Servicio del Día del Señor del 24 de mayo del 2026
El veredicto condenatorio de la Ley sobre toda la humanidad
(Romanos 3:19-21)
Pastor Sung Hyun Kim
“¿De dónde viene el ser humano y hacia dónde va? ¿Está bien vivir así? ¿Qué nos espera al final de esta vida?”. De pronto, estas preguntas nos oprimen el corazón con su peso. Pero enseguida uno se dice a sí mismo: “Bah, ¿de qué sirve pensar en eso? Mejor vivir como vive todo el mundo”. En apenas treinta segundos esquivamos el problema más serio de la vida y volvemos la mirada a la realidad que tenemos delante. Así es el ser humano: arrastrado por la impetuosa corriente del destino, sin percibir el peligro en que se halla. Por eso, si Dios nos da a conocer la verdadera dimensión de la crisis en que estamos, deberíamos escucharlo con todo el corazón. Por incómodo que nos resulte.
La realidad que Dios nos ha revelado es esta: en el tribunal del cielo ya se ha pronunciado la sentencia final, declarando culpable al ser humano. ¿Que esa sentencia se basa en la ley, y que la ley fue dada a los judíos, de modo que nosotros, los gentiles, quedamos al margen del veredicto? ¡De ninguna manera! Dios puso también en el corazón de los gentiles una ley: la conciencia. Por medio de ella le puso freno al pecado, e hizo que los pensamientos que de ella nacen lo mantuvieran bajo control. Por tanto, no hay en el mundo una sola persona ajena a la sentencia condenatoria del tribunal celestial. Todos, ante Él, tenemos que tragarnos la excusa que traíamos preparada y, como un acusado que se ha quedado atónito, sin saber qué decir, doblar la rodilla bajo el juicio de Dios.
Pero ¿no habrá al menos una o dos personas capaces de cumplir la ley a la perfección? La Escritura corta de un tajo semejante ilusión. Desde Adán, el ser humano podrá parecer admirable por fuera, pero en el fondo es irremediablemente egoísta y carece hasta de la inclinación a hacer el bien. No hay modo alguno de que una criatura que no es más que una inútil ‘masa de carne’ llegue a ser justificada por medio de la ley. La ley, al contrario, saca a la luz uno por uno hasta los pecados que el hombre tenía ocultos. Puesto frente a ella, el ser humano llega a comprender cuán inmundo pecador es, y a reconocer que, por causa de ese pecado, no le aguarda sino la perdición eterna del infierno.
Lo único que puede hacer el ser humano, de rodillas bajo el juicio de Dios y a la espera de la calamidad, es callar. Como la quietud que precede a la tormenta, ese silencio no hace sino acrecentar el terror del castigo que está por venir. Y justo en ese instante, una palabra maravillosa resuena en el cielo y en la tierra: “Pero ahora”. En medio de unas tinieblas donde no se vislumbraba esperanza alguna, empezó a brillar la luz de una salvación que nada tiene que ver con las obras del hombre. La verdad de la salvación, prometida desde antes pero hasta entonces invisible, se manifestó al fin. No por algo que Dios viera en el hombre, sino únicamente por su carácter benigno, entregó a su Hijo amado en favor de los pecadores.
Para salvarnos, Dios no nos dio una parte de las muchas cosas que posee. Dios nos entregó a su Hijo unigénito, al que más ama y más estima. Él cambió nuestro destino; Él es nuestro nuevo destino; Él es nuestro futuro eterno; Él es el protagonista de toda la felicidad y la hermosura que soñamos. Ahora hay Alguien más precioso que nuestra propia vida, más precioso que nuestra existencia eterna. Ese Alguien es Jesucristo. Dejemos ya nuestra propia justicia, que ningún valor tiene, y reconozcamos su gracia. No traicionemos jamás su amor mientras vivamos; al contrario, anunciémoslo, alabémoslo y démosle gloria cada día.

