El nombre de Dios
Y les he dado a conocer tu nombre, y lo daré a conocer aún, para que el amor con que me has amado, esté en ellos, y yo en ellos. (Juan 17:26)
Nuestro Dios Padre y Jesús son uno. Dios Padre le entregó al Hijo toda Su gloria, toda Su autoridad, todo Su poder y todo lo que posee. No es que tuviera varios hijos y los repartiera entre todos por igual, sino que se lo dio todo a Su único Hijo. Por eso, en Juan capítulo 1 se dice: “Vimos a Jesucristo, y vimos la gloria del unigénito del Padre”. Y debemos prestar atención a esa expresión: “la gloria del unigénito”. Significa que el Padre le entregó todo lo que tenía solamente a Él. Se lo dio todo. Por eso la gloria del Padre está tal cual en Jesús. “La gloria del unigénito” significa “ver la gloria del Padre”. Por eso, haber visto a Jesús es haber visto a Dios. Creer en Jesús es creer en Dios. Y porque Jesús es el unigénito, se le llama “la imagen de Dios”. “Jesús es la imagen de Dios” y “Jesús es el unigénito” significan exactamente lo mismo.
La verdad es que escuchamos estas cosas tan fácilmente que parece que ya no nos emocionan, pero muchas personas andan perdidas porque no conocen esta verdad tan sencilla. No conocen el evangelio. Por eso, si nosotros lo hemos entendido, solo con saberlo deberíamos saltar de gozo como locos. El corazón debería arderse y deberíamos esforzarnos por anunciarlo.
Entonces, ¿cómo le entregó Dios al Hijo toda esa gloria? Se la dio dentro de un recipiente, y ese recipiente es el nombre de Dios. Lo puso todo dentro del nombre de Dios. Cuando José fue vendido a Egipto, más tarde, por la guía de Dios, llegó a ser primer ministro. En ese momento, el rey confió tanto en José que le entregó toda la autoridad. Mandó que lo trataran como si le hubiera dado el trono mismo. Dijo: “De ahora en adelante, quien no obedezca su palabra, no obedece la mía”, así que le entregó por completo toda su autoridad. ¿Y qué más le dio? Se quitó el anillo y se lo entregó. Este anillo no era simplemente un adorno; el anillo del rey era un sello. Se le llama sello oficial. Cuando decimos “estampar el sello”, nos referimos a eso. El sello del rey se usaba con algo parecido a la arcilla o cera. El rey escribía un documento, le pegaba ese material y este ya no se podía despegar. Luego, al presionar el anillo encima, quedaba estampado el sello. Si tenía esa marca, el documento provenía del rey; si no, no era del rey. Es decir, dijera lo que dijera o escribiera lo que escribiera, con solo tener ese anillo se podía usar la autoridad del rey en todo el país. Y eso fue precisamente lo que el rey se quitó y le entregó a José. ¡Qué gran confianza significa eso! “Hazlo todo tú”, le dijo. Le entregó todo lo del reino. Por eso José manejó todo con sabiduría y convirtió a Egipto en una gran potencia. En el pasado, Egipto fue una nación enormemente poderosa, y la causa de eso fue precisamente José.
De la misma manera, cuando Dios le entregó al Hijo todo lo Suyo, fue como si se hubiera quitado el anillo y se lo hubiera dado, y en ese anillo estaba escrito el nombre de Dios. Es decir, le entregó al Hijo el nombre de Dios. Ese nombre es “Jesús”, y es el nombre que le dio al Hijo. Él dijo: “En el nombre del Padre que me has dado…”. Y ese mismo nombre nos lo ha dado también a nosotros para preservarnos en esta tierra. En este Hades, en este Hades oscuro como la noche, donde el diablo y sus fuerzas abundan tratando de matarnos, ¿cómo podrían sobrevivir los hijos de Dios? Que estemos vivos así es un milagro. No podríamos estar vivos. Y mucho menos en esta paz. ¿Por qué entonces lo estamos? Porque tenemos el nombre de Jesús. Porque Dios nos dio ese nombre, porque Dios puso todo dentro de él y nos lo entregó, vivimos así en paz, con el poder de Dios, con la autoridad de Dios. Si hubiéramos sido salvos, pero no hubiéramos recibido el nombre de Jesús, ¿qué habría pasado? Habríamos muerto. Al día siguiente nuestra vida no se habría sostenido, y nuestro corazón tampoco se habría mantenido. Por eso Él nos dio este nombre y así nos protege.
Entonces, ¿a quién quiso darle Dios este nombre? Se lo dio al Hijo, pero el Hijo oró así: “Quiero darles este nombre también a ellos. Ya les he manifestado este nombre, y se lo seguiré manifestando”. ¿Por qué? “Para que el amor con que me has amado esté también en ellos”. Eso fue lo que dijo. Así que el Hijo de Dios, Jesús, recibió todo del Padre, recibió toda la gloria, pero hay algo que Él tiene: “virtud”. Por eso siempre desea compartir con otros lo que ha recibido. Es diferente del ser humano. El ser humano, cuando tiene algo bueno, lo quiere solo para sí; si otro lo tiene, siente envidia, intenta de algún modo difamarlo, quitárselo, traicionarlo. Y aunque dé algo, lo hace para mostrarse y presumir. Esa es la voluntad humana. El ser humano, en el mejor de los casos, quiere darle a su hijo o a su esposa. ¿Y acaso hoy en día las esposas no manejan su propio dinero por separado? Es porque no se tienen confianza mutua. Cada quien le da solo a alguien en quien pueda confiar. Pero el Hijo de Dios, ¿a quién quiso dar este nombre de Jesús? Quiso dárselo a los pecadores que actuaban como enemigos de Dios, a los pecadores que ni siquiera reconocían la gracia de Dios y se creían a sí mismos superiores. Por eso Él desea que toda persona se arrepienta y reciba este nombre.
Y al darnos ese nombre y hacernos salvos, no solo eso, sino que toda la gloria que el Hijo de Dios disfrutará en el cielo, Él la depositó dentro de ese nombre y nos la entregó. ¿Y cuál es la manera en que entramos por completo dentro de ese nombre? Es siendo bautizados. Él nos hace bautizar en el nombre de Jesús. Y al que ha sido bautizado le da el Espíritu Santo en el nombre de Jesús, para que en ese nombre seamos completamente uno, sin posibilidad de separación. Entrar en ese nombre, entonces, significa entrar en la relación entre Dios y Su Hijo. Así, Dios, el Hijo y nosotros nos hemos vuelto completamente uno, en una relación que no se puede romper. Esto es lo normal. Una relación que jamás se podrá romper por la eternidad. En ese nombre nos hemos unido en uno solo de manera completa.
¿Cómo se llama nombre y apellido en inglés? Se le dice “first name” y “last name”, ¿verdad? O también se le dice “family name” y “given name” Todo se llama “name”. El apellido también se llama “name”, ¿no es así? Entonces el apellido también es nombre. Esto también es una parábola: cuando yo tengo un hijo, tengo mi apellido, “Lee”. El apellido “Lee” es un “family name”, es decir, el nombre de la familia. Y eso se le entrega al hijo. Mi hijo se vuelve “Lee”. Así, todo lo que es mío puede llegar a ser de él más adelante. Puedo dejárselo en herencia. Tal como se transmite el apellido, así también Dios nos entrega Su nombre.
Ahora bien, en Occidente, cuando una mujer se casa, toma el apellido del esposo. Así, si se casa con un “Lee”, una “Kim” se vuelve “Lee”. Aquí está ” Hyun Ju Nam “, ¿verdad? Si se casa con ” Ki Taek Lee “, se vuelve ” Hyun Ju Lee “. En China, ¿es así también? En Occidente, así la llaman directamente. Ya no la llaman ” Hyun Ju Nam ” después de eso, sino ” Hyun Ju Lee “. Y escribiéndole una carta a alguien en Taiwán me dijeron lo siguiente: la esposa de cierto pastor tiene el apellido “Chang”, pero no se le puede decir “Sra. Chang”, sino que hay que decirle “Sra. Lee”. Es decir, en cuanto la esposa se casa, ya tiene un solo nombre. Esposo y esposa se vuelven uno, ¿no? Tienen una relación de unidad completa, todo lo que poseen es como si fuera de una sola persona, y la gloria es una sola. Del mismo modo, el nombre es uno solo.
Por eso, cuando Dios le entregó al Hijo Su nombre, eso significaba una relación en la que se comparte todo, y a esa relación nos ha invitado a nosotros. Existe entonces esa comunión, una comunión con Dios, y predicar el evangelio es invitar a las personas a entrar en esa comunión. ¿Qué clase de comunión es esta? Es la comunión entre nosotros y Dios. La comunión entre nosotros y Jesús. Es la comunión entre nosotros y Dios, pero originalmente, ¿de quién era esa comunión? Era la comunión entre el Padre y el Hijo. Y nosotros hemos entrado en esa comunión y ahora estamos dentro de ella. Entre quienes tienen esa comunión, no existe “lo tuyo y lo mío”, sino que todo se comparte. Aquella gloria se vuelve mi gloria. Por eso, ¿qué es lo que nos permite hoy echar fuera demonios? Es que tomamos esa gloria y la usamos como si fuera nuestra.
Imagínense que alguien se va al extranjero y confía tanto en ustedes que les hace lo siguiente: es muy rico, vive en una casa de cuatro pisos, en una mansión, conduce un Grandeur, y, al tener que viajar, les entrega las llaves de la casa. Se las entrega a ustedes, y como administrar la casa requiere también dinero, les da su tarjeta y les dice que la usen como quieran, y les deja la tarjeta, las llaves de la casa y las llaves del carro, y se va. ¿Cómo se sentirían? Solo de pensarlo es agradable, ¿no? Solo de pensarlo nos sentimos bien. Pues bien, eso es exactamente lo que nos ha sido dado en la realidad. Dios nos ha entregado las llaves de todos los almacenes del cielo. Y nos ha dado también toda la autoridad que Él posee. Es decir, tenemos el nombre de Jesús. Por una casa o una tarjeta nos alegramos tanto. Solo de pensarlo nos sale una sonrisa, ¿verdad? Cuánto más, al pensar en el nombre de Jesús, ¿no debería brotar la sonrisa? “El nombre de Jesús está en mí. El nombre de Dios está en mí”. Al decir eso, debería salirnos una sonrisa de oreja a oreja solo de pensarlo. Eso es lo normal. Cuando hay esa fe y ese gozo, se manifiestan las obras de la fe.
Mi esposa me dice algo así: por ejemplo, vamos pasando y vemos una foto de Ji Won Ha, y dice: “Se te sale la sonrisa de oreja a oreja”. Cuando veo en verdad a Ji Won Ha, sin darme cuenta estoy sonriendo. Hace tiempo actuó en un drama llamado “Damo”, y desde entonces vi que actuaba muy bien y era hermosa. Por eso Ji Won Ha es mi actriz favorita. No es que la persiga ni nada por el estilo, pero su imagen me cae muy bien. Cuando la veo, ya estoy sonriendo sin pensarlo. Pues entonces, también al pensar en el nombre de Jesús es natural que eso suceda. Cuando decimos: “¡El nombre de Jesús está en mí!”. Es lo natural.
Esto es algo nadie que nadie nos puede quitar. Está conmigo para siempre. Otros bienes sí pueden ser robados. El dinero, por ejemplo: alguien dijo “ni siquiera puedo confiar en el banco” y guardó su dinero en una caja fuerte en su casa, pero al abrirla siete años después, las hormigas se lo habían comido todo. Eso pasó en Taiwán. Ni siquiera lo pudo encontrar. Lo devoraron por completo. Parece que cosas así pasaban con frecuencia en la antigüedad. Por eso se dice que “ni la polilla ni el orín lo destruyen”. Se dijo: “Las riquezas de este mundo, la polilla las devora”, ¿verdad? Eso pasaba mucho en la antigüedad. También se dijo que el ladrón viene, abre un hueco y se lo lleva todo. ¿Acaso en aquel tiempo había estructuras de hierro? ¿Había llaves en aquella época? ¿Cerraban las puertas con llave? ¿Las paredes eran de piedra? Si miramos las regiones del Medio Oriente, ¿dónde guardaban sus bienes? ¿En qué lugar de la casa los podían guardar? Tenían que enterrarlos en la tierra, y debían cerrar bien la puerta. Supongamos que hubieran hecho un cerrojo y todo. Por más gruesa que fuera la pared, era de barro. Así que con que se ausentaran de su casa por un mes, ya alguien hacía un hueco, entraba y se llevaba todo. Por eso, por más que uno acumule dinero en esta tierra, no es nada. Uno vive siempre con ansiedad. Hoy parece haber mejorado un poco, pero es lo mismo. Hoy también pasa que los insectos roen y los ladrones roban, pero, además, hoy es un mundo donde le quitan a uno el dinero a plena luz del día, con los ojos bien abiertos. Hay muchas formas. Existen diversas maneras de robarles el dinero. Hasta el Estado les puede quitar el dinero, y las compañías de seguros también se lo pueden llevar a uno con todo el descaro. Conozco a personas que tomaron un seguro pensando “después podré cobrar la prima de regreso”, pero, viviendo la vida, ¿acaso resulta así? Tienen que cancelarlo a la mitad y, por lo menos, recuperar parte del dinero, pero no logran rescatar ni la mitad. ¡Cuántos casos así hay en el mundo! A uno se lo quitan todo con los ojos bien abiertos.
Pero este nombre de Jesús nadie lo puede quitar. Y este nombre de Jesús, aunque no se ve, puede gobernar absolutamente todas las cosas. Al darnos ese nombre, Él dijo: “Ustedes, usen este nombre”. Y hay muchas obras que se deben hacer usando ese nombre. La gente, al oír “¿Sí? ¿Tengo esa autoridad dentro de mí?”, quizá piense: “¿Y cómo podré ganar dinero con eso?”. Pero Él nos enseñó las cosas básicas, los asuntos en los que verdaderamente debemos usarlo, las obras con las que de verdad podemos acumular recompensas en el cielo. Porque Él dijo: “Bauticen en mi nombre. Enseñen en mi nombre. Prediquen el evangelio en mi nombre. Echen fuera demonios en mi nombre. Pongan las manos sobre los enfermos. Hablen lenguas en mi nombre. En mi nombre, aunque tomen una serpiente, no recibirán daño. Aunque beban algún veneno, no morirán”. Nos dijo lo básico, las obras que debemos hacer en Su nombre. Aparte de eso, dejó dicho: “Oren en mi nombre. Pidan lo que quieran”.
Por lo tanto, según cuánto honremos ese nombre, así podremos disfrutarlo más; y cuanto menos lo honremos, más viviremos una vida ajena a ese nombre. Por eso, una persona que oye “el nombre de Jesús” y no tiene una sonrisa de oreja a oreja, que use ese nombre y verá que el poder no se manifiesta en esa medida. Pero alguien en cuyo interior, al pensar primero “el nombre de Jesús”, inmediatamente tiene una sonrisa con solo pensarlo, esa persona, aunque use el mismo nombre de Jesús, ya verá manifestarse el poder. Por eso, gozarse en el nombre de Jesús es nuestro poder. Gozarse en el nombre de Jesús. Si todavía no hay gozo, eso significa que aún no se está recibiendo esto como una realidad. Por eso debemos gozarnos en “el nombre de Jesús”.
¿Cómo se cumple “Emanuel”? Se cumple en nosotros porque ese nombre está dentro de nosotros, por medio de ese nombre. Lo que Dios prometió a Abraham, aunque Abraham se esforzó toda su vida y no llegó a vivirlo en realidad, nosotros lo hemos recibido como un regalo. Recibimos el nombre de Jesús. David lo vio de lejos, pero no llegó a verlo de cerca; nosotros, en cambio, lo hemos visto. Y, además, ha entrado completamente dentro de nosotros, ha entrado en lo más profundo de nosotros, en el alma-espíritu, y allí se ha establecido por completo, sin salir. Nos hemos vuelto totalmente uno con ese nombre. Entonces, ¿qué tan gozosa es esta realidad? Lo que Abraham, aunque entregó a su hijo, no logró obtener, lo que él solo vio como sombra, nosotros lo poseemos como realidad. ¡Qué gozoso es entonces el nombre de Jesús! Por eso, quien se goza en este nombre, lo llama, hace todo lo posible por hacer aquello que se puede hacer en este nombre, se entusiasma de verdad por causa de este nombre y procura cumplir lo que Él mandó hacer en Su nombre. Por lo tanto, gócense en este nombre. El nombre de Jesús. “El nombre de Jesús está dentro de mí”. ¿Se gozan? Digamos tres veces: “El nombre de Jesús está en mí”.
¡El nombre de Jesús está en mí!
¡El nombre de Jesús está en mí!
¡El nombre de Jesús está en mí!
Si alguien me hace daño, puedo ser valiente, porque eso es como si hiriera al nombre de Jesús que está dentro de mí; es como si lo estuviera obstruyendo, y al final esa persona se está dañando a sí misma. Por eso podemos ser valientes. No hay temor. De lo contrario, cuánta ansiedad habría en un mundo lleno de amenazas y extorsiones. Si dentro de mí no estuviera el nombre de Jesús, no habría ninguna garantía. Pero, por causa de ese nombre, todo regresa hacia uno mismo, así que podemos estar firmes. A Jesús, que poseía el nombre de Dios, las personas lo mataron y lo insultaron tanto, pero al final esas cosas se vuelven sobre la propia cabeza de quienes lo hicieron, ¿no es así? Por eso, declarando: “¡El nombre de Jesús está dentro de mí!”, oremos para que disfrutemos en abundancia las promesas de ese nombre, y para que, ante todo, mi alma pueda gozarse a causa de ese nombre, y para que el gozo sea pleno.
Dios Padre, te damos gracias porque, depositando toda Tu gloria y toda Tu autoridad, y nos la has dado el nombre de Jesús. Padre, ayúdanos para que el gozo del que ha recibido este nombre, esa felicidad y esa gloria que le corresponden, sean plenos en nosotros, y ayudamos a usar activamente ese nombre. También hoy, en toda obra hecha en ese nombre bendice y haz prosperar. Hemos orado en el nombre de Jesús. Amén.


