Los que pertenecen al diablo

Respondieron y le dijeron: Nuestro padre es Abraham. Jesús les dijo: Si fueseis hijos de Abraham, las obras de Abraham haríais. Pero ahora procuráis matarme a mí, hombre que os he hablado la verdad, la cual he oído de Dios; no hizo esto Abraham. Vosotros hacéis las obras de vuestro padre. Entonces le dijeron: Nosotros no somos nacidos de fornicación; un padre tenemos, que es Dios. Jesús entonces les dijo: Si vuestro padre fuese Dios, ciertamente me amaríais; porque yo de Dios he salido, y he venido; pues no he venido de mí mismo, sino que él me envió. ¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra. Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. Él ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira. (Juan 8:39-44)

Lo que los judíos están diciendo es: “Nosotros somos descendientes de Abraham”. Es decir, esa bendición prometida a Abraham, la bendición de la que venimos hablando todo este tiempo, dicen que “es nuestra”. La bendición prometida a Abraham es que Dios sería Emanuel, esto es, que estaría con ellos; y dicen que esa bendición de que Dios esté con ellos les pertenece.

Nuestro Dios dio la ley al pueblo de Israel e hizo un pacto con ellos, prometiendo: “Si guardan bien esto, estaré con ustedes”. Pero ellos, desde el comienzo, no cumplieron esta promesa; y aunque se esperaba que con el tiempo maduraran, no fue así, sino que, mostrando cada vez más la naturaleza maligna que había en ellos, traicionaron a Dios. Por eso Dios los perdonó muchas veces y les dio otra oportunidad, pero, viendo de que así no había manera para dar a la humanidad la bendición prometida a Abraham, prometió establecer un nuevo pacto. Y entonces, a pesar de que estableció el nuevo pacto por misericordia y declaró: “Por misericordia estaré con ustedes”, la gente seguía pensando, e incluso más que antes: “Como hasta ahora hemos hecho mal, ahora guardemos bien la palabra de Dios para estar con Él”. Y como se esforzaban mucho, llegaron a sentirse satisfechos de sí mismos, y al pensar “con esto ya somos dignos de que Dios esté con nosotros”, fue así como aparecieron los fariseos, los escribas y gente semejante.

Esas personas, a pesar de que Dios ya había declarado: “Ustedes no tienen remedio. Con aquel pacto que antes hice con ustedes de ninguna manera puedo estar con ustedes, así que lo estableceré de nuevo; pero este pacto es un pacto que se hace con pecadores, no es algo que ustedes tengan que guardar bien para que yo pueda estar con ustedes. Ahora, por misericordia, estaré con ustedes”, sin embargo, despreciaron a Jesús, que vino precisamente para salvar a esos pecadores. Si ellos hubieran escuchado esa voz de Dios y hubieran reconocido a tiempo —ya cuando el profeta Jeremías lo profetizó— que “con nuestras fuerzas humanas de ninguna manera podemos estar con Dios”, quizá habrían estado preparados para recibir al Salvador cuando Jesús vino. Pero, al contrario, como pensaban: “¡Vamos a guardar mejor la ley para estar con Dios! ¡Y nosotros ya estamos completamente preparados para eso!”, cuando vino el Salvador Jesús lo rechazaron diciendo: “No necesitamos a alguien como tú”.

Entonces, ¿por qué el ser humano no puede guardar esta ley? ¿Por qué no puede cumplir esa condición para poder estar con Dios? Respecto a eso, Jesús vino Él mismo y declaró: “Dentro de ustedes no hay amor hacia Dios”. Y hasta lo confirmó; ¿cuál es la razón? “Ustedes no están viviendo ahora como se les antoja. Ustedes tienen un padre. Y andan siguiendo los deseos de ese padre tal como son, y ese padre es justamente el diablo. El diablo, desde el principio, es mentiroso y homicida; además es el que mata, el que engaña y el que está en tinieblas. Como ustedes pertenecen a él, de ninguna manera pueden seguir mi palabra ni pueden amar como Dios quiere”. Esto es lo que les está diagnosticando. Pero estas personas no lo reconocen. Al contrario, buscan matar a Jesús, que da testimonio de la palabra de Dios, a Jesús que da testimonio de la verdad. Y aun así siguen diciendo que ellos son el pueblo de Dios. Dicen que la bendición es de ellos. Pero nuestro Dios, como ya sabía que “con las fuerzas humanas no se puede estar conmigo” y que de ninguna manera podría cumplir en ellos lo que había prometido, ya desde hacía mucho tiempo había decidido hacerlo todo por misericordia y por gracia. Y para eso envió a Jesucristo.

Solo después de que nuestro Dios envió a Jesús se hizo manifiesta, por fin, la realidad espiritual llamada diablo; y también quedó ahora completamente revelado por qué Dios creó todo este universo y cuál es el plan que Dios tiene para el ser humano. Por eso, lo que ahora tenemos que hacer, más que cualquier otra cosa, es saber recibir la gracia.

En cuanto a estar con Dios, la cual es como cuando uno se casa, Dios ¿con qué clase de novia querría casarse? Más que desear una novia que obedezca bien, que satisfaga con exactitud lo que Él quiere y que, a su nivel, sepa hacer bien las cosas que Él desea —es decir, en una palabra, más que casarse con una mujer inteligente—, quiere casarse con una mujer que lo ame. Quiere casarse con esa mujer que ama a su esposo, que lo ama de verdad con todo su corazón; no quiere casarse con esa mujer que sabe ayudarlo muy bien en su trabajo. Lo que desea es de verdad esa persona que mira a su esposo y para quien el esposo llega a ser como su propia vida; no desea a alguien inteligente, excelente y que haya estudiado mucho. Por eso, aunque tiene que llevarnos al cielo para vivir con nosotros para siempre, lo que Dios quiere no son personas que guarden bien la ley. Lo que quiere es una persona que confiese, con emoción, con gozo y con una gratitud verdaderamente entrañable, que realmente delante de Él no puede vivir sin Su amor y Su ayuda. Una persona que reconozca que, si hoy vive así, es porque tuvo Su amor.

Que Dios quiera esta clase de personas significa que también hay muchas cosas por realizar allá en el cielo. Significa que hay mucho trabajo por hacer en el cielo. ¿Qué significa conceder gracia? Es una especie de estrategia de Dios para emplear a las personas. Es un método para usar a la gente. Cuando se va a emplear a alguien, cuando se le va a encomendar una tarea importante, ¿a quién se le encomienda? Como el ser humano se vuelve orgulloso una y otra vez, cuando se encomienda una tarea importante no se le encomienda a la persona inteligente. Si uno mira en novelas clásicas como el Romance de los Tres Reinos o los libros antiguos de política, ¿a quién le encomiendan la tarea? Le encomiendan la tarea a la persona desesperada. Cuando alguien ha quedado completamente desesperado, en una situación de la que no podría levantarse, el buen líder le concede gracia a esa persona. Así, a quien iba a morir del todo lo salva. Entonces esa persona, ¿en qué se convierte a partir de ese momento? Se convierte en un servidor fiel. Si no lo hubieran salvado, esa persona simplemente habría terminado ahí, pero lo salvan. Entonces esta persona ahora sirve con fidelidad de manera notoria. Aunque antes esta persona estuviera sirviendo a otro, como lo salvaron de este modo, a partir de ahora sirve a este. Así que se le puede encomendar una tarea aún mayor.

Confucio también sabía eso; por eso, ¿qué dice en el libro de Confucio? Dice: “Cuando el cielo va a encomendar una tarea a una persona, hace que esa persona pase hambre, que soporte el frío, que sufra penalidades enormes, y, después de empujarla a fondo hasta el borde mismo de la muerte, la levanta de nuevo y le encomienda una gran obra”. Por eso, en cualquier cosa que hagamos —ya sea en la sociedad o en la iglesia—, cuando nos venimos abajo, si solo lo miramos con lo que tenemos delante de los ojos es doloroso; pero en ese momento podemos, más bien, alegrarnos. Porque nos hizo pasar por esas dificultades para encomendarnos más adelante una obra mayor. El pastor Lin de China, llora cada vez que llama por teléfono. Porque está pasando ahora por una situación muy dolorosa. Pero, aunque para él es doloroso, yo lo veo de esta manera, pienso: “Ah, esta persona ya podrá hacerse cargo de una gran obra. Como Dios ha encontrado las buenas cualidades de esta persona, le está permitiendo ahora este proceso para encomendarle una obra mayor”; y al mirar un poco más lejos, ya no me lleno de la misma ansiedad junto con él.

Así que también Jesucristo, ¿no tiene que hacerse cargo de la gran obra en el cielo? Pues le fueron dadas toda autoridad en el cielo y en la tierra. Habiéndose hecho cargo de todo, no se queda sentado sin hacer nada, sino que ahora tiene que hacer la obra más grande. Habiendo ido al cielo, Jesús hace ahora una obra inmensa. Eso de disfrutar de la autoridad—esa “autoridad” no es la de andar todos los días comiendo manzanas y uvas, sino que Él es Aquel que tiene que gobernar a todos los ángeles del cielo y a la multitud de seres humanos—. Quiero decir que tiene que trabajar mucho. Por eso, para encomendarle esa gran obra, lo hace experimentar toda dificultad en este pozo tan pequeño, para formar en Él la fuerza y la capacidad de poder afrontar y resolver cualquier cosa que le ocurra allá después. Así lo hace.

Pero a esa obra ahora también quiere hacernos partícipes, ¿no es así? Quiere que nosotros también estemos con Él. Por eso pone al ser humano dentro de este Hades donde obra el diablo, y nosotros, dentro del Hades, perteneciendo al diablo, sufrimos todo el sufrimiento que se podía sufrir. Y pasamos por un gran entrenamiento. Y luego, finalmente, en ese momento en que de verdad ya no se puede hacer nada más, nos concede la gracia, y la persona que recibió la gracia ahora jura fidelidad. Jura fidelidad delante de Jesús. Y no podemos decir: “Ah, ¿por qué Dios nos usa a todos de esta manera?”, porque, después de usarnos, aunque nos usara así y nos desechara, no pasaría nada, pues nosotros somos seres que Él creo. Pero Él, para darnos la gloria de aquel cielo, para encomendarnos una obra mayor, ahora ha permitido por un momento estas cosas.

Por eso es que ahora vivimos dentro de este mundo donde habita el diablo, y como dentro de él nos volvimos pecadores, no tenemos la capacidad de amar a Dios. Así que la única manera de vivir es apoyarnos en la gracia de Jesús. Solo creyendo en Jesús podemos vivir. Y la actitud que debemos tener delante de Él es esta: si no es por el Señor, no podemos hacernos cargo de la obra del Señor ni podemos conocer el corazón del Señor, tener verdaderamente un corazón agradecido. Por eso es gracia y gratitud, gracia y gratitud. La persona que recibió la gracia da gracias. Y si hay un corazón agradecido, brota el gozo. Gracia, gratitud y gozo: esto va enlazado uno tras otro. Así que ahora el gozo se manifiesta. El gozo se manifiesta en el rostro y se manifiesta también como poder.

Cuando se echa fuera demonios, ¿por qué en algunas personas, teniendo igualmente el nombre de Jesús, se manifiesta mayor poder, y en otras no se manifiesta? Es porque esta persona tiene gozo. Es porque está llena de gracia, es feliz, está agradecida y tiene gozo. Con ese gozo es que los expulsa. En ese momento los demonios quedan al descubierto. ¿Por qué? Ahora mismo el demonio no recibió gracia. Por eso tampoco es feliz. Tampoco tiene gratitud. No tiene más que resentimiento. No tiene gozo, no tiene más que desesperación. Por eso esta brecha resulta enormemente grande. Intenten echar fuera a un demonio teniendo dentro, la desesperación y estas cosas. Como existe ese punto de conexión, ¿saldrá el demonio? Si demonio y yo tenemos el mismo punto… Con la boca dice “Jesús, Jesús”, pero el sentir del demonio y el mío son parecidos; entonces, ¿saldrá? Lo mismo ocurre con la persona en quien está el demonio. Tiene que separarse por completo del demonio; por eso, en cambio de estar lleno de la desesperación y la desgracia lo que pertenece al demonio, uno está lleno de gratitud y de gozo, es cuando se separa del demonio. Así es con nosotros, aun si trabajamos hasta el punto de que ante los ojos de los demás parecería tener lastima, podemos estar siempre agradecidos. Porque recibimos la gracia.

Así que esto —hacernos recibir la gracia, hacernos pasar una vez por el lugar bajo y después usarnos en grande— es la estrategia de Dios. Así que para usarnos Él obra de esta manera. Y esto verdaderamente nos muestra que tenemos mucho por hacer allá cuando vayamos al cielo. No es que vayamos al cielo aturdidos y flotemos como nubes, sino que, de manera aún más concreta que como aquí hay una realidad concreta, en el cielo esa realidad nos está esperando, y allí el trabajo nos será dado, a cada uno con su propio cargo. Pero allí no está el diablo. ¡Qué gozo es para el alma servir al Señor! Aunque el cuerpo sufra. Pero en el cielo tampoco hay cuerpo. En cambio, tendremos un cuerpo espiritual. Tampoco está el diablo. Servir a Dios no será difícil ni doloroso como aquí en esta tierra, sino que es un gozo como aquel de «Hefzi-bá, Beulá». Es ese gozo de servir a Dios y de encontrarse con Dios. Hefzi-bá, Beulá. Es ese gozo que tienen el hombre y la mujer en su primera noche de esposos. Ese gozo de encontrarse con Dios y de servir a Dios.

Así que nosotros, de verdad, como personas que recibimos la gracia —aunque estemos en un mundo dominado por el diablo—, el camino por el que vencemos es estar llenos del gozo de haber recibido la gracia. Oremos para que ese gozo sea lleno en nosotros.

Padre Dios, te damos gracias por habernos concedido así Tu gracia. Aunque vivimos en un mundo donde obra el diablo, sabiendo que haces esto porque tienes un gran plan que has dispuesto para con nosotros, ayúdanos para que, cuanto más sea así, más recibamos la gracia, más anhelemos la gracia y podamos trabajar con gozo. En el nombre de Jesús oramos. Amén.