Servicio del Día del Señor del 23 de agosto del 2026

Pastor Sung Hyun Kim

Cuando abrimos la Biblia, nos topamos con la historia de Abraham, un anciano que vivió hace miles de años, al otro lado del mundo, y que adoraba ídolos. Hay quienes preguntan: “¿Qué tiene que ver esa historia tan vieja con mi vida de hoy, en medio de tantas luchas? ¿No es más que una historia disecada en la Biblia?”. Pues no, de ninguna manera. La Palabra de la Biblia son los labios vivos de Dios, que trascienden el tiempo. Cuando Dios llamó a Abraham y contó su fe por justicia, no le estaba dando un privilegio del pasado, algo solo para él. Estaba trazando el modelo eterno de la salvación, esa autopista de la gracia que él mismo preparó para que llegara hasta nosotros, los que un día andaríamos por ese mismo camino de fe.

Desde que nacemos venimos atados a una naturaleza pecadora, y por eso no había forma de escapar de un destino eterno de condenación y perdición. Pero Dios resolvió ese problema del pecado que nos tenía sin salida. Y no lo hizo como los dioses de este mundo, que amenazan y se imponen por la fuerza hasta que uno cede; tampoco nos fue dando la salvación a cuentagotas, como quien hace un favor de mala gana. Dios entregó al patíbulo a su Hijo Unigénito, Jesucristo, quien era como su propio corazón. Ahí derramó toda su pasión, todo su amor, toda su fidelidad. Y lo único que nos pidió no fueron méritos ni buenas obras, sino una sola cosa: una fe pura, de esa que confía por completo en Dios y lo deja todo en sus manos.

Esta gracia asombrosa de Dios que entrega a su Hijo obra en todo el que cree, sin importar la época ni el lugar. Lo que Cristo cumplió en la cruz alcanzó incluso los pecados de Abraham, que vivió dos mil años antes, y los perdonó por completo, sin que quedara nada pendiente. Tanto Abraham como nosotros hoy pisamos la misma roca: la redención que hizo Jesucristo. Pensemos por un momento. Abraham, sin tener siquiera la Palabra escrita, en medio de una niebla incierta, dependió del “Dios que puede dar vida a los muertos”. Así que nosotros, que tenemos toda la verdad de la Biblia y hasta el testimonio del Espíritu Santo, no tenemos ninguna razón para creer menos que él.

Jesucristo fue entregado a la muerte en la cruz para cargar con el castigo que nosotros merecíamos. Pero no se quedó encerrado en la tumba. El antiguo sumo sacerdote entraba al Lugar Santísimo con la sangre del sacrificio y luego tenía que salir, y solo así se sabía que aquella ofrenda había sido aceptada. Del mismo modo, Jesús, nuestro Sumo Sacerdote eterno, después de morir tenía que resucitar y presentarse delante de Dios. Con su muerte llevó a cabo la redención hasta el final, y con su resurrección dejó confirmado, de manera oficial, que esa redención había sido aceptada. Por eso la muerte y la resurrección de Cristo no se pueden separar, son una sola victoria, completa.

Así fue como Dios lo dio todo, lo invirtió y lo sacrificó todo, con tal de darnos vida. Aunque nuestra realidad se tambalee y parezca que vamos a caer, el que se aferra a la mano del Señor que resucitó camina por un camino de gloria que nunca se derrumba. Ese camino de gracia que se abrió para Abraham sigue abierto hoy, también delante de nosotros, trascendiendo el tiempo. En los pocos años que dura esta vida, lo que debemos hacer es alabarlo, darle gracias y glorificarlo mientras vivamos. Aferrémonos con firmeza al poder de Jesucristo, que murió por nosotros y volvió a la vida, y pongamos en sus manos el resto de nuestros días y todo nuestro corazón, delante de su amor fiel.