Un nuevo pacto para ser uno
He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová. Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová; porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado. (Jeremías 31:31-34)
Tal como Dios le prometió a Abraham, el pueblo de Israel tenía que obedecer la palabra de Dios y cumplir el pacto que habían hecho con Él. Después de salir de Egipto, sellaron ese pacto en el monte Sinaí, así que tenían la obligación de cumplirlo. No era porque Dios fuera poderoso y les exigiera obediencia a la fuerza, sino porque habían firmado un pacto de manera formal. ¿Y qué decía ese pacto? “Si ustedes guardan mis palabras y permanecen dentro de mi pacto, yo seré su Dios y ustedes serán mi pueblo.” En pocas palabras: tú y yo seremos uno.
Si tuviéramos que expresar esta relación con palabras de este mundo, sería igual que la relación matrimonial. Pero el pueblo de Israel, desde el principio, no paró de traicionar a Dios y de decepcionarlo profundamente. Aun así, Dios los perdonaba una y otra vez por causa de su promesa y de su nombre. No una ni dos veces, sino que solo en el desierto les dijo “ahora me separo de ti” unas diez veces, y sin embargo les daba otra oportunidad. Y eso siguió repitiéndose después.
El libro de los Jueces trata exactamente sobre eso. No obedecían, recibían el castigo, después de ese castigo entraban en razón y vivían un tiempo en paz, luego volvían a desobedecer, recibían otro castigo, volvían a entrar en razón… y así una y otra vez. Qué parecido es eso a nuestras vidas, ¿verdad? Vivimos sin esforzarnos, sin orar, sin depender de Dios, y cuando nos enfermamos clamamos “¡Dios, Dios!” Dependemos un poco en Él, recuperamos la salud, y de nuevo nos descuidamos y nos volvemos perezosos. Luego llega un accidente y ahí sí buscamos a Dios. Mejoramos un poco y dejamos asistir al culto. Le pasa algo a un hijo y volvemos a buscar a Dios. Eso se repite sin parar. El pueblo de Israel hizo lo mismo durante tanto tiempo que finalmente Dios les advirtió sobre su destrucción: “Si siguen así, les va a pasar algo muy grave.” Pero ellos incluso llegaron a matar y a ignorar a los profetas que les advertían, hasta que al final la destrucción llegó sobre ellos.
Fue entonces cuando Dios llegó a la conclusión de que con esta gente era imposible seguir así. Se dio cuenta de que, aunque habían hecho un pacto, con ese pacto no podría lograrse una vida matrimonial como debe ser. Nunca, ni una sola vez, había funcionado bien. “Yo seré su esposo y ellos serán mi esposa, yo seré su rey y ellos serán mi pueblo” — nada de eso se había cumplido como debía. Jamás habían llegado a ser verdaderamente uno.
Sin embargo, cuando Dios confirmó que ellos no podían obedecer y vio cuál era su naturaleza, no dijo: “Se acabó con esta gente, como no para de traicionarme ya no les daré más oportunidades.” Al contrario, pensó: “De esta manera, nunca podremos llegar a ser uno. Entonces tengo que cambiar el pacto.”
¿Y cómo cambió el pacto? El pacto anterior decía: “Si ustedes obedecen, si guardan mis palabras, entonces seremos uno.” Pero ahora Dios dijo: “Tengo que hacer un nuevo pacto con ustedes.” ¿Y qué decía ese nuevo pacto? “No voy a recordar sus pecados ni sus faltas; las voy a borrar como si nunca hubieran existido.” Ya no sería: “Solo estaré con ustedes si no pecan.” Ahora era: “Sé claramente que son pecadores, que no pueden dejar de pecar y que no obedecerán mis palabras, y aun sabiendo todo eso, sin recordarlo, únicamente por misericordia y gracia seremos uno.” Ese fue el pacto que estableció.
¿Y qué se necesitaba para hacer posible ese nuevo pacto? En ese momento la gente todavía no lo entendía. Lo que se necesitaba era la gracia. No bastaba con cumplir el pacto por cuenta propia; la situación ya era tan imposible, hasta el punto en que Dios podría haberlos abandonado, que solo podía lograrse por la gracia. ¿Y cómo se recibe esa gracia? A través de Jesucristo, Dios nos mostró que esa gracia se recibe por la fe.
Hasta ese momento nadie podía saber cómo se recibiría esa gracia. Pero Dios ya lo había declarado: “Ya no lo haré según la ley antigua sino según la ley de la gracia, ahora los perdono todo.” Solo que nadie imaginaba siquiera de qué manera se haría realidad. Pero Dios ya había declarado: “Ustedes ya no tienen esperanza.” Ellos tampoco sabían el por qué no tenían esperanza. Eso también lo reveló Jesús cuando vino: “Ustedes están muertos desde el espíritu. Están corrompidos. Le pertenecen al diablo. Como están bajo el dominio del diablo, actúan siguiendo los deseos de su padre el diablo. Por eso ustedes no tienen esperanza.” Eso fue lo que reveló. “Por eso, si no es por la gracia, de ninguna manera pueden llegar a ser uno conmigo. Por eso ahora voy a establecer una nueva ley de gracia.” Y fue entonces cuando se usó por primera vez la expresión “nuevo pacto” — precisamente aquí, en el libro de Jeremías.
Con la llegada del nuevo pacto, el antiguo pasó a llamarse el antiguo pacto, es decir, el Antiguo Testamento. Por eso a ese lo llamamos Antiguo Testamento y al nuevo pacto lo llamamos Nuevo Testamento. El Antiguo Testamento es el pacto que Dios hizo con el pueblo de Israel cuando salieron de Egipto. En Éxodo 19:5 Dios prometió: “Si escuchan bien mi voz y guardan mi pacto, serán mi especial tesoro sobre todos los pueblos y me serán un reino de sacerdotes.”
Pero, ¿qué hizo el pueblo cuando Dios dijo que ahora ejercería con la ley de la gracia? Precisamente en ese momento entraron en razón: “No, Señor, nosotros sí podemos. Ahora entendemos. Después de sufrir setenta años en tierra de Babilonia entendemos que fue porque no guardamos la Palabra. Ahora sí la vamos a guardar.” Pero Dios respondió: “No. En ustedes no hay amor hacia Mí. Por eso yo no espero nada de ustedes y lo haré con la ley de la gracia.” Y ellos insistían: “No, nosotros sí podemos”, y decían: “Desde ahora guardaremos bien el día de reposo y daremos bien los diezmos.”
En pasado también pasó lo mismo. Dios les dijo: “Vayan y peleen, tomen esa ciudad.” Y ellos, llenos de miedo, se quejaron: “¿Acaso nos llevas a matar?” y no fueron. Dios se airó y dijo: “Ya no iré con ustedes. Se acabó.” Y entonces ellos de inmediato dieron la vuelta. Cuando Dios envió el castigo reconocieron su error y dijeron: “Ahora sí vamos, ya entramos en razón.” Pero Dios fue claro: “No vayan. Yo no iré con ustedes. De nada sirve ir ahora.” Aun así, ellos se empeñaron en ir. Cuando Dios decía “vayan” no iban, y cuando decía “no vayan” se empeñaban en ir. Y al final todos murieron.
Así son las personas: cuando Dios manda hacer algo no lo hacen, y cuando manda no hacerlo lo hacen de todas formas. Cuando Dios pedía que guardaran el pacto no lo guardaban, pero cuando Dios decía que haría un nuevo pacto basado en la gracia, ahí sí salían a decir que ellos podían cumplirlo. Esas personas son exactamente los fariseos.
La ley de la gracia no apareció de repente. Ya había sido anunciada a través de los profetas: “Ahora viene un nuevo pacto.” Pero al ignorarlo e intentar hacerlo con su propia justicia, las personas terminaban de nuevo recibiendo el castigo. Miren lo que Dios eligió en ese momento decisivo: no dijo “tengo que abandonar a esta gente corrompida”, sino que eligió cambiar el propio pacto que Él mismo había establecido para seguir estando con ellos. La palabra que sale de la boca de Dios no cambia, y aun así Dios eligió cambiar el pacto antes que perder a su pueblo.
Miren qué tan firme y apasionado es Dios por estar con nosotros. Luego de creer en Jesús y pensar: “Últimamente no he orado, ¿y si Dios me abandona?” ¿Qué poco conocen a Dios? Luego de pecar y temer: “¿Y si el Espíritu Santo me deja?” ¿Qué poco conocen a Dios? Él es quien eligió derramar hasta la sangre de su propio Hijo para poder estar con nosotros. Eso significa que cualquier debilidad nuestra, cualquier pecado nuestro, Dios puede cargarlo todo, quiere cargarlo, y aun así lo que más desea es ser uno con nosotros. No importa qué tan grande sea el pecado.
Hoy tal vez hemos crecido en la fe y servimos al Señor, pero ¿quién de nosotros fue así desde el primer día que creyó? Cuando recién llegamos a la fe, había gozo y felicidad, pero como los viejos hábitos todavía no habían desaparecido completamente seguíamos cayendo en pecado una y otra vez. En esos momentos el diablo ataca: “¿Cómo alguien como tú puede ser uno con Dios?” Y sin tener ningún valor, algunos dicen “no soy digno” y se alejan de Dios. Quienes dicen “cuando yo sea santo, entonces me acercaré a Dios” no saben en absoluto qué es lo que Dios desea. Es porque no saben hasta dónde llegó Dios para estar con nosotros.
Quienes dudan “¿de verdad Dios me amará?” es porque no conocen la historia de lo que Dios ha hecho. Por no conocer a este Dios que desea amar hasta el final a los pecadores y estar con ellos hasta el final, a causa de su propia debilidad y errores, a pesar de que Dios prometió claramente, a pesar de haber sido bautizados en el nombre de Jesús y haber recibido hasta el Espíritu Santo, con lo que Dios los ha confirmado de manera tan clara, todavía dudan: “¿Acaso Dios me ama?”
Damos muchos testimonios. Pero con solo que pase una semana ya estamos pensando: “¿De verdad Dios está conmigo? ¿Acaso le importo?” El año pasado después del avivamiento dimos testimonio diciendo que Dios estaba con nosotros, y con menos de un año, por haber pasado unas pocas dificultades, ya decimos: “Siento que Dios no escucha mis oraciones y me abandonó.” Qué inconstantes somos y qué poco conocemos a Dios.
Pensemos en como Dios ha llevado todo esto adelante durante miles de años. Para lograr esa unión, a pesar de que era una situación que los seres humanos no podían manejar, cambió hasta el pacto que Él mismo había establecido, se sacrificó de manera completamente unilateral, y ese cambio del pacto no fue de una forma desfavorable para el ser humano ni que le impusiera algo al ser humano, sino que fue Dios diciendo que Él lo asumiría todo completamente.
Y aunque se habla de un cambio de pacto, no se trata simplemente de hacer como si lo pasado no hubiera existido. Dios cargó personalmente y se sacrificó por todo lo que había que cumplir según el antiguo pacto, y a nosotros nos lo entrega gratuitamente. No solo eso, sino que ahora en lugar de grabar la Palabra en tablas de piedra la graba en el corazón, de modo que ya no es necesario que nadie le diga a otro “deberías conocer a Dios”, porque cada uno ha encontrado a Dios personalmente.
Imagínense que la profesora de escuela dominical viniera a contarme cómo es mi propio hijo. Qué cosa tan absurda. ¿Quién va a conocer a mi hijo mejor que yo? Después de haber convivido unos días en el avivamiento decir “ese niño es así” — qué cosa tan absurda. De la misma manera, que alguien le diga a otro “Dios es así” se vuelve en sí mismo algo ridículo, porque cada uno ya lo ha experimentado personalmente y el Espíritu Santo vive dentro de cada uno. Con el Espíritu Santo dentro de uno, tener que escuchar explicaciones sobre el Espíritu Santo, sobre Dios, tener que escuchar que alguien nos diga “tú debes conocer a Dios” — eso en sí mismo se vuelve una situación absurda. Dios está dentro de nosotros, el nombre de Jesús está dentro de nosotros, y aun así vivir como si no estuviera, cuando la evidencia y la confirmación de que Él ciertamente nos ama ya está claramente dentro de nosotros, y que alguien de afuera tenga que decirnos “Dios te ama” — qué situación tan incómoda es esa. Decirle “¡Dios te ama!” a alguien que ya recibió hasta el nombre de Dios es verdaderamente algo sin sentido.
Dios ya prometió a través del profeta Jeremías que con esa certeza sembraría en el corazón el amor hacia Él, sembraría también su Palabra en el corazón, y pondría también su nombre en nosotros para que su voluntad se cumpliera completamente. Para hacer posible todo eso, declaró claramente: “Perdonaré sus pecados” (Jeremías 31:31-33). “Los perdono.” Y ya declaró que esos pecados no los recordará jamás.
Y aun así, hay quienes con sus propias fuerzas luchan por no pecar. Y así terminan bajo maldición. Quien no reconoce la gracia de Dios no está reconociendo el amor de Dios. Quien reconoce el amor de Dios cree en el Dios que perdona los pecados, y aunque a veces ni uno mismo se puede aceptar como es, debe saber que Dios lo recibe y que a pesar de todo desea ser uno con él.
En el momento en que hemos cometido un pecado más grande, cuando sentimos que no podemos ni acercarnos a Dios ni orar, ¿qué debemos hacer? Cuando hemos cometido un pecado tan grave que ni siquiera nos atrevemos a decir “Dios, perdóname”, ¿qué podemos hacer en ese momento? Lo único que podemos hacer en ese momento es aun así acercarnos a Dios. Si llamamos el nombre del Señor y pedimos perdón, Dios ciertamente nos perdonará, nos tomará de la mano y querrá estar con nosotros. Eso es lo que más desea Dios. No desea que el pecador perezca, sino que conozca la verdad, se vuelva y esté con el Señor.
El deseo más grande de nuestro Dios es ser uno con nosotros. Ser uno con los pecadores — este es el asombroso deseo de Dios. Y como esto no viene de nosotros, sino que viene de Dios, verdaderamente podemos estar tranquilos.
Por eso, quien conoce a Dios no puede dudar de Él. No puede decir “¿acaso Dios me amará?” Después de saber esto, ya no surgen dudas sobre el amor de Dios. Ya no tiene ningún sentido luchar desesperadamente para confirmar el amor de Dios. Ahora que ya lo sabemos con certeza, lo que queremos es hacer lo que nos pide Aquel que nos ama. Al hacerlo hay momentos difíciles. Pero en los momentos difíciles ya no nos preocupamos pensando “¿acaso Dios me ama?” Eso ya no es algo que necesitemos preguntarnos. Esas dificultades son las que se encuentran mientras trabajamos para Aquel quien amamos, no son algo que surge porque Dios nos haya abandonado.
Por eso debemos ser personas que estén firmes en el amor de Dios, personas que ya no dudan ni lo más mínimo. Quienes han recibido esta gracia deben vivir así. Oremos para que durante toda nuestra vida podamos permanecer profundamente dentro del amor de Dios.
Padre Dios, nosotros que hemos recibido un amor tan grande, ayúdanos a no ser sacudidos dentro de este amor, y ayúdanos a poder esforzarnos por obedecer tu Palabra verdaderamente desde este fundamento firme. Oramos en el nombre de Jesús, amén.


