Servicio del Día del Señor del 14 de junio del 2026

Pastor Sung Hyun Kim

¿Alguna vez ha pensado que Dios parece indiferente? Cuando vemos a personas que pecan y siguen viviendo como si nada, o cuando nosotros mismos pecamos y no pasa nada, poco a poco se arraiga dentro de nosotros una idea: “A Dios parece no importarle el pecado. Pecar no tiene mayor consecuencia.” Y esa idea no es solo de los incrédulos. También quienes vivimos dentro de la fe llegamos a dudar a medias del juicio de Dios, y empezamos a seguir nuestra codicia y nuestros deseos. Esa idea, de manera lenta pero segura, nos va alejando de Dios.

Pero Dios no es indiferente. Sufre. Que un Dios justo pase por alto el pecado es, en realidad, algo imposible. Y esa cosa imposible Dios la soportó con enorme dificultad. El problema de la salvación nunca fue cómo podía el pecador subir hasta Dios. La verdadera pregunta era cómo podía Dios descender hasta el pecador sin quebrantar su justicia. Ese era el conflicto de Dios. Él cargó sobre sus propios hombros el peso de ese conflicto, puso como garantía la vida de su Hijo amado, y esperó larga y dolorosamente, hacia un día que solo Él conocía.

Al final de esa espera estaba la cruz. La cruz es el acontecimiento en el que Dios se mostró a sí mismo abiertamente ante el mundo entero. Y lo que quedó al descubierto en la cruz fue la justicia de Dios; es decir, toda su persona y todo su carácter: su bondad, su benignidad, su misericordia, su rectitud, su entrega, y también su odio absoluto al pecado. Todo esto es la justicia de Dios. Por eso, ante “la justicia de Dios” no debería haber intimidación sino paz, gozo y alivio. Porque esto era precisamente lo que Dios, al cabo de aquella espera larga y dolorosa, quiso mostrarle al mundo entero por medio de la cruz.

Al recibir el castigo en nuestro lugar, el Hijo sin pecado satisfizo por completo la justicia de Dios, y al mismo tiempo abrió el camino para que todo aquel que cree en Jesús sea justificado. Que la justicia y la misericordia se cumplan a la vez es imposible por medios humanos. Esto es porque para salvar al pecador habría que quebrantar la justicia, y para mantener la justicia habría que condenar al pecador. Sin embargo, Dios cumplió esas dos tareas imposibles al mismo tiempo, encargándose Él mismo de ambas. El autor de Salmos lo anunció así: “La misericordia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron” (Salmos 85:10).

Dios sigue esperando incluso ahora. Esa dolorosa paciencia hacia nosotros no terminó después de la cruz. En este mismo momento, Dios sigue conteniéndose para darnos la oportunidad de arrepentirnos. El arrepentimiento brota justamente cuando uno siente todo esto en el corazón. El verdadero arrepentimiento no nace del miedo, sino que brota de aquel momento en que por fin comprendemos cuánto sufrió Dios por nosotros. Quien tiene ese arrepentimiento ya no vuelve a malinterpretar a Dios. Conoce el corazón de un Dios que se sacrificó por el pecador, y pasa el resto de su vida gloriándose en Él.