Servicio del Día del Señor del 5 de abril del 2026
Primicias de la resurrección
(1 Corintios 15:20-26)
Pastor Sung Hyun Kim
Muchos cristianos tienen una idea equivocada sobre la vida en el cielo. Piensan que las almas salvas van a flotar por ese espacio inmenso como fantasmas transparentes. Pero Dios no salva solamente nuestra alma — también salva nuestro cuerpo. Así es. No vamos al cielo como simples almas, sino como personas completas con cuerpo. A esto se le llama la resurrección de los justos, es decir, la primera resurrección. Ahora bien, los que van al infierno también resucitan. ¿Acaso no se necesita un cuerpo para sentir dolor? Lo terrible es que ese cuerpo no solo será eterno, sino que el castigo que tendrá que soportar y el sufrimiento que vendrá con él también serán eternos. A esto se le llama la resurrección de juicio.
Jesucristo resucitó. Pero esto no fue un evento que le pasó solo a Él. Al resucitar, Él se convirtió en las primicias de todos nosotros. El pueblo de Israel, en tiempo de cosecha, primero le ofrecía las primicias a Dios. Cuando el sacerdote las aprobaba, la cosecha podía comenzar. Por supuesto, esas primicias tenían que ser del mismo tipo que el resto de la cosecha. Las primicias también funcionan como una especie de pago inicial. Que ese pago haya sido entregado significa que el contrato ya entró en vigencia. De la misma manera, dado que la resurrección de Cristo ya fue presentada ante el Padre, nuestra resurrección es el pago final que sin duda tiene que llegar. Su venida en carne fue el plan perfecto para darnos vida.
¿Dónde están ahora los creyentes que ya partieron de este mundo? Están con el Señor. Pablo dijo: “Pero confiamos, y más quisiéramos estar ausentes del cuerpo, y presentes al Señor.” (2 Cor 5:8). A los que dejaron el cuerpo y están con el Señor, Pablo los llamó “los que duermen”, pero eso no significa que existan sin consciencia. Es simplemente una manera suave de referirse a la muerte. Esta es una verdad que la iglesia cristiana ha confesado continuamente durante los últimos dos mil años. El alma ya vulvio a vivir cuando creyó en Jesús, por lo que no necesita volver a vivir. Lo que resucitará en el último día es nuestro cuerpo. Ese día nos volveremos a encontrar, vestidos de cuerpo.
“Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados.” (1 Cor 15:22). Esta es una ley que opera en el mundo espiritual. En este mundo todos morimos, pero eso no es el final. El estado de mi espíritu ahora mismo determina el destino eterno de mi cuerpo. El que tiene el espíritu vivo resucitará para vida eterna, y el que tiene el espíritu muerto resucitará para muerte eterna. La resurrección también tiene un orden. Primero Cristo como las primicias, luego la resurrección de la iglesia, después los santos de la tribulación, los santos del Antiguo Testamento y los santos del reino de los mil años, cada uno en su turno. Por último viene la resurrección de los impíos. Nuestro turno, como iglesia, es justo después de Cristo.
Cristo vino a esta tierra como Rey y desplegó una operación de limpieza contra toda rebelión, toda injusticia y todo poder de muerte. Él reinará sin falta hasta poner a todos sus enemigos debajo de sus pies, y destruirá sin falta hasta al último enemigo, que es la muerte. Esa victoria decisiva ya se consumó completamente en el Calvario. El mundo lo rechazó y lo consideró un fracasado, pero el Señor venció a la muerte y regresó. Todo lo que viene después es la gloriosa culminación de esa victoria esplendorosa. El mismo poder que venció a las tinieblas, al pecado y a la muerte está ahora en nosotros. Cuando Él reine en su reino eterno, nosotros también estaremos con Él.

