Recuerda lo que Él ha hecho

“Mi pueblo fue destruido, porque le faltó conocimiento. Por cuanto desechaste el conocimiento, yo te echaré del sacerdocio; y porque olvidaste la ley de tu Dios, también yo me olvidaré de tus hijos” (Oseas 4:6)

Por medio del profeta Oseas, Dios nos dice por qué el pueblo de Israel estaba siendo destruido. Su pueblo fue destruido porque le faltó conocimiento. ¿Y por qué le faltaba conocimiento? Porque lo había desechado. No es que no lo hubieran tenido desde el principio, sino que Dios se lo había dado y ellos lo despreciaron. No valoraron lo que Dios les había dado. Por eso Dios también les dice: “Yo te echaré del sacerdocio”. Así, el propósito que Dios tenía desde el principio para Su pueblo —que fueran sacerdotes— ya no se podía cumplir. Lo que Dios quería era darles conocimiento y hacerlos sacerdotes. Por medio de ese conocimiento, Dios quería que sirvieran como sacerdotes, como mediadores entre Dios y las personas.

“…y porque olvidaste la ley de tu Dios, también yo me olvidaré de tus hijos” (Oseas 4:6).

Necesitamos que Dios se acuerde de nuestros hijos. Cuando Él se acuerda de ellos, aunque pasen por una crisis, Él puede ayudarlos. Aunque parezca que todo va mal, de alguna manera se abre un camino. A veces vemos a personas que parecen tener mucha más autoridad, honra o posición de la que su propia capacidad, carácter o habilidades harían esperar, y aun así, de alguna manera, les sigue yendo bien. Incluso pueden llegar a ejercer un gran liderazgo.

¿Por qué pasa eso? Con el tiempo, a veces descubrimos que había una razón: tal vez los padres de esa persona sirvieron fielmente a Dios, o su familia ha sido cristiana por cuatro generaciones. El padre de una de mis compañeras de ministerio no era creyente, pero todos sus hijos fueron usados por Dios. Después me enteré de que, en realidad, era una familia cristiana de cuarta generación. Solo el padre no había creído, y al final él también llegó a creer; de todos modos, era una familia cristiana de cuatro generaciones. De esta manera, siempre hay una razón. Cuando yo estaba en el seminario, también había un profesor cuyos hermanos habían llegado a ser pastores, médicos y profesores exitosos. Más tarde supe que no solo sus hermanos, sino también sus parientes y primos, eran médicos y profesores. Pensé: “Ah, con razón”, y cuando le pregunté, efectivamente, su familia era cristiana desde hacía tres o cuatro generaciones. Cuando hay antepasados que guardaron fielmente la Palabra de Dios, Dios se acuerda de sus hijos. Aunque no vea el resultado de inmediato, piense que es parte de un proceso. Dios ciertamente se acordará de ellos. Solo nos parece lo contrario porque nos impacientamos y queremos ver resultados enseguida, pero todo tiene su proceso. Y aunque no lo veamos lo suficiente en esta tierra, recibiremos lo eterno en el cielo. Así que no nos impacientemos; más bien, recordemos y obedezcamos fielmente la Palabra de Dios, y Dios también se acordará de nuestros hijos.

Y esto no solo se aplica a nuestros hijos físicos, sino también a nuestros hijos espirituales. Cuando servimos fielmente conforme a la Palabra de Dios y a Su voluntad, nuestros discípulos llegan a ser nuestros hijos espirituales. A ellos también les va bien, porque Dios se acuerda de ellos. En cambio, los discípulos de quienes desprecian la Palabra de Dios mientras la usan para sus propios fines muchas veces terminan mal. Pero entre los discípulos de quienes de verdad aman y sirven a Dios, siguen surgiendo personas excelentes de generación en generación. Es algo interesante. Cuando empezamos en el ministerio no veíamos estas cosas, pero después de unos veinte años de ministerio he podido ver con qué constancia se cumple esto. Hay una diferencia enorme entre los discípulos de quienes sirven guardando sinceramente la Palabra de Dios y los discípulos de quienes sirven por ambición personal. Aunque reciban el mismo conocimiento, terminan pareciéndose al carácter de sus maestros. Aunque por fuera reciban el mismo conocimiento, la persona entera llega a ser diferente según lo conozca de verdad o no. Por eso, lo importante es esto: lo que nos libra de ser destruidos es conocer de verdad lo que Dios nos ha dado a conocer.

Entonces tenemos que conocer bien a Dios, pero ¿cómo podemos conocerlo? Solo podemos conocerlo si Él se nos muestra. Si Dios no se revela, no tenemos manera de conocerlo, porque Él es invisible. Entonces, ¿cómo se nos revela Dios?

Si Dios hubiera querido revelarse de una manera distinta a la que ha usado hasta ahora, quizá habría sido mejor que el Hijo de Dios viniera ahora, en el siglo XXI. Imagínense que Jesús viniera hoy a la tierra. ¿Haría falta siquiera escribir algo? Bastaría con grabarlo y subir los videos a YouTube. Gente de todo el mundo podría escuchar a Jesús en tiempo real. Podríamos seguirlo con una cámara mientras camina por la orilla del mar de Galilea y escoge a Sus discípulos, y cuando caminara sobre el agua, Pedro podría estar ahí, temblando mientras lo graba y lo sube para que todos lo vean. Si se transmitiera en vivo, todavía más personas podrían verlo.

Pero Dios no lo hizo así. ¿Por qué no? Porque no quería que la gente creyera simplemente por lo que veía con sus ojos. Si pudiéramos verlo, empezaríamos a fijarnos en cosas que en realidad no importan: “¡Qué guapo es!”, “Así que esa es Su cara”, o “Así que así se viste”. Hasta habría gente que llevaría una foto de Jesús en la cartera y pensaría: “Yo conozco a Jesús”, solo por haber visto Su foto. Pero Dios no quiso darse a conocer de esa manera. Él quería dar a conocer lo que había hecho. Él se da a conocer por medio de lo que hace. Por eso, conocer a Dios no significa saber cómo es Su apariencia, sino conocer lo que Él ha hecho.

Cuando hablamos de conocer a Dios, siempre hay dos cosas que considerar: el carácter de Dios y las obras de Dios. La teología también habla de estas dos cosas: Su carácter y Sus obras. Pero ¿cómo conocemos Su carácter? Lo conocemos por medio de Sus obras, por medio de lo que Dios ha hecho. No conocemos Su carácter por Su apariencia ni por la expresión de Su rostro, sino por lo que ha hecho. Llegamos a conocer tanto la voluntad de Dios como Su carácter por medio de Sus obras. Por lo tanto, conocer a Dios es conocerlo a través de lo que Él ha hecho, y el conocimiento que necesitamos tener es el conocimiento de cómo obra Dios.

Entonces, ¿qué registra la Biblia? Registra lo que Dios ha hecho, y por medio de esas obras revela de forma natural qué clase de Dios es Él. Cuando vemos cómo ha obrado, llegamos a conocer Su carácter: “Él es misericordioso”, “Él está lleno de amor”, “Él es estricto”. Por eso necesitamos conocer bien lo que Dios ha hecho, y eso es lo que está escrito en la Biblia.

Y cuando por fin vino Jesús, lo que hizo fue precisamente la obra que Dios estaba haciendo. Los judíos perseguían a Jesús y le reclamaban: “¿Por qué trabajas?”, porque Él continuaba la obra del Padre y trabajaba incluso en el día de reposo. Entonces Jesús les respondió: “Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo” (Juan 5:17). En otras palabras, el Padre había estado trabajando todo este tiempo, y por eso Jesús también trabajaba. Así que, nuestro Dios es un Dios que obra.

Entonces, ¿descansó Dios en el día de reposo? No. Dios no descansó. Siguió trabajando incluso en el día de reposo. Por eso Jesús también trabajó en el día de reposo. Solo hubo un día en toda la historia en que Dios descansó: el día en que Jesús estuvo en la tumba. Claro que, aun entonces, la autoridad de Dios seguía obrando. Pero ese fue el único día en que, justo cuando Dios debía actuar, se quedó de brazos cruzados sin hacer nada. Fuera de ese día, siempre ha estado trabajando. Por eso Jesús dijo: “Mi Padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo”, y Él sigue trabajando todavía hoy.

Cuando decimos: “No le den tregua”, no queremos decir que Dios esté descansando. Queremos decir que Él debe estar obrando junto uno. En otras palabras, tú también debes participar en la obra de Dios. Aunque tú no trabajes, Dios igual hará Su obra; si es necesario, la llevará a cabo por medio de otra persona. Así que, cuando decimos: “No le den tregua”, lo que queremos decir es: “Deja que Él obre contigo”. Decir: “Aunque yo no haga nada, Dios igual hará Su obra” no tiene ningún sentido. ¡Claro que la hará! Lo importante es que Dios obre con nosotros, que lleguemos a ser colaboradores de Dios. Eso es lo que significa no darle tregua.

Dios no se adormece ni duerme, sino que sigue trabajando. El diablo también sigue trabajando sin descanso. Nosotros tomamos días libres porque es día festivo o porque es sábado, pero en realidad, para nosotros no hay días libres. Todos los días son días de trabajo. Si pensamos: “Los sábados yo no trabajo”, y andamos diciendo: “Hoy no trabajo”, en otro sentido terminamos trabajando en el día de reposo. Sin embargo, la razón por la que no es pecado que trabajemos incluso en el día de reposo es que sabemos: “Yo soy alguien que trabaja como sacerdote”. Así que, ya sea día festivo o cualquier otro día, siempre estamos trabajando, porque Dios está trabajando. Dios no tiene días festivos. A Dios no se le aplica ningún horario laboral. Dios sigue trabajando. Por eso debemos trabajar junto con Él.

Lo que Jesús hizo cuando vino a esta tierra fue esto: como Dios estaba trabajando, Él también hizo esa obra. ¿Creen que Jesús dejó de trabajar después de subir al cielo? Él sigue trabajando ahora. Dijo que iba a preparar morada para nosotros, y que cuando todo esté listo, vendrá otra vez. El Señor está trabajando, así que yo también tengo que trabajar. Como soy miembro de Su cuerpo —como Su dedo, Su brazo, un dedo de Su pie o Su oído—, si el Señor está trabajando, yo también tengo que trabajar. Si la cabeza trabaja, pero el resto del cuerpo no, es como un cuerpo que no puede moverse. Entonces el cuerpo empieza a actuar como el diablo. Si todos los demás miembros están trabajando y uno solo se queda colgando sin hacer nada, ese miembro no está funcionando como debe. Por eso tenemos que conocer bien lo que Dios ha hecho.

¿Para qué son las fiestas? Al guardar las fiestas, aunque fuera una sola vez al año, el pueblo debía recordar algo que Dios había hecho. La Pascua era una fiesta para recordar lo que Dios había hecho en el pasado: “Estábamos en Egipto, y Él nos sacó. Eso fue lo que hizo por nosotros en aquel tiempo”. En la fiesta de los panes sin levadura comían pan sin levadura y recordaban: “De verdad pasamos por mucho cuando salimos, y salimos con esa determinación. Vivimos en tiendas en el desierto”. Más adelante se estableció la fiesta de Purim. Ellos recordaban: “Fue cuando Amán casi nos exterminó en Persia. Pero por la gracia de Dios y por medio de la reina Ester, sobrevivimos. Dios le dio la vuelta a todo, y el mismo día en que íbamos a morir, fuimos nosotros los que derrotamos a nuestros enemigos”. Así también nosotros debemos seguir recordando lo que Dios ha hecho.

Pero en lugar de recordar estas cosas, seguimos recordando otras, porque nos pasan muchísimas cosas. “Esa persona me hizo daño aquella vez”. “Ahí fue donde ella y yo nos tomamos un café”. Tenemos tantas cosas que recordar… Recordamos: “Esa persona me traicionó aquella vez”. Pero antes que todo eso, y por encima de todo, lo que siempre debemos recordar es lo que Dios ha hecho. Así que, aunque esos recuerdos sigan en nuestra mente, lo que debe salir una y otra vez de nuestra boca es el testimonio de lo que Dios ha hecho. Cuando nos encontramos con alguien, a veces seguimos recordando y hablando de algo desagradable del pasado, y decimos: “¿Por qué esa persona es así?”. Si habláramos de Jesús aunque fuera con esa misma frecuencia, seríamos testigos extraordinarios. Si cada vez que alguien nos viene a la mente habláramos de lo que Dios ha hecho tanto como hablamos de esa persona, llegaríamos a ser personas verdaderamente extraordinarias.

Si le dan ganas de hablar de lo que alguien hizo, hable intencionalmente, en cambio, de lo que Jesús ha hecho. Puede que la gente le diga: “¿Y quién te preguntó?”. Pero no se preocupe; usted sigua hablando. Al poco tiempo, la gente simplemente pensará: “Ya sabemos cómo es”. Luego, cuando estén pasando por algo difícil, puede que se acerque y le digan: “Cuéntame otra vez esa historia que me contaste. ¿De qué se trataba?”. Por eso necesitamos seguir recordando lo que Jesús ha hecho y estar listos para contárselo a otros. La gente perece porque no tiene esto. En lugar de recordar lo que han hecho las personas, recordemos lo que Dios ha hecho. Necesitamos guardar estas cosas siempre en nuestro corazón.

En el mundo están pasando muchas cosas importantes. Hoy en día parece que la gente habla mucho de política y de economía. Cada vez que abren la boca, dicen cosas como: “¿Por qué está pasando esto?” o “¿Otra vez subieron los precios? ¿Qué está pasando?”. Claro que pueden ser temas de conversación, pero nosotros siempre tenemos cosas mucho más grandes de qué hablar: “¡Increíble! ¡Dios de verdad hizo eso aquella vez!”. Que lo que Dios ha hecho siga saliendo de nuestros labios mientras lo recordamos y hablamos de ello. La gente del mundo habla de lo que pasa en el mundo, pero nosotros somos discípulos de Jesús; por eso, cada vez que abrimos la boca, Jesús debería aparecer de forma natural en nuestra conversación.

Hay algo por lo que me criticaron cuando trabajaba en una empresa y de lo que hoy me siento orgulloso. Uno de mis compañeros de trabajo normalmente no decía nada al respecto, pero un día, tal vez porque estaba molesto, por fin me dijo lo que de verdad había estado pensando todo ese tiempo: “¿No te parece que ya es demasiado? Hablemos de lo que hablemos, siempre terminas hablando de Jesús. Ya cansa”. Le molestaba que, aunque estuviéramos hablando de otra cosa, yo siempre encontraba la manera de sacar el tema de Jesús y terminar la conversación hablando de Él. Me lo dijo por fin cuando estaba enojado. Yo había estado hablando de Jesús durante todo un año y él nunca había dicho nada, así que, cuando por fin me lo dijo, pensé: “Ah, así que eso era lo que sentía”. Tiempo después, cuando ya había dejado la empresa y me había ido a China, volví a Corea por una visita corta y recibí una llamada de ese compañero. Me contó que había llegado a creer en Jesús. Y me dijo que yo había sido la primera persona en quien pensó. Me sentí profundamente agradecido.

Así que oremos para que, cada vez que abramos la boca, hablemos de lo que Jesús ha hecho, y para que, aun cuando nos pase algo que nos desanime, lo primero que venga a nuestra mente sea lo que Jesús ha hecho, de modo que nuestro corazón sea gobernado por lo que Jesús ha hecho.

Predicado por el pastor Ki-Taek Lee el 11 de junio de 2019.