Servicio del Día del Señor del 10 de mayo del 2026
La humanidad que peca sin cesar con sus labios
(Romanos 3:12-14)
Pastor Sung Hyun Kim
“No he logrado grandes obras delante de Dios, pero tampoco creo ser una persona totalmente inútil. He vivido tantos años en la fe, ¿acaso debería preocuparme por ser como esa rama sin fruto que es arrojada al fuego?” Es fácil que cualquiera piense de esta manera. Sin embargo, lo que somos delante de Dios no se decide según nuestras propias afirmaciones. La Biblia declara, como una sentencia judicial, que el ser humano es esencialmente inútil para Dios, como leche echada a perder; que no solo carece de la voluntad para hacer el bien, sino que incluso cuando intenta hacerlo, no tiene la capacidad para lograrlo.
No es necesario ir muy lejos para confirmar que esta sentencia es verdadera. Las “palabras” que el ser humano pronuncia con su boca cada día son la evidencia más clara de aquello que llena su interior. El hombre carnal solo habla palabras espiritualmente muertas, porque su espíritu está muerto. Su garganta es como un sepulcro abierto que constantemente da testimonio de que ellos mismos son muertos. Así como de una tumba que no ha sido sellada brota sin cesar el hedor de un cadáver en descomposición. Ese hedor es tan mortal que puede matar a muchas personas, pero como esa tumba permanece siempre abierta y abandonada, nadie puede controlarla con facilidad.
La lengua del hombre se dedica al engaño. Así como se esconde el anzuelo cubriéndolo con la carnada, con mentiras repetidas tranquiliza a las personas, y con una lengua aduladora las llena de soberbia. Una vez que ha asegurado una situación favorable para sí mismo, utiliza a esa persona para alcanzar sus propósitos. Y quien es usado de esa manera muchas veces perece sin siquiera saber por qué. Además, debajo de los labios del hombre hay veneno de áspides que causa heridas mortales a las personas. Es como cuando una cobra que se creía bien adiestrada, repentinamente ataca a su dueño y lo lleva a la muerte. La única forma de enfrentar esto es huyendo. No debemos confiar demasiado en nuestras propias fuerzas, sino evitar entrar siquiera en el rango de su ataque.
La boca del hombre carnal está llena de maldición y amargura. La maldición consiste en desear en el corazón que al otro le vaya mal, o en expresarlo delante de los demás; la amargura consiste en criticar directamente a la persona o en manifestar hostilidad hacia ella. Este no es un problema de una sola época. En cualquier era de la humanidad, estas cosas siempre han existido. Usar la lengua como un arma cargada de maldad es un recurso absolutamente cotidiano en la vida. Con palabras se edifica el mundo, y con palabras se derrumba. A través de las palabras se prepara el mal, y también se ejecuta. A pesar de que las palabras pueden ser un instrumento tan peligroso, las personas ni siquiera son conscientes de la crisis en la que se encuentran.
Nosotros ya no somos hombres naturales. Hemos sido hechos hombres nuevos en Cristo. Por el poder del Espíritu Santo, ahora podemos vencer nuestra naturaleza pecaminosa, y hemos llegado a hablar de una manera totalmente distinta al pasado. Palabras de amor, palabras de consuelo, palabras que dan ánimo, y palabras que levantan al caído. Esta es la misma manera en que nos ha hablado Dios, quien ha derramado su amor sobre nosotros. Si el lenguaje del hombre natural produce muerte y destrucción, el lenguaje del hombre nuevo produce vida y restauración. La evidencia de que el evangelio ha sido plantado en nuestro corazón no se encuentra en cosas grandiosas. El hecho de que nuestras palabras hayan cambiado, eso es la mayor evidencia de todas.

