Fe y convicción

Si volvemos a la introducción de La vida cristiana más allá del misticismo, veremos dos grandes problemas que enfrenta hoy la iglesia cristiana, cada uno en un extremo opuesto. El primero es el rechazo absoluto de las experiencias espirituales, conocido como “dogmatismo”, que desecha las experiencias espirituales y pone el énfasis únicamente en la Biblia. El segundo es el “misticismo”, que persigue ciegamente las experiencias espirituales. Ambos han sido problemas graves tanto en Corea como en el resto del mundo.

“Aunque el dogmatismo destaca la importancia de la Biblia, ignora las experiencias que la Biblia promete y, por eso, reduce el cristianismo a una religión sin poder.”

Una característica distintiva de Berea es el asombro descubrimiento de que lo que la Biblia promete y registra puede experimentarse realmente en la propia vida, aunque antes la Biblia pareciera algo desconectado de la realidad.

En segundo lugar: “Al dar demasiada importancia a las experiencias espirituales, el misticismo va más allá de la Palabra y lleva a los creyentes por el camino de la corrupción espiritual”.

Este es un problema muy serio. Precisamente porque las personas han experimentado a Dios, pueden convencerse todavía más y adentrarse aún más en el misticismo. La reciente división de la iglesia también puede verse como una forma de misticismo. Porque no se basó en la Palabra revelada, sino en sus propias emociones y en la ética, la moral y el sentido de justicia que habían adquirido del mundo.

En tercer lugar: “En la vida espiritual puede haber experiencias especiales que no están registradas específicamente en la Biblia, pero esas experiencias no deben generalizarse. Lo único que debe generalizar es la Palabra escrita en la Biblia y las experiencias que se derivan de ella”.

El problema es que sí ocurren muchas cosas asombrosas. Quienes las viven se sienten tentados a generalizar sus experiencias. Y cuando la misma clase de experiencia no la tiene una sola persona, sino muchas, resulta todavía más fácil ser engañado.

Por ejemplo, hubo una afirmación muy difundida de que Jesús regresaría el 28 de octubre de 1992. Quienes participaron en ello decían haber recibido realmente esa revelación. Algunos afirmaban que habían sido conmovidos mientras oraban; otros, que habían visto visiones. Y no se trataba de una sola persona. Muchas personas, en distintos lugares, aseguraban haber experimentado lo mismo al mismo tiempo. Eso, sin duda, es asombroso. Incluso algunos pastores conocidos afirmaron lo mismo y dijeron haberlo experimentado ellos mismos. ¿Cómo podría alguien resistirse fácilmente a algo así? Si uste mismo lo hubiera experimentado, ¿cómo podrías superarlo con facilidad? La mayoría de la gente se habría dejado llevar.

Pero en este mundo existen los demonios y el diablo, y están activos. Por eso, tales experiencias pueden ocurrir perfectamente. Puede haber cualquier cantidad de fenómenos asombrosos. Cuando las personas viven algo así, pueden empezar a considerarlo como la verdad y tratarlo como algo absoluto. Pero esas cosas son solo realidades del ámbito espiritual; no son la verdad.

La manera de no ser engañados por ellas es permanecer en lo que está escrito en la Biblia. Por muy llena de gracia que parezca una experiencia, o por mucho gozo que nos traiga, si no está en la Biblia, no debemos seguirla.

Hay también otras cosas asombrosas. Quizá hayan oído historias sobre una estatua de María que llora lágrimas de sangre. Esas cosas ocurren. ¿Cómo podemos explicarlas? Es una estatua de piedra; sin embargo, de sus ojos sale un líquido, e incluso es rojo. ¿Cómo se explica eso? Como el fenómeno es tan asombroso, la gente lo acepta como verdad. Pero, aunque sea asombroso, no es la verdad. Esas cosas pueden suceder.

En este mundo hay innumerables cosas que no entendemos. Pero ¿por qué habríamos de convertirlas en objetos de devoción? La manera de vencerlas es permanecer en lo que está escrito y no pasar más allá de lo que está escrito. Simuon practicó esto de forma excepcional. Aunque tuvo muchas experiencias, venció la tentación de ir más allá de lo que está escrito. Se contuvo y no dijo todo lo que quería decir.

Una vez, cuando me reuní con Simuon en privado, le dije: “Si tuviera que nombrar un rasgo distintivo de su predicación, diría que es la mesura”. Le agradó oír eso. La mesura: ese era un rasgo que definía su predicación. Lo sentía así porque percibía que había cosas que él conocía claramente, pero que decidía no decir. Había cosas de las que quería hablar en aquel momento; sin embargo, se las guardaba y hablaba de ellas solo treinta años después. Mientras preparaba unos libros, volví a escuchar algunas grabaciones antiguas de sus predicaciones. Lo oí empezar a decir algo y detenerse, y luego lo encontré hablando precisamente de eso treinta años más tarde. Me quedé asombrado. Pensé: “Esto es extraordinario”.

Está también la expresión “Esforzarse, trabajar y orar con fervor”. Tuvimos algunas reuniones con ese lema. Pero esta expresión ya aparecía en las primeras enseñanzas de la Academia Berea: “Esforzarse, trabajar y orar con fervor”. Los traductores no siempre distinguían con precisión entre “esforzarse”, “trabajar” y “con fervor”. A menudo los trataban como si significaran lo mismo. Así que, cuando el predicador decía: “Debemos esforzarnos, trabajar y orar con fervor”, un traductor podía traducirlo simplemente como: “¡Debemos orar con fervor!”. Las diferencias entre las tres expresiones se perdían porque se entendían, en esencia, como una misma cosa. Sin embargo, más tarde vi que realmente se tuvo una reunión con el título “Esforzarse, trabajar y orar con fervor”. Él lo había planeado de antemano y usaba las tres expresiones con significados distintos. Si yo hubiera sido un traductor con más experiencia en aquel tiempo, habría intentado conservar esas diferencias en la traducción. Pero en ese entonces no tenía manera de saberlo. Por eso no debemos descartar tan fácilmente esas distinciones.

Del mismo modo, él seguramente tenía muchas cosas que quería decir, pero mostró una contención admirable. Decía solo hasta cierto punto y allí se detenía. Esta clase de mesura es sumamente importante para un líder.

Las personas que carecen de mesura suelen soltar todo lo que han aprendido cada vez que tienen la oportunidad de predicar, incluso cosas que aprendieron hace apenas unos días. Simplemente lo entregan en bruto, sin saber cómo manejarlo adecuadamente. Al poco tiempo, ya no tienen nada más que predicar. No saben qué hacer, porque ya han entregado todo lo que aprendieron. Entonces no tienen nada más que enseñar a esas personas y salen a aprender otra cosa. Andan de un lado a otro tratando de aprender más. El problema es que no saben recibir la Palabra correctamente. Es como si alguien les ayudara a cavar un pozo, pero en lugar de aprender a cavarlo por sí mismos, tomaran cualquier cosa que sale y lo pasaran a otros de inmediato. Como resultado, en realidad nunca se cava ningún pozo y, al final, nada puede sostenerse. Si hubieran entendido bien lo que significaba que se les ayudara a cavar ese pozo, habrían podido seguir sacando agua de él durante diez años.

Simuon ejercía ese tipo de mesura. Para no caer en el misticismo, no hablaba de cosas de las que no hacía falta hablar. Por eso, aunque hayamos tenido muchas experiencias espirituales asombrosas, los líderes, en particular, deben tener mucho cuidado con sus palabras y acciones, y no deben decir a la ligera: “Dios me habló”.

Además, siempre que Simuon hablaba de algo que había experimentado personalmente, primero dejaba claro: “Esto no es la verdad, pero…”. Lo mismo hacía cuando compartía testimonios. Hablaba de esas cosas solo cuando era necesario, y aun entonces no decía mucho. Asuntos como estos los trataba con cuidado, quizá más adelante en algún libro.

Cuando actuamos, no debemos pensar solo en nosotros mismos. Debemos recordar que muchas personas serán bendecidas por medio de nosotros y que aprenderán de lo que hacemos. Si hacemos algo de cierta manera, la siguiente persona normalmente irá un paso más allá. Siempre tienden a ir un paso más allá. Debemos tenerlo presente y ser especialmente cuidadosos. Pablo hizo lo mismo. Como sabía que otros lo observaban y aprendían de él, aunque podía decir: “Puedo comer lo sacrificado a los ídolos; mi fe me lo permite”, decidió no comerlo pensando en la conciencia de los otros. Por lo tanto, debemos ser muy cuidadosos en lo que decimos y hacemos, y también en la manera en que hablamos de nuestras propias experiencias, de modo que siempre podamos decir: “Escrito está en la Biblia…”.

Nuestra fe es diferente de la convicción. La distinción entre convicción y fe es uno de los fundamentos más básicos de Berea, y es algo que rara vez se escucha en otras partes del mundo. En muchos lugares, lo que se llama “fe” se enseña como creer que las cosas sucederán tal como uno piensa que sucederán. La idea es: “Si sigues pensando en ello, sucederá”.

Una vez escuché a un pastor de una iglesia cercana predicar sobre lo que él llamaba el “principio de la visión”, y después vi a muchos otros predicar hacer lo mismo. Uno de los ejemplos que usan es la historia de Jacob cuando se quedó con las ovejas de su suegro. Dicen que, cuando las ovejas fuertes venían a beber, Jacob descortezaba varas verdes de álamo y las ponía junto al agua, pero cuando venían las débiles, las quitaba. Las ovejas veían el dibujo listado de las varas descortezadas mientras bebían, y después parían crías listadas. Así, de las ovejas fuertes nacían una y otra vez crías listadas. Jacob ya había acordado con su suegro que las ovejas listadas serían suyas, de modo que las fuertes quedaron para Jacob y las débiles para su suegro.

La conclusión que sacan de este ejemplo es: “¿No parieron las ovejas esa clase de crías porque se quedaban mirando las varas?”. Es casi como una educación prenatal para ovejas. En otras palabras: “Te conviertes en lo que ves”. Por eso se enseña a la gente: “Ora e imagínalo como si lo vieras delante de tus ojos, y sucederá. Sigue pensando que te irá bien e imagínalo de manera concreta. Visualízalo delante de ti. Si puedes, incluso dibújalo”.

Claro que podemos orar de esa manera detallada. Pero al poco tiempo Jesús desaparece del cuadro, y lo único que queda es el énfasis de que “si lo imaginas de manera concreta, sin duda sucederá”. Esto también se ve en lo que a veces se llama el “estilo de vida de diamante”, que promueven empresas de tipo piramidal como Amway. Atraen a la gente preguntándole: “¿No te gustaría vivir una vida de diamante?”, y le muestran cosas como una casa con piscina o un coche caro. Luego reparten fotos de esas cosas y les dicen que las pongan donde puedan verlas y que repitan: “¡Yo puedo lograrlo!”. Les dicen que repitan esas palabras y miren esas imágenes varias veces al día. De esta manera, se les forzaba a mirar la imagen constantemente. Mucho de esto se tomó prestado de ideas cristianas, quitaron a Jesús y solo quedó el pensamiento positivo. Y sí tiene efecto. Puede tener un efecto enorme. No estoy diciendo que no funcione. Precisamente por eso la gente se deja engañar: porque funciona.

Por ejemplo, se dice que unos científicos tomaron agua y a una muestra le hablaron con dureza, diciéndole cosas como: “¡Eres horrible! ¡No vales nada!”, mientras que a otra le hablaron de manera positiva: “Te amo. Eres maravillosa. Eres una presencia verdaderamente buena que me ayuda”. Luego examinaron los cristales que formaba el agua. Según los informes de esos experimentos, los cristales del agua que había recibido palabras positivas se veían claros y hexagonales, mientras que los otros se veían dañados y rotos. De ahí surgieron afirmaciones de que beber el segundo tipo de agua podía causar cáncer, mientras que beber agua que había recibido palabras positivas podía hacer a una persona más sana.

¡Qué curioso son estas cosas! Incluso podría ser cierto. Pero ¿tiene algo que ver con la fe? No. No tiene absolutamente nada que ver con la fe. Es simplemente un fenómeno físico. No tengo ningún deseo de negar que algo así pueda ocurrir. Quizá sea posible. ¿Cómo podríamos saber todo lo que sucede en este mundo? Esas cosas pueden ocurrir. Pero no tienen nada que ver con la fe. Y, sin embargo, esto es lo que se enseña en las iglesias. Se entusiasma a la gente con frases como: “Imagínalo. Si crees, sucederá”. Antes de creer en Jesús, yo también pensaba que eso era la fe, porque había oído hablar así a la gente muchas veces. Pero no tiene nada que ver con la fe.

Lo digo porque yo había oído esas cosas y también había leído libros sobre ellas. Antes de creer en Jesús, cuando estaba en la universidad, una vez tuve un examen de baloncesto en el que tenía que encestar. Naturalmente, si uno practica de verdad, mejora. Cuanto más prácticas, más canastas deberías poder meter. Pero en aquel tiempo yo había leído un libro que decía que uno podía entrenar por medio de la imaginación. Así que pensé que, aun sin practicar físicamente en la cancha, podía mejorar mi habilidad mediante la práctica mental. Y eso fue lo que hice. Practiqué en mi imaginación. Cerraba los ojos y practicaba mentalmente. Incluso podía hacerlo acostado. Y cuando por fin tome el examen, me fue muy bien, sorprendentemente bien. Había una clara diferencia entre el antes y el después. Qué curioso. Cuando la gente vive algo así unas cuantas veces, puede empezar a pensar que eso es la fe. Y cuando estas cosas se practican en la iglesia, puede pensar que forman parte de la fe. Pero no son fe.

Hay muchos otros ejemplos en los que se introduce la psicología en la iglesia. Una vez que entra la psicología, es fácil confundirla con la fe. Hace unos días vi a un pastor dando una conferencia titulada “Jung y la psicología cristiana”. Jung fue un psicólogo muy conocido, y uno de los libros que presentan sus ideas es El mapa del alma. La conferencia relacionaba esas ideas con el cristianismo. Esas cosas pueden ser útiles, sin duda, pero no tienen nada que ver con la fe.

Yo estudié Trabajo Social. Muchos de los estudiantes de la carrera eran cristianos. Algunos eran hijos de pastores, e incluso algunos eran ministros en sus iglesias. Muchos estaban allí porque sus padres los habían animado a estudiar algo en ese campo. Pero casi la mitad relacionaba constantemente lo que aprendía con la fe. Yo estudiaba siendo incrédulo, mientras que ellos pensaban que todo lo que aprendían tenía que ver, de alguna manera, con la fe.

Después de graduarme en Trabajo Social, trabajé un año como trabajador social. La mayoría del personal iba a la iglesia, o al menos iba de vez en cuando. El jefe de sección era hijo de un pastor. Eran personas que se consideraban serias en su fe y que querían, a su manera, vivir conforme a la voluntad de Dios. Pero en el trabajo social existe un código de ética profesional, y uno de sus principios es no evangelizar a las personas a las que se atiende. Aun así, el deseo de evangelizar surge de forma natural. Cuando ayudo a personas en situaciones difíciles, a personas con discapacidad o a ancianos, empiezo a sentir una profunda compasión por ellas. Llego a comprender sus problemas y pienso en cómo podrían recibir ayuda. Entonces empiezo a pensar: “Lo que esta persona realmente necesita es a Jesús”, y quiero hablarle de Él. Pero no debo hacerlo. Si lo hago, pueden llamarme la atención. Así como a un médico le pueden decir: “Tu trabajo es dar tratamiento; ¿por qué estás evangelizando?”, a un trabajador social le pueden decir: “Limítate a hacer tu trabajo; ¿por qué estás evangelizando?”. Así que, si quería evangelizar, tenía que hacerlo discretamente, quizá hablando con alguien en privado después del trabajo.

Pero, al observar a los trabajadores sociales de allí, me di cuenta de que muchos consideraban el trabajo mismo como fe. Pensaban que el simple hecho de trabajar en un centro de bienestar social agradaba a Dios. Para entonces yo ya había comenzado a creer en Jesús, así que mantenía una distinción clara en mi mente: “Este es mi trabajo, y lo que debo hacer por mi alma es algo aparte”. Pero estas personas parecían pensar: “Dios me mirará con agrado porque trabajo aquí”, y como ayudaban a otros, sentían: “Al menos estoy viviendo conforme a la voluntad de Dios”. Sin embargo, cuando llegaba la noche, se reunían y bebían mucho. Uno de los jefes de departamento incluso había abandonado el seminario y ya no iba a la iglesia en absoluto. Aun así, algo quedaba en su corazón. Toda su familia asistía a la iglesia, y él mismo iba de vez en cuando. Todavía quedaba en él un rastro de fe. ¿Y dónde encontraba consuelo? En el hecho de que trabajaba en un centro de bienestar social. Pensaba: “Esa gente va a la iglesia, pero no vive conforme a la voluntad de Dios. Yo quizá no vaya a la iglesia, pero al menos vivo conforme a la voluntad de Dios”.

Todas estas son formas de misticismo. No tienen nada que ver con la Palabra. En gran medida, aquí es donde se encuentra hoy el cristianismo en Corea. Antes de conocer la Iglesia Sungrak, visité otra iglesia cuando todavía era incrédulo. Mi primera impresión fue que las iglesias ponían un énfasis enorme en la ética, la moral, la manera de vivir en el mundo y la sabiduría práctica para salir adelante en la vida. Como incrédulo, eso hacía que los cristianos me parecieran muy molestos. Al fin y al cabo, la sabiduría práctica para la vida trata de cómo abrirse camino con éxito en el mundo, ¿no es así? Nosotros, los incrédulos, intentábamos conseguir las mismas cosas que ellos. ¿Qué buscábamos todos? Las cosas de este mundo: dinero, oportunidades y cosas semejantes. Pero los cristianos parecían tener un medio mejor para conseguirlas: confiaban en su Dios. Daba la impresión de que se quedaban con la parte que nos correspondía a nosotros, y luego siempre decían que estaban agradecidos a Dios. Nos sentíamos excluidos, como si Dios solo los favoreciera a ellos. Eso hacía que los cristianos me parecieran desagradables y molestos, porque competían con la gente del mundo por las mismas cosas.

Cuando la iglesia se mete demasiado en las mismas búsquedas que el mundo, la gente del mundo termina convirtiéndose en su rival. Sería distinto si los cristianos pensaran: “Lo que hacemos en este mundo es solo un medio; lo que buscamos es lo eterno”. Pero las iglesias del mundo muchas veces no piensan así. Más bien se dedican por completo a enseñar a sus miembros cómo tener éxito en este mundo. Como resultado, el conflicto con el mundo no puede sino crecer.

La razón por la que las personas siguen perdiendo el rumbo de esta manera es que, cuando se apartan de la Biblia e intentan vivir su fe por convicción, cada vez más de lo que hacen empieza a coincidir con lo que hace el mundo. Por eso debemos distinguir claramente las dos cosas. “Si me esfuerzo lo suficiente, puedo lograrlo” y “Si sigo pensando en ello, sucederá” pertenecen a la convicción, no a la fe. Esto no significa que nunca debamos hacer esas cosas. Simplemente debemos saber con claridad que son para la carne, porque tienen que ver con las cosas de la carne. El problema es que la gente actúa por convicción, descuida las cosas espirituales y luego piensa: “Ya hice todo lo que tenía que hacer”. Ese es el problema. Si la convicción es útil, úselo. Si puede aprovechar bien la convicción y mejorar mediante la visualización repetida, está bien. Pero nada de eso, por sí solo, equivale a hacer algo espiritual. Nada espiritual puede hacerse jamás aparatándose de Jesucristo.

La convicción y la fe no son un tema que vayamos a tratar una sola vez para luego dejarlo atrás. Si volvemos a él cada vez que tengamos oportunidad, veremos cuántas formas distintas adopta esta distinción. Oremos para que nuestra fe distinga claramente entre la convicción y la fe.

Predicado por el pastor Ki-Taek Lee el 5 de junio de 2019.