Dios que no abandonó a su esposa fiel
Mas diréis: ¿Por qué? Porque Jehová ha atestiguado entre ti y la mujer de tu juventud, contra la cual has sido desleal, siendo ella tu compañera, y la mujer de tu pacto. ¿No hizo él uno, habiendo en él abundancia de espíritu? ¿Y por qué uno? Porque buscaba una descendencia para Dios. Guardaos, pues, en vuestro espíritu, y no seáis desleales para con la mujer de vuestra juventud. (Malaquías 2:14-15)
Dios habló a través de los profetas diciendo: “El rey David vendrá y estará con vosotros.” “El rey David vendrá.” Y que se dijo del rey. El rey es llamado ‘pastor’. El pastor es aquel que rescata las ovejas confiadas por el Padre, aunque sea de entre los dientes de osos y leones, y las devuelve al Padre; es quien las protege hasta el final. Dios prometió que, al enviar a ese rey, cumpliría el pacto de Emmanuel, la promesa que hizo a Abraham. Esto significaba enviar a Jesucristo como rey para guardar y resucitar las almas encomendadas por Dios hasta el último día. A través de los profetas, Dios manifestó su voluntad de librar a la humanidad de las garras del enemigo, de las garras del diablo. Primero había que vencer al diablo para poder rescatar a las ovejas atrapadas entre sus dientes. Por eso se dice: “Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo.”
Al destruir las obras del diablo, Dios no lo enfrentó directamente, sino que reveló su amor a la humanidad para que el diablo tropezara con sus propias acciones. Imaginemos si un padre enojado fuera a la escuela a golpear al niño que lastimó a su hijo. Uno como padre al encontrare en esa situación en donde su hijo es lastimado llega a hacerlo, y esto lo dijo de experiencia. Pero si esto ocurriera la madre del otro niño reaccionaría, y al final sería el propio padre quien terminaría en problemas. Así, Dios no actuó de esa manera. Dios solo se relacionó con la humanidad, y dentro de esa relación hizo que el diablo cayera por sí solo.
El Hijo de Dios vino a esta tierra para cumplir esa obra, pero para ello era necesaria la cooperación del ser humano. Jesús no tenía ninguna razón legítima para ser entregado al diablo. El diablo solo tiene derecho sobre los pecadores. Por eso Jesús no podía convertirse en pecador por sí mismo para recibir el ataque del diablo; fue el ser humano quien se convirtió en pecador, y Jesús cargó con ese pecado y lo padeció. Así, el diablo pudo matar a Jesús, porque él cargaba con el pecado. Sin embargo, cuando el diablo reclamó que “Jesús es un pecador”, Dios respondió: “No es así, Jesús no tiene pecado”, y lo resucitó y lo glorificó en el cielo. Al mismo tiempo, el pecado del diablo fue condenado y su injusticia quedó completamente expuesta.
Durante todo este proceso, quien sufrió fue el Hijo de Dios. Y antes de que el Hijo de Dios viniera, fue la humanidad quien sufrió. Al convertirse en pecadora, fue pisoteada y oprimida por el diablo hasta quedar completamente destruida como mujer. Lo que Dios quería lograr era casarse a esa humanidad, hacerse uno con ella, pero esa humanidad había sido pisoteada y arruinada por el diablo, quedo como un trapo sucio. Si pensamos en ello, resultaría poco atractivo unirse a una mujer en ese estado por la eternidad. La humanidad es enemiga de Dios; el corazón humano es sucio, astuto y corrupto. Cuando trabajamos dentro de la iglesia vemos muchas cosas que parecen absurdas, pero sin darnos cuenta, nosotros mismos cometemos igual cantidad de errores. Minimizamos lo que hacemos mal y juzgamos con dureza lo que hacen los demás, creyendo que siempre tenemos la razón. Cuántas veces nos defendemos a nosotros mismos sin reconocer nuestra propia injusticia. Todo eso es iniquidad.
Habría sido perfectamente posible desechar a esa humanidad corrompida, y al glorificar al Hijo en el cielo, la gloria y la fuerza del reino están en el número del pueblo, como dice Proverbios. Sería bueno que el número de seres en el cielo fuera mucho. Así como Dios prometió a Abraham descendientes tan numerosos como las estrellas del cielo y la arena del mar, es bueno que haya mucho pueblo en el cielo. No solo ángeles, sino también seres humanos con cuerpo, como el Hijo del Hombre. La humanidad que fue usada para vencer al diablo quedó arruinada, así que habría podido simplemente descartarla junto con el diablo al enviarlo al infierno, crear nuevos espíritus, formar muchas personas santas que no fueran vulnerables al diablo y llevarlas al cielo. ¿Acaso Dios no tiene el poder para eso? Con el poder de Dios, perfectamente podría tener en el cielo una multitud innumerable como pueblo suyo. Sin embargo, aunque Dios tiene el Espíritu en abundancia, no actuó así, sino que recuerda a aquella mujer que sufrió junto a él y participó en su obra.
Se dice que cuando los hombres que desde jóvenes sufrieron junto a su esposa llegan a tener una vida estable, suelen comenzar a ser infieles alrededor de los cuarenta o cincuenta años. Se dice que los cincuenta son los más frecuentes. Cuando eran jóvenes estaban demasiado ocupados sobreviviendo, pero al llegar a los cincuenta surge el tiempo libre, la posición social, la sabiduría y el poder. En cambio, la esposa va envejeciendo. Como en el trabajo y en la sociedad siempre hay mujeres jóvenes alrededor, el corazón inevitablemente se va alejando. Y si además la relación no es buena y siempre pelea con su esposa, el hombre siempre está buscando consuelo y descanso, pero cada vez que llega a casa se encuentra con tensión, así que, si alguien le trata bien, simplemente se inclina hacia esa persona. Justificándose a sí mismo, forma un nuevo hogar con otra mujer, y cuando después pide el divorcio, cuánto dolor siente la esposa que sufrió junto a él. Sufrieron juntos todo ese tiempo, y ahora que hay prosperidad, todo lo bueno se lo lleva la otra mujer. Uno pensaría que quien hizo semejante maldad debería recibir su castigo con una enfermedad o algo, pero en cambio es la mujer que recibió esa injusticia quien, consumida por el dolor, se enferma y muere. Y el hombre, fingiendo tristeza, simplemente se vuelve a casar. Así de fácil.
Así sucede en esta tierra, y cuánta injusticia hay en ello. Ante los ojos de Dios esto es algo verdaderamente inaceptable. Porque Dios no actuó así. El carácter de Dios es tal que, aunque hizo que la humanidad sufriera hasta la venida de Jesucristo, no la desechó por haberse convertido en un trapo sucio para crear otra en su lugar, sino que perdonó el pecado de esa misma humanidad y la hizo nacer de nuevo. No hay otro camino que el nuevo nacimiento. Por más que se lave, un trapo sigue siendo un trapo sucio. En mi hogar mis hijos confunden las toallas de las toallas que se usan como trapo, para secarse los pies. Pero cuando uno usa ese trapo para secarse la cara se da cuenta de que es la toalla que se usa como trapo. Así como un trapo por más limpio que esté sigue siendo un trapo, este problema no tiene otra solución que nacer de nuevo por completo.
Por eso, mediante los méritos del Hijo de Dios, Dios hizo que el ser humano naciera de nuevo, que nacieran completamente de nuevo, para que no fueran el mismo de antes sino una existencia completamente nueva. Las personas, aun después de creer en Jesús, siguen atadas a sí mismas, y aun después de creer dicen cosas como “hay que eliminar las maldiciones que vienen de la línea familiar”, o dicen que hay que recordar una por una las heridas recibidas en la infancia y resolverlas, llegando incluso a sacar a la luz heridas recibidas en el vientre materno. La gente sigue haciendo eso, pero desde la perspectiva de Dios, ya son una nueva criatura completamente renacida, y simplemente no lo creen. Son completamente nuevos. Dios los hizo una nueva criatura, y no es un espíritu diferente, sino que ese mismo espíritu fue renovado por completo.
Así es el corazón de Dios. No puede ignorar a quienes sufrieron junto a él. Por eso Dios es abundante en misericordia y está lleno de gracia y amor. ¿Quién podría quejarse o sentir resentimiento ante Dios? Incluso los seres humanos se justifican a sí mismos diciendo: “No puedo controlar el amor, ¿qué hago si no me gustas?, ¿qué hago si me gusta aquella?, tú personalidad es terrible, yo también necesito consuelo”, pero Dios, aunque nadie le diría nada si actuara así, no lo hace. Y es el ser humano quien se atreve a actuar de esa manera. Por eso Dios reprende diciendo: “Dios tampoco actuó así, por lo tanto, tú tampoco debes hacerlo; sé semejante a Dios.”
Cuánto hay que agradecer que Dios nos haya tratado de esta manera. No nos abandona, sino que nos volvió a limpiar, nos dio otra oportunidad, y a quienes sufrieron junto a él los recuerda sin falta. Siendo así, ¿acaso Dios va a ignorar a quienes en esta tierra sufren y viven una vida difícil a causa de Jesucristo? Les recompensará sin falta. Con algo mejor, con algo tan bueno que supera toda imaginación.
Quien no cree en este Dios, en el fondo no cree que Dios es amor. No cree en el carácter de Dios ni en su hermosura. Quien cree en Dios no duda de su amor. No se trata de no dudar de su existencia, sino de no dudar de su amor. Ni hablar de quienes dudan de su existencia; hasta los demonios creen que Dios existe. Sin embargo, los demonios no tienen ninguna relación con el amor de Dios. Pero los santos de Dios no dudan de ese amor.
Ese Dios vive en mí. Ya nadie puede separar esto, somos completamente uno, y él dice: “No puedo contener mi alegría por ti.” Como dice en el libro de Sofonías. El recién casado es incapaz de contener su alegría, tendrá una gran sonrisa en la boda. ¿Quién se alegraría al ver a una persona que ya tenga muchas arrugas? Pero nuestro Dios dice que tampoco puede contener su alegría por nosotros, que éramos pecadores y hemos nacido de nuevo. Cuando el amor de ese Dios nos llena por completo, eso es recibir la gracia. Esa alma tiene paz, y cuando hay paz, ahí reside todo el poder. Nace la gratitud hacia Dios y el amor hacia Él.
Seamos almas que verdaderamente han sido amadas. Debemos ser almas que encuentran su felicidad en ese amor que ya han recibido. Oremos para no dudar de ese amor y para morar completamente en ello.
Padre nuestro, que nosotros, quienes hemos recibido un amor tan grande, tengamos el corazón siempre lleno de paz y de gozo, y que por medio de esto ayúdanos a vencer todas las dificultades y tribulaciones de este mundo. Obra también en nosotros para que estemos llenos de esa felicidad que espera con certeza que todo sufrimiento y toda circunstancia que atravesamos junto a Jesucristo serán recordadas por Ti, y que al final, en el cielo, estarás con nosotros con gran recompensa y gloria. Oramos en el nombre de Jesús, amén.


