Servicio del Día del Señor del 12 de abril del 2026

Pastor Sung Hyun Kim

“No sé por qué las promesas que Dios ha hecho no se cumplen en mí. La Biblia rebosa de palabras en las que Dios promete ayudarme, estar conmigo y guardarme; sin embargo, ¿por qué siento que en mi vida esas promesas no se hacen realidad? En verdad, no sé si Dios es tan fiel como dice ser. ¿Será acaso que las promesas de Dios han sido canceladas, o quizá modificadas?” Por supuesto que no. Dios es tan fiel a Su palabra que, con tal de cumplir Su promesa, no vaciló en entregar a Su Hijo unigénito. Si las promesas parecen no cumplirse, no es en absoluto porque Él sea cambiante o indigno de confianza.

El pueblo de Israel recibió un privilegio del que difícilmente se halla precedente en la historia de la humanidad. De entre todas las naciones, Dios los escogió únicamente a ellos para hacer pacto; les confió los oráculos de Dios, les prometió enviar al Mesías a través de ellos y los amó de manera especial. Y, sin embargo, aunque grabaron en lo profundo de su corazón la promesa de bendición, rechazaron por completo la responsabilidad y las condiciones que acompañaban a esa promesa. Tan grande fue su desprecio por la palabra de Dios, que llegaron a perder el libro que la contenía sin siquiera percatarse de ello; y, absortos en las tradiciones de los rabinos en lugar de la Escritura, terminaron por no reconocer al Mesías que tenían delante de sus ojos.

Lo que debemos temer es que la actitud de aquellos judíos también habita hoy en nosotros. Estamos presentes en el lugar donde se proclama la palabra, pero no nos entregamos a ella: tomamos lo que queremos oír y dejamos pasar lo que nos incomoda. Asistir a la iglesia por largo tiempo, ocupar un cargo y no faltar jamás al culto, pero tener el corazón lejos de Dios, es repetir tal cual el fracaso de Israel. Si detrás de la acción religiosa exterior no hay un corazón arrepentido y obediente, la promesa de Dios jamás se hará realidad. Porque lo que Dios desea no es la formalidad, sino un corazón quebrantado y una obediencia íntegra.

La fidelidad de Dios no se desvanece, ni siquiera ante nuestra desobediencia. Obedezcamos o no, Él permanece inmutablemente fiel. Pero la promesa de Dios tiene dos dimensiones. La promesa que Israel recibió de Dios se cumplirá al fin en ellos, por más altibajos que atraviesen. Sin embargo, creer que esa promesa se cumplirá en nosotros sin importar si obedecemos o no, es un grave error. Tomar la palabra con negligencia no es simplemente una fe débil: es incredulidad. La Escritura advierte con toda claridad que una fe sin fidelidad conduce, al final, a la perdición.

Entonces, ¿en quién se cumplirá la promesa de Dios? En aquel que abre su corazón delante de la palabra, se arrepiente de verdad y obedece; en ese tal, todo lo que Dios ha prometido se cumplirá sin falta. Dios es fiel hoy, mañana y por toda la eternidad. Aquel Dios que no escatimó a Su propio Hijo con tal de cumplir Su promesa, todavía hoy nos espera. Aun en el lugar donde nos hemos desplomado derrotados, aun después del tiempo en que fuimos desobedientes, Dios sigue siendo fiel. Si ahora mismo nos arrepentimos y venimos al lugar de la obediencia, la promesa de Dios se manifestará en nuestras vidas con frutos abundantes.