Servicio del Día del Señor del 31 de mayo del 2026

Pastor Sung Hyun Kim

El ser humano, condenado a la perdición por causa del pecado, necesita una justicia para ser salvo. No se trata de que las acciones de una persona sean más correctas que las de otra. Para ser libre del juicio de Dios hace falta una justicia que Dios mismo pueda reconocer. Los judíos creían que podían alcanzar esa justicia cumpliendo la ley al pie de la letra. En verdad, lo que cumplían con tanto celo no era tanto la ley, sino las tradiciones de hombres que ellos mismos habían creado bajo el pretexto de aplicar la ley a la vida. Pero, ya fuera la ley o las tradiciones de los hombres, el esfuerzo por volverse justos cumpliéndolas no lograba otra cosa que confirmar la ira de Dios.

En medio de esta situación apareció una justicia de Dios completamente distinta de lo que la gente pensaba. Era una justicia que el Antiguo Testamento había venido anunciando. Las personas creían que podían volverse justas por medio de la ley de Moisés, pero lo único que la ley podía hacer era mostrar cuán justo es Dios y cuán lejos está el ser humano de Él. Tampoco los sacrificios que Moisés enseñó fueron dados como un remedio que de verdad limpiara el pecado, sino para anunciar que vendría Alguien que cargaría con el pecado, y para invitar a creer en ello y a poner allí la esperanza.

¡No una justicia que se obtiene cumpliendo alguna norma al pie de la letra, sino una justicia que se recibe al creer en Jesucristo! Esa es la única justicia que puede salvar al ser humano. Por eso es muy importante saber qué significa creer. Llevar muchos años en la iglesia, no faltar al culto o tener registrado el nombre en el sistema de la iglesia no pueden ser prueba de una fe verdadera. Tampoco lo son sentir cariño por Jesús o sentirse tranquilo al escuchar la Palabra. La fe verdadera hace que quien la tiene se despida de su vida antigua y comience una vida que sigue al Señor, con una determinación firme y una emoción profunda.

Esa es la fe que Dios puede declarar justa. Quien tiene esa fe recibe todo lo que Jesucristo es. No solo recibe los beneficios que puede obtener de Él, sino también lo que Él hace. No solo la gracia que Él da, sino también la cruz que Él cargó; no solo el mandamiento de ser salvo, sino también el mandamiento de ser transformado en santidad; no solo los privilegios que Él da, sino también su persona. Se goza de que sea su Sacerdote, y también se goza de que sea su Rey. Por medio de Él no solo es librado del castigo del pecado, sino que también busca ser librado de seguir pecando.

El fiel convertido que recibirá la justicia de Dios acoge a Jesucristo por completo. No busca su propio provecho, sino la voluntad y los propósitos de Él. No busca llevar bien su propia vida, sino que desea que la obra de Él avance aunque pase por encima de él. Esta justicia está abierta a todos sin distinción: no toma en cuenta el origen, la condición, la capacidad ni la debilidad. El Señor dice: “¡Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera!” Respondamos a este llamado sincero del Señor. Seamos personas de fe verdadera, que siguen y obedecen al Señor con todo el corazón, con todo el pensamiento y con toda la vida.