Servicio del Día del Señor del 12 de julio del 2026

Pastor Sung Hyun Kim

El ser humano peca. Y, aun así, no puede resolver por sí mismo su propia culpa. Peor todavía, ni siquiera toma este hecho en serio. El problema es que la vida en esta tierra no lo es todo. El “yo” que vive centrado en lo material se encuentra sumido en una confusión de identidad. Cree que es el verdadero “yo”, pero no lo es. Ni se da cuenta de que carga con el pecado, ni de que está atado a la maldición de la muerte. A este ser tan desesperado lo salvó Cristo. Tomó sobre sí la maldición del “yo” y la cargó en su lugar, y le atribuyó al “yo” su propia justicia perfecta. Así, el “yo” pasó de la peor desgracia a convertirse en el más feliz de todos.

De esta dicha también dio testimonio David. El apóstol Pablo citó su declaración de felicidad para hablar de “la felicidad del hombre a quien Dios considera justo sin que haya hecho obra alguna”: “Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos. Bienaventurado el varón a quien el Señor no inculpa de pecado” (Rom 4:7-8). David fue el rey más venerado por los judíos, pero su felicidad estaba en haber descubierto que Dios había cubierto su pecado. Él creía que solo Dios podía lavar su pecado, que solo Él podía quitar la carga de la condenación que oprimía al pecador, y que solo Él podía renovar esa naturaleza que lo llevaba a seguir pecando.

Cuando el profeta lo reprendió por haber cometido adulterio con Betsabé y haber matado a su esposo, David reconoció de inmediato que era un pecador y se arrepintió. Pudo hacerlo porque estaba convencido de que Dios tenía poder más que suficiente para dar vida al pecador, y porque estaba convencido de que Dios es quien concede su gracia al que se arrepiente. Quien no cree que Dios vive, no se arrepiente. Quien desprecia la justicia de Dios, no se arrepiente. Así fueron los líderes del judaísmo. En lugar de arrepentirse, creían que debían hacerse justos por sus propias obras y elevarse con orgullo como justos.

Hoy en día, muchos cristianos piensan de manera parecida. Creen que tienen la salvación asegurada por el simple hecho de asistir a la iglesia, o por haber realizado muchas obras en ella. Pero si alguien pretende alcanzar la salvación por sus obras, tendría que no cometer ni el más mínimo pecado y, además, borrar por completo los pecados que ya cometió. Y eso es imposible con las fuerzas humanas. Servir en la iglesia no es un medio para ser salvo, sino una prueba de que ya se es salvo. Por más que sirvamos con esmero, el hecho de que somos pecadores no cambia. Si no reconocemos esto, no podremos arrepentirnos ni entregarle por completo nuestra vida a Cristo.

Quien ha recibido el perdón de sus pecados es una persona feliz. Dios jamás desprecia al que se arrepiente, y es Aquel que sin falta resuelve su pecado. Si David pudo declararse feliz, fue porque conocía esta verdad. Nosotros, que estamos en el amor de Dios y en la gracia de Cristo, somos quienes lo hemos experimentado, y tenemos la felicidad más grande que existe. Aunque somos pecadores, no recibimos el castigo del infierno. No nos desesperamos. Porque, como Abraham y como David, también nosotros conocemos al Dios de misericordia. Si predicamos el evangelio con valentía y servimos a la iglesia con alegría, es porque somos felices. No olvidemos jamás que somos deudores delante de Dios.