La sangre y la carne del Señor

Entonces los judíos contendían entre sí, diciendo: ¿Cómo puede este darnos a comer su carne? Jesús les dijo: De cierto, de cierto os digo: Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero. Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él. Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, asimismo el que me come, él también vivirá por mí. Este es el pan que descendió del cielo; no como vuestros padres comieron el maná, y murieron; el que come de este pan, vivirá eternamente. Estas cosas dijo en la sinagoga, enseñando en Capernaum. (Juan 6:52-59)

Dios dijo que estaría con nosotros, que sería Emanuel, que habitaría junto a nosotros. Pero ¿hasta qué punto? Hasta el punto de que “yo en vosotros y vosotros en mí”, una unidad completa y total. Esta clase de unidad nunca había existido antes, era algo que solo podía verse en el cielo. Es decir, era algo que solo existía en Dios mismo: el Padre y el Hijo siendo uno. “Él en mí y yo en Él.” Y precisamente a esa relación es a la que nos ha invitado. Su propósito es hacernos uno con Él.

Por eso, cuando Dios dice “estaré con vosotros”, no se refiere a lo que la gente normalmente imagina. No es simplemente vivir en el mismo edificio, una cercanía física o material. Es una unidad que lo abarca todo: compartir toda la gloria, compartir todo el corazón, compartir la voluntad, compartir el poder.

Para lograr esto, Jesús no se limitó en solo decir con palabras que seamos uno, no es que simplemente haya dado la palabra y nos hace vivir. No nos dio el evangelio como quien tiene de sobra y reparte el excedente. El Señor jamás llamó amor a eso. Lo que hizo fue entregar su propia carne y derramar su propia sangre para que recibiéramos esa Palabra. La desgarró y la derramó. No fue algo dado de palabra, ni dado porque sobraba. Era algo que no podía lograrse sin derramar su sangre, sin entregar completamente su vida.

Es completamente diferente a cuando la gente hace el bien porque tiene algo de sobra. Lo que el Señor hizo era algo que no podía realizarse sin desmantelarse a sí mismo por completo, sin desgarrarse y sacrificarse totalmente. Dios le ordenó a su Hijo que lo llevara a cabo, y el Hijo obedeció esa voluntad, manifestando así el amor de Dios de manera perfecta y completa.

Por eso, todos los que hemos comido la carne y bebido la sangre de Jesús somos personas que hemos recibido el amor de Dios. No hay razón para dudar. El simple hecho de haber “recibido la Palabra” o “escuchado el evangelio” no podría haberse cumplido sin esa carne y esa sangre. Sin el derramamiento de sangre del Señor, nada de esto hubiera sido posible.

Que Jesús hiciera discípulos implica que les dio a comer de esa sangre. Por eso el discipulado tiene como fundamento el sacrificio del Señor. No se hacen discípulos solo con palabras. Se es discípulo porque Él desgarró su propia carne y la entregó. Por lo tanto, que nosotros hayamos comido la carne de Jesús y bebido su sangre no es una metáfora ni un símbolo. Algunos preguntan, “¿Enserio comiste de la carne de Jesús?” Y responden, “Sí.” “¿De verdad?” Al final, responden que no. Pero se están confundiendo. Porque lo hemos comido realmente. No es “hagamos de cuenta que lo comimos”, sino que de verdad lo comimos. No es “hagamos de cuenta que lo bebimos”, sino que de verdad lo bebimos. Por eso, dentro de mí está la sangre de Jesús. Está la carne de Jesús.

Para lograr eso, Jesús desgarró su carne y derramó su sangre. Eso es lo que nos dio como evangelio. El evangelio no fue dado solo mediante el poder de Dios, sino mediante el sacrificio de Dios. Por eso nos convertimos en sus verdaderos discípulos.

Por eso, cuando nosotros hacemos discípulos, tampoco podemos hacerlos solo con palabras. El evangelio siempre va acompañado del sacrificio, sin excepción. Nuestro obispo también, al enseñarnos la Palabra, no lo hizo solo con palabras. Hubo un sacrificio enorme. Sufrió grandes tribulaciones. Es por eso que nos convertimos en discípulos, que escuchamos esa Palabra y que llegamos a amarlo. No solo lo vemos como un maestro del que aprendemos, sino como un verdadero padre, porque nos entregó la Palabra soportando el dolor de desgarrar su carne y derramar su sangre.

La manera en que Dios está con nosotros no es del nivel que la gente comúnmente imagina. Al entregarnos su carne y hacernos beber su sangre, nos dio la vida que estaba en Dios, e hizo que la obra maravillosa que estaba en Dios estuviera también en nosotros. Cuando más adelante entremos al cielo, Dios desea que así como el Padre y el Hijo son uno, nosotros también seamos uno con Él. Así como el Hijo recibió el amor del Padre, nosotros también seremos amados allí de la misma manera. Esa es la esperanza que tenemos.

En ese lugar hay descanso. A ese lugar se le llama reposo. Lo que esto significa es que en esta tierra no hay verdadero descanso. Todo cansa. No hay nada tan agotador en lo físico como hacer la obra del Señor. Cansa mentalmente y cansa físicamente. A veces uno piensa: “¿Para qué esforzarse tanto? Mejor vivir tranquilo, como se pueda.” Si yo viviera solo para mí mismo, no quisiera tener que tratar con personas. Me bastaría con trabajar con mis manos, construir cosas, tallar madera, cepillar tablas, sin necesidad de ver a nadie. Solo vivir así, sin meterme en la vida de nadie. Eso sería una vida cómoda. Pero nosotros tenemos que encontrarnos con personas, resolver problemas y soportar el sufrimiento. Cansa. Sin embargo, cuando lleguemos al cielo, todo eso desaparecerá y habrá verdadero descanso. Un reposo eterno. Es el descanso que pertenece a Dios. El reposo que solo Dios puede disfrutar, el reposo que satisface a Dios. Y Él quiere que nosotros también participemos de ese reposo.

Por eso, en esta tierra también nos ha hecho participar del sufrimiento. Nos ha hecho dueños, no invitados. El dueño sufre. El invitado no sufre. Cuando uno va a casa de alguien como invitado, no le hacen sufrir. Solo lo atienden. ¿Por qué? Porque es un invitado. Es alguien que estará un momento y se irá. Pero el dueño sufre junto con los demás.

La misión evangelizadora y el pastorado son muy diferentes. Cuando uno va de misión a otros lugares, resulta emocionante. Solo quieren hacer eso. Por eso algunos dicen: “Yo soy de temperamento misionero, seré misionero itinerante toda mi vida.” ¿Por qué? Porque llegan y reciben toda la admiración. Si predican bien, sanan enfermos, todos los quieren, los tratan como reyes. Y después de una semana se van. Y la próxima vez que regresan, otra vez los tratan como reyes. Pero intenten quedarse seis meses. ¿Seguirán recibiendo ese trato? Si se quedan seis meses, tienen que relacionarse con la gente, tienen que mostrarse tal como son, comienza a cochar con ellos, y entonces empiezan a surgir los conflictos. La gente comienza a verlos como personas comunes y a tratarlos como tales. Se producen peleas, quejas, de todo. El pastor, en cambio, tiene que cargar con todo eso, en un solo lugar, durante décadas. Por eso el pastorado es difícil. Porque hay que estar junto a los miembros continuamente. El misionero puede ser un maestro, alguien que viene un momento a enseñar. Pero alguien que solo pasa de visita no puede comportarse como si fuera el padre. Eso no está bien. El pastor tiene que seguir abrazando esas almas, pero si alguien que solo viene de paso menosprecia al pastor, lo ignora y habla mal de él a su espalda, eso no está bien. Aunque el pastor no pueda dar cosas emocionantes, es quien da el alimento cada día, quien resuelve los problemas de la gente, quien comparte su sufrimiento. Ese es el que verdaderamente está con ellos.

El Señor nos ha encomendado esta obra, pero tiene el propósito de hacernos participar del reposo que Él disfruta en el cielo. Una resurrección más gloriosa. Es participar más profundamente en ese reposo y compartir una gloria aún mayor. Por eso, aunque soportar el sufrimiento junto al Señor en esta tierra parezca algo agotador, molesto y frustrante en lo físico, el Señor nos pide que lo llevemos junto a Él. Porque el Señor mismo lo soportó en esta tierra. Si de verdad tenemos la mirada puesta en la esperanza del cielo, podremos soportarlo con alegría. Pero para quien no tiene esperanza, todo eso se sentirá, literal y exactamente, como una carga insoportable. Por eso en Malaquías la gente dice: “¿Para qué tanto? Esto es demasiado pesado.” Es porque no tienen esperanza. Cuando hay esperanza, todo eso se convierte en motivo de gratitud. Oremos para que la esperanza del cielo, la esperanza de descansar junto al Señor llene nuestro interior por completo.

Padre Dios, te damos gracias por prometernos el reposo del cielo. Te pedimos que llenes de fuerza nuestras almas para que podamos soportar con esta esperanza del cielo todo lo que enfrentamos en esta tierra en nuestra condición humana. En el nombre de Jesús oramos. Amén.