Servicio del Día del Señor del 6 de septiembre del 2026
Estar firmes en la gracia
(Romanos 5:2)
Pastor Sung Hyun Kim
“¿De verdad llegaré salvo hasta el final? Otra vez caí… ¿y si un día Dios se cansa de mí y me abandona?” Decimos que somos salvos, pero seguimos con los ojos puestos en nosotros mismos. Medimos si nuestra fe alcanza, si vivimos como debemos, si aguantaremos hasta el final. Y sin embargo, la salvación que Dios logró entregando a su Hijo unigénito no es así de frágil. No nació de un propósito pequeño ni pasajero, como el de salvar a alguien por un tiempo y luego abandonarlo y desecharlo cuando las cosas cambien. La salvación que Dios puso en marcha fue, desde el primer momento, para sacarnos del camino de la perdición eterna y dejarnos en un lugar seguro para siempre.
Antes, el ser humano ni siquiera podía estar delante de Dios. En el Sinaí había una línea que nadie debía cruzar; en el templo, nadie podía entrar en el Lugar Santísimo. Incluso el sumo sacerdote, una vez al año, con enorme cuidado y temor, se acercaba a la presencia de Dios. Que un pecador se aproximara al Dios santo era jugarse la vida. Pero cuando Cristo murió, el velo que bloqueaba el camino hacia Dios se rasgó de arriba abajo. Se abrió el paso que nadie podía cruzar, y aquella tensión asfixiante de la expiación, que había existido durante tanto tiempo, por fin llegó a su fin. A nosotros, que éramos sus enemigos, Cristo nos tomó de la mano y nos llevó ante el Padre.
Ya no miramos la gracia de lejos. Ya no esperamos en la puerta, midiendo si nos dejarán pasar. Cristo mismo nos llevó ante Dios, nos presentó y nos dio nuestro lugar dentro de la gracia. No somos de los que se quedan allí un momento y enseguida son empujados afuera, sino de los que han recibido un lugar donde se presentan ante Dios con la frente en alto. Ya no hace falta que nos protejamos, temiendo que nos expulsen. Aunque nos empujen, no nos tambaleamos; aunque nos hagan dudar, no nos arrancan de este lugar. Los que entramos en la gracia quedamos firmes en ella, para siempre y sin que nada nos mueva.
Esa firmeza no sale de nosotros. La fe es indispensable, pero quien salva —y quien sostiene esa salvación hasta el final— es Dios. El que entregó hasta a su Hijo unigénito, ¿nos va a abandonar justo al final? Aunque caigamos, no tenemos por qué caer en la desesperación, como si el pecado pesara más que la gracia. No mendigamos perdón fuera de la gracia: estamos dentro de ella, donde el perdón nunca se agota. Y la sentencia con que Dios nos declaró justos, ¿quién se atrevería a retirarla? ¿Quién la revocaría? ¿Quién la anularía? No existe tribunal más alto ni juez más grande que pueda darle la vuelta.
Ahora bien, que la salvación sea segura no es permiso para pecar cuanto uno quiera. Ser libres no es libertad para pecar, sino haber sido soltados de la esclavitud del enemigo, que nos arrastraba al pecado. En quien está firme en la gracia nace algo nuevo desde muy adentro: un amor nuevo y un anhelo nuevo. Empieza a detestar el pecado y a amar a Dios; quiere que a la iglesia le vaya bien y la ama aunque nadie lo vea. No es que ya sea perfecto, pero lo que busca en el fondo, y el rumbo de su vida, ya cambiaron. Y eso no es un cambio que él fabricara por su cuenta. Es el fruto de que Dios está obrando en su interior.


