La manifestación del Espíritu Santo

Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte. Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz. Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios. Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él. Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia. Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros. (Romanos 8:1-11)

El hecho de que hoy hayamos recibido el Espíritu Santo no es porque hayamos guardado bien la Ley, ni porque a los ojos de Dios seamos justos y limpios, sino porque creímos en Jesucristo y dependamos en sus méritos. Por eso Dios contó esa fe como justicia, nos vio como limpios, y sobre eso derramó a su Espíritu Santo. Y ya que derramó tanta gracia, lo que nos toca hacer ahora es dar gracias de verdad, alegrarnos, y obedecer conforme a la voluntad de Dios.

El Espíritu Santo se le llamó “la ley del Espíritu de vida”. La ley del Espíritu de vida. Que el Espíritu Santo haya venido a morar dentro de mí significa que la fuente de la vida entró en mí. La vida entró en mí. Por eso, cuando Dios levantó a Jesucristo de entre los muertos, lo levantó precisamente porque el Espíritu Santo estaba en Él, por medio de ese Espíritu de Dios. Y como ese mismo Espíritu está en nosotros, del mismo modo nos levantará también a nosotros de entre los muertos.

Ese Dios poderoso que puede levantar de entre los muertos hace que el Espíritu more en nosotros, de modo que somos personas que hasta de la muerte se levantan; entonces, ¿cómo no va a poder este Espíritu, cuando obra, sanar cualquier enfermedad? Cuando el Espíritu Santo obra, puede resolver cualquier enfermedad, debilidad o impureza. Y el hecho de que haya enfermedad y debilidad dentro de nosotros, ¿qué significa? Significa que la luz que Dios hace resplandecer no ha entrado del todo en mí, sino que en algún lugar está obstruida; es decir, carece de la vida en esa medida. Por eso, solo cuando no haya ninguna pared que nos separe de Dios podremos llenarnos de esta vida. Por lo tanto, lo que debemos pedir es la llenura del Espíritu, y al llenarnos de vida debemos hacer que aquello que está dentro desaparezca. Así que, si uno tiene alguna debilidad o enfermedad, el método más perfecto es dejar que el Espíritu Santo obre aún más dentro de mí.

En el versículo 9 dice: “Si el Espíritu de Dios mora en vosotros, si el Espíritu Santo mora en vosotros, ya no estáis en la carne”. Como tenemos el Espíritu, ahora podemos cumplir por medio de él incluso lo que la Ley exige. Antes, cuando la Ley exigía, uno lo hacía a la fuerza porque tenía miedo; pero cuando viene el Espíritu, ahora, antes de que alguien le diga a otro “haz esto, haz aquello”, uno mismo ya sabe cómo debe actuar. Y además tiene el poder para hacerlo.

La Ley enseñar al que no puede: “hazlo así”. El método que enseña, en sí mismo, es correcto. También Jesús dijo: “Escuchad lo que dicen ellos, los fariseos; pero no imitéis sus obras”, y ese “hacedlo” es palabra correcta. Sin embargo, no tiene el poder para hacerlo. “Corre los 100 metros en menos de 10 segundos. Si corres, te dejo vivir.” Le enseñó la manera de vivir, pero no puede correrlo en 10 segundos. Así que muere. Igual que en ese caso, no hay una salida. Solo le enseña el camino. Pero el Espíritu Santo viene y hace que uno lo pueda lograr.

Es parecido al caso del papá y la mamá. El papá dice “hazlo”. “Oye, haz esto. Termínalo todo en 10 minutos. Si no, son diez correazos.” Habla así, tajante. Entonces los hijos lo hacen a las carreras. La mamá no hace así, sino que va y ayuda para que uno pueda hacerlo. Acompaña y ayuda. Así de distintos son el amor de padre y el amor de madre.

El Espíritu Santo nos hace capaces de lograrlo. Es decir, no solo nos presenta el método, sino que nos da el poder para poder hacerlo. Por eso, quien cree esto ya no quiere hacer solamente lo que puede, sino que ahora también quiere hacer lo que no puede. Así son los que están dentro del evangelio. “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece.” Antes uno calculaba bien lo que podía y lo que no podía, y así actuaba; pero ahora intento hacer aquello que no puedo.

En el versículo 9 dice: “…ya no estáis en la carne, sino en el Espíritu, y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él”. Es decir, si uno no tiene el Espíritu de Cristo, o sea la Palabra que fue dada por medio de Cristo, no es de Cristo. El “Espíritu de Cristo” no se refiere al Espíritu Santo. El Espíritu Santo y el Espíritu de Cristo son distintos. El “Espíritu del Hijo” tampoco es el Espíritu Santo. ¿Acaso el Espíritu Santo es el Hijo de Dios? El Espíritu Santo no es el Hijo de Dios, ¿verdad? Por eso no se puede llamar al Espíritu Santo “el Espíritu del Hijo”. A la Palabra de Dios que fue dada por medio del Hijo se le llama “el Espíritu del Hijo”, y al “Espíritu de Cristo” igualmente se le llama así porque es la Palabra de Dios dada por medio de Cristo. Solo el que tiene eso es de Cristo.

Por eso Jesús les dijo a los discípulos, que aún no habían recibido el Espíritu Santo: “Mi Padre y vuestro Padre, mi Dios y vuestro Dios”. También dijo: “Si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado…” (Ro. 8:10). Cristo está dentro de mí, Jesús está dentro de mí. Recibí esa Palabra, recibí la verdad. “Entonces, el cuerpo está muerto a causa del pecado, pero el espíritu vive a causa de la justicia.” Así dijo. “El espíritu vive. Pero el cuerpo está muerto.”

Ahora bien, la palabra del versículo 11 no está repitiendo el versículo 10. En medio, antes del versículo 11, hay un “pero”. Está diciendo algo opuesto. En inglés seguramente hay un “but” antes del versículo 11. “El Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús”, es decir, si el Espíritu Santo mora en vosotros; “el que levantó de los muertos a Cristo Jesús”, es decir, Dios; “por su Espíritu que mora en vosotros”, o sea por medio del Espíritu Santo, “vivificará también vuestros cuerpos mortales”, así dijo. Entonces, en el versículo 10 dice: “Si creéis en Jesús, el cuerpo muere, pero el espíritu vive. Pero si el Espíritu Santo mora en vosotros, también el cuerpo mortal vive.”

Por eso, cuando Jesús vuelva de nuevo, los que participarán en la primera resurrección, los que podrán tener un cuerpo igual al de Jesús, son únicamente los que han recibido el Espíritu Santo. Los que no, no verán esa resurrección del cuerpo que goza de la misma gloria que Jesús. Por supuesto que todos resucitan, cualquier persona resucita. Hasta los que no creen resucitan. Pero eso no se refiere a la resurrección de gloria de la que Jesús está hablando aquí. Eso es la resurrección de juicio. Y aunque también los que están bajo la Ley resuciten, eso no es la resurrección de gloria de la que Jesús habla ahora, esa que solo los hijos de Dios, es decir, solo los que participan en la primera resurrección, pueden tener.

Así que el cielo no se divide simplemente en dos, “cielo/infierno”, como si fuera blanco o negro, sino que también en esta tierra los niveles de las personas son muy variados. En la India dividen a las personas en cuatro con el sistema de castas, ¿no? Pero no solo son cuatro, sino que dentro de cada casta hay más clases. También en nuestro país de Corea antiguamente había clases bien marcadas. En lugares como Inglaterra también hay clases bien marcadas. ¿Cómo será en el cielo? El cielo es más complejo. Se divide de forma más variada, y hay una resurrección más gloriosa. Por eso, cuando nos dicen “trabajad con más esfuerzo”, es para que obtengamos una resurrección más hermosa. Es para que obtengamos una gloria mayor. Por eso, cuando uno llegue al cielo y vea esa diferencia de gloria, dirá: “No sabía que sería así. ¡No sabía que había una diferencia tan grande!”, y llorará amargamente y crujirá los dientes, allá en el cielo. ¿Por qué llora crujiendo los dientes alguien que llegó al cielo? Es porque, al no poder entrar en esa gloria de comer y beber junto con Jesús, llora amargamente en medio de aquella oscuridad.

Así que ni hablar de los que ni siquiera recibieron el Espíritu Santo. ¿Qué obra podrían hacer los que no recibieron el Espíritu Santo? En cambio, el que recibió el Espíritu Santo viene a ser el mínimo requisito. Y a esas personas se les dice: “Ahora que has recibiste el Espíritu Santo, guarda mis mandamientos”. En Juan 14:21 dice: “El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y yo me manifestaré a él”. ¿De qué sirve que el Espíritu Santo haya entrado? Si le impiden trabajar. Pero dice: “Solo si guardas mis mandamientos me manifestaré”. ¿Qué dijo que era esa “manifestación”? En 1 Corintios 12 dice: “A cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho”. Lo dijo refiriéndose a los dones. Es decir, que va a manifestar los dones y todos los milagros y poderes, cosas como esas.

Por eso, que las personas rechacen y desprecien los dones sin más es una necedad enorme. Si el Espíritu Santo está presente, ahora hay que dejar que él se manifieste dentro de mí; pero al bloquear los dones mismos, es como decir: “¡Señor, no te manifiestes dentro de mí!”. Esa persona, aunque reciba el Espíritu Santo, no deja que el Espíritu Santo trabaje, así que ¡qué pérdida tan grande! Cuando llegue al cielo cuánto golpeará el suelo de arrepentimiento.

Por eso, nosotros debemos ser personas que guardan sus mandamientos. Cuando, siguiendo este mandamiento de “amaos los unos a los otros”, tomamos como prioridad testificar de Jesús y hacer que las almas crean en Él, en ese momento los dones deben manifestarse con abundancia. Si los dones no se manifiestan, ¿cuál es la prueba de que el Señor está con nosotros? Por eso, entre los dones hay sabiduría, hay conocimiento, hay poder, hay sanidad de enfermedades, hay discernimiento de espíritus, hay pastorear, y muchas cosas más. Para esto que hacemos de escribir y traducir libros, también es absolutamente necesario el don que Dios da. El poder es absolutamente necesario. Por eso, oraremos para que el Espíritu Santo se manifieste en abundancia en nosotros.

Padre Dios, así como dice tu Palabra, deseamos obedecer el mandamiento de amarnos los unos a los otros; por eso, ¡que el Espíritu Santo se manifieste dentro de nosotros! ¡Ayúdanos a que los milagros, las señales y los grandes dones se manifiesten en abundancia dentro de nosotros! ¡Y al fin, en aquel día en que venga el Señor Jesús, permítenos ver de la cumbre de esa manifestación! ¡Obra para que podamos estar delante del Señor con una resurrección más hermosa! En el nombre de Jesús oramos, amén.