Servicio del Día del Señor del 3 de mayo del 2026
Carácter humano pecaminoso: No hay quien busque a Dios
(Romanos 3:11-12)
Pastor Sung Hyun Kim
Cuanto más conocemos nuestra verdadera realidad, más grande se nos revela el amor de Dios. Y entonces nuestra gratitud hacia Él no puede sino crecer. Antes de que conociéramos la gracia de Cristo, vivíamos rechazando a Dios de continuo. A quienes intentaban presentárnoslo los tratábamos con hostilidad y desdén, sin darnos cuenta siquiera de que lo hacíamos. Y a nosotros, así, Dios nos amó. ¡A nosotros, acusados como pecadores merecedores del castigo eterno! ¿Cuál es el fundamento de esa acusación? La Escritura lo testifica: todos los seres humanos son malos. Habrá quienes parezcan justos, pero no hay nadie tan justo como para poder estar con Dios.
Además, el ser humano es espiritualmente ignorante. Pablo lo expresó así: “no hay quien entienda”. Esto no quiere decir que no tenga información sobre Dios; información puede acumular cuanta quiera. Lo que no logra entender son los pensamientos y el corazón de Dios. El ser humano, cuya cabeza gira a toda velocidad cuando se trata de su propio interés, se vuelve torpe a la hora de entender a Dios. Esto se debe a su naturaleza pecaminosa. Siguiendo esa naturaleza, el ser humano se ha negado a conocer a Dios, y como resultado se le ha formado un callo en el corazón que le ha embotado la sensibilidad espiritual. Como un leproso, ha quedado incapaz de sentir nada respecto a Dios, y hasta la conciencia que Dios mismo le dio ha dejado de funcionar como debiera.
Por eso es natural que nadie busque a Dios. Cierto, el fervor religioso arde con intensidad; pero no es más que un intento de eludirlo. Si alguien buscara a Dios sinceramente, Él sin duda saldría a su encuentro. El problema es que nadie lo busca. Por eso fue Dios mismo quien vino primero a buscar al ser humano. Quien responde a esa iniciativa es quien busca a Dios. Esa persona es la que ha decidido dejarse guiar por Dios, la que reconoce su soberanía, la que ha resuelto vivir según su Palabra. Por supuesto, nadie es capaz de hacer esto por sí mismo; pero el poder del Espíritu Santo lo hace posible.
Otro fundamento de la acusación que pesa sobre el ser humano es que vive apartado de Dios, a su antojo. El ser humano está desviado. Su voluntad se inclina una y otra vez hacia afuera. La situación en la que se encuentra es como la del soldado que, habiendo recibido la orden de avanzar, se sale del camino y queda solo en territorio enemigo; o como la de las ovejas que, yendo cada una por su lado, terminan pereciendo. A un ser humano así, Dios le ha abierto un nuevo camino de vida. Quienes recorren ese camino son los cristianos. Que nos hayamos vuelto cristianos significa que el camino por el que vamos ha cambiado. Y sin embargo, dentro de nosotros sigue agitándose el deseo de desviarnos de ese camino. Para el Dios que entregó a su Hijo por nosotros, eso le rompe el corazón.
El camino que recorremos es el camino de la vida, el camino de la felicidad eterna. Para andar por él hay que reconocer, a cada instante, la propia naturaleza que se resiste contra Dios, y asumir una actitud de obediencia para vencerla. Andar en este camino exige fidelidad. Exige entrega. Exige soltarse de uno mismo. Exige tender la mano de la misericordia en favor de la iglesia. Con nuestras propias fuerzas no podemos recorrer este camino. Pero el Señor va con nosotros en él. Este es el camino que conduce al Reino del Señor. A nosotros, que éramos sus adversarios, Dios nos ha concedido este camino.

