Servicio del Día del Señor del 9 de agosto del 2026
Esperando contra toda esperanza
(Romanos 4:18)
Pastor Sung Hyun Kim
“¿De dónde nace la fe?” Para el cristiano, es una pregunta muy importante. Si pensáramos que la fe brota de nosotros mismos, podríamos jactarnos diciendo: “Si recibí la gracia, fue porque yo tenía fe.” Pero ¿es eso realmente así? Si Abraham, el padre de la fe, hubiera sido justificado por un poder nacido de su propio interior, entonces nosotros, que llegamos a ser sus hijos por la fe, también tendríamos algo de qué presumir. Sin embargo, la fe de Abraham fue una fe asombrosa, de esas que jamás podrían brotar del ser humano por sí solo.
Abraham originalmente servía a ídolos, pero cuando Dios lo llamó, dejó su tierra sin saber siquiera adónde iba. A sus setenta y cinco años seguía sin tener hijos, y aun así Dios le prometió que haría de él una gran nación. Su nombre era “Abram”, que significa “padre enaltecido”; por eso, quienes lo oían debían de preguntarle con toda naturalidad: “¿Y cuántos hijos tiene usted?” Una y otra vez le tocaba responder: “Ninguno.” Vivió esa situación incómoda sin descanso y, a pesar de todo, nunca abandonó la promesa de Dios. Y es que el mismo Dios que lo había llamado puso también en él la fe para obedecer ese llamado.
Pero la espera se alargó, y entonces Abram y su esposa quisieron cumplir la promesa a su manera. Así nació Ismael, quien no era el hijo que Dios había prometido. Cuando Abram tenía noventa y nueve años, Dios le dio un nombre aún más grande: “Abraham”, un nombre que abarcaba el significado de que él no sería solo el padre de una nación, sino de muchas naciones. Para entonces su esposa tenía noventa años, y la edad de tener hijos ya había pasado. Dios no venía a ayudar en algo simplemente difícil de cumplir, sino a hacer posible lo que, de raíz, era imposible.
Abraham esperó y creyó contra toda esperanza. Lo normal es que uno tenga esperanza cuando ve alguna posibilidad. Abraham, en cambio, no confió en las posibilidades, sino que confió en Dios. Aunque toda la realidad gritara “ya no se puede”, él estaba seguro de que Dios es quien cumple lo que prometió y, además, tiene poder para hacerlo. Por eso la suya era una esperanza que se escribe “esperanza”, pero se lee “fe”. No es que Abraham se cruzara de brazos y se limitara solo a creer, sino que se esforzó por obedecer. Pero el cumplimiento de la promesa no lo produjo su esfuerzo, sino la gracia de Dios.
“Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios” (Ef. 2:8). Somos hijos de Dios, no porque creamos con más fuerza que los demás, sino porque Dios nos llamó y puso la fe dentro de nosotros. Por eso no podemos presentar nuestra fe como un mérito propio ni presumir de ella. Y como desde el principio nunca dependimos de nuestras propias fuerzas, tampoco tenemos por qué renunciar a la esperanza cuando no vemos ninguna posibilidad. Si no soltamos la esperanza aun cuando ya no hay nada que esperar, es porque Dios cumple sin falta lo que promete. Creamos esta verdad y avancemos con valentía hacia la esperanza.


