Servicio del Día del Señor del 13 de septiembre del 2026

Pastor Sung Hyun Kim

Si Dios nos salvó, ¿hasta dónde llega esa salvación? La salvación de Dios no es algo temporal que se acaba cuando cambian las circunstancias, sino que es eterna. El día en que creímos en Cristo, nuestra salvación quedó firme, como un ancla echada en lo profundo del mar. El viento y las olas pueden mover el barco, pero eso no arranca el ancla que está agarrada al fondo. Dios no deja abandonados a los que ha salvado. Nos sostiene incluso ahora, nos guía en el camino que viene y, al final, nos lleva hasta el lugar que Él mismo ha determinado.

Al final de ese camino nos espera una gloria que ahora ni siquiera podemos imaginar. El Dios santo, perfecto y glorioso quiere compartir su gloria con sus hijos. Nosotros, en realidad, éramos los que merecíamos la ira. Pero Dios no se limitó a librarnos de la perdición. Él ya decidió transformar incluso nuestro débil y corruptible cuerpo para que participemos de su gloria. Esa gloria que hoy solo podemos ver en Dios, aquel día también la veremos en nosotros. Cuanto más pensamos en lo alto que Dios quiere levantarnos, más nos asombra.

Por eso, al futuro del creyente le queda mejor la esperanza que el miedo. Esta esperanza no es una ilusión que nos inventamos al mirar nuestra situación, pensando “tal vez todo salga bien”. Es una esperanza que Dios mismo derramó en nuestro corazón para que miremos la gloria que Él prometió. Por tanto, cuando pensamos en aquel día, no solo nos sentimos un poco más tranquilos. Tenemos razones para que el corazón nos lata con fuerza, para gloriarnos y para llenarnos de entusiasmo. Nuestro final no es ser desechados. Caminamos hacia ese día en que compartiremos la gloria de Dios. La vida que tenemos delante puede ser sacudida, pero el final que Dios ha determinado jamás será sacudido.

Esa gloria que un día disfrutaremos por completo ya empezó en nosotros. Todavía no se ha manifestado del todo, pero el Espíritu Santo nos está transformando ahora mismo a la imagen de Cristo y nos lleva de gloria en gloria. Así que incluso la vida de fe que tenemos mientras tanto no consiste en aguantar con los dientes apretados para no perder la salvación, ni en ganarnos con nuestro propio esfuerzo el derecho de ir al cielo. Obedecemos porque la gracia que recibimos es muy grande, y nos entregamos porque estamos muy agradecidos por el amor que se nos dio. Amar a la iglesia y poner el corazón y el esfuerzo en lo que se nos ha encomendado es la evidencia natural de la gracia que ya recibimos.

Puesto que hemos recibido una gracia tan grande, el resto de nuestra vida es una oportunidad única e irrepetible para agradar al Señor y mostrar esa gracia. Cuando pensamos en la gloria que vamos a recibir, el tiempo y la vida que hoy podemos ofrecerle al Señor se vuelven todavía más valiosos. A veces pensamos que hemos llegado hasta aquí aferrándonos al Señor con todas nuestras fuerzas, pero incluso la capacidad de aferrarnos a Cristo nos la da Dios. En realidad, es Dios quien nos sujeta firmemente. Sostenidos por su mano, amar al Señor, obedecer su guía y vivir como personas que no tienen de qué avergonzarse al compartir la gloria de Dios en su reino: ese es el camino de los que hemos recibido su gracia.