Servicio del Día del Señor del 19 de abril del 2026
El juicio justo de Dios que nunca vacila
(Romanos 3:4-8)
Pastor Sung Hyun Kim
¿Alguna vez alguien lo ha acorralado injustamente? Usted intenta explicarse, da todas las razones del mundo, pero la otra persona sigue buscando pretextos y torciendo sus palabras para dejarlo mal parado. Eso exactamente le estaba ocurriendo al apóstol Pablo. Él proclamaba el evangelio de Jesucristo, pero algunos judíos, que no aceptaban ese mensaje que enfatizaba la gracia por encima de las obras, retorcían sus palabras una y otra vez para desprestigiarlo. Pablo fue respondiendo uno por uno a cada uno de sus astutos ataques. Sin embargo, este episodio no es simplemente una historia del pasado. Nos está enseñando en silencio, a nosotros hoy, cómo debemos presentarnos delante de Dios.
Los judíos le plantearon esto: “Dios prometió bendecirnos a nosotros los judíos, entonces ¿por qué enseñas que hasta los judíos serán juzgados si pecan? Si lo que dices es cierto, estarías diciendo que Dios puede retractarse de sus propias promesas.” Pablo respondió con toda firmeza: “¡De ninguna manera! Dios jamás ha cancelado sus promesas. ¿Acaso no está escrito: Dios es veraz, y todo hombre mentiroso? Que el judío pecador reciba su justo castigo y que Dios permanezca fiel a su promesa, esas dos verdades no se contradicen. Las dos son ciertas al mismo tiempo.”
Los judíos no cedieron y esta vez distorsionaron la enseñanza de Pablo de otra manera: “Según lo que tú dices, nuestros pecados hacen que la justicia de Dios resplandezca aún más. ¿Y aun así nos va a castigar? Con tu razonamiento, Dios estaría siendo injusto.” Pablo respondió: “Eso no tiene ningún sentido. La justicia de Dios no resplandece porque se compare con nuestros pecados. Él juzga la maldad con la misma justicia en toda circunstancia. ¿Que su ira contra lo injusto lo hace injusto a Él? Todo lo contrario. Eso es precisamente la evidencia más poderosa de que Él es justo.”
Los judíos arremetieron con su ataque final: “Mira, lo que tú predicas es que entre más pecamos, más gloria le damos a Dios. Eso equivale a decir: hagamos el mal para que venga el bien. ¿No es eso lo que estás enseñando, Pablo?” Con esto intentaban presentarlo como alguien que destruía toda moral. Pablo no continuó debatiendo, sino que cerró el asunto de manera definitiva: “¿Acaso hay quienes enseñan que hay que hacer el mal para que venga el bien? Yo también considero que quienes eso enseñan merecen ser condenados. Ser cristiano significa caminar en la misma dirección del Señor, quien aborrece el pecado.”
¿No será que alguna vez usted ha tenido estos pensamientos? “He hecho muchas cosas buenas para la iglesia, así que si me equivoco un poco, supongo que no pasará nada.” O bien: “Llevo muchos años en la fe, así que Dios hará la vista gorda conmigo.” O también: “Mis intenciones eran buenas, así que la manera en que lo hice no importa tanto.” Esos pensamientos son exactamente la misma lógica de los judíos que atacaban a Pablo. La justicia de Dios no se sacude por ninguna razón ni excusa humana. David, aun habiendo cometido un gran pecado, no dijo ni una sola palabra de excusa. Simplemente dijo: “Señor, tu palabra es recta. Tu juicio es completamente legítimo.” El único lugar donde podemos sostenernos es reconociendo la justicia de Dios y apoyándonos sinceramente en Su misericordia.

