudren, se acaban y desaparecen, sino a que podamos obsesionarnos con Tu palabra. Obra para que podamos ocuparnos en la lectura de la Escritura y también en la enseñanza. En el nombre de Jesús oramos. Amén.