Servicio del Día del Señor del 28 de junio del 2026
La fe de Abraham contada por justa
(Romanos 4:1-3)
Pastor Sung Hyun Kim
Para corregir ese malentendido, Pablo recurrió a un pasaje que los judíos solían citar, Génesis 15:6: “Porque ¿qué dice la Escritura? Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia” (Ro. 4:3). La expresión “le fue contado” viene del concepto de la contabilidad, del que se usa al llevar las cuentas. Aunque Abraham no tenía derecho a presentarse como justo, Dios tomó su fe y la contó como justicia, anotándola en su libro espiritual. Todo esto ocurrió antes de que Cristo viniera, pero su fe fue tenida por justa sobre la base de la redención que Cristo cumpliría más adelante. En eso consistió la asombrosa gracia de Dios.
Cuando examinamos la vida de Abraham en la Biblia, descubrimos que no era un hombre justo. Fue llamado unilateralmente por Dios desde Ur de los caldeos, una tierra llena de idolatría. Pero ante el llamado a dejar a su parentela, no obedeció del todo, pues llevó consigo a su sobrino Lot. Después, cuando vino el hambre, en lugar de confiar en Dios dependió de Egipto. Allí, con tal de salvar su vida, tuvo la cobardía de decir que su esposa era su hermana. Incluso dudó de la promesa, y por medios humanos tomó a Agar y tuvo a Ismael, sembrando así la semilla de un conflicto profundo que duraría por generaciones. En una palabra, fue un hombre que tropezó y falló muchas veces, tan débil como nosotros.
Y a pesar de todo, Dios permaneció con él. Aunque caía una y otra vez, curiosamente su confianza en Dios no perdía su fuerza. Incluso ante la palabra de ofrecer a su unigénito Isaac en holocausto, creyó que Dios lo resucitaría y obedeció sin vacilar. Esto no nacía de una capacidad suya. Bajo la providencia de Dios, cierto sostén espiritual obraba en él. Al final, lo grande no era Abraham, sino la gracia de Dios. Esa gracia sostiene hasta el fin al hombre débil, le provee la fe y lo tiene por justo.
El ser humano no tiene la capacidad de producir justicia por sí mismo. Ni siquiera la fe, por sí sola, es la causa de la salvación. La fe es más bien el único canal que Dios usa para derramar su gracia salvadora. Cuando el hombre que no tiene mérito alguno extiende la mano hacia Dios para recibir lo que Él da gratuitamente, esa confianza que llena su corazón es la fe. Por eso la fe no puede ser nuestra propia justicia. Ni tenemos nada de qué jactarnos por ella. Acerquémonos a Dios con esa confianza por la cual Él nos declara justos. Aunque nuestra conducta y nuestra fe sean imperfectas, acerquémonos con valentía al Dios de gracia que no rechaza la mano que le extendemos.

