Primer amor
Escribe al ángel de la iglesia en Éfeso: El que tiene las siete estrellas en su diestra, el que anda en medio de los siete candeleros de oro, dice esto: Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia; y que no puedes soportar a los malos, y has probado a los que se dicen ser apóstoles, y no lo son, y los has hallado mentirosos; y has sufrido, y has tenido paciencia, y has trabajado arduamente por amor de mi nombre, y no has desmayado. Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor. Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras; pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido. Pero tienes esto, que aborreces las obras de los nicolaítas, las cuales yo también aborrezco. El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios. (Apocalipsis 2:1-7)
Dios le prometió a Abraham: “Estaré contigo y con tu descendencia; seré el Emanuel”. Y por medio de Jesucristo nosotros fuimos santificados, y el Espíritu Santo vino a morar en nosotros, de modo que llegamos a ser uno con Dios. Jesús dijo: “En aquel día ustedes sabrán que yo estoy en ustedes, y que yo estoy en el Padre, en Dios”. Y refiriéndose a ese día, oró así: “Como tú, Padre, estás en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno”. Es decir, esa relación que Dios prometió, la del ‘Emanuel’, existía desde el principio dentro de la relación entre el Padre y el Hijo; y es a esa relación a la que Él nos une.
Fuera de esa relación entre Dios y el Hijo, de ninguna otra cosa se puede decir que ‘está con nosotros’, es decir, que es Emanuel. Nuestro Dios Padre y el Hijo son Emanuel, están juntos: son una relación que no se puede separar, de la que se puede decir que es ‘una sola’. Por eso, también de Jesús y de nosotros, es decir, de la iglesia, se dice ahora que somos ‘uno’, que ‘estamos juntos’. Aunque cada uno tiene su propia persona, se dice que somos uno. El Padre y el Hijo compartieron un solo nombre. El Padre le dio su nombre al Hijo y lo comparte con Él, y eso es Emanuel: “Es el nombre de Emanuel, el nombre del estar juntos”. El Padre y el Hijo tienen ese nombre como uno solo, y a nosotros también nos dio ese nombre para hacernos entrar dentro de esa relación.
Como el Padre y el Hijo son así uno, por medio de Jesús podemos aprender qué actitud y qué vida debe tener quien ha recibido la gracia. Jesucristo es uno con el Padre y es igual al Padre, y sin embargo se hizo alguien que sirve al Padre. ¿Y qué se hace cuando se está junto a alguien? Estando juntos se pueden hacer muchas cosas. Nuestros hijos, cuando están juntos, a veces se pelean y se molestan, y en esos momentos a uno le dan ganas de “separarlos un poco, de darles cuartos aparte”. Entonces, ¿qué se debe hacer estando juntos? Servir. El Hijo sirvió al Padre; y ¿cómo lo sirvió? Lo sirvió con amor. Dios amó al Hijo; y entonces, ¿de qué manera amó el Hijo? Amó sirviendo con humildad. Por eso, normalmente no solemos decir ‘el Hijo amó al Padre’ —aunque eso también es amor—, sino que decimos ‘obedeció’. Es decir, ese amor se expresa mediante la ‘obediencia’. El Padre le da todo al Hijo, y el Hijo obedece; no hay ningún conflicto, y llegan a ser completamente uno. El Hijo obedeció a su Padre en todo, absolutamente en todo.
Él siendo Dios, no tenía ninguna necesidad de hacerlo; y aun así se transformó a sí mismo en la figura de un siervo. Él no era siervo, pero tomó la forma de siervo, y no por un rato, sino para siempre. Jesús no se hizo Hijo del Hombre solo cuando vino a esta tierra, sino que se hizo Hijo del Hombre para siempre; por eso, aun en el cielo, está junto a Dios eternamente como el Hijo del Hombre. Es decir, permanece eternamente como quien sirve, como quien obedece para siempre y es humilde para siempre. Dios ama eternamente a ese Hijo; y como le resultaba tan amado, le dio todo lo suyo, e hizo que no hubiera otro camino para darle gloria al Padre sino el Hijo.
En chino existe la expresión “lǐ shàng wǎng lái (礼尚往来)”. En español decimos: “Amor con amor se paga”. Entre Dios y el Hijo hay, así, cariño que va y cariño que viene. Esa relación se realiza cuando, en lugar de exigirse el uno al otro, cada uno se entrega de manera totalmente incondicional y sigue amando de manera incondicional. Aunque la actitud sea la misma —servir igual y amar igual—, si se invierte el orden, se vuelve motivo de conflicto. No puede ser: “Sírveme tú, ámame tú, ama tú primero, sírveme tú primero”.
Una relación hermosa es aquella en la que uno sirve por iniciativa propia. Y más aún nosotros, que no somos Dios sino pecadores: como pecadores que han recibido gracia, es Dios quien, por su propia iniciativa, nos da. Cuando Él dice: “Tú eres mi hijo, disfruta de lo mismo que yo tengo”, está bien recibirlo y disfrutarlo con gratitud, diciendo: “Gracias, cuánto amor tienes”. Pero si uno piensa: “Ah, ya que soy hijo de Dios…”, y dice: “En esta tierra la gente anda en buenos carros, así que yo también tengo derecho a andar en un buen carro; como soy hijo, tengo la libertad de hacer lo que quiera”, entonces esa relación ya se dañó. Hay que obedecer por iniciativa propia.
En las relaciones humanas pasa lo mismo. Cuando a uno lo honran, debe ser humilde por sí mismo, y eso es precisamente la ‘etiqueta’, los buenos modales. Los buenos modales no consisten en honrar a alguien porque sea grandioso, sino en respetarlo por decisión propia; es un acuerdo social. Por eso nos respetamos y amamos la persona del otro. Entonces el otro también debería ser humilde por sí mismo; pero cuando uno lo trata así, hay personas que se confunden, creen que es porque ellas son importantes, y se elevan. Mientras más íntegra es una persona, mejor trata incluso a quien tiene una posición baja; en cambio, quien es inmaduro o le falta juicio toma eso como algo que merece, y se atreve a tratar mal a los demás. Eso hay que entenderlo, porque quien no lo entiende comete errores; una persona así tampoco puede desenvolverse bien en la sociedad, y la gente la rechaza.
Así que, cuando Dios nos honra y nos extiende su mano, no es porque nosotros seamos grandes, sino por su propia nobleza; y no darse cuenta de esto y pensar “puedo aceptarlo o puedo no aceptarlo” es un gran error. En cambio, el Hijo de Dios, siendo igual a Dios, no obró así, sino que tomó por completo la forma de siervo; y habiéndolo hecho, mostró plenamente cómo debe actuar quien ha tomado radicalmente la forma de siervo. Incluso al final, cuando lo que Dios le pedía era completamente distinto a lo que Él pensaba, algo a lo que de verdad no quería obedecer, dijo: “No se haga mi voluntad, sino la tuya, Padre”. Él claramente deseaba que esa copa pasara, pero al final se arrodilló conforme a la voluntad del Padre y obedeció por completo; y al ver esa actitud, Dios obró.
Cuando Dios le dijo a Abraham: “Ofréceme a tu hijo”, ¿qué habría pasado si Abraham se hubiera equivocado? Imaginemos que, pensando que como se encontraba con Dios, hablaba con Él cara a cara y hasta comía con Él, podía dar su opinión, hubiera tratado de convencerlo diciendo: “Dios, ¿no es esto demasiado? Tú mismo me diste este hijo y dijiste que de aquí nacería mucha descendencia; si este niño muere, ¿cómo se va a cumplir aquello? Dios, piénsalo de nuevo”. O que, de forma indirecta, le hubiera querido hacer caer en la cuenta, como diciendo: “Parece que Dios no pensó en esto”. Eso es un acto de menosprecio hacia Dios. ¿Acaso Dios no lo sabe? ¿Acaso no lo ha pensado? Sin embargo, a la gente actúa de esa manera con frecuencia.
Por ejemplo, cuando el jefe pide algo, es fácil responder: “Pues claro, ¿no es así como funciona? Entonces habría que hacerlo de esta otra manera, ¿no?”. Pero antes de hablar así, lo primero que debe pensar quien sirve es: “El jefe me está diciendo esto después de haberlo calculado todo”. Quien sirve debe tener este pensamiento como base. Del mismo modo, cuando Dios da una orden, no la da sin saber, sino que hay que tener esa confianza básica en Dios de que “Él dio la orden sabiéndolo todo”.
Dentro de esta relación entre Dios y el Hijo, el Hijo mostró plenamente cómo debe ser quien sirve a Dios; y por eso Dios se agradó tanto de Él que le dio toda autoridad en el cielo y en la tierra.
Así que, cuando hoy decimos “hemos sido hechos Emanuel con Dios” y que Dios haya dicho “tú comerás conmigo y yo comeré contigo” no quiere decir que uno pueda creerse igual a Dios y tratarlo como queramos. Ni ponerse a reclamarle: “Dios, ¿por qué me quieres usar? ¡¿Cómo es que crear al ser humano fue para usarnos a favor tuyo, para que Jesucristo viniera a esta tierra?! ¡¿Y para usarnos con el fin de destruir al diablo?!”. No estamos en posición de rebelarnos ni de reclamarle así a Dios. Nosotros no somos más que personas que han recibido gracia.
Por eso, una vez que sabemos que ‘hemos sido hechos Emanuel’, nuestra mentalidad debe ser la de un verdadero secretario, el secretario de Dios. Decir ‘siervo de Dios’ quizá no encaja del todo, porque el siervo solo tiene que hacer lo que le mandan. En cambio, ¿qué debe saber hacer bien el secretario de Dios? Debe conocer bien el corazón del jefe, es decir, de Dios, para saber qué desea y hacerlo sentir a gusto; debe hacer sentir cómodo a Dios y servirlo también con mucho cuidado. Por eso, cuando Dios le encarga algo, debe captar su intención y hacerlo; y además, después de hacer algo, debe reportar lo que hizo: “Esto lo hice de tal y tal manera”. Sin embargo, nosotros le pedimos algo a Dios —“Dios, ayúdame con esto”— y, cuando nos ayuda, ahí termina todo. Qué bueno sería volver ante Dios y decirle: “Gracias; lo hice así y así, lo hice tal como me lo encomendaste; pude hacerlo bien porque tú me diste el poder”, pero no lo hacemos.
También al predicar: antes de predicar uno se acerca y ora: “Dios, dame sabiduría, conocimiento y poder para tu Palabra”. Pero apenas termina la prédica, uno queda satisfecho pensando “ah, las almas recibieron mucha gracia”, y ahí termina todo; uno simplemente se va a casa a dormir tranquilo. Sin embargo, yo, haciendo lo mismo, en cierto momento llegué a pensar: “Ah, esto es demasiado interesado de mi parte”. Si oré con tanto fervor antes de predicar, después de terminar también debo volver y arrodillarme; así debe ser, eso es lo que hace fiel a una persona. Cuando la prédica termina y la oración ha sido respondida, hay que acercarse y dar su reporte: “Dios, en este tiempo santo que tú me diste, con el poder que tú me diste, lo hice bien; las almas recibieron gracia y, al echar fuera demonios, también salieron los demonios; así lo hice, gracias”. A esa persona uno quiere ayudarla otra vez. En cambio, si uno ayuda una vez y después no recibe ni una palabra, ya no quiere ayudar de nuevo; y con Dios pasa lo mismo.
Por eso, al servir a Dios hay que pensar ‘estoy junto a Dios’, es decir, como su asistente que lo acompaña. ¿No hay personas que, cuando el jefe va a algún lado, lo siguen cargándole el maletín? Cuando decimos que estamos junto a nuestro Señor, debemos ser esa clase de asistentes del Señor: captar su corazón, hacerlo sentir muy a gusto y prever qué va a hacer. Así que, si al servir a Dios no estamos siempre despiertos, no podremos hacerlo; hay que pensar siempre con agilidad, estar despiertos y anticiparse.
Por eso, cuando decimos ‘hemos sido hechos Emanuel con Dios’, no piensen en un Emanuel de solo estar juntos, de solo estar abrazados. Eso sucederá allá en el cielo; allí sí comeremos juntos. Pero comer en el cielo —es decir, ‘comer juntos’ en esta tierra y ‘comer juntos’ en el cielo— es un poco distinto. Allá en el cielo comeremos con el Señor, y entonces disfrutaremos juntos de la gloria. El rey David, cuando andaba huyendo, vivía sin sosiego; pero después, cuando recuperó el trono y volvió a Jerusalén, mandó llamar a todos los que lo habían ayudado en aquel tiempo y los hizo comer con él a la mesa en Jerusalén. Así, disfrutaron juntos de la gloria. En cambio, comer juntos en esta tierra es trabajar juntos, es decir, trabajar poniendo toda la atención para cumplir la voluntad de Dios. Por eso nosotros somos personas que participan así, juntas, en la obra.
Por eso hay que estar muy atentos, y perder esa disposición del corazón es precisamente perder el primer amor. Así como el asistente piensa siempre en su señor, es porque lo ama que uno se pregunta: “¿En qué estará pensando Él?”.
Hay una mujer que me ama; esa mujer es misteriosa y tiene un poder sobrenatural. Normalmente, cuando estoy de buen ánimo o tengo fuerzas, no pienso mucho en ella; solo cuando me pongo triste o me siento agotado, me acuerdo de ella. Y, curiosamente, cuando ando escaso de dinero y me acuerdo de ella, esa mujer me envía plata; y cuando estoy con el ánimo por el suelo, me llama por teléfono y me consuela con sus palabras. De verdad tiene un poder sobrenatural: es mi mamá. Es admirable cómo lo hace. Si fuera una o dos veces, uno diría “será casualidad”; pero cada vez que estoy en verdaderos apuros económicos o me pasa algo, me ayuda justo en el momento y el lugar precisos, y eso es asombroso.
Por eso le pregunté: “Mamá, ¿es que tienes telepatía?, ¿de dónde te sale ese poder?”. ¿Y qué creen que respondió? “Es que te amo”. Dice que ese poder le sale porque me ama; siempre está pensando en su hijo. En cambio, el hijo la tiene olvidada, ya ni se acuerda de ella, ayer fue Navidad y ni siquiera la llamé. Como era Navidad, sí me acordé de mis hijos —“¿estarán bien los niños?”—, pero de mis padres casi no me acuerdo; qué desagradecido es uno. Sin embargo, mi mamá seguro sí estuvo pensando en su hijo.
Así que, porque uno piensa, porque ama, porque se acuerda una y otra vez, termina sirviendo una y otra vez; y servir bien al Señor es fruto de tenerlo siempre presente en el corazón y pensar en Él.
Los de Éfeso lo hacían todo bien: servían bien, se esforzaban, eran pacientes y trabajaban con dedicación; pero habían perdido el primer amor. Ese amor de pensar solo en el Señor, de pensar en el Señor sin importar lo que estuvieran haciendo, de querer servirlo a Él primero y preguntarse “¿qué querrá el Señor?”, ese amor fue justamente el que perdieron. Por eso se les llama al arrepentimiento. “Arrepiéntete; de lo contrario, aunque lo hayas hecho todo bien, quitaré tu candelero”, dijo. ¡Qué cosa tan temible!
Entonces, al oír esto, no hay que obsesionarse solo con lo de “quitaré tu candelero” y ponerse a pensar “¿y qué hago si me quitan el candelero?”. Si a alguien le dicen: “Oye, si sigues así no vas a entrar a la universidad; estudiando de esa manera no vas a pasar”, ¿acaso debe responder “ah, entonces no voy a entrar a la universidad”? Si le dicen: “Si sigues así, vas a terminar pidiendo limosna; ¡tienes que esforzarte!”, ¿debe pensar “ah, voy a terminar de mendigo”? Y si le dicen “¡así te van a pegar!”, ¿debe pensar “ah, me van a pegar”? Una persona así es una tonta. Lo que le están diciendo es que se esfuerce. Del mismo modo, lo central no es ‘quitaré tu candelero’, sino el llamado a arrepentirse.
Y una vez que uno se arrepiente, ¿qué debe hacer? Se le dijo que volviera a las primeras obras: “¿Cómo actuabas al principio?”. ¿Cómo se recupera el primer amor? Recuperar aquel sentimiento es muy difícil. Por eso, en lugar de intentar recuperar primero el sentimiento, se dijo: “Vuelve a las primeras obras. ¿Cómo actuabas al principio? ¿Acaso no orabas apenas tenías un momento, no leías la Biblia apenas podías, no buscabas evangelizar en cuanto tenías la oportunidad, no procurabas dar gracias a Dios como fuera? ¿No llegabas temprano al culto para orar? ¿No te emocionaba acercarte a Dios, y por eso preparabas la ofrenda con anticipación, procurabas ir como fuera a la oración de la madrugada, lo volvías a intentar cuando fallabas, y hacías lo posible por asistir a la vigilia? Vuelve a las primeras obras”. Así dijo. Y no queda sino recuperar el primer amor arrepintiéndose y volviendo a las primeras obras.
Debemos amar al Señor. Dejando de lado aquello de “si no, quitaré tu candelero”, ¿no debería quien es tan amado por el Señor amar así también al Señor? Por eso, pensando de verdad en el corazón del Señor, hay que recuperar ese amor. ¿Qué tan feliz era uno cuando estaba dentro de ese amor? ¿Qué tan feliz fue cuando comprendió que el Señor nos ama, y qué tan feliz cuando lo amó y le obedeció? Hay que recuperar esa felicidad, esa felicidad ardiente.
Yo tuve una época en que llegaba tarde al culto, unos diez minutos, una y otra vez; por más que luchaba, no lo lograba. Un día, decidido, salí como media hora antes; pero en el camino me di cuenta de que se me había quedado algo, tuve que devolverme por ello y otra vez llegué diez minutos tarde. Era como estar bajo una especie de maldición de la que no podía escapar, y pensé: “Esto es un espíritu engañador”. De verdad, hiciera lo que hiciera, no lo lograba; creo que estuve así, sin fallar una sola semana, durante unos seis meses o hasta un año. Era porque el corazón ya estaba en otra parte. No lo lograba, hasta que después tuve un accidente automovilístico, y con eso me arrepentí en grande, temblando de temor, me arrepentí profundamente y luego expresé algo con mis acciones. ¿Cómo lo expresé? Diciéndome “tengo que cambiar mi manera de actuar”, empecé a cambiar mis acciones. Quité el televisor de la casa; y el dinero que había estado ahorrando para comprar un carro lo di todo como ofrenda, diciendo “¿qué carro ni qué nada?”. Después me arrepentí profundamente delante de Dios, y desde entonces, sin hacer ningún esfuerzo, llegaba temprano por sí solo. Es realmente asombroso.
Por eso, aunque uno diga “así no puedo seguir; perdí mis primeras obras, perdí el primer amor, algo tiene que cambiar”, a veces, por más que intente cambiarlo, no sirve de nada y no logra salir de ahí. En esos momentos hay que arrepentirse. Arrepiéntase y vuelva a las primeras obras, mostrándole a Dios plenamente su voluntad. Solo es posible si Dios lo ayuda.
Oremos “Señor, de verdad quiero volverme a ti y arrepentirme. Aunque este año dije que me esforzaría…”. ¿Qué clase de iglesia era la de Éfeso? Una iglesia que se esforzó, una iglesia que lo hizo todo bien. Y, sin embargo, había perdido el primer amor; parece justamente una palabra dirigida a nosotros. Señor yo creo que lo hice todo bien y que todo es digno de elogio, pero he perdido el primer amor. Señor, ayúdame para que pueda arrepentirme y volverme a ti, para que pueda recuperar el primer amor. Oreamos.
Padre Dios, nosotros nos arrepentimos y decidimos también volver a las primeras obras, y nos arrepentimos de nuevo; por eso, Padre Dios nuestro, ayúdanos. Obra en nosotros para que podamos recuperar el primer amor. Ayúdanos a ser personas que conozcan Tu corazón y que siempre lo tengan presente en el corazón para servirte. Oramos en el nombre de Jesús. Amén.

