Servicio del Día del Señor del 30 de agosto del 2026
Tengamos paz con Dios
(Romanos 5:1)
Pastor Sung Hyun Kim
¿Quién es Dios? ¿Cómo funciona la salvación? Son cosas que todo creyente necesita tener bien claras. Sin esa claridad el camino de la fe no puede sino volverse difícil. Hay quienes no tienen ninguna seguridad de su salvación. Y, por eso mismo, tampoco sienten ganas de entregarse a Dios. Otros dicen que fueron salvos, pero no confían en poder conservar esa salvación. Así que viven siempre con miedo y tensión. Y no faltan los que toman la salvación a la ligera: “¿Cómo me voy a perder yo?”. Ellos suelen tomar el pecado con la misma ligereza. Todos estos pensamientos están muy lejos de la verdadera certeza de la salvación, y son las trampas más características de Satanás para impedir que el creyente viva como el Señor lo desea.
Si diéramos por hecho que si nuestra vida no llega hasta cierto estándar perdemos la salvación, el cristiano no tendría más remedio que vivir siempre asustado y tenso. Claro que no debemos pensar que, por haber sido salvos una vez y no poder ya perder esa salvación, podamos vivir a nuestro antojo. Pero pensar que, después de recibir la salvación, conservarla depende de nosotros es un gran malentendido. ¿Sería tan frágil lo que Dios nos ha dado? Dios es fiel. Y la grandeza de su poder y la fuerza extraordinaria que ese Dios ha desplegado a nuestro favor son una garantía de seguridad que nada puede derribar (Ef 1:18-20).
Fuimos declarados justos por la fe. A quien vive en esta gracia lo acompañan toda clase de bendiciones; la más grande de todas es la paz con Dios. Al principio éramos enemigos suyos. Alguno dirá que él nunca se enfrentó a Dios, pero eso no pasa de ser su propia impresión. Lo cierto es que nosotros éramos enemigos de Dios, y Dios también lo era nuestro. Que Aquel que es santo y justo mirara al pecador como enemigo y se indignara no tiene nada de raro; lo raro sería lo contrario. Algunos dicen que, como Dios es amor, al final acabará salvando a todos; pero no dejemos que nadie nos engañe con palabras vanas (Ef 5:6).
Nosotros, que por naturaleza éramos objeto de la ira de Dios, fuimos reconciliados con Él por la sangre de la cruz (Col 1:20). Al declararnos justos, Dios puso fin a aquella hostilidad y la transformó en una relación de paz. Y así, los que antes vivíamos temiendo perder la salvación pasamos a gozar de ‘una dulce quietud en el alma’. Reconocemos lo profundo de nuestro pecado y, al mismo tiempo, le damos gracias, conmovidos, a ese Dios que nos ama tal como somos. Esa ‘hermosa calma que llena lo más profundo del alma’ nos hace soltar el viejo afán de fabricar nuestra propia justicia y nos permite servir a Dios con una confianza que ya nada logra tambalear.
Sin que nadie tenga que presionarnos, servimos a Dios de todo corazón. Porque esa paz que disfrutamos con Él fortalece nuestra fe y nuestro servicio. Ya no escondemos nuestras debilidades; al contrario, nos preparamos para entrar en la batalla espiritual como verdaderos soldados. Como el soldado romano que se planta firme en el campo de batalla con sus sandalias con clavos en la suela, nosotros nos mantenemos firmes por Cristo, calzados con el evangelio de la paz (Ef 6:15). Nunca más volveremos a tropezar en lo espiritual ni a resbalar mentalmente a causa de la incertidumbre de la salvación. Porque sabemos, con certeza, que Dios está de nuestro lado.


