Servicio del Día del Señor del 7 de junio del 2026
Cristo, la propiciación
(Romanos 3:23-25)
Pastor Sung Hyun Kim
Esa justificación se concede gratuitamente, por gracia, sin que intervengan los méritos ni las obras de quien la recibe. Y aquí “gracia” no es un mero gesto de cortesía: es de una magnitud igual a rescatar de la muerte a quien se hallaba irremediablemente en un estado de desesperación. Para preparar semejante regalo, Dios debió pagar un gran precio, y eso es precisamente la redención: rescatar a alguien mediante el pago de un precio. Dios sufragó ese precio para rescatar al ser humano, cautivo del pecado y de la muerte. Pero no lo rescata solo para dejarlo en libertad, sino para hacerlo suyo. Y el rescate que se requería se saldó por completo con la sangre de Jesucristo, es decir, con su muerte.
Dios puso a Jesús como propiciación, a la vista de todos, en lo alto del monte Calvario. Que los hombres ofrezcan sacrificios a un dios para aplacar su ira es práctica común en cualquier religión. Sin embargo, la gracia que nosotros recibimos es de naturaleza completamente distinta: fue Dios mismo quien aplacó la ira de Dios. El ser humano es incapaz de satisfacer la justicia de Dios, de modo que el Dios que debía ejecutar el castigo terminó siendo Él quien lo padeció. No es que cerrara los ojos ante el pecado: al cargar Él mismo con el castigo que la justicia exigía, la cumplió a la perfección, sin menoscabarla en lo más mínimo. Eso es la propiciación de la que habla la Biblia.
Los sacrificios de expiación del Antiguo Testamento tenían un límite. Cada año, en el Día de la Expiación, el sumo sacerdote entraba en el Lugar Santísimo y rociaba la sangre de los animales; pero aquel sacrificio no podía satisfacer la justicia de Dios. Lo único que lograba era transferir la carga al verdadero sacrificio que habría de venir algún día, sin resolver la ira de Dios, esa que tarde o temprano terminaría arrojando al pecador al lago de fuego. Sin embargo, al cumplirse el tiempo, el Hijo de Dios, Jesucristo, se hizo propiciación: con su propia sangre, es decir, con su muerte en la cruz, pagó el precio del pecado en lugar del ser humano, y así aplacó la ira de Dios.
El precio del castigo por el pecado quedó completamente saldado, y la justicia de Dios se preservó por completo. Al que cree no le resta razón alguna para ir al infierno. Esta salvación es dada gratuitamente, sin costo, por gracia; por eso no tenemos motivo alguno para la arrogancia. Que hayamos sido justificados no significa que haya desaparecido de nosotros la inclinación al pecado, ni que de repente nos hayamos vuelto virtuosos. Si no se nos trata como pecadores, es por una sola razón: el sacrificio único e irrepetible de Dios. Ante una obra de expiación tan grande, lo único que podemos ofrecer es gratitud. Seamos, pues, creyentes santos, que comprenden el corazón de Dios y se entregan con fervor a las buenas obras.

