La sangre del nuevo pacto

Cuando era la hora, se sentó a la mesa, y con él los apóstoles. Y les dijo: ¡Cuánto he deseado comer con vosotros esta pascua antes que padezca! Porque os digo que no la comeré más, hasta que se cumpla en el reino de Dios. Y habiendo tomado la copa, dio gracias, y dijo: Tomad esto, y repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé más del fruto de la vid, hasta que el reino de Dios venga. Y tomó el pan y dio gracias, y lo partió y les dio, diciendo: Esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí. De igual manera, después que hubo cenado, tomó la copa, diciendo: Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama. (Lucas 22:14-20)

Si miramos aquí, vemos que Jesús repartió primero la copa. Hizo que la bebieran. Después les dio el pan diciendo: “Este es mi cuerpo.” Así, tomaron tanto la copa como el pan. Luego, después de terminar de cenar, tomó otra vez la copa y dijo: “Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que por vosotros se derrama.” “Es el nuevo pacto establecido en mi sangre”: eso fue lo que dijo. Normalmente nosotros hablamos juntas de esas dos cosas, “la sangre y el cuerpo”; pero aquí Jesús primero dio la copa, después dio el pan, y cuando ya habían terminado de comer volvió a levantar la copa y dijo: “¡Esta es la sangre del nuevo pacto que hago con ustedes!” Por eso, esto no es asunto de comparar el cuerpo y la sangre. No se trata de averiguar “¿qué es el cuerpo y qué es la sangre?”, al menos no ahora. Como dijo “¡Es el nuevo pacto en mi sangre!”, lo que hay que examinar es el nuevo pacto frente al antiguo, y no es el momento de discutir qué es el cuerpo y qué es la sangre.

Al decir “¡Es el nuevo pacto en mi sangre!”, aparece la expresión “nuevo pacto”, la palabra “nuevo testamento”. Cuando los israelitas escuchaban estas palabras, había una escena que se les venía de inmediato a la mente. Recordarían el primer pacto. Porque Moisés ya había dicho tiempo atrás: “¡Esta es la sangre del pacto que hago con ustedes!” Eso era el Antiguo Testamento, es decir, el viejo pacto; pero como Moisés no sabía que era el viejo pacto, simplemente dijo: “¡Esta es la sangre del pacto!”; en cambio Jesús vino y dijo: “¡Esta es la sangre del nuevo pacto!”

Veamos por un momento Éxodo capítulo 24. Leeremos juntos Éxodo 24, del versículo 1 al 8.

“Dijo Jehová a Moisés: Sube ante Jehová, tú, y Aarón, Nadab, y Abiú, y setenta de los ancianos de Israel; y os inclinaréis desde lejos. Pero Moisés solo se acercará a Jehová; y ellos no se acerquen, ni suba el pueblo con él. Y Moisés vino y contó al pueblo todas las palabras de Jehová, y todas las leyes; y todo el pueblo respondió a una voz, y dijo: Haremos todas las palabras que Jehová ha dicho. Y Moisés escribió todas las palabras de Jehová, y levantándose de mañana edificó un altar al pie del monte, y doce columnas, según las doce tribus de Israel. Y envió jóvenes de los hijos de Israel, los cuales ofrecieron holocaustos y becerros como sacrificios de paz a Jehová. Y Moisés tomó la mitad de la sangre, y la puso en tazones, y esparció la otra mitad de la sangre sobre el altar. Y tomó el libro del pacto y lo leyó a oídos del pueblo, el cual dijo: Haremos todas las cosas que Jehová ha dicho, y obedeceremos. Entonces Moisés tomó la sangre y roció sobre el pueblo, y dijo: He aquí la sangre del pacto que Jehová ha hecho con vosotros sobre todas estas cosas.”

Así proclamó: “¡Esta es la sangre del pacto!”; y al proclamarlo, tomó el libro del pacto, donde estaban escritos los mandamientos de Dios, y se lo leyó por completo al pueblo. Entonces, como el pueblo respondió “¡Lo cumpliremos todo!”, quedó hecho el pacto. “Nosotros lo cumpliremos.” “Entonces yo seré el Dios de ustedes. Estaré con ustedes.” Así fue como establecieron ese pacto con sangre. Esto es una prueba, una garantía.

Sin embargo, ese pacto no se cumplió. Dios, sabiendo que el ser humano es incapaz de cumplirlo, anunció que establecería un nuevo pacto, y finalmente Jesús vino y estableció ese nuevo pacto. Por eso dijo: “¡Esta es mi sangre!”, y añadió: “Con esta sangre hago un pacto con ustedes.” Aquel pacto que se hizo en el pasado fue establecido con sangre de animales, y el significado de esa sangre es justamente esto: “hay que cumplir esto aun a costa de la propia vida, hasta derramar sangre”, y “si no se cumple, es la muerte”; de modo que no cumplirlo significaba la muerte. Pero, para el tiempo del nuevo pacto, no lo habían cumplido. Porque entonces ya había quedado en evidencia que las personas eran incapaces de cumplir, para poder establecer ese nuevo pacto tenía que haber, necesariamente, una compensación por el primer pacto. Por eso, alguien tenía que derramar su sangre. Había que derramar sangre y, sobre eso, establecer de nuevo el pacto. Así que Jesús, en lugar de que ellos derramaran su sangre, derramó la suya propia, pagó el precio de sus pecados y estableció de nuevo el nuevo pacto.

Por lo tanto, nuestro Dios no abolió el pacto; no abolió el viejo pacto, sino que lo completó. Con su propia sangre completó el pacto. Y estableció el nuevo pacto. Entonces, lo que podemos entender es esto: ¿qué hay por encima del pacto? Es precisamente la voluntad de Dios. El pacto es algo que, aun cambiándolo de esta manera, busca cumplir la voluntad de Dios; y ¿cuál es esa voluntad? Estar juntos. Es su deseo de estar con el ser humano. Esa voluntad era tan fuerte, ese deseo de decir “¡Yo en ustedes, ustedes en mí, seremos uno!” era tan fuerte, que, a pesar de que no lo merecíamos, lo llevó a cabo hasta el punto de derramar la sangre de su Hijo. Así que, si entendemos esto, si entendemos lo que hizo Jesús, llegamos a conocer el corazón de Dios. Dios desea estar con nosotros hasta este punto. Desea estar con nosotros hasta el punto de hacer que su Hijo derramara su sangre. Y desea realizar su obra dentro de nosotros. Desea entregarnos su obra. Desea que también nosotros disfrutemos juntos de aquel cielo. Esa voluntad es algo extraordinario. Nada en el mundo puede impedirla.

Por eso, si uno conoce esta poderosa voluntad de Dios, puede tener valentía. Si uno entiende: “¡Hasta este punto Dios quiere estar conmigo! ¡Así de mucho quiere darnos esta oportunidad!”, entonces ya no caerá en el malentendido de angustiarse por sus faltas éticas y morales pensando “Dios no me ama, Dios no va a aceptarme”. Por eso, la persona que ha entendido bien el evangelio, por más pecadora que sea, justamente por ser pecadora se acerca todavía más a Dios; y como reconoce que, a pesar de todo, el Señor es Aquel que por su gracia desea estar con ella, Dios se agrada de esa fe y por eso permanece con esa persona. Le da su Espíritu Santo. Aunque en aquel cielo estaremos juntos por la eternidad, es necesario estar juntos aquí en la tierra para poder ser llevados hasta el cielo. Porque no es “cuando lleguemos al cielo estaremos juntos”, sino que es estar juntos aquí para luego ser llevados.

Por eso, tampoco con Jesús fue: “Cuando resucites, yo te haré ascender al cielo y te daré la herencia”, sino que Dios fue quien lo resucitó. En el “Credo de los Apóstoles”, ¿qué se dice que hizo Jesús? Dice: “resucitó de entre los muertos”, es decir que simplemente resucito. Pues bien, justo aquí ya empieza a enredarse el asunto. ¿Cuándo resucitó Jesús de entre los muertos por sí mismo? Por eso la gente está confundida. “Jesús resucitó. Jesús resucitó. Como Jesús es el Hijo de Dios, tiene ese poder.” Esto es justamente herejía. Esto es el anticristo. Esto mismo dice que niega que Jesús vino en carne. Jesús murió. La muerte es no poder hacer absolutamente nada. Esto es lo mismo para el ser humano y para Él: vino como hombre y murió. Si se dice que vino como hombre y, habiendo muerto, pudiera resucitar por sí mismo, entonces no sería un hombre. El ser humano es aquel que, una vez muerto, no puede resucitar.

Entonces, no fue que Él resucitara por sí mismo, sino ¿qué fue? Fue el Padre quien lo resucitó. Eso es lo que marca la diferencia. Es decir, el Padre también nos resucitará a nosotros. Él vino conforme a la voluntad del Padre. Y conforme a esa voluntad del Padre, está buscando estar con nosotros ahora mismo, de esta manera. Por eso, incluso el Hijo, a veces, no lograba entenderlo. Tanto así, que llegó a decir: “¿Por qué me has desamparado?” Eso era la voluntad del Padre.

El Padre desea ciertamente, con todo su anhelo, que nosotros lleguemos a ser uno con Dios; por eso, por más que nos equivoquemos y caigamos hacia atrás, lo único que espera es que nos levantemos de nuevo y avancemos hacia adelante, y de ninguna manera quiere que miremos atrás y nos encojamos. Entonces, ¿cuál es la noticia más gozosa para un pecador? Es justamente esta. Por más pecador que yo sea, la manera en que puedo vivir es acercándome a Dios; y aunque uno piense “¿y si entonces Dios no me recibe?”, de ninguna manera será así, sino que sí me recibirá. Solo quien tiene esta fe obtiene la bendición. Por eso, lo que se nos dice es: no se dejen engañar. Porque, aunque los israelitas traicionaron así a Dios, al final Él es un Dios que, incluso cambiando su propio pacto, quiere estar con nosotros. Es un Dios que quiere salvarnos como sea, y no un Dios que, apenas algo le parece un poco raro, corta y desecha.

Por eso, desde nuestro punto de vista, hay muchas cosas que nos resultan frustrantes. “Ojalá cortara a esa persona; ojalá simplemente expulsara a esa persona del lugar donde Dios obra”; pero Él no lo hace. Y es que nosotros también estamos recibiendo su gracia. La viga del otro parece grande, pero la nuestra es aún más grande; así que, si Dios decidiera expulsar, el primer expulsado sería yo. De verdad, no malinterpretemos a ese Dios; más bien, cuanto más pecadores seamos, digamos: “Cuanto más reconozco que soy pecador, más debo acercarme a Dios.” Espero que tengamos esta determinación y que todos nosotros lleguemos a ser personas que siempre se apoyan en la gracia de Dios; les bendigo que así sea en el nombre de Jesús.

Oremos. Oremos pidiendo que no malinterpretemos a Dios.

Padre Dios, aunque sentimos mucho nuestra insuficiencia y, por falta de capacidad, de verdad nos lamentamos de nosotros mismos. Padre Dios, ayúdanos a reconocer que Tú siempre quiere darnos una nueva oportunidad, que quieres que lo hagamos mejor, que quieres que venzamos y que seamos felices —ayúdanos a creer que de ciertamente eres ese Dios—, y a abandonar todo malentendido acerca de ti para correr hacia adelante. Obra en nosotros para que no seamos de los que retroceden y se hunden en la perdición. Te damos gracias porque también hoy nos das una nueva oportunidad. Confesamos toda nuestra suciedad, nuestra pereza y nuestras faltas; ten misericordia de nosotros y obra en nosotros el poder y la fuerza para obedecer y trabajar tal como Tú lo deseas. En el nombre de Jesús oramos. Amén.