Servicio del Día del Señor del 27 de septiembre del 2026

Pastor Sung Hyun Kim

“Dios te ama.” Cuando escucho esto, asiento. Me suena bien. Pero si me detengo a mirar dentro de mi corazón, lo noto frío, y no sé por qué. Hay hermanos que oyen el mismo mensaje y lloran a mares, y yo me quedo como si nada. “Ahora amemos a Dios con fervor.” Ante esto, titubeo todavía más. ¿De verdad lo amo? No lo tengo claro. Si ni siquiera tengo la certeza de que Dios me ama, ¿cómo voy a estar seguro de que yo lo amo a Él? Me da envidia, me duele, me desconcierta. Y de pronto me entra miedo: “¿Y si empecé con mal pie desde el principio?”

¿Por qué pasa esto? Porque conocemos el amor de Dios solo con la cabeza, solo como conocimiento. No es que nos falte capacidad; es que no estamos dependiendo de la obra del Espíritu Santo. Es cierto que saberlo ya consuela grandemente. Pensemos en esto: cuando éramos enemigos de Dios y vivíamos en rebeldía contra Él, nos amó hasta el punto de entregar a su Hijo unigénito a la muerte. Si fue así, ¡cuánto más nos amará ahora que somos sus hijos! “¡Ah, Dios me va a llevar con Él para siempre!” Con solo deducirlo, ya nos sentimos tranquilos. Pero Dios no se detiene ahí. Como si eso no bastara, Él mismo derrama ese gran amor, imposible de expresar con palabras, en el corazón de cada uno de nosotros.

Y no lo da a cuentagotas, como si le doliera darlo. Lo derrama sin medida, hasta rebosar, a raudales. Ese amor deja de ser una noticia que nos llega de lejos y se convierte en una realidad palpable. Porque el Señor mismo da testimonio en lo más profundo de nosotros, en el hombre interior. Recordemos cuando empezamos a creer en Jesús. No queríamos ni escuchar. Pero aquello que nos sonaba a cuento un día se volvió una verdad tan cierta y tan llena de gracia, ¿no fue así? Cuando este amor se derrama, brota una confesión: “¡Nada podrá separarme de este amor!” Es como andar flotando sobre las nubes. Y es entonces cuando empezamos a amar a Dios.

Hay algo asombroso: que el Espíritu Santo esté en nosotros ya es prueba de ese amor. Dios no enviaría su Espíritu a alguien a quien no ama. Querer amar a Dios y seguirlo es obra del Espíritu Santo; nadie es así por naturaleza. Pero el Espíritu da fruto en el corazón donde el Señor puede reinar con libertad. Y el primer fruto es el amor. ¿Y qué pasa si, como quien no quiere la cosa, mezclamos un poco de desobediencia? El Espíritu se contrista, y el amor de Dios deja de sentirse por completo. Ya ni sabemos si lo amamos. Y hay algo que da todavía más escalofríos: Dios también termina diciendo: “No sé si esta persona me ama.”

Pero cuando le entregamos el corazón al Espíritu Santo, se nos abre un camino muy distinto. Si el amor de Dios se ha derramado en nosotros, aun cuando llegan las tribulaciones nos gozamos, y salimos más que vencedores. Jamás pasará que, después de haber creído con tanto empeño, terminemos avergonzados diciendo: “Todo fue en vano.” Porque el Espíritu Santo garantiza nuestra salvación, guarda nuestra fe y la hace crecer hasta el final. Ese fervor no lo producimos con nuestras fuerzas. Pero obedecer para que el Espíritu obre en paz, eso sí nos toca a nosotros. Así que dejemos de culpar a nuestra falta de capacidad y de desanimarnos. Disfrutemos en plenitud de ese amor derramado que excede a todo conocimiento. Y amemos a Dios con fervor, con todo nuestro fervor.