¿De quién dan testimonio las Escrituras?

“Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí; y no queréis venir a mí para que tengáis vida.” (Juan 5:39-40).

Yo comencé mi vida de fe en la Iglesia Sungrak, así que desde el principio pude escuchar la Palabra de la verdad y crecer bien en la fe. Quizás quienes han asistido a otras iglesias no lo sepan, pero ¿saben cuál era la letra original de la alabanza ‘Volvamos al Señor Jesús’? Originalmente decía: ‘Volvamos a Jehová’. ¿No les suena un poco extraño hoy? Claro, la intención es decir que debemos volver a Dios. Pero que nosotros, hoy en día, hablemos de volver a Jehová nos resulta poco familiar.

Incluso en el Antiguo Testamento, hay veces en que la Escritura se refiere a Dios como ‘Dios’ y otras en que lo llama ‘Jehová’. Cuando se usa ‘Jehová’, se refiere a Aquel que se manifestó y se apareció a las personas. En cambio, cuando la Escritura habla del Dios absoluto, simplemente dice ‘Dios’, es decir, Elohim. Por eso, cuando dice: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra”, significa que Elohim creó los cielos y la tierra. Normalmente no dice: “Jehová creó los cielos y la tierra”.

Pero cuando la Escritura dice “Jehová dijo”, es porque Él se apareció ante las personas y les habló. Jehová era el nombre con el que podían identificar a Aquel que se les había aparecido. Era un nombre para identificar a Quien se había manifestado, no un término legal. Sin ese nombre, la gente habría tenido que decir algo tan complicado como: “Ya sabes, Aquel que se apareció a Abraham, a Isaías y a Jacob”. El nombre les daba una forma clara de identificar a Aquel de quien hablaban.

Así que, cuando Moisés oía el nombre Jehová, seguramente pensaba en Aquel que se le había aparecido. Y cuando los israelitas oían Jehová, pensaban en Aquel que se manifestó en el monte Sinaí.

Pero Dios el Padre, en quien creemos hoy, no es Aquel que se les apareció en aquel tiempo. Dios el Padre es quien envió a Jesús. Y Jesús es uno con el Padre e igual a Él, y nuestra fe es que Él se manifestó como hombre. Por eso hoy, Aquel a quien debemos volver es Jesús. No se nos llama a volver a Moisés ni a Elías, sino a Jesús.

Entonces, ¿qué pasa con todas las palabras que se dieron por medio de Jehová en el pasado? Todas ellas hablaban de Jesucristo. “Ellas son las que dan testimonio de mí”. Hemos llegado a conocer este secreto: el secreto de cómo leer las Escrituras. Las palabras dadas por medio de Jehová, así como las Escrituras que después escribieron los hombres inspirados por el Espíritu Santo, todas dan testimonio de Jesús.

Antes, cuando la gente estudiaba las Escrituras, le daba mucha importancia al contexto histórico. Se enfocaban principalmente en las circunstancias que rodeaban un pasaje: “Esto se dijo por tal razón, en tal situación”. Como resultado, la historia detrás de las Escrituras llegó a ser más importante que las Escrituras mismas. Leer la Biblia se convirtió, en gran parte, en un estudio de historia. Este enfoque predominó en la teología a nivel mundial hasta las décadas de 1970 y 1980.

Por ejemplo, al leer los Salmos, a muchos ni siquiera se les ocurre buscar a Jesucristo, de quien habla el Salmo. En cambio, se enfocan solo en preguntas como: “¿Por qué se escribió este Salmo y en qué circunstancias?”. Dicen: “David escribió esto mientras sufría y huía de su propio hijo”, y se concentran por completo en lo que estaba pasando en aquel momento. Entonces el Salmo se reduce a algo que David dijo porque lo perseguían en ese tiempo, y deja de ser la Palabra que nos habla hoy. A lo mucho, terminamos sacando una lección de él.

Pero Jesús no nos dejó ahí. Él nos dio un principio para leer las Escrituras: “Ellas son las que dan testimonio de mí”. Claro, puede que quienes escribieron las Escrituras en el pasado no lo entendieran del todo. Algunos tal vez lo sabían, y otros quizás no tenían idea. Incluso los que sí lo entendían, lo entendían solo en parte. Pero cuando leemos las Escrituras según este principio —“dan testimonio de mí”—, empezamos a ver, por ejemplo, que la Pascua hablaba de Jesús. Si quienes vivieron la Pascua hubieran oído esto después, tal vez se habrían reído y dicho: “Nosotros mismos vivimos eso. ¿Cómo va a tratarse de Jesús, mil quinientos años después?”.

Isaías también dijo: “He aquí que la virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel” (Isaías 7:14). Sin embargo, esas palabras se dijeron en una situación histórica concreta. Había un rey, había una guerra, y la cuestión era si él saldría victorioso en ese conflicto. La señal que se le dio fue esta: “La virgen concebirá, y dará a luz un hijo”. Pero la gente de fuera de la iglesia puede mirar esto y decir: “¿Por qué los cristianos toman algo dicho sobre aquella situación y lo convierten en una profecía sobre Jesús?”. Piensan así porque se quedan enfocados únicamente en la situación histórica de ese instante.

Pero era Dios quien dirigía todas esas circunstancias detrás del escenario. Eso es lo asombroso. Dios no solo usó palabras humanas. Usó los mismos acontecimientos de la historia humana, convirtiendo lo que las personas vivieron realmente en ilustraciones de lo que Él cumpliría más adelante. Cuando nosotros damos una ilustración, normalmente tomamos algo del mundo que nos rodea para explicar un principio. Pero las ilustraciones que Dios usó fueron hechos reales que ocurrieron en la historia. Esos hechos no pudieron haber sido producidos por una sola persona. Surgieron de las acciones combinadas de muchas personas, y, ya fuera que actuaran de buena gana o no, todo estaba en la mano de Dios y se convirtió en profecía. Esto es asombroso. Por medio de esto podemos ver que nuestro Dios es quien gobierna la historia.

Así que, cuando hoy leemos las Escrituras, creemos que toda esa historia, en el fondo, profetizaba acerca de Jesucristo. En lugar de quedarnos enfocados en el pasado, vemos que, a través de esos acontecimientos, las Escrituras señalaban continuamente hacia la venida de Jesucristo y hacia lo que Él haría cuando viniera.

Pero no termina ahí. Si todo terminara solo en Jesucristo, simplemente diríamos: “¡Qué impresionante!”, y ya. Pero hoy nosotros estamos experimentando estas cosas. ¿Por qué las experimentamos? Aquí debemos tener cuidado. Podemos empezar diciendo: “Las Escrituras hablan de Jesús”, pero luego, sin darnos cuenta, terminar diciendo: “Las Escrituras hablan de mí”. El obispo mayor habló de forma bastante directa sobre cómo algunas personas toman versículos como “No temas, gusano de Jacob” y dicen: “¡Esta es la palabra de Dios para mí!”. Usan esos versículos para animarse y consolarse, como si cada palabra de las Escrituras se les hubiera dado directamente a ellos. En otras palabras, toman las Escrituras y las aplican como les da la gana. Pero ese no es el punto. Las Escrituras hablan de Jesucristo.

Entonces, ¿qué tienen que ver las Escrituras con nosotros hoy? Este es el punto clave. ¿En qué nos hemos convertido? Nos hemos hecho uno con Jesucristo. Esto es importante. Sin esto, el Antiguo Testamento en realidad no tendría nada que ver con nosotros. Hablaría solamente de Jesús, no de nosotros. Pero como hemos sido bautizados y nos hemos hecho uno con Jesucristo, todo el Antiguo Testamento ahora es nuestro. Es en Jesucristo que esas palabras se cumplen ahora en nosotros.

Sin entender esto acerca de la bendición prometida a Abraham, la gente no comprendería lo que queremos decir cuando decimos: “Yo soy bendición. Tú eres bendición”. Si dijéramos fuera de la iglesia —o incluso dentro de ella—: “Yo soy bendición”, tal vez nos responderían: “¿Cómo vas a ser tú una bendición? Al que Dios llamó bendición fue a Abraham”.

Pero Dios llamó bendición a Abraham, y en ese mismo sentido nosotros también hemos llegado a ser bendición. Él era bendición, y nosotros también. De hecho, esta promesa se cumplió en Jesús. Como esta palabra se cumplió por medio de Él, Jesús es la bendición. Y como nos hemos hecho uno con Jesús, nosotros también llegamos a ser bendición. Así, todas las palabras de la Escritura llegan a ser nuestras en Jesucristo. Ahora podemos aferrarnos a ellas con valentía.

Algunas personas piensan, equivocadamente, que las palabras del Antiguo Testamento han quedado anuladas. Por otro lado, también pueden recibir el Antiguo Testamento simplemente como un conjunto de enseñanzas éticas y morales. Los coreanos tienen una necesidad especialmente fuerte de verse a sí mismos como buenas personas. Hay un sentido muy fuerte de que uno debe ser buena persona, junto con la suposición de que “por supuesto, yo soy buena persona”. Si los ponen en una situación en la que tienen que admitir que no son buenos, se molestan muchísimo. “¡¿Qué?!”, dicen. A mí eso me parece bastante extraño. ¿Quiere decir que todo este tiempo pensaban que eran buenos? ¿Qué tienen de buenos? Por muy buenos que sean, siguen siendo personas que mataron a Jesús. Ser bueno a los ojos de los demás solo significa ser bueno delante de esas personas. El estándar es Jesucristo. Por muy buena que sea una persona, nadie es bueno delante de Jesucristo. Todos somos personas que mataron a Jesús. Y aun así, ahora la gente intenta actuar como si fuera buena. Por lo que cargan con un peso enorme de tener que ser buenas personas. Es inmenso. Quizás la carga de tener que ser bueno sea incluso mayor que la carga de tener que sobrevivir. Es impresionante. No sé cómo llegó a estar tan arraigado. Como resultado, la gente tiende a recibir la Ley exactamente de esa manera: “Tienes que ser bueno”.

Pero lo que la Ley dice no es simplemente: “Vive siendo una buen persona”. Las religiones del mundo también tienen leyes, y también enfatizan la ética y la moral, pero la Ley no habla solo de ética y moral. Más importante aún, la Ley es el conjunto de cláusulas del pacto sobre cómo Dios cumpliría la bendición que le prometió a Abraham. Esas cláusulas contienen más que ética y moral. Incluyen asuntos relacionados con Dios, e incluso incluyen matar. Hay casos en que una persona debía morir. Hay incluso casos en que una madre tendría que apedrear a su propio hijo. ¿Cómo va a ser eso simplemente llegar a ser bueno? ¿Cómo va a ser eso ética y moral? Como dije antes, todas estas cosas del Antiguo Testamento dan testimonio de Jesucristo. Sin embargo, Dios puso una condición a estos términos del pacto: el hombre tenía que cumplirlos todos para recibir la bendición de Abraham. Pero el hombre no puede cumplir la Ley a la perfección. Desde el principio, Dios lo dispuso así para que el hombre se diera cuenta de sus propias limitaciones. Para quienes reconocen sus limitaciones, confiesan “soy pecador” y se someten a Dios, Dios envió a Jesucristo para cumplir la Ley, y ahora el Espíritu Santo cumple en nosotros lo que la Ley exige. De esta manera, la bendición de Abraham ha venido sobre nosotros.

Como la Ley revela la naturaleza de Dios, nos da una instrucción valiosa y nos enseña a acercarnos a Él. En 2 Timoteo 3:16 hay un versículo que dice: “Toda la Escritura…”. La Escritura a la que se refiere aquí no es el Nuevo Testamento, sino el Antiguo: “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia”. Después de creer en Jesús, esto es lo que necesitamos: enseñanza, que nos redarguyan, que nos corrijan y que nos instruyan en justicia. Cuando los que han sido salvos leen el Antiguo Testamento, pueden recibir instrucción y reprensión. Pueden darse cuenta: “Ah, no debo hacer esto”, ser corregidos y, poco a poco, volverse más justos en su conducta, ajustando cada vez más su vida a la voluntad de Dios. Esto ya no se trata de ser salvos. Ni siquiera quiero describirlo simplemente como ‘ser santificados’. La santificación en sí no es la meta aquí. El punto es llegar a parecernos más a Dios, parecernos más a Él en su carácter.

En los primeros años de mi matrimonio, mi esposa y yo discutíamos mucho. Discutimos con bastante frecuencia durante el primer año, porque había muchísimas cosas que teníamos que decidir juntos. La vida era difícil para ella, y también para mí. Me casé a los veinticinco años, una edad en la que apenas empezaba a entender el mundo y todavía tenía mucho que aprender. Además, tenía que sacar adelante la vida de casado, ganar dinero y cumplir con mi trabajo, así que el estrés era tremendo. Naturalmente, discutíamos a menudo. Pero pasó el tiempo, y ahora casi no discutimos. Con los años aprendimos a evitar lo que provocaba conflictos, porque hemos aprendido el uno del otro y poco a poco nos hemos ido pareciendo más. Antes nuestra forma de pensar era muy distinta, pero ahora es bastante parecida. A veces nos sorprende. Más de una vez hemos visto lo mismo y dicho exactamente lo mismo al mismo tiempo. Como vemos las mismas cosas todos los días, escuchamos la misma Palabra y comemos la misma comida, nuestra forma de pensar se ha ido pareciendo. A veces uno dice exactamente lo que el otro estaba pensando, y nos sorprendemos. Incluso hay veces en que uno está a punto de enviar un mensaje y el otro dice: “¡Justo iba a mandar eso!”. A medida que nos parecemos más, también entendemos mejor lo que piensa el otro.

De la misma manera, después de hacernos uno con Dios, necesitamos aprender cómo piensa Él, a qué le da prioridad, cómo obra y qué le desagrada. El Antiguo Testamento revela todo esto con gran detalle. Pero nada de esto está desligado de Jesús. Si lo leemos aparte de Jesús, no sirve de nada. Los eruditos pueden abordar el texto mediante lo que se llama ‘crítica de las formas’, pero al final eso solo nos lleva de vuelta a las situaciones del pasado. En cambio, cuando recibimos el Antiguo Testamento como la Palabra acerca de Jesucristo, cada acontecimiento se convierte en una palabra que ahora se está cumpliendo en nosotros.

En los últimos años, mientras atravesábamos la división en la iglesia, coincidió que estábamos leyendo pasajes como Reyes y Crónicas, y encajaban exactamente con nuestra situación. Ahí estaban todas las respuestas. Fue asombroso lo claramente que nos mostraban qué hacer en una situación y qué hacer en otra. Si la gente hubiera leído bien esos pasajes, los hubiera entendido y hubiera recibido instrucción de ellos, no habría hecho lo que hizo. Habrían podido cuidar su vida de fe, pero como no habían estudiado bien las Escrituras, se habían olvidado de estas cosas. Ahora, mientras enfatizamos la Ley y el Evangelio, existe el peligro de malinterpretar el Antiguo Testamento y terminar menospreciándolo. No debemos hacer eso.

Jesús también recalcó que no debemos decir que ni siquiera una parte de la Ley puede abrogarse o que ya no hace falta guardarla. El problema es que no debemos acercarnos a la Ley como lo hacían los fariseos y los saduceos, porque ellos también enseñaban la Ley. ¿Cuál era la diferencia entre ellos y Jesús? Ellos enseñaban la Ley sin Jesús. Como resultado, cayeron en la hipocresía y en la tradición humana. Pero si entendemos claramente que la Ley es la Palabra acerca de Jesucristo, podemos llegar a ser como Pablo.

Cuando Pablo predicaba el evangelio, hacía referencia a la Ley en muchas ocasiones. Por ejemplo, cuando se describe a Jesús en sentido figurado, podemos entender esas descripciones conectándolas con el Antiguo Testamento. La expresión “Jesús es el Cordero” está conectado a la Ley. Si no conocemos la Ley, no sabremos lo que significa. Si alguien dice: “Jesús es el Cordero”, podríamos pensar: “¿Un corderito? ¡Qué tierno! Jesús es tierno”. Pero quienes han aprendido la Ley saben lo que significa un cordero. Los corderos se ofrecían en sacrificio, y en la Pascua se mataba un cordero y se derramaba su sangre. En el día de la expiación, el sacerdote ponía las manos sobre el macho cabrío, colocaba sobre él los pecados del pueblo y lo enviaba al desierto. Así que, cuando Juan dijo: “He aquí el Cordero de Dios”, probablemente se refería al cordero del sacrificio del que habla la Ley.

Otras veces decimos: “Jesús es nuestro sacrificio de paz”. Pero ¿cómo podríamos entender lo que significa si no conocemos la Ley? El sacrificio de paz era una ofrenda que se presentaba a Dios y que también se compartía como alimento entre el pueblo. Había una porción que recibía Dios y una porción que comía el pueblo. Normalmente no conocemos los sacrificios con tanto detalle. Puede que no sepamos bien qué era un holocausto o qué era un sacrificio de paz. Cuando los judíos ofrecían un sacrificio de paz, solo ciertas partes, como la grosura y las entrañas, se ofrecían a Dios, mientras que ellos compartían la carne y se alegraban juntos. Así que, cuando decimos: “Jesús es nuestro sacrificio de paz”, es una expresión llena de gozo. Significa que hemos sido reconciliados con Dios y que todos hemos llegado a ser uno. Cuando decimos: “¡Jesús es nuestro sacrificio de paz!”, nos viene a la mente la imagen de quienes han recibido la gracia reunidos y compartiendo una comida. Esto también se conecta con Jesús como sacrificio de paz en la santa cena. Lo partimos y lo comemos, recordando sus palabras: “El que come mi carne…”. Él es el sacrificio de paz. Así, quienes conocen la Ley y quienes no, entienden las Escrituras de manera distinta.

Cuando conocimos Berea, nos impactaron profundamente las palabras de Jesús de que las Escrituras hablan de Él, y se nos abrieron los ojos para ver las Escrituras de una forma totalmente nueva. Si es así, deberíamos ser capaces de leerlas de esa manera. Los muchos tesoros que hay en ellas no carecen de valor. Ahí están todos, con un detalle asombroso.

Cuando a Pablo lo cuestionaron por su ministerio —“¿Por qué recibes sustento? ¿Por qué aceptas dinero?”—, él respondió: “Nunca he recibido sustento. Lo hice todo a mis propias expensas. Y aunque lo hubiera recibido, no habría nada de malo en ello”. Su razón era que el Antiguo Testamento dice: “No pondrás bozal al buey que trilla”. Esto aparece entre los estatutos de la Ley. Podríamos preguntarnos por qué la Ley llegaría al punto de preocuparse incluso por un buey, y pensar que un mandamiento así es innecesario. Pero ¿de quién habla todo esto? Habla de Jesús y de todos los que le pertenecen. Es decir, no debemos ponerles bozal a los que trabajan por el evangelio. Mientras el buey trilla el grano, va comiendo poco a poco. En un lugar como Corea, tal vez la gente golpearía al buey para que no comiera o le pondría un bozal para que no pudiera tomar nada. Pero los judíos no hacían eso. Dejaban que el buey comiera mientras trabajaba. No le escatimaban esa comida. La ley de Dios lo permitía.

Por ejemplo, un pastor asistente puede recibir un salario de la iglesia y, mientras trabaja, recibir también un regalo personal. Esto no es el caso de nuestra iglesia, pero el obispo de otra iglesia podría no gustarle verlo y decir: “¡Ya recibe algo cada mes, y ahora también recibe regalos personales!”, y prohibirle recibirlos. Pero la Escritura dice que no se le impida. De esta manera, estos pasajes ya hablan, uno por uno, incluso de cómo debe administrar la iglesia. Hay muchos ejemplos así.

Por lo tanto, todo lo que aparece en las Escrituras del pasado tiene significado en Jesús. No hay nada que desechar. Hay muchísimo en ellas, y todo eso se refleja en el Nuevo Testamento.

Hemos aprendido sobre la Pascua, la fiesta de los Panes sin Levadura, la fiesta de las Primicias, la fiesta de las Semanas, la fiesta de la Cosecha y la fiesta de los Tabernáculos. Cuando buscamos su significado espiritual, cada una puede relacionarse con Jesucristo. La Pascua representa a Jesús, que fue entregado a la muerte; a Jesús, que derramó su sangre y murió.

Entonces, ¿qué representa la fiesta de los Panes sin Levadura? Jesús nos advirtió que nos guardáramos de la levadura, y dijo que esa levadura era la doctrina de los fariseos y de los saduceos. Lo que ellos enseñaban era la Ley, y aun así Jesús lo llamó la doctrina de ellos. Esto es porque la Ley sin Jesús termina convirtiéndose en una doctrina humana. Por eso Él la quitó. En ese sentido, Él quitó la Ley: no la Ley en sí, sino la Ley enseñada aparte de Él. Por lo tanto, la fiesta de los Panes sin Levadura puede verse como una representación de Jesús, que cumplió la Ley.

Luego viene la fiesta de las Primicias. Representa a Jesús, que se convirtió en las primicias de la resurrección. Después, cincuenta días más tarde, viene la fiesta de las Semanas, también llamada fiesta de la Siega. Esta representa la venida del Espíritu Santo. El Espíritu Santo pudo venir porque Jesús está en el cielo. Jesús prometió: “Cuando yo vaya al cielo, rogaré al Padre, y Él les dará el Espíritu Santo”. Así que esta fiesta representa a Jesús, que ascendió al cielo.

Luego viene la fiesta de la Cosecha. Era la fiesta en la que se recogía la cosecha en los graneros. De la misma manera, Jesús volverá, recogerá la cosecha y reunirá a los que creen en Él donde Él está: en la casa del Padre. Así que la fiesta de la Cosecha habla de Jesucristo, que volverá.

Después viene la fiesta de los Tabernáculos. La fiesta de la Cosecha llegaba después de que los israelitas terminaban de cosechar y guardaban todo en sus graneros, así que tenían comida en abundancia y podían sentirse seguros. Pero justo en ese momento, Dios les mandó vivir en enramadas para que su corazón no se acomodara. Debían recordar cómo había sido su vida antes. Así que hacían tabernáculos con ramas y se quedaban en ellos durante una semana para recordar el pasado. Debían recordar para no volverse orgullosos ni pensar que habían conseguido todo por su propio esfuerzo. Debían recordar lo grande que era la gracia de Dios, y que, aun con toda la ayuda de Dios, nuestra vida en este cuerpo sobre la tierra sigue siendo solo una vida en un tabernáculo temporal. Por eso Pablo dijo que, cuando dejemos este tabernáculo de carne, un día seremos revestidos de una morada celestial. Nuestro tabernáculo de la carne es como una de esas enramadas. El hogar al que realmente pertenecemos no es esta enramada terrenal, sino el cielo. Esto fortalece nuestra esperanza de que un día viviremos allí. Este es el cumplimiento, por medio de Jesús, de lo que Dios prometió: “Yo seré vuestro Dios. Habitaré entre vosotros y seré vuestro Dios para siempre”. Así que la fiesta de los Tabernáculos representa a Jesús, que cumplió la bendición de Abraham, y a Jesús, que es Emanuel, Dios con nosotros para siempre.

Estas seis fiestas fueron profecías. ¿No es asombroso? Las seis anunciaban de antemano lo que Jesucristo vendría a hacer. Si estas palabras se cumplieron exactamente como fueron dadas, ¿cuánto más se cumplirán las palabras que dijo Aquel de quien todas ellas hablaban? Todo lo que Él dijo también se cumplirá. Así que su promesa: “vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis”, se cumplirá. Y cuando llegue ese momento, Él pagará a cada uno conforme a sus obras.

Por eso, lo importante para nosotros es, primero, ver lo que Jesús enfatizó. ¿Enfatizó la calidad o la cantidad? Dios se hace responsable de la calidad. Pero lo que nos pide ahora es cuánto se multiplica: a ciento, a sesenta o a treinta por uno. Él puso mucho énfasis en los números. Ahí está el interés de Dios. Proverbios dice que en la multitud del pueblo está la gloria del rey, y Apocalipsis habla de los ciento cuarenta y cuatro mil de Israel y luego de una gran multitud de entre los gentiles, la cual nadie podía contar. El número es tremendo. Tenemos nombres para cantidades enormes: billones, trillones y muchas unidades más allá. Los nombres siguen subiendo y subiendo. Muchos de esos nombres vinieron de la India. Pero aun con todas esas unidades, la multitud seguiría siendo incontable. Ningún idioma de ninguna nación o pueblo del mundo podría contarlos a todos. Ni siquiera podemos imaginar cuántas personas habrá en el cielo. Si la gente cree en Jesús, probablemente la mayoría estará allí. Pablo también dijo una vez algo así como: “Aunque les hablo de esta manera, se les otorgará amplia y generosa entrada”.

El problema, sin embargo, es que no todos estarán en el mismo nivel. Los que no se acercaron a Jesús llorarán amargamente. ¡Qué triste sería no haber llorado nunca así en esta tierra, solo para llorar de esa manera en el cielo! Al menos para ustedes, que han perseverado hasta el fin y han servido a Dios fielmente sin cambiar, no creo que haya un llanto tan doloroso. Lo que debe preocuparnos es qué tan cerca estaremos del Señor Jesús. Puesto que Él prometió que estas cosas sucederán, sin duda sucederán.

Así como hoy miramos el pasado y decimos: “¡Vaya, de verdad se cumplió todo!”, cuando estemos en el cielo y miremos atrás a lo que el Señor dijo aquí en la tierra, diremos: “Esto es asombroso. Todo se cumplió. Todo sucedió tal como Él lo dijo”. Para aquel día, recibamos buena instrucción de la Palabra del Señor. Oremos para que Él nos llene de inspiración para entender las Escrituras y nos ayude a ponerlas en práctica.

Predicado por el pastor Ki Taek Lee el 10 de junio de 2019.