El tabernáculo de Dios está con los hombres

Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más. Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido. Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron. Y el que estaba sentado en el trono dijo: He aquí, yo hago nuevas todas las cosas. Y me dijo: Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas. Y me dijo: Hecho está. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida. El que venciere heredará todas las cosas, y yo seré su Dios, y él será mi hijo. Pero los cobardes e incrédulos, los abominables y homicidas, los fornicarios y hechiceros, los idólatras y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre, que es la muerte segunda. (Apocalipsis 21:1-8)

El día en que Jesús vuelva será el comienzo en el que dejaremos este cielo y esta tierra —este mundo entero— para entrar en el cielo nuevo y la tierra nueva. Ahora mismo estamos esperando a Jesús. Jesús dijo que no viene tarde, como piensa la gente, sino que viene pronto. Aunque ahora la gente no entienda esas palabras, son una verdad indudable. Él vendrá pronto.

Y Jesús dijo así: “Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin.” Él es Aquel en quien el principio y el fin coinciden. Todo lo que planeó lo cumple sin el menor error. Y como ya dijo de antemano todo lo que había planeado, esas palabras se cumplen tal cual. En él, el principio y el fin son iguales, idénticos. Esto es posible porque él es eterno. Ninguno de nosotros puede decir de sí mismo que es el principio y el fin. Nosotros siempre cambiamos. Nuestro principio y nuestro fin son distintos. Nunca podemos ser hoy iguales a como fuimos. El punto de partida y el de llegada siempre difieren, y por eso Dios nos da una y otra vez la oportunidad de volver a empezar. Hasta ahora, cada vez que llega el año nuevo lo he sentido así: “el principio y el fin son distintos.” Pero Dios cumple sin falta todo lo que ha dicho.

Por eso se dijo que en el último día, el día en que Jesús venga, veremos un cielo nuevo y una tierra nueva. Se dijo que veremos descender del cielo la nueva Jerusalén. ¿Qué es esto? Es que por fin se cumplen las cosas que Dios prometió. ¿A quién reveló primero esa promesa? Con Abraham hizo formalmente un pacto. Y ahora llegamos a comprobar que aquello se cumple. Por eso, en el versículo 3 dice: “Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres.” Al oír estas palabras, nos acordamos de lo que Dios prometió a Moisés. En Éxodo 29:45 le dijo: “Levanta un tabernáculo.” ¿Para qué? “Para habitar en medio de vosotros.” Es precisamente esa promesa dada a Moisés la que, al ver que por fin se cumple, la gente contempla y aclama. “¡Oh!”, gritan los ángeles. “¡El tabernáculo de Dios está con los hombres!” ¡Qué cosa tan asombrosa! No se trata de una tienda levantada en esta tierra, sino de que ahora aparece la realidad misma. Por eso exclaman, maravillados: “¡El tabernáculo de Dios está con los hombres! ¡Así se cumple lo que prometió a Moisés!”

Y luego dice: “Y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos.” Al oír estas palabras, ¿de quién más nos acordamos? Ahora, si miramos aún más atrás, es la promesa hecha a Abraham la que se cumple. “Yo moraré con ellos, y ellos serán mi pueblo.” Esto es el cumplimiento de aquello que Dios ya había prometido a Abraham en Génesis 17:8. Y entonces, ¿qué hace al estar con ellos? Ahora les enjuga las lágrimas, y ya no hay más muerte, ni llanto, ni clamor, ni dolor; las primeras cosas todas pasaron. Estas cosas ya no existen más. Por fin comienza el tiempo feliz de estar junto a nuestro Dios.

Y para que esto suceda, para que lo obtengamos, se nos manda vencer. Por eso, en el versículo 7 dice: “El que venciere heredará todas las cosas.” “Al que tuviere sed, yo le daré gratuitamente de la fuente del agua de la vida. El que venciere heredará todas las cosas; y yo seré su Dios, y él será mi hijo.” Esto es precisamente el cumplimiento, en el tiempo del Nuevo Testamento, de lo que fue prometido por medio de nuestro Señor Jesucristo. Aquello que fue prometido por primera vez a Abraham; luego, el pacto hecho por medio de Moisés; y luego, lo que fue prometido cuando Dios envió a su Hijo: todo eso por fin se cumple. Se cumple por fin cuando contemplamos la nueva Jerusalén que desciende del cielo. Al verla, por fin exclamamos: “¡Oh! ¡Dios habita en medio de nosotros! ¡Habita junto a los hombres! ¡El tabernáculo de Dios está con nosotros, los hombres! ¡Por fin los hombres han llegado a ser hijos de Dios!” Los ángeles nos envidian, y nosotros veremos esa gloria; y los que no puedan entrar en ella verán una gloria tan grande que llorarán amargamente y crujirán los dientes.

Ahora bien, esta gloria es tan grande porque, en su origen, no fue planeada para el hombre, sino que Dios la planeó para su propio Hijo. Si Dios, desde el principio, hubiera planeado toda esta gloria del cielo para el hombre, sería difícil suponer que habría preparado algo tan bueno. ¿Por qué? Porque el hombre se satisface con facilidad. No hace falta darle algo tan grande. Al hombre le basta con que lo lleven a comer una buena comida para sentirse feliz. Con que le den un apartamento amplio, de unos trescientos metros cuadrados, ya no desea nada más. Con que le dejen usar uno o dos autos, igual.

¿No existen esas cinco bendiciones de las que suele hablar la gente en Corea? Entre ellas están tener una dentadura sana, vivir muchos años, que a los hijos les vaya bien, gozar de salud; cinco bendiciones por el estilo. Aunque todas ellas se pudrirán y desaparecerán, el hombre se siente feliz con solo eso. Pero cuando el diablo mostró a Jesús toda la gloria del mundo y le dijo: “Póstrate y adórame”, a Jesús esas cosas no le llenaban. Con eso no era feliz. Así que, para hacer feliz al Hijo de Dios, no basta ninguna cosa que haya en esta tierra.

Entonces, ¿cómo será aquel cielo que Dios hizo para satisfacer aquel Hijo, aquel cielo que el Todopoderoso levantó movilizando a todos los ángeles? Por vasto que sea el universo, comparado con aquel cielo el universo no es más que un punto: allí hay una gloria inmensa. Ya en esta tierra las especies y las formas de los animales son tan variadas que aún hay animales que no hemos descubierto. Entre las criaturas de las profundidades del mar, hay muchas que el hombre todavía ni siquiera ha podido confirmar. En lo profundo del mar donde no llega la luz del sol, donde de todos modos no se puede ver nada, ¿para qué habrían de vivir allí cosas hermosas? Y sin embargo, allí también viven cosas sumamente asombrosas y curiosas, que se desplazan emitiendo su propia luz.

En los valles, en montañas que ningún ser humano ha pisado jamás, florecen flores hermosas que nunca han sido vistas por ojo humano. Dicen que hay flores que solo florecen una vez cada varios miles de años. Aun esas flores, sin que nadie las vea, florecen y se marchitan en algún lugar. No hacían ninguna falta, ¿y por qué las hizo así? ¡Qué variedad tan grande!, ¿verdad? Se dijo que todas estas cosas son una sombra del cielo. Entonces, ¿cuán diverso y multicolor será el mundo preparado en aquel cielo?

La gente malentiende aquel cielo como si fuera un mundo transparente, y piensa que allí solo flotan espíritus agitando sus colas. Pero aquel lugar es donde hay una vida más concreta que la de este mundo, y donde hay cosas más diversas. Y si en esta tierra hay muchos animales de gran variedad, en aquel cielo está lleno de ángeles ataviados con toda clase de diseños que el hombre jamás habría imaginado. Si las especies de animales pasan de varios cientos de miles, las formas de los ángeles que están en aquel cielo son mucho más diversas todavía, y esos ángeles llenan el cielo como nubes. Como las estrellas del cielo, como la arena del mar, colman los cielos. Entonces, ¿cómo serán aquella gloria y aquel asombro? Allí hay un mundo maravilloso que el hombre no podría imaginar en esta tierra.

Cuando vemos béisbol por televisión, es aburrido, ¿verdad? Vayan una vez al estadio a verlo. Con solo estar allí presentes ya se siente una catarsis, y cuando alguien batea un jonrón y los espectadores se ponen de pie gritando “¡Oh!”, con solo eso uno se emociona. Cuando decenas de miles de personas, todas vestidas de la camiseta nacional frente al ayuntamiento, gritan “¡Corea! ¡Corea!”, ¿cómo será ese ambiente? Yo tampoco lo he vivido. Pero de verdad es algo tremendo.

Cuando los ángeles llenen por completo aquel cielo, y toda la multitud de santos, algo incontable, en torno a Jesús griten: “¡Santo! ¡Santo! ¡Yeshúa! ¡Yeshúa! ¡Yeshúa!”, la emoción y el impacto de aquel momento serán realmente enormes. Aquello fue dado para Jesús, pero se nos ha concedido participar juntos en esa gloria. Así que, de verdad, hemos recibido esta felicidad completamente de añadidura.

Por esa esperanza es que ahora vivimos con tanto esfuerzo la vida de fe. Por aquello de disfrutar juntos de esa gloria. Pero, aunque disfrutar juntos de esa gloria sea nuestra máxima felicidad, hay algo aún más dichoso. Miremos Efesios capítulo 1. Efesios 1, versículos 11 y 12.

“En él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad, a fin de que seamos para alabanza de su gloria, nosotros los que primeramente esperábamos en Cristo.” (Efesios 1:11-12)

Aquí, la versión que acabamos de leer dice “tuvimos herencia”; es decir, “obtuvimos una heredad”. Y así es: en Cristo obtuvimos juntamente la herencia, tal como dije antes. Pero hay otras versiones que no dicen “obtuvimos”, sino “llegamos a ser heredad”. Dicen: “llegamos a ser su heredad”. ¿Qué dice, por ejemplo, en inglés? “Obtuvimos”.  Nosotros, en Jesús, obtuvimos juntamente la herencia. Sin embargo, otra versión lo expresa así, entre paréntesis: “llegamos a ser heredad”. ¿Y qué dice en chino? Dice “chéngle (成了)” Es decir, “llegamos a ser”. De modo que no solo obtuvimos la herencia, sino que en él llegamos a ser heredad. Heredad. Así que nosotros mismos hemos llegado a ser la heredad.

A su Hijo, Dios le dio toda clase de cosas hermosas y gloriosas; pero entre ellas, ¿cuál glorificará y agradará más a Jesucristo? Para eso creo a los ángeles en el cielo. Hizo a los ángeles y puso allí muchísimas cosas; pero si no hubiera ángeles, ¿qué ocurría? Si Jesús fuera solo, completamente solo, a aquel cielo tan amplio, ¿qué gloria sería estar solo? Por bueno que sea el mejor palacio presidencial, si el presidente estuviera allí solo, sin nadie que le sirva, ¿qué placer habría en eso? Es glorioso precisamente porque hay quienes le sirven.

Por eso, ¿cómo se llamó a los ángeles? Se los llamó “ángeles de gloria”. “Ángeles de gloria.” Por eso, si uno lee bien la Biblia, la palabra ‘gloria’ y la palabra ‘ángel’ siempre van juntas. Así, se dice: “cuando venga con los ángeles”, “cuando venga con los ángeles en la gloria de su Padre”, y también “cuando venga con los ángeles de gloria”. Y cuando Moisés edificó el tabernáculo y “la gloria de Dios lo llenó”, ¿qué quiere decir eso, que allí había quién? Quiere decir que allí estaba un ángel, el ángel de Jehová. Así que quien da gloria a Dios y lo glorifica no es un espacio; el núcleo mismo es el ángel.

Por lo tanto, todas esas cosas gloriosas que Dios entregará a su Hijo, ¿con quién tienen relación? Con los ángeles. Son obras que los ángeles llevaron a cabo. Por supuesto, es Dios quien lo preparó; pero, en concreto, son los ángeles quienes participan en la obra de hacerlo todo, la realizan y dan gloria. Así que quienes poseen gloria suficiente para dar gloria a Dios son los ángeles. Pero, al mirar a esos ángeles, ¿acaso Jesús quedará satisfecho?

En el tiempo del Antiguo Testamento, en Génesis, cuando trajeron ante Adán, uno por uno, a los animales, el plan de Dios era este: “Le proporcionaré una ayuda idónea, alguien que le ayude.” Es Génesis capítulo 2. Así que Dios dijo: “No es bueno que el hombre esté solo; le daré ayuda idónea”, y luego hizo a los animales y los hizo pasar ante él, uno por uno. Durante todo ese tiempo en que vivió solo en el Edén, ¡cuán solo se habría sentido! Así que, al ver un perro, bien pudo decir: “¡Oh! ¡Ahora ya no estaré aburrido! ¡Muchas gracias!”, y quedarse a vivir con ese perro, ¿no?

Por eso, también ahora muchos, diciendo ‘mejor un perro que un marido’, se divorcian y se quedan a vivir con un perro. Y fíjense: hoy ya ni siquiera se usa mucho la palabra ‘mascota’. Antes se decía ‘mascota’, es decir, un animal que uno tiene por gusto, como una afición, como un pasatiempo; algo con lo que jugar y que lo entretiene a uno. Pero ahora ya no se lo llama así, sino “animal de compañía” —en chino, ‘bànlǚ (伴侶)’—, un compañero de vida. Y esa palabra, ‘compañero’, es exactamente la misma de cuando Dios dijo: “Le haré a Adán una compañía, una ayuda idónea.” De modo que, aunque bien pudo mirar a ese perro y decir “¡Ah, amado mío!”, Adán no quedó satisfecho. Aunque pasara un caballo, aunque pasara un dragón, aunque pasara una gallina, una oveja o un asno, ninguna de esas cosas le llenaba el ojo.

Pero como la mujer fue sacada de él después de que derramara su sangre, habría habido sangre, ¿verdad? Cuando vio a aquel ser hecho de su propia sangre, de su hueso y de su carne, exclamó: “¡Esto es hueso de mis huesos y carne de mi carne!”, y en ella quedó satisfecho. A ella la eligió. Así que, por espléndido que fuera cualquier animal, quizá en apariencia esta mujer fuera inferior a algún animal. Pero, por ser ella misma salida de su propia sangre y carne, en ella se satisfizo y a ella llegó a amar por encima de todo.

Del mismo modo, aunque Dios le hubiera hecho a Jesús todos los ángeles que hay en el cielo, ¿qué habría allí que hiciera a Jesús mirar todo eso y alegrarse diciendo: “¡Oh! ¡Esta es la heredad que Dios me ha dado!”? ¿Los ángeles? ¿Acaso, al mirar a esos ángeles, diría: “¡Oh! ¡Esta es mi compañera!”? Esas cosas pueden servirle y ayudarle, pero no llegan a ser esa heredad que se asiente para siempre en el corazón de Jesús. Pero cuando mira a los que fueron comprados con la sangre de Dios, y luego a los que comieron la carne de Jesús —es decir, de Dios—, nuestro Jesús confiesa: “¡Esta es mi heredad! ¡Estos son, de verdad, los que más amo, los que mi Dios me ha dado!”

Así que, más que “disfrutar de la herencia junto con Jesucristo”, lo que ocurre es que nosotros mismos llegamos a ser la heredad que Dios dio a Jesucristo. Por eso, tal como Jesús dijo: “A los que el Padre me ha dado, no los perderé hasta el final, sino que los resucitaré”, así nosotros, finalmente, llegamos a ser la heredad de Jesús y existimos en aquel cielo como el amor eterno de Jesús.

Así que nosotros, en aquel cielo, más allá de ser seres que simplemente disfrutan de la gloria junto a Jesús, llegamos a ser quienes de verdad agradan a Jesús y reciben su amor. Como cuando se dice: “¡Hefzibá! ¡Beula!” Es decir: “¡Hefzibá! ¡Beula!”, que significa: “¡Tú eres verdaderamente mi amada esposa!” O sea, de verdad: “¡Tú eres mi mayor gozo!” ¿Y cuándo se dicen esas palabras? En realidad, son palabras que un hombre y una mujer que se aman pueden pronunciar en el momento de mayor gozo. Es decir, Dios nos toma a nosotros como ese gozo. En el Cantar de los Cantares se expresa aquel gozo por la propia esposa, por la mujer amada, ¿verdad? Pues eso es precisamente lo que llegamos a ser. De modo que, amándonos así, nos preparó aquel cielo y nos hizo participar de esa gloria; pero, por encima de todo lo demás, hace de nosotros mismos el objeto en el Jesús más se complace.

Para quienes han recibido semejante amor, es más que evidente qué deben hacer y cómo deben vivir en esta tierra. Dios, sabiéndolo todo de antemano, se lo prometió a Abraham; y, más aún, desde antes, desde la creación del mundo, lo sabía y lo prometió. Dios ciertamente cumple sin falta lo que ha planeado. Jesús volverá, y aquel día vendrá pronto sobre nosotros. Por eso, para recibirlo, no tenemos que ir a esperar a algún lugar, sino dar lo mejor de nosotros allí donde estamos. Por eso se dijo que unos recibirán aquel día de día, otros de noche, otros por la mañana. Que unos, mientras duermen; otros, en el campo; otros, moliendo en el molino; cada uno en un momento distinto, así recibirán al Señor.

Así es como la bendición prometida a Abraham se cumple; y después de eso, no es el fin, sino el comienzo; pero sobre ese día que ha de comenzar, la Biblia casi no registra nada. Es como decir: “imaginadlo cuanto queráis.” Es un “esperadlo cuanto queráis”, y esto, ahora, está oculto. Solo se ha revelado hasta cierto punto, solo el comienzo; pero qué clase de vida se desplegará en aquel lugar, por más que uno exagere y lo agrande hasta el extremo, aguarda una gloria tan grande que ni siquiera con la imaginación humana se podría llegar a imaginar.

Deseo que seamos llenos de esa fe que tenga la mirada en aquel cielo. Y así, aunque en esta tierra no seamos reconocidos por lo que hemos hecho, por eso mismo podemos seguir trabajando. ¿Saben qué es lo más difícil para una persona? Especialmente al servir en la iglesia, lo difícil es esto: que yo lo haya hecho todo y que después el mérito vaya a parar a otra persona. Cosas así pueden ocurrir. Da impotencia, ¿verdad? Pero ¿por qué podemos superarlo y vencerlo del todo? Porque, más bien, es algo bueno. ¿Por qué? Porque, como la gente en esta tierra no lo reconoce, allá en el cielo se va acumulando poco a poco. A mí también me han pasado muchas veces. Cuando yo lo he planeado y hecho todo, y después resulta que… ¿cuándo da más impotencia? Cuando el obispo atribuye el mérito a otra persona, o cuando piensa que fue aquel quien lo hizo todo, por un lado, uno siente impotencia. Pero uno no lo toma así, sencillamente. Sin tratar de aclararlo, uno puede pensarlo con alegría. ¿Por qué? Porque piensa que allá en el cielo se va acumulando poco a poco. “Mejor que quede oculto.”

Por eso, cada vez que me ocurre algo así, pienso: “¿Cómo es que soy tan bendecido?” “¿Por qué se ocultarán todas esas cosas? ¿Por qué quedará oculto lo que he hecho?” Esas cosas son, más bien, motivo de alegría. Todo se va acumulando poco a poco en el cielo; porque, si aquí en la tierra recibiéramos ya toda la alabanza, ¿qué nos quedaría? Así que, cuando algo quede oculto, en lugar de sentirlo como una injusticia y decir “¡ay, qué rabia!”, alegrémonos y esperemos recibir una gloria mayor en el cielo.

Por eso, mientras trabajamos con empeño en esta tierra, podemos orar: “Señor, haz que quede oculto.” Y más allá de “ayúdame a superarlo cuando quede oculto”, podemos incluso orar así: “Que quede oculto del todo; que todo lo que he hecho quede tapado, y que solo los resultados de esa obra aparezcan de forma hermosa.”

Oremos, para que de verdad podamos llegar a ser personas que ponen su esperanza en el cielo.

Padre nuestro, te damos gracias por hacer que pongamos con firmeza nuestra esperanza en el cielo. Haznos felices siempre con la felicidad del cielo, haznos gozar con el gozo del cielo, y úsanos en esta tierra con el poder del cielo. Haz que las muchas dificultades con que tropezamos en esta tierra lleguen a ser nada al compararlas con la gloria del cielo; y, abriendo de par en par nuestro corazón y amplia nuestro corazón, ayúdanos a llegar a ser personas grandes, poseedoras de esa escala del cielo y de esa gran gloria. Te damos gracias y oramos en el nombre de Jesús. Amén.