Sal de en medio de ellos
No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordia Cristo con Belial? ¿O qué parte el creyente con el incrédulo? ¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos? Porque vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo: Habitaré y andaré entre ellos, Y seré su Dios, Y ellos serán mi pueblo. Por lo cual, Salid de en medio de ellos, y apartaos, dice el Señor, Y no toquéis lo inmundo; Y yo os recibiré, Y seré para vosotros por Padre, Y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso. (2 Corintios 6:14-18)
Este pasaje que acabamos de leer nos resume en una sola frase la bendición de Abraham. Dios le hizo una promesa a Abraham y, tal como dice en el versículo 16, declaró: “Habitaré y andaré entre ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo”. Y hoy, en esta era del Nuevo Testamento, después de haber establecido el nuevo pacto, dijo: “Seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso”. Y lo que nos pide para cumplir esto es que salgamos de en medio de ellos y nos apartemos. “Apártense”. Esto es lo importante. Porque solo cuando salimos y nos apartamos, Dios puede habitar con nosotros.
Por eso Abraham vivía originalmente en la región de Mesopotamia, pero Dios, para poder estar con él, primero lo hizo salir. Le dijo: “Sal de tu tierra, de tu parentela y de la casa de tu padre”, y él salió. Porque quedándose allí, Dios no podía estar con él. Dentro de ese lugar, Dios no podía hacer su obra libremente. Después, también al pueblo de Israel le mandó salir de Egipto. ¿Por qué? Porque les dijo: “Primero salgan, para que yo pueda estar con ustedes”. Y a la hora de salir, tanto Abraham como Moisés cruzaron un río. La palabra misma “hebreo” (Ibri), que se aplica a Abraham, significa “el que cruza el río”, “el que se hace peregrino”; es decir, fue bautizado. Los israelitas también, al cruzar el Mar Rojo, se dice que “fueron bautizados en la nube y en el mar”. Así que es necesario salir.
Nosotros también salimos. Y precisamente porque salimos, Dios está con nosotros. Es decir, no es que Él esté con nosotros y por eso salgamos, sino que salimos y por eso Él está con nosotros; y el entrar es porque Él está con nosotros. No es que primero entremos y después Él esté con nosotros. Salimos, Él está con nosotros, y entramos juntos. Allá, al cielo. Así que nosotros también, al ser bautizados, fuimos unidos con Jesús, fuimos limpiados, y entonces Dios nos envió al Espíritu Santo, de modo que ahora está con nosotros. Desde ese momento el Espíritu Santo mora en nosotros; es decir, ese dios entra dentro de nosotros.
En el mundo hay muchos dioses. Pero los incrédulos, aunque sirven a los dioses, si uno les pregunta: “¿Existen dioses en el mundo?”, responden: “No existen”. La vez pasada vino el hermano menor del esposo de una de las hermanas del Servicio Chino, con su esposa. Ella me buscó con urgencia para pedirme que hablara yo en su lugar. Ellos no querían ofrecer el sacrificio ancestral a los ídolos y querían que los excusaran. Cuando llegué, resultó que era una reunión donde estaban tomando. Era un lugar de lo más inconveniente, pero de todos modos fui y hablé. Dije: “Estas personas ahora son creyentes en Dios, por eso no quieren celebrar el rito ancestral”. Entonces el hermano menor, adoptando una actitud muy dura y terca, dijo: “Si es el hermano mayor, como cabeza de familia, ¿no es lo más natural que celebre el rito por sus padres difuntos?”.
Después de hablar un buen rato, yo le dije así: “Cuando se ofrece comida y se celebra el rito, ellos realmente vienen y comen de eso”. Entonces, sorprendido, dijo: “¿Qué está diciendo?”. Y yo le respondí: “¿Acaso usted no ha estado diciendo con su propia boca: ‘Hay que honrar bien a los padres, hay que ofrecerles el rito, y aunque hayan muerto, cuando llega su cumpleaños hay que atenderlos’? ¿No es acaso porque ellos están ahí que usted habla así?”. Entonces él dijo que no creía tal cosa. No creía que el alma de sus padres exista realmente, ni creía que ellos vengan y hagan algo. Y sin embargo, insistía en que el rito hay que ofrecerlo sí o sí. ¿No es una gran contradicción?
Las personas niegan, pero sin darse cuenta están sirviendo de esa manera. Por eso, aunque en el mundo hay muchos dioses, la mayoría de la gente dice: “¿Dónde hay un dios?”. Nosotros decimos: “Dios es único”, y afirmamos: “El Dios es único, no hay otro dios fuera de mí”. Y a la vez decimos: “En el mundo hay muchos dioses; en el cielo hay muchos dioses y en esta tierra hay muchos dioses”. Por eso el libro llamado El nombre de Dios comienza con esta primera frase: “En el mundo hay muchos dioses”. Pero alguien que estaba en China, al ver eso, envió una carta diciendo: “Es absurdo, desde la primera frase es absurdo”. Le había pedido que revisara la traducción en chino antes de publicarlo. Y como esa persona presentó esa objeción, le agregue una nota al pie, explicando por qué hay muchos dioses. Así que se puso una “nota del traductor” en la que se explicaba con detalle cuántos dioses hay en el mundo, y entonces dijo que ya lo entendía. En el cielo hay muchos dioses y en la tierra hay muchos dioses, ¿no es así?
Ahora, la cuestión es: “De entre ellos, ¿a cuál dios va a servir usted?”. Todo el mundo escoge. Evangelizar, más que decirle a alguien: “Cree en Dios, y punto”, es darle a conocer que hay muchos dioses y presentarle: “¿Quieres tener una relación con este dios?”. Y para eso tenemos que presentar bien a ese dios. Tenemos que presentar bien quién es nuestro Dios. Solo así la persona puede escoger. Si uno solo dice: “¡Dios existe! ¡Cree!”, ¿no debería creer conociendo quién es Dios? Además, el hecho de que nosotros seamos creyentes en Jesús, creyentes en Dios, y por eso abordemos a la gente diciendo: “¡Tienes que creer en Dios como sea!”, puede resultarles algo forzado.
Pero, de todos modos, así como hoy la gente, aun para comprar un solo celular, lo examina con cuidado, lo investiga todo por internet y al final escoge por sí misma, así también el dios que cada quien escoja. Nosotros solo le damos a conocer ese hecho: “En el mundo hay muchos dioses. Tú no lo sabías, pero es así. Por eso, sea cual sea el dios, en realidad puedes estar con cualquiera. Puedes servir a un demonio, puedes servir a este dios o puedes servir a aquel dios; pero yo te voy a dar a conocer qué resultado aparece al servir a cada uno”. Y así: “Cuando sirvas a este demonio, aparece este resultado; y si sirves a este dios que te presento, si estás con este dios, aparece este otro resultado. Ahora bien, en cuanto al resultado de los dioses del mundo: cuando esos dioses del mundo entran dentro de ti, ¿qué sucede? Que se manifiesta tal cual la característica de ese mismo dios”.
Hay un dicho: “De tal padre, tal hijo”. Si el padre es así, el hijo también resulta así. Supongamos que un niño crece en una casa donde el padre golpea a la madre. Entonces el niño sufre. Sufre cuando el papá golpea a la mamá. Pero ese niño crece y se convierte también en alguien que golpea a su propia esposa. Aunque creció sufriendo y viendo eso, como lo que vio y aprendió fue precisamente eso, al crecer él también lo hace. Sigue el mismo camino, tal cual.
Con los dioses es todavía más así. Cuando un dios está dentro de una persona, esta llega a seguir a ese dios tal como es. Por eso, cuando vemos a la gente del mundo beber licor, gritar y armar escándalo y pelear, al mirarlo, ¿a qué se parece exactamente? Se parece a un demonio, ¿verdad? Eso es un demonio manifestándose y obrando. Pero para ellos ni siquiera se distingue si eso es el demonio o si son ellos mismos. Como han vivido juntos por mucho tiempo y son de un mismo corazón y un mismo sentir, no logran distinguirlo en absoluto.
Y así, un día, al surgir un arranque de ira, llegan incluso a cometer un asesinato. Con la persona pasa lo mismo, cuando uno se va enojando, al principio casi no estaba enojado, pero si empieza a gritar y a enojarse, de verdad le da rabia. Y por eso termina peleando. También en las peleas de esposos, aunque sea algo insignificante y uno podría dejarlo pasar —si dijera “dejémoslo así”, podría pasar—, a veces uno sin necesidad se pone a gritar. Y al gritar sin necesidad, por causa de ese mismo grito le da más rabia, y grita cada vez más, hasta transformarse por completo como un loco. Yo también era así antes. Cuando recién me case agarraba las cosas y las tiraba. Pero todas esas cosas son algo que se manifiesta sin que uno mismo pueda controlarlo; es decir, es el demonio que está dentro manifestándose tal cual.
Por eso, hay quienes tienen una voluntad fuerte, pero la persona débil, si se rinde ante la voluntad de ese demonio, al final pierde por completo su propia voluntad y se entrega totalmente al demonio. Entonces, esta persona, si no tiene un solo demonio sino diez, va cambiando de uno a otro. Así, cuando se manifiesta el demonio inmundo, hace cosas inmundas, y cuando se manifiesta el demonio violento, hace cosas violentas. Y, ¿hasta qué punto uno puede cambia por causa del demonio? El demonio mueve el corazón y hace surgir esos arranques de ira, pero también llega a cambiar hasta el cuerpo. Por eso a veces aparecen tumores de cáncer. Cuando el demonio entra, el cuerpo también cambia. Y no solo cambia el cuerpo, sino que hasta la forma de los huesos cambia. Hubo una persona que tenía un demonio, cuya forma de los huesos fue cambiando poco a poco. La forma del rostro, la estructura misma, se transformaba. Al final quedó con un aspecto horrible, todo torcido. Va siguiendo al demonio y se va pareciendo a él tal cual. Cada vez más.
Luego también, hubo una persona en quien se manifestó un demonio de mafioso, pero tenía varios demonios. Tenía un demonio de bebé y también un demonio de mafioso, juntos. Cuando se manifestaba el demonio de bebé, actuaba como un bebé, y cuando se manifestaba el demonio de mafioso, hacía cosas de mafioso. Pero lo más asombroso es que aquí le aparecía una cicatriz de cuchillo. En el instante en que se manifestaba el demonio de mafioso, aquí le aparecía nítidamente, de golpe, una cicatriz de cuchillo. Y luego, cuando volvía a cambiar al demonio de bebé, esa cicatriz desaparecía por completo.
Un pastor de Beijing, un pastor chino, envió un informe de una liberación. Contaba que a cierta hermana, de repente, aquí se le puso todo enrojecido y le apareció algo como una cicatriz. Y al echar fuera demonios, resultó que era la víctima de un homicidio ocurrido poco antes en Beijing. Así que la zona donde esa víctima había sido apuñalada se manifestaba tal cual, como si le hubieran clavado un cuchillo. Es decir, el demonio no solo mueve el corazón, sino que puede afectar de manera enorme incluso el cuerpo mismo. Y no lentamente, sino al punto de aparecer de golpe y desaparecer de golpe; algo que, a los ojos de la gente del mundo, es realmente cosa del otro mundo. Por eso la persona se va pareciendo al demonio tal cual.
Ahora, ¿qué clase de ser es el demonio? Es un fracasado. Por mucho dinero que haya ganado en el mundo, al final lo perdió todo. Al final es un fracaso. Por muy feliz que haya sido, ahora es un infeliz. Por eso es un fracasado. Si hay que explicar al demonio en una sola palabra: un fracasado. Un infeliz. Siempre está resentido; en su corazón siente que fue tratado injustamente. Y otra cosa más: que no tiene oportunidad. Nunca más tiene otra oportunidad. Como no tiene ninguna manera de recuperarse, ¿cómo se le llama a ese demonio? Se dice que es un ‘espíritu inmundo’.
Entonces, ¿qué es lo que hace inmundo a algo? Delante de Dios, lo inmundo es esto: el que no obtiene oportunidad. Por eso, mientras una persona está viva, por más que no crea en Jesús, no la llamamos: “¡Tú, ser humano inmundo!”. Pero al demonio sí se le llama: “¡Espíritu inmundo!”. “Pneuma” y “akáthartos” que significa “espíritu inmundo”. Eso es lo que quiere decir la palabra demonio. La palabra misma “demonio” no es más que “espíritu inmundo”. Aunque también existe otra palabra.
Entonces, ¿qué es lo inmundo? El que no tiene oportunidad. Cuando la manzana está colgada del árbol, está limpia. Pero desde el momento en que cae, en realidad ya es inmunda. Poco a poco se va pudriendo. No tiene oportunidad. El excremento es el representante de todo lo inmundo, ¿no? ¿Por qué es inmundo? Porque es imposible regenerarlo. Ya no tiene otra oportunidad. No queda más que enterrarlo. Pues bien, entre las personas también hay gente inmunda. ¿Por qué es inmunda? Porque dentro de ella hay un ser inmundo, y por eso su corazón se vuelve inmundo. Es esto: “No, yo simplemente voy a seguir viviendo así hasta morir”. ¿No hay personas así? Que dicen: “yo simplemente voy a seguir viviendo así hasta morir”, eso es lo inmundo. Esa voluntad está completamente alejada de Dios. “¡Voy a seguir viviendo así hasta morir! ¡Déjame en paz! ¡Yo soy así déjeme en paz!”. Una persona así está completamente oprimida por el demonio. Porque aprende del demonio tal cual. El demonio sigue viviendo así hasta morir. Ya no tiene ninguna esperanza. No tiene posibilidad de cambiar. Por eso, la persona llena de demonio ya tiene el pensamiento: “Voy a seguir viviendo así hasta morir, déjame en paz”. No tiene absolutamente ninguna voluntad de cambiar. Es rendirse por completo. Por eso intenta suicidarse. Así que esa clase de voluntad es una voluntad inmunda.
Y, ¿qué otra cosa es inmunda? La persona que puede arrepentirse no es inmunda. Pero la persona que no puede arrepentirse es inmunda. Comete un error y dice: “Soy un pecador”, y se desespera. No tiene ánimo de arrepentirse. Arrepentirse es obtener de nuevo una oportunidad, pero aunque Dios le da otra vez la oportunidad, no se arrepiente. Dice: “Se acabo”, y ahí se queda. “Ya no tengo oportunidad”. A esta persona, cuando Dios la mira, no dice: “Ay, pobrecita”, sino: “Ay, qué inmunda”. No es que dé lástima, sino que es inmunda. Los que están en decepción y desesperanza.
Por eso, antes, cuando no lo sabíamos, si alguien estaba desesperado y, aunque fuera de palabra, expresaba su desesperación, uno le decía: “Tranquilo”, para consolarlo; pero en realidad nosotros no hacemos eso. Por lo menos, yo no lo hago. Hay algo que sí hay que consolar, y hay algo que hay que reprender con mucha severidad; y mis hijos también les pasa a veces. Se afligen por algún asunto insignificante. Pero a veces disfrutan estando afligidos. Se ponen tristes y sufren. En una de esas ocasiones probé a consolarlo. Y entonces pareció que mi hijo pensaba que tenía razones para estar afligido. Así que se afligía todavía más. Pensé: “Así no vamos bien”. Y desde entonces empecé a regañarlo. Cuando hacía ese gesto de aflicción y desesperación, lo regañaba con fuerza, y reaccionaba de inmediato. Desde entonces ya no hace eso.
Así que la autocompasión, esa clase de actitud, es algo muy malo que no se debe tener. Compadecerse de uno mismo, tenerse lástima a uno mismo, perder la oportunidad y no volver a darse otra oportunidad, eso es precisamente lo que hay que rechazar.
Y luego, no es solo que no se dé oportunidad a uno mismo, sino que tampoco se le da oportunidad a los demás. Eso es tratar a la otra persona como algo inmundo, y lo hace precisamente porque uno mismo no ha tenido esa experiencia santa. Cuando alguien me ha ofendido, lo que debería hacer es cambiar pronto de actitud y buscar mejorar la relación; pero, aun cuando la persona que me ofendió viene, se arrepiente y dice que hizo mal, no cambia el corazón. Dicen cosas como: “Ay, ya no me interesa. No te quiero. De ahora en adelante, con alguien como tú, lo mejor es no vernos más. Simplemente no nos veamos”. “¿No es más cómodo no vernos del todo?”, y cortan de tajo. En el caso de la familia no se podría hacer así, pero en las relaciones donde sí es posible, dicen: “No vernos y se acabó; no me saludes, no te hagas el conocido; me caes mal tú mismo”. Una persona así es sin duda alguien que no conoce la gracia. Esta persona es alguien cuya conciencia no conoce en absoluto a Dios, y sin duda alguien que tampoco ha recibido la gracia.
Y hay personas así también en la iglesia. Incluso en la iglesia, aunque el otro diga: “Perdón, hice mal”, responden de tajo: “No quiero, ni pienses en volver a ver mi cara”, y siguen así hasta el final. Esa clase de persona no sabe lo que es el temor. Pero eso es algo muy inmundo. Todo eso es pensamiento del demonio. Entonces, cuando aparecen esas cosas, ¿por qué aparecen? Porque hace ya mucho tiempo que el demonio domina ese corazón, y por eso actúan así; y a los ojos de Dios todo eso es inmundo. Todo es inmundo.
Ahora, ¿qué clase de dios es Dios? Se puede saber mirando lo que le prometió a Abraham. Dios no dijo simplemente: “Te doy bendición”. A Abraham le dijo: “Te doy bendición, pero te hago fuente de bendición, para que también otros sean bendecidos”. No solo la gente de tu alrededor, ni tu familia, ni la gente de tu barrio, sino, ¿qué? Que toda la nación, es decir, todas las familias del mundo sean bendecidas por medio de ti. “Esta bendición te la he dado a ti, pero ellos también deben tenerla”. Así que Dios, cuando tiene algo bueno, siempre quiere compartirlo. Es alguien que está lleno de virtud. Tiene esa naturaleza de querer estar repartiendo una y otra vez. Y, además, la mirada de Dios no está concentrada solo en uno porque le resulte amado —”tú, únicamente tú”—, sino que desea establecer esa misma relación aun con los pecadores que todavía no lo son. Su mirada es amplia. Es un poco distinto de nosotros, es decir, distinto de las personas.
Las personas, cuando andamos muy unidos entre nosotros, si entra alguien más, preferimos quedarnos entre nosotros. La relación es buena. Por eso siempre nos reunimos, la pasamos rico y hasta salimos a comer cosas ricas; pero si alguien entra diciendo que quiere trabajar con nosotros, ¿qué suele hacer la gente? Por lo general, le molesta. Es el rechazo al recién llegado. Por eso, incluso en cierta iglesia donde había 50 miembros y comían juntos cada Día del Señor, cuando aumentó el número de miembros, a los que ya estaban antes empezó a molestarles. ¿Por qué? Porque, al ser más, ya no se podía convivir tan a gusto y en confianza como antes. Por eso se oponen a que la iglesia crezca. Así se manifiesta ese corazón estrecho del ser humano.
Antes, en los comienzos del Centro Misión Sungrak solo había tres personas, y como éramos solo tres, para mí no había mayor carga. Pero un pensamiento que fácilmente nos asalta es ese sentir humano de querer rechazar a la persona nueva cuando entra. Aunque sea un poquito. A mí me disgustan esas cosas, pero quizás en algún rincón de mí también esté escondido eso. Por eso, deliberadamente rechazo ese sentir. Y por eso les decía: “No hay que hacer eso”. Por eso, aunque llegaran muchas personas, como nosotros somos gente que debe crecer más y como se necesita que más gente trabaje, teníamos las puertas abiertas para que cualquier pudiera entrar. Nos esforzamos mucho por eso. Por eso, en cierto sentido, tampoco conviene que, estando entre nosotros, nos volvamos demasiado como una familia.
Por eso, al principio, cuando alguien llegaba, como todos eran “hermana mayor” y “hermano menor” (En la cultura coreana, cuando se llega a tener confianza se llaman con las palabras hermano mayor, hermana menor.), se tuteaban entre sí. Entre ellos: “¡Oye! Tú, esto y aquello”, y “¡Hermana!”, así. Eso, aquí adentro. Yo, en cambio, ahora mismo trato a todos de usted. Trato a cualquiera de usted, pero ellos se tuteaban y se decían “oye, oye”. Cuando la relación va bien, no hay problema. Pero cuando la relación se tuerce un poco, como hay tanta confianza, la cosa puede ponerse fea. Se rompe por completo.
Y entonces ya un tercero no puede entrar en medio de esa relación. Cuando queda así, cuando la relación se vuelve de esa manera, si entra un tercero, no logra adaptarse. Por eso nosotros no somos así. No somos un grupo reunido para convivir a gusto y en confianza entre nosotros, sino gente reunida para trabajar; por eso mantenemos una distancia adecuada entre unos y otros. Yo también mantengo mucho la distancia. Los que no lo entienden dicen: “¿Por qué será así esa persona?”. Piensan: “Con lo mucho que ha estado conmigo, ¿por qué siempre mantiene distancia?”; pero en realidad mantengo la distancia a propósito. Por eso, quienes llegaron después dijeron que les resultó inesperado ver cómo trato yo a las personas que trabajan conmigo, y cómo ellos me tratan a mí. Desde afuera pensaban que, como siempre andábamos juntos, seríamos muy cercanos; pero al llegar y verlo, notaron que hay mucha formalidad, que se mantiene distancia, que nos respetamos mutuamente y nos tratamos de usted. Es algo necesario. Hay que mantener cierta distancia. Para no quedarnos solo entre nosotros.
Así que la naturaleza de Dios no es esa de “si hay algo bueno, comámoslo solo entre nosotros”, sino la naturaleza de querer compartir como sea. Por eso, cuando Dios entra dentro de nosotros, nosotros también nos volvemos así ahora. Por eso, a veces, cuando uno ora para que otro reciba el Espíritu Santo, resulta que esa persona está ahí como ausente, y en cambio a mí, que estoy orando por ella, se me salen las lágrimas. Nos puede pasar eso. Porque la naturaleza de Dios está dentro de nosotros.
Y, además, ¿desde cuándo empezamos nosotros a pensar en el extranjero? Empezamos a pensar en China y a pensar en Estados Unidos. Nosotros no éramos para nada esa clase de personas; éramos gente que solo se conocía a sí misma. Ni siquiera nos importaba la familia. Éramos gente que, aun llegado el momento, no sabía ni expresar bien el agradecimiento a la familia; y ahora, sin darnos cuenta, pensamos en toda la gente del mundo, pensamos incluso en la gente de allá en Estados Unidos, pensamos en China y en la gente de África, y pensamos en ellos, los sostenemos en el corazón y oramos por ellos. ¿Por qué se manifiesta así esta naturaleza? Porque ese dios está aquí, y la naturaleza de ese dios se manifiesta tal cual. Así que la persona llega a ser tal cual el dios que tiene. Sigue al dios tal como es. Entonces la pregunta es, ¿con cuál dios va a estar usted?
Y el dios que creemos no es un dios desesperado, sino verdaderamente un dios de poder, y además un dios siempre feliz. No es feliz por alguna causa, sino que siempre es feliz por sí mismo. Es Alguien feliz sencillamente por sí mismo. Se goza por sí mismo. Por eso, como Él está presente, dentro de nosotros hay una felicidad que nadie nos puede quitar. Como Él tiene poder, en nosotros también se manifiesta poder, y nos vamos pareciendo a Él tal cual. Por eso se dice que nos vamos pareciendo hasta la medida de la estatura de Cristo. Es parecerse a Dios. Entonces, ¿hasta que punto nos parecemos? Nos asemejamos hasta recibir la gloria. Así que la cuestión es: “¿Cuál dios vas a escoger usted?”.
También al evangelizar, no hay por qué presionar la gente a creer en Dios. Basta con presentar bien al dios creemos: “Nuestro dios es así”, y decir: “La elección lo haces tú”. Eso sí, hay que presentarlo bien. Así se hace. Y después, hacer que se establezca el pacto: “Si quieres vivir con ese dios, haz un pacto. Entonces, esto es lo que ese dios hará por ti, y esto es lo que tú debes hacer para ese dios”. Eso es justamente un pacto. Así como existe el “Antiguo Pacto” y el “Nuevo Pacto”. Así: “Si desde hoy comienzas tu vida de fe, lo que tú debes hacer es esto y esto, y lo que Él hará por ti es darte vida eterna, darte salvación, darte respuesta a la oración en esta tierra y darte gloria; así que decide tú. Si no quieres, no hay nada que hacer”. Si de verdad lo desea, esa persona podrá obtenerlo, aunque tenga que renunciar a lo suyo.
Por eso, debemos dar gracias de que ese dios esté dentro de nosotros, no debemos decir: “Yo simplemente voy a seguir viviendo así”, sino que siempre debemos cambiar. También hay que trascender la cultura. Salir. ¿No dijo: “¡Salid de en medio de ellos!”?
¿Qué es la cultura? ¿Cuál sería la cumbre de la cultura? Es el antropocentrismo. Pero la cumbre del antropocentrismo, es decir, si uno sube y sube por ella, ¿qué hay?. Hay demonios. La cumbre de toda cultura, al final, es el demonio.
Antiguamente había reyes. El rey es la cumbre de toda cultura. El emperador, igualmente, es el que domina toda la cultura. Por eso, si hay oro, todo llega al rey; si hay escultores, todos vienen al rey; si hay bailarines, todos vienen al rey. El rey lo domina todo. Miren todos los palacios, los adornos y motivos de los palacios. Todos los artistas van al rey y le rinden lealtad.
Pero el emperador no escucha a nadie. Sin embargo, hay una sola excepción. El emperador, ¿a quién escucha? Escucha al hechicero, al chamán. Escucha la palabra del chamán. No cualquiera llega a ser emperador. ¿Cuál es la diferencia entre el rey y el emperador? Al lado del rey no hay chamán. Al lado del rey no hay adivino. Ese que vendría siendo, por así decirlo, una especie de sacerdote. Pero al lado del emperador sí hay chamán. Por eso en la dinastía Qing había chamanes. Así que, cuando el rey decidía algo, no lo decidía solo, sino que siempre esos chamanes estaban alrededor. Por eso, cuando uno ve las películas chinas antiguas, sobre todo las de la dinastía Qing, junto al rey siempre están los chamanes de pie, como demonios. Y cuando se decide algo, se ve que ellos lo deciden todo. Echando la suerte y demás. Así que son los demonios los que mueven la nación.
Y toda esa cultura de bailar, cantar y usar aretes, todo eso viene de ahí, de la cultura de servir a los demonios. Eso de que la gente hoy toque tambores es porque viene de la cultura de servir demonios. Miren a la gente de África. Siempre están tocando tambores y divirtiéndose, ¿no? Y luego, cosas como los aretes, que hoy se han vuelto simples adornos, todos estos eran objetos que en la antigüedad usaban los sacerdotes, es decir, los chamanes. Cosas que usaban para invocar a los demonios. Igual que la ropa, la ropa hermosa, cosas así. Así que en todo eso está presente aquello.
La ética y la moral del mundo, esto también, en realidad, tiene relación con todo eso. El confucianismo. Cuando se habla de ética y moral, es el confucianismo. Pero, ¿qué es lo que el confucianismo tiene por más importante? ¿No es servir a los antepasados difuntos, es decir, celebrar el rito ancestral? Así que la cultura del mundo está toda relacionada con los demonios, y de ahí es de donde nos manda salir.
Por eso, el que cree en Jesús debe salir también de la cultura. Pero, como hemos vivido tanto tiempo dentro de ella, estamos empapados de cultura. Estamos completamente acostumbrados. Por eso, cuando intentamos servir a Dios dentro de ella, no encaja bien. Sin embargo, si de verdad somos guiados por Dios, hay que salir completamente incluso de eso. Hay que ser capaz de trascender incluso la ética y la moral entre las personas.
Miren a los discípulos. Cuando Jesús dijo: “Sígueme”, dejaron a su padre y partieron; eso es ser un mal hijo. ¿Cómo es posible tal cosa? Y además Pedro dejó incluso a su esposa y partió, sin volver a casa durante días, andando con Jesús. Jesús, digamos que no estaba casado, pero Pedro estaba casado, tenía suegra y debía sostener el hogar; y como lo dejó todo botado para seguirlo, ¿acaso le gustaría a su esposa? Eso no aparece en la Biblia, así que no lo sabemos, pero pudo ser que la esposa lo reprochara todo el tiempo. Quizás cambió un poco después de que Jesús sanó a la suegra.
Así que todo eso es trascender la ética y la moral, trascender también las relaciones humanas y demás. Si uno no logra trascender esas cosas, ya queda atrapado en todo, y no puede avanzar más. Por más que Dios quiera estar con uno. Por eso, hay que ir a donde sea, guiados por Dios; no hay que llegar a ser una persona que, teniendo la cultura como base, por más que Dios la guíe, no logra salir al menos de eso.
Antes, cuando estaba en China, la gente que venía de Estados Unidos, como tiene su propia cultura, aun llegando al lugar quería disfrutar esa cultura tal cual. Y eso, visto desde el campo misionero, es realmente absurdo. Nosotros los coreanos, al menos, tenemos capacidad de adaptación, pero los estadounidenses, como han vivido disfrutando tanta cultura, les cuesta muchísimo romper con ella. Hubo quien pasó dos semanas sin ir ni una sola vez al baño y simplemente se devolvió a Estados Unidos. Es decir, el estadounidense no quería usar baños rústicos. Y lo mismo con la comida y demás. Así que hay que trascender esas cosas.
También hubo un pastor que se enojó porque le pidieron predicar apenas unos cinco minutos antes. “¿Acaso me están menospreciando?”, dijo, y se enojó, y al final no predicó. Insistía en que al menos con un día de anticipación hay que avisar. Diciendo, muy agitado, que para predicar hay que avisar al menos con un día de anticipación, al final no lo hizo. Porque parece que esas personas nunca han predicado simplemente abriendo la Biblia allí mismo. Para ellos se convirtió cultura el investigar y preparar todo de antemano. Por eso, en una situación como la de China, donde a veces hay que predicar hasta 12 horas al día, y donde dondequiera te dicen: “Predica” y toca predicar, en el campo misionero no logran adaptarse. Así que, al final, no logran sobrepasarlo.
Nosotros debemos ser capaces de sobrepasar la cultura y, de todas maneras, salir de en medio de ellos. Como Dios dijo: “Quiero estar con ustedes, quiero manifestar mi carácter”, debemos llegar a ser personas con quienes el Señor de verdad pueda estar. Oremos pidiendo que nos des poder para que, si el Señor lo ordena, podamos salir de toda cultura y de cualquier pensamiento propio, para poder salir cuanto sea necesario.
Padre Dios, para que el Señor pueda obrar libremente dentro de nosotros, y ya que hemos salido por completo del lugar donde antes permanecíamos, te pedimos que llenes nuestro corazón del poder para trascender incluso todos los pensamientos, las costumbres y la cultura, todas estas cosas. Obra también para que, así como el Dios que está dentro de nosotros, nosotros también podamos ser personas verdaderamente llenas de virtud. Ayúdanos también para que, así como Tú tienes poder, nosotros también seamos personas con poder. Obra para que, así como Tú no se fatiga, nosotros tampoco nos fatiguemos. Oramos en el nombre de Jesús. Amén.

