El morar del Espíritu Santo

Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros. No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros. Todavía un poco, y el mundo no me verá más; pero vosotros me veréis; porque yo vivo, vosotros también viviréis. En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros. (Juan 14:16-20)

Después de prometerle a Abraham el Emanuel, Dios hizo muchas cosas para cumplir esa promesa. Y finalmente nos dio a su Hijo para que conociéramos a Dios, y por medio de ese Hijo nos explicó con claridad cuál es su plan para nosotros. Es decir, lo que Jesucristo quiere hacer es que todos nosotros —los que creemos en Jesús— recibamos el Espíritu Santo y así entremos juntos en la comunión que hay entre el Padre y el Hijo. Por eso los discípulos, que conocían esa comunión, dijeron en 1 Juan 1:1-4: “Nuestra comunión es con Jesucristo y también con Dios el Padre.” En su origen, esa comunión es entre el Padre y el Hijo; pero los creyentes hemos entrado en ella, y ahora, al evangelizar, hacemos que otras personas también entren en esa comunión. La Biblia se refiere a eso una y otra vez como “llegar a ser uno”. Eso es precisamente “Emanuel”. ¿Y cómo se hizo realidad? Ese Emanuel se hizo realidad precisamente cuando vino el Espíritu Santo.

Antes de eso, también las personas pensaban que estaban con Dios; pero en los tiempos del Antiguo Testamento Dios los guiaba por medio de un ángel, así que solo podían encontrarse con Dios en la carne. Y ese estar con Dios podía verse interrumpido cuando un ejército extranjero invadía, y además, por la propia debilidad de las personas, no lograba mantenerse de forma completa; tenía muchas limitaciones.

Cuando Jesucristo vino a esta tierra y habitó en medio de este pueblo, también eso se podía llamar “estar con ellos”; sin embargo, no era algo eterno. Que Jesús esté con nosotros en cuerpo, aquí en la tierra, es como “caminar juntos”. Caminar juntos es ir tomados de la mano, pero a eso no se le llama “ser uno”. Es simplemente acompañarse. Son dos que van juntos. Así que siguen siendo dos. Y en cualquier momento se pueden separar. Además, si Jesús estuviera en la tierra, no podría estar con todas las personas al mismo tiempo. Si Él estuviera en Jerusalén, no podría estar en Galilea, y si estuviera en Galilea, no podría estar al mismo tiempo en Jerusalén, porque vino en cuerpo.

Si Él todavía estuviera hoy en esta tierra, tendríamos que ir a encontrarnos con Jesús para poder adorar. Porque solo así nos encontraríamos con Dios, y para encontrarnos con Dios tendríamos que ver a Jesús. Por ejemplo, si Jesús estuviera en Jerusalén, cada Día del Señor tendríamos que comprar un tiquete de avión y viajar hasta Jerusalén para rendir culto. Solo al ver a Jesús podríamos decir: “Ah, ya vi el rostro de Dios, ya rendí culto.” Pero si fuera así, aunque uno gastara todo ese dinero para ir, como toda la gente del mundo se amontonaría allí, al final yo regresaría sin haber podido siquiera verle el rostro.

Por eso, en lugar de hacer las cosas de ese modo, Él dijo: “Es mucho más provechoso para ustedes que yo les envíe el Espíritu Santo”, y añadió: “Y para eso tengo que irme.” Por eso en Juan capítulo 16 aparece justamente ese contenido. Es decir: “Les conviene que yo me vaya; el Espíritu vendrá cuando yo me haya ido.”

De este modo, desde el momento en que vino el Espíritu Santo, esto ya no es una simple parábola de algo que ocurriría allá en el cielo. Desde ese momento es una realidad. Desde que el Espíritu Santo vino a morar en nosotros, el Emanuel —Dios está con nosotros— es ya una realidad. Es decir, no es que tengamos que ir al cielo para ver esa realidad, sino que ya la estamos viendo aquí en la tierra. Por eso dijo: “Si tú echas fuera demonios por el Espíritu, el reino de Dios ya ha llegado a ustedes.” Por lo tanto, el reino de Dios no es algo que se cumpla solo cuando lleguemos al cielo, sino que ya ha llegado aquí. Cuando echamos fuera demonios, somos testigos de ese hecho allí mismo; vemos esa prueba.

Por eso, recibir el Espíritu Santo es algo sumamente importante. En cierto sentido, este es el propósito. Porque Dios tiene que venir a morar en nosotros. Pero había un obstáculo. Como en los tiempos del Antiguo Testamento la gente pecaba una y otra vez, Dios no podía estar con ellos. Pero Jesús derramó su sangre y limpió nuestro espíritu. Y así, al morir y resucitar, derramando de ese modo su sangre, limpió nuestro espíritu. Y eso tiene una razón. ¿Para qué lo hizo? Para por fin estar con nosotros. ¿Y de qué manera quiere estar con nosotros? Haciendo que ese Espíritu prometido entre en nosotros. Por eso Él no enseñó solo de palabra, sino que primero derramó su propia sangre para lavar nuestro espíritu, y solo entonces hizo posible que recibiéramos al Espíritu Santo.

¿Qué sentido tendría lavar bien un plato, dejarlo limpio, y no servir nada de comida en él? Así como uno lo lava para servir en él una comida deliciosa, ¿de qué serviría que Jesús nos limpiara con su sangre si todo quedara ahí? Precisamente por esto, para que Dios esté con nosotros —es decir, para que venga el Espíritu Santo— Jesús hizo todo aquello.

Entonces, no recibir el Espíritu Santo —es decir, creer en Jesús y aun así no recibir el Espíritu— es como un producto a medio terminar. Es algo que se quedó a mitad de la fabricación. Pongamos por caso que se fabrica un iPhone. Se arma la carcasa y dentro hay que colocar las piezas esenciales; pero si no se ponen esas piezas, ¿de qué sirve por más que la apariencia sea estupenda? Un producto a medio terminar no tiene ningún valor. Del mismo modo, si uno cree en Jesús, pero no recibe el Espíritu, ¿qué sentido tiene? Si fuera así, apenas alcanzarías la salvación; pero lo que Dios había planeado desde el principio no es solamente que tú te salves, sino esto: “Dios estará contigo.” No se trata únicamente de ser salvo.

Ser salvo y que Dios esté contigo son cosas distintas. Por eso Él está con quien ha sido salvo; está con quien ha sido santificado. Y ese estar con nosotros tiene además un propósito. De eso hablaremos más adelante, pero estar con el ser humano es un anhelo antiguo de Dios. Y eso, por fin, se cumplió por medio del Espíritu Santo.

Por eso, que nosotros hayamos recibido el Espíritu Santo no es un acontecimiento cualquiera. Dios lo planeó desde antes de la eternidad para lograrlo, y desde que escogió a Abraham con ese fin hasta hoy han pasado cuatro mil años; por eso es algo verdaderamente impresionante. Dentro de esos cuatro mil años, la primera persona que recibió el Espíritu lo recibió apenas después de que pasaran dos mil; ¡qué obra tan trabajada, hecha con todo el corazón por parte de Dios! Que eso ahora se cumpla incluso en mí, cuatro mil años después, es algo realmente extraordinario. Por eso, con solo este hecho de haber recibido el Espíritu Santo, ya estamos disfrutando de un gozo, una felicidad y una gloria inmensos. Por eso cantamos: “¡Ha venido el Espíritu Santo, ha venido el Espíritu Santo!”, ¿no es así? Esa misma frase, “esta buena noticia”, es en sí una gran noticia: que el Espíritu Santo ha venido. Que Jesús haya venido también es una buena noticia, pero que Él haya subido al cielo y el Espíritu Santo haya venido es, de verdad, el regalo más grande para nosotros.

Pues bien, respecto a recibir este Espíritu Santo, ¿qué dice la Biblia? Dice que Dios “derrama su amor”. “Recibir el Espíritu Santo es que Dios derrama su amor en nosotros”: lo dice Romanos 5:5. Nos derrama su amor. Así que recibir el Espíritu en plenitud es recibir el amor en plenitud.

Por eso, si una persona que dice “recibí el Espíritu Santo” afirma “yo apenas hablo en lenguas” y pide “por favor, confírmeme si estas lenguas son del Espíritu o no”, entonces esa persona tiene un error y ha entendido mal. Todavía no ha comprendido qué significa recibir el Espíritu Santo. Solo se alegra de hablar en lenguas, pero no tiene certeza acerca de ellas, y aun habiéndolas recibido anda dudando de si de verdad se las dio Dios o si son lenguas del diablo. Esa clase de personas, aunque hayan recibido el Espíritu, se quedarán viviendo apenas en ese nivel. Les resulta difícil llevar una vida espiritual de un nivel más alto.

Por eso, ¿qué dice Gálatas 3:14? Dice: “Que Jesucristo recibiera la maldición en la cruz fue para que nosotros recibiéramos esa bendición.” Es decir: “Fue para que recibiéramos la bendición de Abraham.” Pero ¿cuál es esa bendición? Dice: “Fue para que recibiéramos el Espíritu prometido.” Así que aquella bendición prometida a Abraham se cumplió por completo en nosotros al recibir el Espíritu Santo. Por lo tanto, los que creemos en Jesús debemos anhelar recibir el Espíritu, y una vez que lo hemos recibido, no es para detenernos ahí. Ahora debemos anhelar estar llenos del Espíritu y anhelar tener poder.

Pero las personas tienden a pensar de esta manera. El ser humano siempre quiere fabricar doctrinas. Por eso quiere explicarlo todo de forma exacta y cerrada. Es algo así. “¿Me amas o no? ¿Me amas o no?”: quiere oírlo sí o sí. El amor es algo difícil de expresar con palabras —decir “te amo” resulta incómodo y decir “no te amo” también—, pero aun así uno quiere oírlo dicho con todas las letras. Y luego: ¿hasta dónde se es adulto y hasta dónde menor de edad? ¿Acaso se puede decir con un corte exacto? El ser humano quiere dejarlo fijado con precisión. Hasta los 18 años, menor de edad; después de los 18, adulto. Porque solo así se siente tranquilo. Por eso quiere fijar una y otra vez: “¿Qué es la salvación? ¿Hasta dónde llega la salvación?” Y así anda discutiendo todo el tiempo: “¿Llega hasta creer en Jesús, o hasta recibir el Espíritu Santo?”

Pero pregúntenle alguna vez a un agricultor. Han brotado las hojas, bien verdes. “¿Hasta ahí no más? ¿Con que pase solo eso ya queda contento?” Cuando salen las hojas, el agricultor sí se alegra. Pero el interés del agricultor no está ahí. Más adelante tiene que dar fruto. Y entonces, porque ya hay fruto, ¿se va a conformar diciendo “ah, ya el agricultor estará contento”? No. El fruto tiene que crecer. Tiene que crecer; y aun así, ¿dirá “ah, ya creció del todo, con eso basta”? No. Hasta que al final el fruto madure muy bien y llegue la cosecha, el agricultor no queda satisfecho en ningún momento. Aunque brote y crezca, en esos pasos intermedios no se conforma. Pero la gente dice: “Como ya brotó, estoy salvo, ¿con eso ya basta?”, y luego: “¿Como ya crecí un poco, ya basta?”, y así trata de conformarse una y otra vez. Sin embargo, en el corazón del agricultor no hay conformismo.

Por eso, hasta que Jesús vuelva y nos lleve allá al cielo, nadie puede darse por satisfecho jamás. Así que esto de “ya recibí el Espíritu Santo, con eso basta; ya recibí poder, con eso basta; ya puedo echar fuera demonios, con eso basta”, y luego “ya conocí la imagen de la voluntad de Dios, con eso basta”: de este modo el ser humano quiere detenerse a mitad de camino, pero Dios no lo ve así en absoluto. Hasta el final, por más que subamos y subamos, mientras vivamos en esta tierra no podremos terminar de subir. Por eso se puede subir sin fin. Hay que esforzarse por subir. No hay que detenerse a la mitad.

Por lo tanto, como esa realidad comienza desde que recibimos el Espíritu Santo, no debemos jamás detenernos ahí pensando solamente: “Ya se con certeza que estoy salvo, ya recibí esta prueba.” Después de recibir el Espíritu Santo, apenas entonces empieza una vida nueva por medio de ese mismo Espíritu. Recibir el Espíritu Santo: esto es el comienzo. Recibir el Espíritu no es agarrar la copa del campeón, sino obtener el derecho a participar en las Olimpiadas. Así que ahora hay que salir a las Olimpiadas y correr con todas las fuerzas. Pero la gente, cuando recibe el Espíritu, cree haber llegado ya a la meta final y se pone a gritar a más no poder; por eso cae, y desde ese momento empieza a corromperse.

Que el Espíritu Santo haya venido significa que Dios vino a estar conmigo. Y entonces, a partir de ese momento, tiene que haber algún plan de Dios. Que Dios esté conmigo tiene que tener una razón. Es para hacernos recibir gloria, y por eso, aquí en la tierra, es para hacernos padecer juntamente con Él. Si uno ha recibido el Espíritu, entonces es después de eso cuando se realiza la obra.

Así que, de este modo, ante todo, agradeciendo que se me haya dado el Espíritu Santo, debemos saber gozarnos con solo saber que de verdad el Espíritu Santo está dentro de mí. Ahora, al recibir el Espíritu, puedo pensar: “¡Ah, qué alegría!” Porque recibí el don de lenguas. Pero no se queden solo en eso; piensen que aquello que se ha venido cumpliendo desde que se le hizo la promesa a Abraham hasta hoy se está cumpliendo ahora en mí. Aquellos, por más que lucharon con todas sus fuerzas, no lo alcanzaron; y a mí, en cambio, ya me ha llegado. Alguien como yo, que no tiene ningún mérito digno de mención, lo ha recibido así, de golpe. Por eso hay que agradecerlo.

Hace tiempo, cuando éramos novios con mi esposa, le compré una que otra cosa y la invité a comer. No le compré gran cosa, pero algo sí le compré. Pero en aquel momento no parecía alegrarse mucho. Lo tomaba como si nada. Pero si hubiera sabido cuánto sufrí para ganar ese dinero, no habría podido evitar amarme. Para poder hacer eso, trabajé un mes entero en construcción, de obrero. Trabajé un mes en construcción para reunir ese dinero y poder darle algo, y en ese tiempo me dieron hemorroides. De tanto matarme trabajando, así de duro. Me salieron hemorroides. Fue por andar cargando cosas pesadas todos los días, alzándolas y llevándolas al hombro. En invierno, en días de frío, hice ese trabajo hasta que se me agrietaron las manos. No tenía otra cosa en la cabeza. Solo tenía el deseo de alegrar de algún modo a mi esposa, novia en ese entonces. Ese era mi corazón.

Pero cuando no se conoce ese sacrificio, uno se queda indiferente. Sin embargo, imagínense que ella hubiera sabido que yo sufrí tanto durante un mes solo para tratarla bien. Entonces el sentimiento al recibir el regalo sería distinto. ¿No estaría llena de alegría? Diría “¡guau…!” y quedaría conmovida.

Del mismo modo, si uno solo piensa “recibí el Espíritu Santo”, la cosa terminará en un “ah, parece que sí, ya puedo hablar en lenguas”; pero piensen una vez en todo lo que Dios ha hecho durante todo este tiempo para hacer venir el Espíritu sobre nosotros. Si pensamos en cómo hizo un pacto con el ser humano, en que entregó a su propio Hijo hasta la muerte, y en todo lo que ha venido haciendo durante tantos años, entonces que yo haya recibido el Espíritu Santo es algo por lo que estar enormemente agradecido. Es algo que produce gozo. Es algo que conmueve. Debemos tener esa emoción profunda.

Ahora vamos a orar, agradeciendo de corazón que se nos haya dado el Espíritu Santo y pidiendo que podamos valorarlo aún más.

Padre Dios, te damos gracias por darnos el Espíritu Santo. Te damos gracias porque este Espíritu, que solo estaba en Dios, este Espíritu que solo le habías dado a Jesucristo, tu único Hijo amado, hoy nos lo has dado también a nosotros. Te damos gracias porque, al haber entrado en Jesús y llegado a ser miembros de su cuerpo, hemos podido recibirlo; damos gracias al Padre, que estableció este gran propósito, y damos gracias a Jesús, que lo cumplió. Damos gracias también al Espíritu Santo que mora en nosotros, quien, sin recibir el trato que merece dentro de nosotros y aun siendo despreciado, no obstante, soporta con paciencia y permanece en nosotros. Te rogamos que el gozo que viene de esto llene nuestra alma, y que nos hagas felices con la felicidad espiritual del cielo. En el nombre de Jesús oramos. Amén.