Servicio del Día del Señor del 5 de julio del 2026

Pastor Sung Hyun Kim

Todo ser humano quiere que se reconozca su valor. Incluso ante la salvación ocurre lo mismo, en lugar de mirar a Dios, el hombre se mira a sí mismo. Confía en su fervor, en su conducta y en sus esfuerzos religiosos. La mayoría de las religiones del mundo enseñan que el hombre puede hacerse justo por sus obras, y el judaísmo no era la excepción. Pero el evangelio dio vuelta por completo a lo que los judíos daban por sentado. El hombre no tiene manera de borrar su propio pecado, y el precio del pecado ciertamente tiene que pagarse. Por lo tanto, la salvación sólo es posible por la gracia de Dios, que Él concede sin que nadie la merezca. Y creer que uno puede alcanzarla por medio de sus obras es el mayor obstáculo que existe en ese camino.

Para persuadir a los judíos, que creían que la salvación venía por las obras, el apóstol Pablo puso como ejemplo a Abraham. Abraham vivió mucho antes de que se diera la Ley. Cuando Dios lo contó por justo, todavía no había nacido Moisés y la Ley no existía; su justificación, por tanto, no tuvo nada que ver con ella. Y conviene recordar quién era Abraham para ellos: el hombre a quien tenían por el más piadoso y el más justo de todos. Si está claro que ni siquiera él fue considerado justo por sus obras, ¿quién de entre los judíos se atrevería a decir que él sí puede presentarse justo delante de Dios por sus propias obras?

El apóstol Pablo cita entonces un pasaje que ellos conocían muy bien: “Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia” (Rom 4:3). Si Abraham no fue declarado justo por sus obras, tampoco tiene de qué gloriarse delante de Dios. Abraham fue contado por justo no fue por ‘salario’, sino ‘gracia’. Al que trabaja no se le da gracia, sino se le paga; y no pagarle sería quedar en deuda con él. Si la salvación fuera la paga de nuestras obras, Dios no sería quien concede gracia, sino quien salda deudas. Pensemos bien: ¿quién podría decirle a Dios: “Págueme lo que me debe”?

Aquí está precisamente la esencia de la salvación. Aquel a quien Dios declara justo es el pecador impío que cree en el Dios que lo justifica. Por supuesto, la fe en sí misma no es el poder que salva al hombre. El poder de la salvación está en la cruz. Si el hombre pudiera salvarse a sí mismo por sus obras, la cruz habría sido innecesaria y la gracia de Dios ya no sería gracia. Pretender alcanzar la justicia por lo que hacemos es, sí mismo, quitarle a Dios la gloria que le pertenece. Y esto debemos tenerlo muy claro: lo primero que busca el evangelio no es salvar al hombre, sino glorificar a Dios.

Dios traslado nuestro pecado sobre Cristo y depositó la justicia de Cristo en nuestra cuenta. Antes de que naciéramos, pagó por completo el precio de nuestros pecados. Nosotros no éramos dignos de otra cosa que el infierno, y no tenemos nada que presentar delante de Dios. Si algo tenemos de qué gloriarnos, es únicamente la cruz. Incluso al hombre que reconoce ser un pecador destinado a ir al infierno y depende sólo en la gracia de Dios, Dios lo cuenta por justo. Por tanto, dejemos de gloriarnos en nuestras obras y gloriémonos sólo de la cruz. Glorifiquemos a Dios en esa gracia admirable.