Servicio del Día del Señor del 15 de febrero del 2026

Pastor Sung Hyun Kim

Cuando creí en Jesús ya aseguré la vida eterna, así que ahora puedo vivir en paz. No tengo la necesidad de obsesionarme con la vida de la iglesia. No hay problema con seguir viviendo como antes lo hacía”. Este pensamiento nace de no diferenciar la redención de Jesucristo y la entrada al reino de los cielos, considerándolos como un solo evento; esto es una simplificación excesiva y forzada. La vida del que ha sido salvo manifiesta la vida de Dios. Los cambios que presenta su vida son como un giro dramático espectacular. Muchos ignoran este punto, pero esto es degradar el juicio final tomándolo como una simple formalidad, como tener un tiquete o pasar lista.

Aquel que ha sido salvo experimenta en ese instante un cambio fundamental en su vida. Su vida cambia hacia un patrón de buenas obras. Hacer buenas obras no se refiere simplemente a compartir con los necesitados, sino a toda obra piadosa y justa según la verdad, guiada por el Espíritu Santo. El interés de las personas del mundo pertenece a esta tierra y sus vidas siguen los principios que el mundo ofrece. Sin embargo, para los creyentes existe una verdad por encima de todo esto, la cual deben obedecer, por lo que sus vidas inevitablemente enfrentan dificultades e incomodidades. Aun así, los creyentes lo consideran digno y lo sostienen con gozo.

Esto es porque existen tres principios en su interior que cuidan la orientación de sus vidas. Primero, buscan la gloria. Los creyentes buscan la gloria de Dios. En el día en el que el Señor sea glorificado, anhelando brillar junto con Él, se preparan para ese día. Segundo, buscan la honra. En lugar de buscar la aceptación del mundo, anhelan el elogio y enaltecimiento de parte de Dios, así que se rebajan humildemente en esta tierra. Tercero, los creyentes buscan lo incorruptible. No buscan la estimación de este mundo que eventualmente desaparecerá, sino que buscan lo que no desaparecerá por la eternidad.

La vida eterna no es simplemente vivir por un largo tiempo —la cantidad de tiempo—, sino que abarca el aspecto de la calidad santa de la vida de Dios que ha entrado en nuestro espíritu. Sin importar cuánto tiempo aguante la respiración, el ser humano eventualmente tendrá que exhalar; de la misma manera, el hecho de que aquel que tiene la vida eterna manifieste las características de Dios es la expresión natural de la vida que está en su interior. Así como confesó el Apóstol Pablo: “Ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí”, la vida que está en nosotros nos incita constantemente a hacer las buenas obras. Sin tales evidencias, soñar únicamente con una dulce vida eterna no es más que una ilusión vana. La verdadera fe revela su realidad a través de las evidencias de su vida.

Para que la vida de Dios en nuestro interior finalmente pueda florecer al encontrarse con una realidad y un lugar específicos, Dios nos otorgará en el futuro el refugio eterno. En el momento en que aceptamos al Señor, la vida de Dios entró en nosotros. Esta vida hace que obedezcamos y realicemos buenas obras. Esto no es un mandamiento que se nos obliga a cumplir, sino que es la naturaleza del que ha sido salvo. En este camino enfrentará todo tipo de sufrimiento, pero el Señor no nos deja solos, sino que nos guía y protege hasta el final. Al final de esta vida, que es moldeada por la vida que Dios ha dado, Él nos otorgará el entorno de la vida eterna perfecta.