Permanezcan en Mi amor
Gloria de los hombres no recibo. Mas yo os conozco, que no tenéis amor de Dios en vosotros. Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; si otro viniere en su propio nombre, a ese recibiréis. ¿Cómo podéis vosotros creer, pues recibís gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene del Dios único? No penséis que yo voy a acusaros delante del Padre; hay quien os acusa, Moisés, en quien tenéis vuestra esperanza. Porque si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí, porque de mí escribió él. Pero si no creéis a sus escritos, ¿cómo creeréis a mis palabras? (Juan 5:41-47)
En cuanto al primer pacto, Dios presentó las condiciones del pacto por medio de Moisés, y prometió: “Si guardan esto, yo estaré con ustedes”. ¿Cuál era esa condición? En una sola frase, fue lo que Jesús mismo dijo: “Ama a Dios y ama a tu prójimo como a ti mismo”. Él dijo que ese es el cumplimiento de toda la ley. Es decir, “si aman a Dios y aman a las personas, entonces Dios también los amará y estará con ustedes”. Eso fue lo que Dios prometió. Pero apenas hicieron esa promesa, traicionaron a Dios. En el desierto lo traicionaron diez veces gravemente, y después de entrar a la tierra de Canaán, siguieron traicionándolo durante cientos de años. En fin, fue una historia de traición.
Por eso Dios dijo: “Voy a establecer un nuevo pacto. Con el antiguo pacto no hay manera posible de estar con ustedes, así que voy a hacer un nuevo pacto”. Y finalmente vino Jesús y dijo estas palabras: “He descubierto algo. He descubierto que en ustedes no hay amor a Dios”. Esto es un giro verdaderamente enorme. Hasta ese momento Dios había dicho: “Amen a Dios. Solo así Dios los amará a ustedes”. Pero el Hijo de Dios, Jesús, vino y dijo: “He visto que en ustedes no hay amor a Dios”. Y después de decir eso, no dijo: “¡Entonces mueran!”. A pesar de haber declarado que “no tienen amor”, dijo: “Entonces tengo que cambiar el pacto. Tengo que hacer otro pacto con ustedes”. Y así nos presentó otra justicia que no proviene de nuestra propia justicia. Es lo que nos permite estar con Dios, estar junto a Dios. Necesitamos tener justicia para poder estar con Dios, porque Dios es justo.
Entonces, ¿cómo podemos obtener esa justicia? ¿Cómo podemos estar con Dios? Ya no hay nada que esperar de nuestro amor a Dios, y ahora Jesús dice: “Permanezcan en mi amor”. Antes decía: “Ámenme”, pero ahora dice: “Permanezcan en mi amor”. Esto es la ley y el evangelio. La ley dice: “Amen a Dios”. El evangelio dice: “Permanezcan en mi amor”. ¿Cuál es más fácil? Permanecer en su amor es más fácil. Ya se dijo que amar a Dios es algo imposible. Es imposible porque somos pecadores. Podemos fingir que amamos por un momento, pero no podemos mantenerlo eternamente. Existe el concepto absoluto de “justicia”, y de eso no podemos apartarnos. Es así porque Dios es justo, porque es el Absoluto. Por eso, cuando decimos “amar a Dios”, eso tiene que ser algo eterno y absoluto, y eso es lo que el mismo Dios ya declaró: “Ya no espero más eso. Entonces reciban mi amor por ustedes. Entren dentro de él”. Así nos habló. Esto está en Juan 15:9.
Y así, el que recibe ese amor es el que ahora puede estar con Dios. ¿Quién recibe ese amor? Lo recibe la persona que reconoce que necesita ser amada. Si uno piensa que no lo necesita, no lo recibe. Aunque se lo den, si no lo recibe, no hay nada que hacer. Solo lo recibe aquel que siente que lo necesita. ¿Quién lo recibe? Solo el pecador lo recibe. Entonces, ¿quién es el pecador? El pecador es el que confiesa y reconoce: “Soy alguien que necesita ser amado”. ¿Quién niega a Dios y se opone a Él? Quien piensa: “Yo puedo vivir sin el amor de Dios”. La gente dice cosas así: “Yo me voy al infierno y ya. Déjame. No me molestes. Yo voy a vivir así y me voy al infierno”. Estas personas creen que no necesitan el amor de Dios. Piensan: “Yo puedo vivir bien por mi cuenta”. Aunque ahora mismo estén viviendo gracias al sol y la lluvia que Dios les da, no saben agradecer. Y como no conocen la gran gracia que Dios les da, como no la reconocen, dicen que no necesitan el amor de Dios. Pero cuando Dios creó al ser humano por primera vez, desde el principio lo hizo como un ser “que no puede vivir sin ser amado”. Un ser que no puede vivir sin ser amado.
Imaginemos que una madre tiene gemelos. Uno es sano y el otro nace con parálisis cerebral. ¿Cómo va a criar a esos dos hijos esa madre? Es posible que el hijo mayor sienta, sin darse cuenta, que él no recibe el amor de su mamá. Cuando crezca un poco, tal vez piense: “Mamá solo ama a mi hermano, solo lo consiente a él”. ¿Por qué? Porque solo al hermano lo cuida y le presta atención. ¿Por qué? Porque el hijo mayor está sano, pero el hermano tiene parálisis cerebral. Aunque el hermano cumpla veinte o treinta años, la madre lo sigue alimentando, limpiando, cuidando y abrazando. Al hijo mayor, apenas cumple veinte, lo manda al servicio militar, después lo manda a trabajar, y solo lo ve de vez en cuando. Pero el hijo menor de treinta años sigue en los brazos de la madre. ¿Por qué? Porque es muy frágil. Sin la ayuda de la madre, no puede vivir.
De la misma manera, Dios creó tanto a los ángeles como a los seres humanos, pero los ángeles pueden vivir sin esa protección de Dios y sin esa atención constante. Como no tienen cuerpo, mientras no abandonen el trabajo que Dios les encomendó y mientras no abandonen su posición, no tienen mayor problema para vivir. Pero los seres humanos tienen el cuerpo. Y además, ¿dónde creo Dios los seres humanos? Lo creo dentro del abismo donde obra el diablo. Si nos hubiera dejado así no más, no podríamos sobrevivir; pero como Dios derramó su Espíritu en nosotros, llegamos a ser los únicos seres que pueden tener comunión con Dios. Sin embargo, si no estuviera el amor de Dios, ¿qué pasaría con el ser humano? El diablo no nos dejaría tranquilos ni un solo momento. Si el amor de Dios no nos estuviera protegiendo, no podríamos estar vivos cómodamente ni siquiera un minuto, y nuestra vida no se podría mantener debidamente.
En el mundo hay muchísimas enfermedades, ¿verdad? Cada vez que vemos esas enfermedades, esas enfermedades extrañas, nos damos cuenta de que el hecho de que nosotros vivamos tan bien no es algo tan natural ni tan obvio. Por ejemplo, cuando nos sale una llaga en la lengua. Cuando nos sale una llaga, porque la mordimos o algo así, duele mucho, ¿no? En ese momento sentimos algo. ¿No es cierto que normalmente nuestra lengua está chocando todo el tiempo con los dientes duros? Pero normalmente vivimos sin sentir ningún dolor. Intenten frotar la mano contra algo como un escritorio. Háganlo durante una hora a ver qué pasa. ¿Qué creen que va a pasar? Va a salir sangre. La piel se va a rasgar completamente y va a ser un desastre. Compren zapatos nuevos y úsenlos. Úsenlos solo un día. La piel se va a pelar toda. Hoy en día los zapatos son buenos y no pasa tanto, pero antes siempre era así. Entonces uno piensa: “Es algo extraño que normalmente no se me pele la piel”. Además, siempre estamos moviendo las rodillas, doblándolas y estirándolas, y aquí hay una piel suave, y miren cómo esa piel no se rompe y sigue ahí. Después, entre las rodillas hay cartílago, y aunque saltemos desde un lugar alto, miren cómo ese cartílago sigue en su lugar. Entre los huesos y las articulaciones, y entre las vértebras de la columna, hay cartílago, y es asombroso que eso siga puesto en su lugar. Pensamos que es algo obvio. Pero si uno se enferma de hernia discal una vez, y ese cartílago se sale repetidamente y nos da un dolor de espalda insoportable, solo entonces uno se da cuenta: “Esto no era algo obvio. Es interesante que hasta ahora sea en su lugar”. Cada vez que comemos, la saliva sale en abundancia, y por eso podemos comer con gusto. Pero a las personas con cáncer de lengua no les sale saliva. Entonces, cuando comen, como no sale saliva, es como masticar arena. Solo entonces se dan cuenta: “Era saliva lo que estaba saliendo. Es algo maravilloso que cuando vemos algo delicioso la saliva fluya y nos permita tragar suavemente”. Solo entonces uno lo entiende bien.
Por eso, sin recibir el amor de Dios no podemos vivir. Ni un solo instante. El diablo, a través de los demonios, puede atacarnos en cualquier momento y en cualquier lugar, pero como Dios nos está cubriendo y protegiendo de todo eso, somos libres de todas esas cosas. Por eso, incluso la persona que dice: “Parece que Dios ahora no me está ayudando”, si sumamos todas las partes de su cuerpo donde podrían surgir problemas, está recibiendo cientos de miles, miles de millones de protecciones de Dios en este mismo momento. Si Dios soltara su mano de aunque sea una sola de esas cosas, si dejara de prestarle atención, esa persona se convertiría en presa de los demonios. Cuando eso sucede, ¿no es cierto que de repente el cerebro de algunas personas crece y la cara se les pone enorme? ¿No es cierto que a otros les sale un absceso aquí, y ese absceso se va haciendo más y más grande, y se les forma algo como una piedra en la piel? ¿No es cierto que a algunos les sale una herida que no se cura, sino que se pudre, y hay que amputarles la pierna? Pasan muchas cosas extrañas. ¿O acaso no es cierto que a algunos les sale tanto pelo en la cara que todo el cuerpo se les vuelve peludo? La pregunta es: ¿por qué a nosotros no nos pasa eso? Porque Dios nos está protegiendo, porque estamos recibiendo su amor.
Esto es así tanto en lo físico como también en lo espiritual. Vivimos rodeados por el diablo de esta manera, así que el sufrimiento viene a nosotros. Por eso el cuerpo siempre tiene sufrimiento. Pero precisamente esto es porque Dios nos creó como seres frágiles. Seres frágiles. ¿Por qué? Nos hizo seres que el diablo pudiera atacar. Porque Jesucristo tenía que venir allí. Porque Jesús tenía que venir en un cuerpo frágil. Solo así el diablo podía atacar a Jesús y llevarlo hasta la muerte, podía hacer todo lo que podía hacer, y en ese momento quedaba al descubierto delante de Dios todo lo que el diablo había hecho, y Dios resucitaba de entre los muertos a ese Jesús que parecía sin ningún poder, dando testimonio de su justicia. Lo que fue preparado de antemano para que todas estas cosas sucedieran fue el ser humano. Por eso, el ser humano fue creado con un cuerpo extremadamente frágil, y puesto justamente en el lugar donde obra el diablo, así que el hecho de que el cuerpo sea atacado y sufra es algo totalmente natural y obvio. Pero a cambio, Dios nos hizo capaces de recibir su amor, y ese amor no es un amor que recibimos brevemente en este cuerpo y luego termina, sino que es un amor que podemos recibir eternamente. Así que, en lugar de sufrir por un momento, nos hizo disfrutar de esa gloria por la eternidad.
Por eso, Dios no necesita sentirse mal por ese sufrimiento breve y momentáneo que nos da. ¿Por qué? Porque después de eso, nos da algo muchísimo mejor. Antes de que nazca el bebé, hay dolor, ¿verdad? Pero ¿hay alguien que, por ese breve sufrimiento, guarde resentimiento toda la vida contra el Creador o contra el esposo? Apenas nace el bebé, todo se olvida, porque esa alegría es enorme. Y esa alegría continúa. De la misma manera, el sufrimiento físico que experimentamos en esta tierra es breve, pero por lo que el alma recibe, no tenemos más opción que depender aún más de Dios, y al hacerlo, el amor que recibimos de Dios es eterno, y como ese amor es tan grande, Dios no necesita sentirse mal por hacernos soportar estas cosas. Cuando Jesús llamó a sus discípulos, los llamó diciendo: “Sígueme”. Y dijo: “Si me siguen, serán bendecidos”. Pero después resulta que todos murieron crucificados, apaleados o atravesados por espadas. Y aun así, Jesús no se siente mal por ello. ¿Por qué? Porque les está dando algo muchísimo mejor que eso. Por eso puede hacerlo. Porque ese amor no se puede comparar con esto. Por eso dice: “Permanezcan en ese amor”. Eso es el evangelio. Permanezcan en mi amor.
Así que ahora ya no se trata de que nosotros amemos a Dios. No se trata de ser reconocidos por Dios por amarlo, sino de confesar: “Verdaderamente soy un pecador”. No puedo amar a Dios, no puedo amar a las personas, ni siquiera puedo amarme a mí mismo, soy un pecador completamente apartado, y sin embargo, porque permanezco en el amor de Dios, en Jesús, y porque he recibido ese amor, ahora puedo estar con Dios. Es algo verdaderamente para agradecer. No es algo difícil. Ahora basta con creer en la gracia de Dios, en el hecho de que Jesucristo, obedeciendo a Dios Padre, derramó su sangre por nosotros, y en el hecho de que por medio de toda esa obra Él destruyó al diablo y nos sacó de allí. Si tan solo creemos esto, entonces Dios estará con nosotros. Por eso, nosotros tenemos que ser personas que reciben el amor de Dios.
Vivir pensando que “se puede vivir sin recibir amor” es lo mismo que no orar. Es no orar, no escuchar la palabra de Dios, hacer las cosas a su manera y decir: “Aun así, yo voy a hacer las cosas como yo quiera”. Cuando uno aconseja a las personas, a veces hay gente que, después de haber sido aconsejada con esfuerzo, al irse dice: “Voy a orar para ver”. Esa clase de persona le quita las fuerzas a uno. Después de haber preguntado todo este tiempo, al irse dice que va a orar para ver. Aparentando ser una persona espiritual, como no puede decir “no quiero”, dice: “Voy a orar para ver”. Es decir, no piensa en recibir la palabra de Dios de parte de Dios, y siempre con un “voy a orar para ver”, nunca piensa en recibir de inmediato la ayuda de Dios, sino que siempre mantiene esa distancia respecto a la ayuda de Dios. Esa persona no tiene más opción que ser atacada por el diablo. ¿Por qué? Porque el ser humano se encuentra en una condición en la que el diablo lo puede atacar, y la única manera de escapar de eso es recibir el amor de Dios, pero como rechaza recibir ese amor, el ataque del diablo viene sin más. Y además, esa persona se queja contra Dios. No piensa en lo mucho que Dios la ha amado, no piensa en que fue creada para ser amada, y solo se queja de la situación en la que se encuentra: “¿Por qué Dios me puso en este lugar?”. Pero no se trata de eso. Hay que saber que Dios nos creó como seres que serían amados por Él, y desde ahí tenemos que depender de Dios. Depender.
Entonces, para acercarse a Dios, hay que pasar por este Lugar Santo, y antes de entrar al Lugar Santísimo, ¿qué es lo último? Es el altar del incienso, el altar del incienso. ¿Qué representa eso? Representa depender. Depender de Dios. Nuestra relación con Dios es una relación de dependencia de Dios. Justo antes de ver el rostro de Dios, estamos realmente llenos del Espíritu Santo y además nos entregamos, pero justo antes de ver a Dios, hay que quemar ese incienso y entrar, y en ese momento, ¿de qué tenemos que estar llenos? Del corazón que depende de Dios. “Sin Ti yo no puedo vivir. Por más que tenga capacidad, por más que esté lleno del Espíritu Santo y me entregue, si no dependo de Ti, no puedo hacer nada. Ayúdame, Señor”. Ese es el corazón. Ese corazón tiene que estar siempre lleno dentro de nosotros. Es el corazón que debe tener todo ser que necesita ser amado.
Por eso decimos: “Señor, dependo de Ti”. Por eso, cuando venimos a la iglesia y al alabar la alabanza de “Señor, me apoyo en ti”, parece que las lágrimas brotan. Incluso pasa cuando uno viene por primera vez a la iglesia. Cuando uno tiene verdaderas dificultades y escucha esa alabanza, se conmueve así. Es que el alma se derrumba delante de Él. Mi alma tiene que depender de Dios. “Alma mía, dependamos de Dios”. Oremos.
Padre Dios, nosotros reconocemos y confesamos que fuimos creados como seres que no podemos vivir sin Tu ayuda, ayúdanos. Haz que verdaderamente nuestro corazón dependa de Ti, que verdaderamente se apoye en Ti, y ayúdanos, Señor, a descansar en Ti. Aunque tengamos capacidad y habilidad, aunque seamos diligentes y fieles, en este momento reconocemos que sin Tu ayuda no podemos lograr nada ni obtener ningún resultado, por eso, Padre Dios nuestro, ayúdanos siempre. Oramos en el nombre de Jesús. Amén.


