Servicio del Día del Señor del 19 de julio del 2026
Siguiendo las huellas de la fe
(Romanos 4:9-12)
Pastor Sung Hyun Kim
El ser humano tiende una y otra vez a apoyarse en lo que puede ver. Por causa de cierta santidad que parecen tener en sí mismos los ritos religiosos —el bautismo, la Santa Cena e incluso el culto—, es fácil pensar que a quien participa en ellos se le concede una justicia especial de parte de Dios. Sin embargo, ningún rito por sí mismo convierte a un pecador en justo. Somos aceptados por Dios no porque hayamos seguido asistiendo al culto, sino por la gracia de Dios, que tiene misericordia de nosotros, y por la justicia que Cristo cumplió. El rito no es una fuerza que produzca la gracia, sino una preciosa oportunidad que Dios ha preparado para que quien ya ha recibido su gracia le entregue el corazón.
La idea de algunos cristianos, que creen que el rito en sí mismo posee un poder sobrenatural, se parece a la actitud que los judíos tenían hacia la circuncisión. Ellos no la veían solo como una señal de que pertenecían al pueblo de Dios, sino que pensaban que los hacía aceptos a Dios y que hasta les garantizaba la salvación eterna. Pero Abraham no fue justificado después de ser circuncidado, sino que ya creía en Dios estando aún incircunciso, y esa fe le fue contada por justicia. Fue circuncidado por lo menos catorce años después de haber sido justificado; por eso no puede sostenerse la afirmación de que la circuncisión lo hiciera justo. La circuncisión no era la causa de la justicia, sino la señal que confirmaba una justicia ya recibida.
Esto no significa que podamos tomar a la ligera el culto y los ritos. Dios ha preparado para la iglesia el culto y diversas ceremonias para que los creyentes le sirvan con gozo, mantengan su corazón en piedad y disfruten de una comunión espiritual especial. Cuando participamos en ella con fe nuestro corazón cerrado se abre, y recibimos fuerza, sabiduría y certeza, y experimentamos que se abren caminos difíciles, no es porque el rito religioso en sí produzca un efecto sobrenatural. La verdadera fuente de toda esa gracia es Dios. Por eso, nuestra mirada no debe quedarse en el rito ni en la forma por medio de los cuales Dios obra, sino dirigirse a Dios mismo, que en ellos nos concede su gracia en persona.
Entonces, ¿cuál fue el propósito de Dios al dar la circuncisión? La circuncisión era una señal en el cuerpo que indicaba que Abraham y su descendencia eran el pueblo de Dios, apartado de las demás naciones, y que pertenecían al pacto de Dios. Al mismo tiempo, era un sello que confirmaba que Abraham había sido declarado justo por la fe estando aún incircunciso, y que hacía a cada generación recordar aquella justicia de la fe. La circuncisión no creaba el pacto ni ocupaba el lugar de la fe. Su papel era manifestar el pacto ya dado y la justicia recibida por la fe. Por eso, lo esencial a lo que apuntaba la circuncisión no estaba en la señal del cuerpo, sino en el corazón. El verdadero pueblo de Dios es aquel que ha sido circuncidado en el corazón.
Abraham es ancestro de todos los que siguen las huellas de la fe que él tuvo estando aún incircunciso. Aunque sea un gentil no circuncidado, si cree en Dios llega a ser su descendencia espiritual; pero aunque sea un judío circuncidado, si no sigue esa fe no puede llamarse verdadero descendiente. Lo importante no es la señal en el cuerpo ni la historia religiosa, sino la fe que depende por completo en Dios. Sin embargo, ni siquiera esa fe es un mérito que nos salve. Dios estima preciosa esa fe y nos reviste gratuitamente de la justicia que Cristo cumplió. No construyamos nuestra propia justicia durante toda la vida, sino aferrémonos firmemente solo a la justicia de Cristo. Estas son las huellas de la fe que debemos seguir hasta el fin.

