Dios que paga a cada uno según sus obras
Pero venido un día oportuno, en que Herodes, en la fiesta de su cumpleaños, daba una cena a sus príncipes y tribunos y a los principales de Galilea, entrando la hija de Herodías, danzó, y agradó a Herodes y a los que estaban con él a la mesa; y el rey dijo a la muchacha: Pídeme lo que quieras, y yo te lo daré. Y le juró: Todo lo que me pidas te daré, hasta la mitad de mi reino. Saliendo ella, dijo a su madre: ¿Qué pediré? Y ella le dijo: La cabeza de Juan el Bautista. Entonces ella entró prontamente al rey, y pidió diciendo: Quiero que ahora mismo me des en un plato la cabeza de Juan el Bautista. Y el rey se entristeció mucho; pero a causa del juramento, y de los que estaban con él a la mesa, no quiso desecharla. Y en seguida el rey, enviando a uno de la guardia, mandó que fuese traída la cabeza de Juan. El guarda fue, le decapitó en la cárcel, y trajo su cabeza en un plato y la dio a la muchacha, y la muchacha la dio a su madre. Cuando oyeron esto sus discípulos, vinieron y tomaron su cuerpo, y lo pusieron en un sepulcro. (Marcos 6:21-29)
Juan el Bautista criticó al rey Herodes. Lo reprendió porque Herodes había tomado a la esposa de su hermano, y precisamente por eso Herodías, que era la esposa de aquel hermano, quería matarlo. ¿Por qué? Porque, aunque fue su cuñado quien cometió la mala acción, al fin y al cabo, ¿en qué se convirtió ella? Llegó a ser reina, así que estaba feliz. Como su suerte había cambiado para bien, vivía contenta; pero entonces Juan el Bautista lo reprendió. Si en ese momento el rey hubiera hecho como que no oía, no habría pasado nada; pero Herodes consideraba a Juan un hombre santo y justo, y cada vez que escuchaba sus palabras se llenaba de conflicto interior. Al ver Herodías cómo su esposo se atormentaba así, no podía sentirse tranquila. Por eso odiaba tanto a Juan el Bautista. Andaba pensando: “¿Cómo podría matar a ese hombre?”. Aunque tenían a Juan preso en la cárcel, en lugar de cortarle la cabeza de una vez —cosa que ella habría querido— simplemente lo dejaban ahí.
Pero llegó una buena oportunidad. La hija entró y bailó una danza del vientre. Sería un baile parecido a lo que hoy llamamos “danza árabe”. Con eso Herodes se puso contento y, ya borracho, gritó delante de todos: “¡Te daré lo que sea, hasta la mitad de mi reino!”. Pero la muchacha era astuta. Sabía muy bien lo que su madre deseaba. Corrió donde su madre y le preguntó: “¿Qué le pido?”, y la madre, diciendo “¡Qué buena oportunidad!”, le respondió: “Pide que corten la cabeza de Juan el Bautista y que te la den ahora mismo”. Al oír esto, Herodes ya no podía retractarse de lo que, como rey, había dicho delante de todos. Aunque quedó desconcertado, no le quedó más remedio que, con dolor, mandar a traer la cabeza.
Así que le cortaron la cabeza de un tajo y, por horrible que parezca, la trajeron servida en una bandeja. ¡Qué humillación! Ya morir es algo doloroso, pero a él lo mataron cortándole la cabeza. Es la muerte más vergonzosa que hay. Es algo tan terrible como cuando Jesús fue clavado en la cruz. Cuando la cabeza cortada quedó puesta en la bandeja, empapado de sangre, con los ojos muy abiertos y la mirada perdida, ¿en qué quedó su honra? ¿En qué quedó su dignidad? Es algo verdaderamente miserable. Hasta parece que habría sido mejor de ver morir clavado en una cruz. Cuando lo trajeron sobre aquella bandeja, sangrando, con los ojos vidriosos como los de un pez muerto, ¡cómo se habrá burlado la gente de él, chasqueando la lengua y despreciado! Cuando le llevaron la cabeza a la madre, no sabemos qué habrá hecho ella con ella. Como lo tenía por enemigo… Así, de esa manera tan terrible, terminó su vida. Por eso, si nos pidieran nombrar a las pocas personas que han muerto de la forma más terrible entre los seres humanos, podríamos nombrar a Jesucristo, a Juan el Bautista y a unos pocos más.
Pero ¿quién era en realidad este hombre? Era uno de los pocos a quienes Dios mismo les puso nombre desde su nacimiento. “Le pondrás por nombre Juan”. Y este hombre, desde antes de nacer, ya estaba lleno del Espíritu Santo en el vientre de su madre; era alguien grande a quien Dios preparó de manera especial para preparar el camino por donde vendría su Hijo, Jesucristo. Por eso Jesús mismo dijo: “Aunque mucha gente ha vivido y pasado por esta tierra, no hay sobre la tierra nadie más grande que este hombre”. Es decir: “Entre los nacidos de mujer no hay nadie más grande que él”. Entonces, comparado con nosotros, ¿cómo es? Es mucho más grande que nosotros, los que creemos en Jesús —entre los nacidos de mujer—. En cuanto a la carne, tanto antes como después de Jesús, no hay en este mundo nadie más grande ni más justo que él. Es aún más justo que nosotros. Solo que la razón por la que nosotros somos mayores que él en el cielo es que hemos nacido de nuevo, es decir, hemos nacido del Espíritu para el cielo; por eso somos mayores. Pero entre los nacidos de mujer, hablando de la carne, no hay nadie más grande que él.
Entonces, ¿cómo es posible que una persona así, escogida y amada por Dios, llegue a morir de esta manera? ¿No sentiría que ha sido traicionado? Trabajó toda su vida para Dios y, además, nunca en su vida comió algo sabroso. La única miel que probaba era la miel silvestre. Esa miel que está entre las rocas no se consigue gratis: para obtenerla hay que pelear con las abejas y lidiar siempre con ellas. Vivía en el desierto, sin casa, comiendo cosas como langostas. Después de vivir así toda su vida, este hombre —que fue respetado por la gente, que no le tenía miedo ni siquiera al rey y que hablaba de parte de Dios y lo reprendía, hasta antes de que viniera Jesucristo— al final, justo después de ver venir a Jesús y bautizarlo, fue echado a la cárcel. Y luego, así no más, le cortaron la cabeza y murió. Como había hecho tanto por la obra de Dios, la gente —sus discípulos— quizá pensaban: “Ah, ahora nuestro maestro disfrutará por fin de una buena vida en sus últimos años”. Pero al final, apenas terminó su tarea, se fue de esa manera.
Cuando a alguien le pasa algo así, puede sentir que lo traicionaron. Puede pensar: “Me usaron”, o “la desecharon como a un perro de caza”. ¿Conocen esa expresión que se usa comúnmente en el coreano? En español equivale a la expresión: exprimir el limón y tirar la cascara. Ser desechado como a un perro de caza quiere decir que, cuando el conejo muere, después al perro lo cocinan. Para cazar conejos, se sueltan los perros de caza. El perro es muy útil. Entonces se suelta al perro, se caza y, después de atrapar muchos conejos, ya se obtuvo el conejo que se quería. ¿Y luego qué pasa con el perro? Como ya no sirve, lo guisan y se lo comen. Lo fríen o lo preparan como sea, y se lo comen. Así que la expresión “la desecharon como a un perro de caza” significa esto: aprovecharse de alguien todo lo que se pueda mientras es útil y, una vez logrado el objetivo, en lugar de recompensarlo, eliminarlo. Es comérselo sin que a uno se le mueva un pelo, con tal de sacar provecho propio. “La desecharon como a un perro de caza.” Por eso, a la persona de la que solo se aprovecharon y luego botaron, se le dice que «la desecharon como a un perro de caza». Miren a Juan el Bautista. Esto es justamente exactamente ser “desechado como a un perro de caza”.
Por eso hay personas que, incluso trabajando en la iglesia, dicen: “¡A mí me desecharon como a un perro de caza!”. He oído a alguien decirlo con mis propios oídos: “¿Acaso ahora me están desechando como a un perro usado?”. Las palabras “aprovecharse de” y “usar” tienen matices algo distintos. Si uno dice “Dios me usó”, suena bien, ¿verdad? “Fui usado por Dios”, ¿suena bien? En cambio “se aprovecharon de mí” no suena tan bien, ¿cierto? “Aprovecharse” es servirse de algo para beneficio propio; “usar” es encargarle a alguien que haga algo. Entonces, ¿se aprovecharon de mí, o me usaron? ¿Me usaron? (Alguien del público: “Quiero pensar que me están usando.”) Que se aprovechen de uno significa que no hay recompensa. Se sirven de uno solo para su propio beneficio, y ahí termina todo. Por eso, cuando se aprovechan de uno, uno se siente traicionado; lo desecharon como a un perro de caza. Pero cuando a uno lo usan, puede ser que el dueño, después de usar a esa persona, le dé una recompensa. Por eso el matiz es completamente distinto. Y, sin embargo, la gente dice: “¡Se aprovecharon de mí!”. Después de trabajar en la iglesia, después de trabajar delante de Dios, terminan diciendo: “¡Se aprovecharon de mí!”. Dicen: “¡Me desecharon como a un perro de caza!”. Por eso hubo un misionero que, después de trabajar muchísimo, dijo: “Ay, fui muy ingenuo. No conocía cómo era el mundo. Antes, sin saber nada, hacía todo lo que me mandaban; me usaron”, y se fue de la iglesia.
Entonces miremos la Biblia. ¿Quién no pasó por algo parecido? Jesucristo vino como Hijo de Dios, siendo el más amado del Padre, y aun así trabajó toda su vida para Dios y al final murió clavado en una cruz. Desechado como a un perro de caza. Después, Pedro. “Sígueme”, le dijeron, y lo siguió pensando quizá en sacar algún provecho, pero terminó muriendo crucificado de cabeza. Desechado como a un perro de caza. Pablo. Trabajó toda su vida por el Señor, y aun así también murió mártir. Desechado como a un perro de caza. Esteban. Predicó con mucha entrega, y al final murió apedreado. Desechado como a un perro de caza. ¿Quién en la Biblia no pasó por algo así?
Pero todo esto de ser desechado como a un perro de caza del que hemos hablado solo es considerado así cuando lo miran las personas sin fe al ver la obra de Dios. Lo ven como si Dios se aprovechara. Pero nosotros, que tenemos fe, no lo vemos así. No decimos que es ser desechado como a un perro de caza. El carácter de Dios está completamente lejos de eso de usar y desechar. El carácter de Dios no es así para nada. Entonces, ¿por qué piensa la gente que Dios usa y desecha? Porque tienen la mirada fija únicamente dentro de este mundo. Este mundo es un mundo que se va a corromper y que algún día desaparecerá; y Dios nos envió a los seres humanos dentro de él precisamente para que trabajáramos. Nos envió al lugar donde gobierna el diablo para que trabajáramos. Así que, si uno mira solo aquí, parece que uno apenas trabaja y trabaja hasta morir. Eso parece ser desechado como a un perro de caza.
Pero quiten este techo y miren. ¿Qué se ve arriba? Se ve el cielo. Se ve el reino de los cielos. Ese es el reino eterno. Así que lo que se obtiene en esta tierra, en este mundo, todo es limitado; y, quitando el techo, lo que se obtiene allá en el cielo todo es eterno. Y Dios no quiere darnos esta recompensa en esta tierra, sino que quiere dárnosla como recompensa eterna. Por eso aquí en la tierra no se ve. En esta tierra, si en el pasado dio alguna recompensa, fue como una parábola. Pero como eso de todos modos se va a corromper y a desaparecer, no satisface a Dios. La recompensa que Dios nos quiere dar es algo eterno, no algo que se corrompe y desaparece. Y en esta tierra la recompensa no se ve. Todo parece que simplemente va muriendo. Pero si quitamos todo esto y miramos, lo que sembramos es corruptible, pero Él nos promete que lo que recibiremos será eterno.
Aunque nos entreguemos toda la vida, son a lo sumo setenta años; y entregándonos setenta años, ¿qué tan larga es la gloria que recibimos? Recibimos una gloria eterna. Sembramos lo corruptible y cosechamos lo incorruptible. Sembramos algo insignificante y recibimos algo eterno. Aunque entreguemos unas pocas monedas, después recibiremos en el cielo riquezas enormes. Por mucho que nos entreguemos toda la vida en esta tierra, apenas suman unas cuantas horas. ¿Serán unos cientos, unos miles, unas decenas de miles de horas? No es más que eso; pero allá en el cielo Él nos da esa felicidad eterna que no se puede contar. Por eso, cuando uno ve eso, definitivamente no ser desechado como a un perro de caza ni es que se aprovechen de uno.
Por eso, si trabajando delante de Dios y trabajando en la iglesia se nos viene el pensamiento de “me están desechando como a un perro de caza, se están aprovechando de mí”, ¿por qué será? Es porque no hay esperanza. Es porque no hay fe. Es porque no se alcanza a ver hasta aquel reino eterno. Pero Esteban, mientras moría apedreado, no dijo “¿por qué me desechas así, como a un perro usado?”, sino que miró al cielo. Como vio al Señor ponerse de pie de un salto para recibirlo, como alcanzó a ver la gloria que le tenían preparada, lleno de gozo y con el rostro brillando radiante, pudo incluso bendecir. Por eso, si alguien que trabaja en la iglesia dice “¿cómo me puede hacer esto la iglesia?, ¿me están desechando como a un perro usado?”, es que en el corazón de esa persona no hay esperanza ni fe, es decir, no tiene el cielo. Por eso, si uno está lleno de esperanza por el cielo, aunque en esta tierra solo pase trabajando hasta morir, es lo más natural.
Por eso yo tomé esta decisión: “En esta tierra seré desechado como un perro de caza”. En esta tierra, a los ojos de la gente. Está bien conmigo que la iglesia solo se aproveche de mí hasta que deje este mundo. Esa es, en realidad, nuestra misión. “Ay, esa persona solo se aprovechó de mí.” Está bien. Yo soy alguien de quien se aprovechan. Lo sé. Por eso quisiera ir una vez donde la persona a quien sirvo y decirle esto: “Aprovéchese de mí cuanto quiera. Y aunque se aproveche, no sienta ninguna pena, no se preocupe, simplemente aprovéchese de mí cuanto quiera”. “Yo lo tengo por mi misión.” Eso quisiera decirle. Es decir, quiero que me desechen como a un perro de caza. Porque una recompensa eterna nos está esperando.
Dios no es alguien que usa y bota. Cuando una caña se daña —con la caña se hacen cosas como canastos—, supongamos que al tejer un canasto la caña se parte. ¿Qué se hace? Como ya no sirve, se bota. Pero Dios no quiebra ni bota la caña dañada, sino que la arregla y la usa. Y la mecha que se está apagando, esa que está a punto de apagarse, nosotros la apagaríamos de inmediato y pondríamos otra mecha; pero Dios la vuelve a avivar y usa de nuevo esa mecha. Por eso está escrito que Él es Aquel que “no apagará el pábilo que humeare”.
Y, además, Dios, al ver que nosotros los seres humanos vivimos con la esposa que tomamos de jóvenes y luego, ya viejos, nos divorciamos y la botamos, dijo lo siguiente: “Ustedes… Aunque yo tengo muchos espíritus, hice un solo espíritu; y después de que ese espíritu preparó el camino para que viniera el Hijo, el Hijo de Dios, cuando el ser humano se hizo pecador, no deseché ese espíritu para hacer aparte otro espíritu y llevarlo al cielo a vivir conmigo. No hice dos espíritus para actuar así. Aunque mi espíritu es abundante, no lo hice así, sino que hice uno solo. ¡Cuánto más ustedes! La esposa que tomaron de jóvenes, ahora que ya está cansada y con el rostro arrugado, mientras tú, como hombre, te has vuelto rico y, con la edad, más apuesto, ¿vas por eso a tomar una esposa joven?”. Y los reprendió diciendo: “Si ni siquiera Dios hizo eso, ¿por qué quieres hacerlo tú?”. Así que Dios es así. No es alguien que desprecia al que trabajado, sino que sin falta la recompensa.
Jesús también dijo lo mismo. A sus discípulos les dijo: “Y cualquiera que os diere un vaso de agua en mi nombre, porque sois de Cristo, de cierto os digo que no perderá su recompensa”; y dijo “de cierto os dijo”, y dijo “de ningún modo”. Es decir, ni siquiera por un vaso de agua se pierde la recompensa. Y dijo: “Recompensaré según sea su obra”. Lo que repite una y otra vez al final del Apocalipsis es: “Recompensaré según sus obras, recompensaré según sus obras”. Entonces, ¿cómo es nuestro Señor? No es alguien que se aprovecha, para nada. Es Aquel que usa, y que sin falta recompensa conforme a lo que uno haya hecho.
Cuando uno trabaja con ciertas personas, con algunas uno siente “Ah, se aprovecharon de mí”, y con otras siente “ah, me usaron”. El que se aprovecha no piensa en mí. Solo piensa en su propio beneficio para usarme, y cuando ya no me necesita, ni le importo. Pero Dios no es así, sino que sin falta vela por uno y al final recompensa hasta por un vaso de agua; así es Él, Aquel que recompensa. No hace falta que, por lo que hicimos en esta tierra, pensemos: “¡solo se aprovecharon de mí!, ¡en la iglesia solo se aprovecharon de mí!”. Si uno piensa así, conforme a su propia fe, no recibe nada. Por eso, hagamos lo que hagamos, sabiendo con certeza que sin falta hay recompensa, les bendigo en el nombre de Jesús que lo hagan de verdad con gratitud y en medio de la esperanza.
Por eso debemos conocer bien a nuestro Dios; no hay que malentenderlo. Conociendo a Dios, oremos: “Señor, ayúdame de verdad a estar lleno de esperanza del cielo”.
Y, como dije antes, que Juan el Bautista es el más santo, ¿verdad? Ese hombre tenía un propósito —el propósito para el que nació— preparar a Jesús. Apenas hizo esto, murió enseguida. Nunca usó su vida en otra cosa.
En la antiguedad, en la India hay algo llamado “Taj Mahal”; ¿saben qué pasó al final con los obreros que lo construyeron, una vez que terminaron de construirlo? Antes de volver a casa, les cortaron las manos a todos. ¿Por qué? Porque, después de haber construido para el rey un templo sagrado, la mejor edificación, una edificación sagrada, ¿cómo iban a ir con esas mismas manos a construir otra cosa en otra parte? Con esas manos no podían ir por ahí a construir una letrina ni una casa. Para que esas manos, que habían sido usadas para el rey, fueran manos usadas únicamente para el rey, se las cortaron a todos. A cambio, les proveyeron todo lo que comerían de por vida y se hicieron cargo de sus familias, y esta gente vivió así, sin manos.
Así que, ¡cuánto más santos serán los que han sido usados para Dios! Juan el Bautista, apenas hizo su tarea, no vivió aparte el resto de su vida, sino que, como ya no tenía nada más que hacer, murió así no más. No es algo digno de lástima, sino algo santo.
Asi que pidamos para que de verdad tengamos una vida santa; que, aunque a los ojos de la gente pueda parecer digno de lástima y parecer que me desecharon como a un perro de caza, mirándolo con ojos espirituales seamos usados como una persona santa. Volvamos a orar.
Dios Padre, te damos gracias por usarnos en tu obra. También te damos gracias por prometernos recompensa y por darnos la promesa de que “sin falta recompensarás conforme a lo que hayamos hecho”. Ayúdanos de verdad a abrir los ojos hacia el cielo, y a que el gozo de ser usados en esta tierra llene nuestro corazón; y guíanos para que podamos anhelar ser personas cada vez más santas. En el nombre de Jesús oramos. Amén.


