Servicio del Día del Señor del 17 de mayo del 2026

Pastor Sung Hyun Kim

También hoy, en algún lugar, estalla una guerra, y alguien está pisoteando a otro. Al recibir estas noticias, fruncimos el ceño por un momento y enseguida volvemos a nuestra rutina. Es que ya nos hemos acostumbrado demasiado a estas cosas. Pero esa misma costumbre puede ser una prueba más de cuán firme es el ciclo de destrucción y miseria en el que estamos atrapados. Que el hombre dañe al hombre, que el fuerte destruya al débil, que se hable de paz sin llegar jamás a ella —esta situación que se repite una y otra vez— no pertenece únicamente a los malvados. Es algo que tiene que ver con todo el que nace en esta tierra. Y, sin embargo, la triste realidad del ser humano es que ni siquiera se da cuenta de ello.

La Biblia acusa al hombre de ser pecador por muchos motivos, y entre ellos, en cuanto a su conducta, destaca tres. Primero, el instinto de matar. No nos quedamos solo en el odio: dentro de nosotros hay una semilla que, según las circunstancias, puede llegar a la acción. Segundo, la inclinación a destruir. El acto de destruir no solo deja a la víctima en una situación miserable, sino que también arrastra la vida del agresor por el camino de la perdición. Le están robando la felicidad a otro, pero en su propio corazón ya resuena el preludio de un oscuro terror. Tercero, la ausencia de paz. El ser humano no es que simplemente no tenga paz: es que él mismo huye de ella.

¿Por qué será que el hombre es así? ¿Por qué hace tanto mal, vive en tal ignorancia espiritual, se rebela contra Dios y quiere vivir a su antojo? ¿Por qué es espiritualmente inútil y carece de toda voluntad de hacer el bien? ¿Por qué pronuncia solo palabras muertas, engaña a los demás, derrama veneno por su boca y se dedica a la malicia y la maldición? ¿Por qué mata, destruye y huye de la paz? La Biblia responde: “No hay temor de Dios delante de sus ojos” (Romanos 3:18). Si el hombre temiera a Dios, no haría el mal con tanta ligereza. Pero el ser humano se ha acostumbrado tanto a un ambiente de mentira que, si no lo ve con sus propios ojos, no quiere creerlo. Y siendo así, ¿cómo podrá llegar a encontrarse con Dios?

El temor de Dios tiene dos dimensiones. Una es el temor que nace del anhelo: el deseo de agradarle, de estar a su lado y de que Él se acuerde de nosotros. A esto corresponde el caso de Cornelio, el gentil, que desde lejos admiraba con anhelo al Dios de los judíos y oraba a Él. La otra es el temor que tiene presente el castigo. Dios es quien castiga el pecado. Cuando le alabamos, no es porque ignoremos esto. Dios no solo destruye la injusticia, sino que también nos da la felicidad eterna. Es natural temer a un Dios así. Solo de ese modo podemos guardarnos del pecado.

El camino de destrucción y miseria lo recorren todos los hombres naturales; pero nosotros somos los que hemos sido rescatados de ese camino. La sangre de Jesucristo rompió por completo el ciclo de la maldición, y al diablo ya le fue quitada la autoridad que antes ejercía. Ya no somos el viejo hombre. Estamos firmes en la justicia y la verdad de Dios, y en Cristo gozamos de la verdadera paz y de la esperanza del mañana. No nos juzguemos a nosotros mismos con los ojos del mundo. El Señor entregó su propia vida y nos aseguró la victoria completa y la felicidad eterna. No volvamos jamás a ser el viejo hombre; antes bien, confiando del poder del Espíritu Santo, caminemos con fuerza por ese camino de gloria.