Vuelve a Mí
En el octavo mes del año segundo de Darío, vino palabra de Jehová al profeta Zacarías hijo de Berequías, hijo de Iddo, diciendo: Se enojó Jehová en gran manera contra vuestros padres. Diles, pues: Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Volveos a mí, dice Jehová de los ejércitos, y yo me volveré a vosotros, ha dicho Jehová de los ejércitos. No seáis como vuestros padres, a los cuales clamaron los primeros profetas, diciendo: Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Volveos ahora de vuestros malos caminos y de vuestras malas obras; y no atendieron, ni me escucharon, dice Jehová. Vuestros padres, ¿dónde están?; y los profetas, ¿han de vivir para siempre? Pero mis palabras y mis ordenanzas que mandé a mis siervos los profetas, ¿no alcanzaron a vuestros padres? Por eso volvieron ellos y dijeron: Como Jehová de los ejércitos pensó tratarnos conforme a nuestros caminos, y conforme a nuestras obras, así lo hizo con nosotros. (Zacarías 1:1-6)
Lo que nuestro Dios le prometió a Abraham fue: “Yo estaré con vosotros.” Dios deseaba esa clase de relación, en la que Él habitara en ellos y ellos habitaran en Él. Y pensaron que eso se cumplía al edificar el templo en Jerusalén; así lo creía la gente. Pero ellos abandonaron la ley de Dios. Se alejaron de Dios por completo. Su cuerpo estaba en Jerusalén, pero Dios los juzgó diciendo: “Se han alejado de mí”, y también Dios se apartó de ellos.
Entonces vinieron los gentiles, invadieron aquella tierra, se llevaron a todo el pueblo y lo trasladaron a Babilonia, y allí los hicieron sufrir durante setenta años. Cuando Dios consideraba lo que había ocurrido —aunque Él mismo había entregado a Israel en manos de los gentiles—, incluso Dios pensaba: “Vaya, estos se pasan de la raya. Es demasiado.” Así de mal los trataron. Los trataron con una dureza terrible. Por eso, más adelante en la Biblia leemos que Dios juzga: “Cuando yo estaba enojado un poco, ellos agravaron el mal”. Imagínese cuánto los habrán atormentado. Ni siquiera era una época en la que existieran los derechos humanos. Fueron tratados de una manera tan cruel que resulta difícil de describir; eso fue lo que vivieron durante setenta años.
Mientras tanto, el pueblo de Israel pensaba: “¿Dónde está Dios? Si en aquellos tiempos Dios estaba con nosotros, ¿por qué nos sucede ahora todo esto?” Y así se preguntaban. Entonces, ¿hacia dónde voltearon su interés desde su fe centrada en el templo? Como no podían ir al templo… Antes pensaban: “Vamos bien”, con tal de ir al templo y ofrecer sacrificios, aunque no guardaran la Palabra. Pero al no poder ir al templo, ¿hacia dónde se dirigió su atención? A la Palabra. Porque la Palabra sí se puede llevar siempre consigo. Y por medio de esa Palabra comenzaron a conocer a Dios. Así se dieron cuenta: “Nos habíamos alejado de la Palabra”, y empezaron a pensar continuamente: “Volvamos de nuevo a la Palabra.” Entonces, cumplidos exactamente los setenta años, Dios los envía de vuelta a Jerusalén. Y ellos pensaron: “Como hemos vuelto a la Palabra y nos hemos arrepentido, nuestro Dios nos perdona de nuevo y nos restaura otra vez.”
Así que, en tiempos del rey Ciro —Ciro era rey de Persia, que conquistó Babilonia y dominó el mundo—, cuando los devolvió a Jerusalén su tierra, no se detuvo ahí, sino que los envió diciendo: “Vuestro Dios es el Dios verdadero, un Dios grande; edificad, pues, un templo para ese Dios.” Entonces esta gente, creyendo ya “Dios está ahora con nosotros” y “hemos sido restaurados”, comienza la construcción. En aquel momento el líder era Zorobabel. Y el sacerdote era Josué. Alrededor de estos dos hombres se reinicia la construcción. Pero siempre hay obstrucciones.
Así como hay demonios que obstruyen la vida espiritual, cuando quisieron construir, los que allí habitaban —entre ellos también samaritanos— no los dejaron en paz. Como los habitantes de Jerusalén se marchaban hacia allá, la gente de aquella región venía, y había también otros gentiles, y no los dejaban tranquilos. Al final consiguieron detener la obra, escribieron una acusación, presentaron una queja ante el rey y lograron que se suspendiera. Como el rey había cambiado y ya no era el rey Ciro, el nuevo rey detuvo la obra por completo.
Así que ya habían empezado —habían levantado un muro— y lo dejaron a medias. Habían picado piedra y la dejaron ahí abandonada. ¡Cuánto les dolería el corazón! Al principio pensarían: “Hay que hacerlo, hay que hacerlo…”, pero como era orden del rey, no podían. Y el tiempo simplemente fue pasando. Pasó un año, dos años, tres años, y aquello se volvió costumbre. Esta gente veía el templo que habían empezado a construir levantado solo hasta la mitad, la obra detenida, montones de piedras amontonadas, la madera que habían cepillado dejada tal cual… y qué escena tan desoladora. ¿Qué diferencia hay entre un edificio que quedó a medio construir y un edificio en buen estado que quedó destrozado y hecho escombros? Al principio les dolía verlo, pero con el paso del tiempo se fueron insensibilizando. Aquello les resultaba ya natural y dejó de importarles.
Su cuerpo estaba en Jerusalén, pero la obra de Dios estaba detenida. Pensaban que no podían hacerla porque era orden del rey. Y había muchos obstáculos para hacerlo. Entonces, a partir de ahí, a medida que la gente se iba estableciendo, poco a poco fue teniendo riqueza y bienestar; y ¿en qué pusieron su interés? En construir su propia casa. Porque el mayor interés de la gente es construir su propia casa. Si observan a los chinos que vienen aquí a Corea y miramos para qué ganan dinero, al final es obvio, ¿verdad? Construir una casa, y construir una casa para el hijo. Eso es. Nada más. Construir la casa propia y la del hijo. Y si tienen más dinero, construir la casa del hermano menor. Todo es construir casas. Pues ahora es igual. La gente gana dinero con mucho esfuerzo, ¿y para qué? Para comprar una casa. Y si gana más, para comprar otra casa. Y una la ponen en alquiler.
Así como buscan una y otra vez construir casas, aquella gente también levantó hermosas casas. Entonces Dios lo vio, tomó al profeta Hageo y ¿qué les dijo? “Oye, ¿acaso es esto correcto? La casa de Dios está desolada y a medio construir, ¿y a ti te parece bien construir una casa tan lujosa y vivir dentro de ella? ¿Te pasa la comida? ¿Puedes dormir?” Así los reprendió. Tal como está escrito en ese breve libro de Hageo, que abarca solo dos capítulos. Y después de que Hageo hiciera esto, unos dos meses después de que la palabra de Dios viniera a él, la palabra vino también al profeta Zacarías. Así que estos dos hombres transmiten el mensaje uno tras otro.
¿Y qué dijo Zacarías? “Volveos a mí, y yo me volveré a vosotros.” Cuando dijo esto, los israelitas quedaron totalmente desconcertados. ¿Por qué? Porque ellos pensaban que ya habían vuelto. Pensaban: “El haber salido de Babilonia y haber venido aquí de nuevo, a Jerusalén, es porque antes no guardábamos la Palabra y ahora la guardamos bien; y porque antes no guardábamos el día de reposo y ahora lo guardamos bien. Ya hemos vuelto a Dios plenamente. Y ahora que estamos en Jerusalén, solo nos falta edificar el templo; nuestra relación con Dios ya está completamente restaurada.” Y entonces, ¿cómo así que se vuelvan? Por eso fue un impacto. Les dice que aún no habían vuelto. ¿Y por qué no habían vuelto? Al final es esto: “¿Podéis dormir tranquilos dejando el templo así?” Es decir, les está diciendo que edifiquen el templo.
Así que, aunque vivan en Jerusalén, si no participan en la obra de edificar el templo, eso no es haber vuelto. De la misma manera, aunque crea en Jesús, si no participa en la obra de edificar el templo, no ha vuelto a Dios. Pero la gente cree en Jesús y piensa que con eso ya ha vuelto a Dios; y después de creer en Jesús, sigue en lo suyo. Sacan provecho de Jesús para prosperar en sus propios asuntos, para tener más éxito que los demás, y al final dicen una sola frase: “¡Gracias, Dios!” Y creen que eso es la vida de fe, y piensan: “Ya he vuelto plenamente a Dios.” Pero el templo de Dios sigue tal cual hasta el día de hoy.
Sin embargo, al oír estas palabras del profeta Zacarías y aquellas del profeta Hageo, a Zorobabel y a Josué se les avivó el corazón, animaron al pueblo y reiniciaron la obra. ¿Acaso llegó de nuevo una orden del rey? El rey no dijo nada de que la hicieran otra vez. Pero despertaron al oír aquella palabra: “¡Esto es palabra de Jehová, de Jehová de los ejércitos!” Pensaron: “Que hayamos detenido esto por hacer caso a la palabra del rey… Después de todo lo que sufrimos en Babilonia, si ya hemos vuelto aquí, aunque el rey lo ordene, debemos obedecer la palabra de nuestro Dios, que es el Rey de los ejércitos. Y sin embargo lo dejamos. Empecemos de nuevo.” Y así reiniciaron la obra.
Entonces, otra vez, el gobernador que vivía al otro lado del río, en aquella región, vino y dijo: “¿Quién os mandó hacer esto?” Y de nuevo la tensión. Ellos respondieron: “Fue fulano y fulano. El responsable es fulano de tal.” Pero este hombre no detuvo. Dios movió el corazón de los ancianos de Judá y, en lugar de hacer que aquel hombre los perjudicara, hizo que escribiera una carta. Este gobernador escribe una carta al rey de Persia, que en aquel entonces era el rey Darío. ¿Y qué escribió en la carta? Informó: “Esta gente ha reiniciado esta obra, y dicen que fue el rey Ciro quien lo ordenó; que el rey Darío verifique si es cierto y nos indique cómo debemos proceder con ellos.”
Entonces el rey Darío dio la orden: “¡Buscad si allí existe tal decreto!” Y al encontrar el decreto y examinarlo, comprobaron que, en efecto, aquel rey —aquel gran antepasado suyo que había fundado el reino unificado de Persia— ya había dado tal orden. Y no solo lo había mandado de palabra, sino que dispuso que se devolvieran todos los utensilios y todo lo que Babilonia se había llevado de Jerusalén, y además ordenó que, si necesitaban algo, lo tomaran por orden del rey y lo usaran; con toda esa consideración lo había dispuesto. Así que el rey Darío también, al ver “de verdad ocurrió algo así”, dio él mismo la misma orden. Y añadió, incluso con una maldición: “Que nadie estorbe esta obra de ninguna manera. Al que la estorbe, lo colgarán.” Y ordenó también: “Para que la puedan realizar bien, proveedles oro, plata, piedras preciosas y todo lo que necesiten.”
Así que, cuando la gente detuvo la obra diciendo “¡Sin esto no se puede! ¡Sin aquello tampoco!”, no pudo hacer nada; pero cuando, dependiendo en la ordenanza de Dios, se dispusieron con firmeza a hacerla y decidieron en su corazón llevarla a cabo, entonces fue el propio rey quien dijo: “Si necesitáis esto, llevadlo; si necesitáis aquello, llevadlo también”, y les proveyó abundantemente todo lo necesario. Es decir, cuando uno se dispone a hacer la obra, Dios le da fuerza y le da poder.
Si dice: “No puedo porque tengo un bebé”, no podrás hacer nada; pero si dice: “Aunque tenga un bebé, lo haré”, entonces lo puede hacer todo. Fíjense que la vez pasada, desde finales de diciembre hasta comienzos de enero, hubo seis predicaciones en dos semanas. ¡Qué difícil es editarlas y traducirlas! Había que traducir tres por semana; y cuando a duras penas se puede con una, había que hacer tres. Y sin embargo, una mamá lo hizo todo sola. Lo terminó todo. Es algo extraordinario.
Así que, cuando uno se dispone a hacerlo, Dios da fuerza, da poder y hace que uno lo logre todo. Cuando uno dice “no puedo”, le sobran razones para no poder; pero al proponernos edificar el templo de Dios, Él nos da poder, nos da sabiduría y de verdad nos provee todas las cosas. Esta historia que acabo de contarles está escrita a lo largo de Esdras, capítulos 5 y 6. Espero que la puedan leer cuando tengan el tiempo.
Miremos Efesios 2:20-22. Leamos todos juntos:
“Edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra del ángulo Jesucristo mismo, en quien todo el edificio, bien coordinado, va creciendo para ser un templo santo en el Señor; en quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu” (Ef. 2:20-22).
Así que Jesús dijo: “Yo soy el templo.” Y aquel templo que la gente edificó en ese tiempo, después fue destruido en parte. Por eso lo reconstruyeron y lo ampliaron de nuevo. Cierto rey volvió a ampliarlo. Y así, lo que se levantó a lo largo de cuarenta y seis años fue aquel templo de los días de Jesús. Al ver ese templo, Jesús dijo: “Destruidlo, y en tres días lo levantaré.” Aquello era una gran blasfemia. ¡Con todo lo que había costado construirlo! Pero Jesús estaba revelando que el verdadero templo es Él mismo, que Jesús es el templo.
¿Qué es el templo? Es el lugar donde se pone el nombre de Dios y se le ofrece incienso. Dios puso su nombre en Jesús, en su Hijo. Él es el templo. Entonces alguien dirá: “¿Acaso no somos nosotros el templo?” Sí, pero nosotros llegamos a ser templo en Jesús. Si estuviéramos separados de Jesús, no seríamos templo. El templo es Jesús. Entonces, ¿en qué nos hemos convertido nosotros? Al llegar a ser miembros de Jesús y entrar en Él, como Jesús es el templo, también nosotros llegamos a ser templo; es decir, podríamos considerarnos las edificaciones anexas de ese templo.
Así, cuando se construye la Casa Azul, no hay un solo edificio, sino que se van añadiendo habitaciones, una tras otra, conectadas entre sí, formando muchas salas. Y como se dice que el antiguo palacio imperial de China tiene novecientas noventa y nueve habitaciones, así también el templo de Dios, el templo del reino de Dios, necesita muchas más habitaciones. Pero esas habitaciones no cumplen su propósito con solo levantarlas: han de llegar a ser un templo donde Dios habite. Como dice el versículo 22, van llegando a ser templo para ser morada de Dios en el Espíritu.
Pasa como con uno de los cuartos en mi casa. Un año se metió la lluvia, se llenó de moho por todas partes… Era un cuarto donde yo antes dormía y también oraba. Pero como empezó gotear —y lo bueno habría sido taparlo enseguida—, como yo estaba ocupado, lo dejé pasar todo un verano, y al final se convirtió en un nido de moho. Se volvió una cueva de moho. Los libros que había dentro, las fotos de la boda, todo se empapó con la lluvia y se pudrió; después, cuando lo vi, era un desastre. No se podía ni entrar. Al entrar, me daba tos. Intenté limpiarlo un poco para poder usarlo, pero al entrar me daba tanta tos que no había manera. Y como no entraba ni lo usaba, el cuarto se fue poniendo cada vez peor. Ni se limpiaba, había que dejar la ventana abierta por el moho, y en el invierno gastaba mucha calefacción. Al final encontré la manera de sellarlo. Y el dinero, ¡cómo se ahorró! Después de cerrarlo, la habitación se convirtió en un lugar frío y vacío. Y ahora se ha convertido en un depósito donde nadie puede vivir. Hay de todo ahí dentro. Así que, ¿cuántas veces al año entra uno ahí? Es un espacio del que uno quiere salir cuanto antes, no un espacio donde uno quiera quedarse ni por un momento. Del mismo modo, cuando Dios deja de entrar y salir de un lugar, ese lugar se transforma así.
Así que, aunque yo diga que creo en Jesús, si soy un lugar que Dios no puede usar, entonces no estoy con Dios. Por eso Dios dice: “Volveos a mí.” Si uno no llega a ser alguien que edifica el templo, entonces no es un lugar donde Dios pueda habitar junto a él. Y no solo nosotros, por medio de nosotros, por medio de la obra que hacemos, muchas personas creen en Jesús, reciben el Espíritu Santo y llegan a ser obreros de Dios. Lo que nosotros hacemos es, precisamente, seguir edificando el templo. Y esto no es una parábola, es una realidad. ¿Qué somos nosotros? Somos obreros que edifican el templo. Estamos edificando el templo continuamente. Sin embargo, hay quienes no tienen ningún interés en eso. Personas que dicen: “Ya creí en Jesús, con eso basta”, y que solo quieren usar a Dios para construir su propia casa. A esas personas Dios les dice: “Volveos a mí, y yo me volveré a vosotros. Haz de tu templo un verdadero templo, y entonces entraré en esa habitación y viviré en ella.”
Por eso, si ahora estamos edificando el templo, cuan agradecidos debemos estar. Que Dios nos use en esa obra, que nos considere su templo, que entre en nosotros y obre, eso es algo por lo que dar gracias. Así que, de verdad, “volveos a mí.” No seamos de los que están alejados de Dios, sino que, volviendo cada día, todos los días, a Dios, lleguemos a ser ese verdadero templo, esa morada donde Dios mismo habite en nosotros. Les bendigo en el nombre de Jesús que así sea. Oremos para que así sea.
Padre nuestro, aunque tenemos muchas debilidades, te damos gracias porque nos has llamado a ser edificadores de tu templo. Padre nuestro, haznos un templo santo, para que tú puedas entrar en nosotros y obrar con toda libertad y comodidad. Ayúdanos también a volver a ti participando activamente en esta obra de edificar el templo. En el nombre de Jesús oramos. Amén.


