El que tiene la palabra del Hijo y la obedece
También tienes contigo a Simei hijo de Gera, hijo de Benjamín, de Bahurim, el cual me maldijo con una maldición fuerte el día que yo iba a Mahanaim. Mas él mismo descendió a recibirme al Jordán, y yo le juré por Jehová diciendo: Yo no te mataré a espada. Pero ahora no lo absolverás; pues hombre sabio eres, y sabes cómo debes hacer con él; y harás descender sus canas con sangre al Seol. (1 Reyes 2:8-9)
Esto ocurrió cuando David huía de su hijo Absalón luego de perder el trono. En aquel entonces, no había garantía de que volvería a ser rey; mucha gente lo había abandonado y traicionado para seguir a Absalón. Al ver esto, un hombre llamado Simei, alguien insignificante, se dedicó a maldecir e insultar al rey David, burlándose de su desgracia.
Más tarde, cuando David recuperó el trono, no lo castigó. Debido a su carácter noble y su fe en Dios, lo dejó en paz. Sin embargo, David sabía que una vez que él muriera, no se sabía qué podría hacer contra su hijo. Por eso, le mencionó este asunto a Salomón. Aunque lo había perdonado, lo hizo para asegurar la estabilidad del trono de su hijo. En este sentido, David guardó resentimiento.
David le dijo a su hijo: “Harás descender sus canas con sangre al Seol”. En otras palabras, le dijo que él mismo debía encargarse del asunto. De la misma manera, cuando Jesucristo vino a este mundo como el Hijo del Hombre, nadie reconoció que era el Hijo de Dios ni conoció su gloria. Por eso lo trataron con desprecio.
No obstante, Dios lo resucitó y lo elevó a los cielos, otorgándole toda Su gloria. Dios salvará a quienes trataron bien a Jesús mientras estuvo en la tierra y recibirán la gloria junto con Él, pero no dejará pasar por alto a quienes lo menospreciaron. Él debe tratar con ellos.
Si el Hijo de Dios se hubiera manifestado con la gloria de Dios desde el principio, nadie se habría atrevido a despreciarlo. Así como nadie insultaba a David cuando estaba en su trono, pero sus enemigos mostraron su verdadero rostro cuando se convirtió en un fugitivo, insultándolo sin parar. ¿Quién sería capaz de insultar a Dios? Incluso el diablo no se atreve a ir contra Dios de frente.
Sin embargo, cuando el Hijo de Dios vino con la apariencia de un ser débil, siendo Hijo de Hombre, las personas mostraron su verdadera intención y se unen en maldecirlo. Dios no deja a estas personas sin castigo, pero tampoco las destruye unilateralmente de inmediato; les da una oportunidad más. Les da la oportunidad de salvarse.
Incluso los enemigos, Dios no los abandona sino les da la oportunidad. Para aquellos que deseen estar con Él, hace que estén con Él. Y los que respetan Su palabra, Él los acepta. Dios verdaderamente es lleno de misericordia y gracia.
¿Quién era esta persona, Simei? Si vemos en 2 Samuel 16:5-8 dice: “Y vino el rey David hasta Bahurim; y he aquí salía uno de la familia de la casa de Saúl, el cual se llamaba Simei hijo de Gera; y salía maldiciendo, y arrojando piedras contra David, y contra todos los siervos del rey David; y todo el pueblo y todos los hombres valientes estaban a su derecha y a su izquierda. Y decía Simei, maldiciéndole: ¡Fuera, fuera, hombre sanguinario y perverso! Jehová te ha dado el pago de toda la sangre de la casa de Saúl, en lugar del cual tú has reinado, y Jehová ha entregado el reino en mano de tu hijo Absalón; y hete aquí sorprendido en tu maldad, porque eres hombre sanguinario.”
Así como habíamos visto en 1 Reyes 2:8-9, David le dijo a su hijo Salomón sobre este hombre diciendo: “Tú sabrás qué hacer”. ¿Y qué hizo el rey Salomón? Si leemos 1 Reyes 2:36-38 dice: “Después envió el rey e hizo venir a Simei, y le dijo: Edifícate una casa en Jerusalén y mora ahí, y no salgas de allí a una parte ni a otra; porque sabe de cierto que el día que salieres y pasares el torrente de Cedrón, sin duda morirás, y tu sangre será sobre tu cabeza. Y Simei dijo al rey: La palabra es buena; como el rey mi señor ha dicho, así lo hará tu siervo. Y habitó Simei en Jerusalén muchos días.”
David le dijo a Salomón que descendiera las canas de Simei con sangre al Seol para que no muriera en paz. Salomón hubiera podido matarlo inmediatamente con una espada, en cambio, le dio la oportunidad para vivir. Lo llamó y le dijo: “Edifícate una casa en Jerusalén y mora en ella. Y no salgas de allí a ninguna parte.” Le permitió que viviera libremente en Jerusalén. Pero le advirtió: “No salgas. Porque el día que salgas y pasas del torrente de Cedrón, sin duda morirás y tu sangre será sobre tu cabeza. Tú serás responsable.”
Fue un acuerdo. Todo esto no fue un mandamiento unilateral. Simei aceptó alegremente diciendo: “La palabra es buena. Como el rey mi señor ha dicho, así lo hará tu siervo.” Y habitó Simei en Jerusalén muchos días. Simei estaba aliviado. Había salvado su vida. Pensó que iba a morir. Pero recibió la oportunidad para vivir y se sintió a salvo.
Pero si leemos los siguientes dos versículos, 1 Reyes 2:39-40: “Pero pasados tres años, aconteció que dos siervos de Simei huyeron a Aquis hijo de Maaca, rey de Gat. Y dieron aviso a Simei, diciendo: He aquí que tus siervos están en Gat. Entonces Simei se levantó y ensilló su asno y fue a Aquis en Gat, para buscar a sus siervos. Fue, pues, Simei, y trajo sus siervos de Gat.”
Entonces, dos de sus siervos huyeron y decide salir de Jerusalén para búscarlos. ¿Qué tenía en mente cuando hizo eso? Porque había pasado tres años desde que el rey Salomón había dicho esas palabras. Después de tres años, la gente tiende a pensar que las palabras del pasado ya no cuentan. Tomándolas a la ligera. Pensarían, “El rey Salomón no lo va a recordar.” Como todos están viviendo felices y en paz, perdieron el sentido de alerta. No era que Salomón había revisado si Simei se había quedado en Jerusalén. Por eso sin dudarlo, solo salió.
Lo mismo sucede con mis hijos. Cuando vuelven a casa, les digo que se quiten la ropa y la cuelguen bien, que no la dejen tirada en el suelo. Les advierto: “Si vuelvo a ver esto así, no me voy a quedar de brazos cruzados”. Entonces, eso funciona por un día o dos. Pero a partir del tercer día, todo vuelve a estar exactamente igual. He repetido esto no sé cuántas veces, tal vez cientos de veces. Ayer pasó lo mismo: “No lo hagas”. Esta mañana también: “Te dije que no lo hicieras. Si lo vuelves a hacer, ¿cuál será la consecuencia?”. Me dicen que les dé un golpe, pero no sirve de nada. Él mismo sabe que no sirve de nada porque vuelven a hacerlo.
Así que, cuando pasa el tiempo, ese sentido de alerta desaparece. El rey ya le había dicho que iba a morir, pero no siente la seriedad del asunto. La autoridad de esa palabra empieza a sentirse como algo insignificante. Uno piensa: “¿No pasará nada, verdad?”.
Cuando Salomón se enteró, llamó a Simei y ¿qué fue lo que ocurrió? Miremos desde el versículo 41 en adelante. “Luego fue dicho a Salomón que Simei había ido de Jerusalén hasta Gat, y que había vuelto. Entonces el rey envió e hizo venir a Simei, y le dijo: ¿No te hice jurar yo por Jehová, y te protesté diciendo: El día que salieres y fueres acá o allá, sabe de cierto que morirás? Y tú me dijiste: La palabra es buena, yo la obedezco. ¿Por qué, pues, no guardaste el juramento de Jehová, y el mandamiento que yo te impuse? Dijo además el rey a Simei: Tú sabes todo el mal, el cual tu corazón bien sabe, que cometiste contra mi padre David; Jehová, pues, ha hecho volver el mal sobre tu cabeza. Y el rey Salomón será bendito, y el trono de David será firme perpetuamente delante de Jehová. Entonces el rey mandó a Benaía hijo de Joiada, el cual salió y lo hirió, y murió. Y el reino fue confirmado en la mano de Salomón.”
Al final se añade que “el reino fue confirmado en la mano de Salomón”. Esto ocurre cuando se eliminó a todos aquellos que despreciaban la palabra; no fue solo Simei, hubo varios más. En esta parte de la Biblia nos muestra ese proceso de tratar con ellos uno por uno, y solo cuando se termina con todo eso, el reino se establece firmemente. Entonces, si el reino de los cielos debe ser firme, ¿cómo podría Dios dejar entrar a gente así? ¿Cómo permitiría que entraran los que desprecian la palabra de Jesús y dejar que el reino no fuera estable? Ese reino debe ser firme por la eternidad.
Por eso, quien desprecia la palabra de Jesús no puede entrar a ese reino. Así que la muerte de Simei fue totalmente su propia responsabilidad. Por supuesto, estaba la voluntad del rey David de que no se le dejara sin castigo, pero su hijo no lo mató porque sí. Fue Simei quien eligió; él eligió su propia muerte. ¿Por qué? Porque despreció esa palabra.
¿Y de quién era esa palabra? Era la palabra del padre, de David, porque el padre había dicho que no lo dejara impune. Salomón transmitió esa palabra del padre a Simei. Pero él despreció la palabra del padre recibida a través del hijo. Al final, murió tal como el padre lo deseo. Esto significa que, aunque claramente pudo haber cambiado su destino, aquel resentimiento y maldición que originalmente tenía contra David no habían desaparecido. Parecía que se había arrepentido y cambiado, pero en realidad eso seguía dentro de él y, después de mucho tiempo, al despreciar la palabra de Salomón, su verdadero corazón salió a la luz.
De esta misma forma, el hecho de si uno ama a Dios o no, se manifiesta según cómo uno trate la palabra dada a través de Su Hijo. Por eso, si alguien dice que ama a Dios, pero no escucha la palabra de Jesús, la palabra del Padre, eso es mentira. Quien obedece la palabra de Jesús es quien ama a Dios, aunque la gente lo malinterprete.
Por eso Jesús dijo: “¿Me amáis? Entonces guardad mis mandamientos. El que tiene mi palabra y la guarda, ese es el que me ama”. Y dijo que entonces Él y el Padre estarían con nosotros y se nos manifestarían. Tales personas son los que manifiestan los milagros, el poder y las bendiciones.
Dios dice que está con nosotros. Ahora estamos aprendiendo sobre la bendición de Abraham, que al final es que Dios esté con uno, pero ¿qué debe hacer quien quiere estar con Dios? No se trata solo de decir “tengo la bendición de Dios” o “Dios está conmigo”. Solo quien obedece la palabra dada a través del Hijo puede vivir el “Emanuel”.
¿Cómo obedecemos si no tenemos la palabra? Por eso debemos poner la palabra del Hijo en nosotros, escudriñarla constantemente y dejar que el Espíritu Santo obre a través de ella. Cuando uno intenta responder a esa palabra, Dios lo reconoce: “Ah, de verdad esta persona quiere estar conmigo, de verdad me ama”, y se manifiesta.
El verdadero “Emanuel” ocurre cuando obedecemos estrictamente la palabra dada a través del Hijo. Si realmente amamos a Dios, no podemos quedarnos solo en un sentimiento de “Señor, te amo” cuando cantamos alabanzas; Dios no se deja engañar por eso. No es que le dé gusto por hacer eso, sino que nos dice: “Si de verdad me amas, sé alguien que guarda mi palabra”.
La gente desprecia la palabra porque parece algo que se puede despreciar. Pero en 1 Tesalonicenses 2:13 dice: “Cuando recibisteis la palabra de Dios que oísteis de nosotros, la recibisteis no como palabra de hombres, sino según es en verdad, la palabra de Dios”.
Por despreciar esa palabra es que uno perece. Aunque sea una palabra transmitida a través de un hombre, quien la escucha como palabra de hombre puede perecer, pero quien la escucha como la voz de Dios puede vivir. Por eso es tan importante respetar la autoridad en la iglesia. Como estas cosas ocurren igualmente en el cielo, también son válidas dentro de la iglesia. Debemos ser humildes para escuchar la voz de Dios a través del pastor.
Hay gente que en el trabajo hace esto: el jefe les manda algo y, si tienen mucho trabajo, se quedan sin hacerlo. En un rincón de su mente saben que está pendiente, pero pasa el tiempo y piensan que al jefe se le habrá olvidado. Así que cierran la boca, no informan y se quedan callados. ¿Les ha pasado esto alguna vez? Sí, pasa en la vida de oficina. Se quedan callados y, como pasa un mes o dos y no les dicen nada, se quedan con una idea equivocada y piensan que ya pasó. Pero tengan por seguro que él se acuerda. El que escucha puede olvidar, pero el que dio la orden se acuerda de lo que pidió en esa situación.
Si alguien es así ante los hombres, es muy fácil que sea igual ante Dios porque así es. Por eso, ¿a qué tipo de persona se elige como discípulo? A alguien que sea realmente honesto y fiel. ¿Acaso Dios usaría como discípulo a alguien que no es fiel ni en las cosas del mundo y piensa que al dueño se le habrá olvidado? Si ante los hombres y en el trabajo actúa de esa manera, ¿cómo será en la iglesia? Si hemos prometido algo ante una autoridad, hay que cumplirlo estrictamente. Todo parte de cómo actuamos ante Dios.
Oremos para poner la palabra de Jesucristo en nuestro interior, ser obedientes, expresar nuestro amor a Dios y pedirle que sea un Dios que viva el “Emanuel” con nosotros.
Padre Dios, nosotros que hemos recibido la gracia de Jesús, a veces tenemos la tendencia de tomar Tu palabra a la ligera. Se ha vuelto un hábito en nuestro corazón recibir la palabra y luego ignorarla. Confesamos que esto es algo que Te hace enfurecer y es un pecado muy grande. Ayúdanos, Padre, a no actuar así, sino a respetar la palabra de Jesús y a entender que es una palabra temible dicha directamente por Ti para no menospreciar ni un solo detalle. Ayúdanos a ser quienes confían plenamente en esa palabra, creen en ella y obedecen, para que seas un Dios que se deleite en estar con nosotros. Oramos en el nombre de Jesús, amén.

