Rey de Emanuel
Mi siervo David será rey sobre ellos, y todos ellos tendrán un solo pastor; y andarán en mis preceptos, y mis estatutos guardarán, y los pondrán por obra. Habitarán en la tierra que di a mi siervo Jacob, en la cual habitaron vuestros padres; en ella habitarán ellos, sus hijos y los hijos de sus hijos para siempre; y mi siervo David será príncipe de ellos para siempre. Y haré con ellos pacto de paz, pacto perpetuo será con ellos; y los estableceré y los multiplicaré, y pondré mi santuario entre ellos para siempre. Estará en medio de ellos mi tabernáculo, y seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. Y sabrán las naciones que yo Jehová santifico a Israel, estando mi santuario en medio de ellos para siempre. (Ezequiel 37:24-28)
Dios vio que el pueblo de Israel ya no tenía esperanza y decidió hacer un nuevo pacto con ellos. Les dijo: “Voy a hacer un pacto nuevo con ustedes, diferente al que hice cuando los saqué de Egipto en el Monte Sinaí. Cuando ese día llegue, ustedes me conocerán.” Por medio de los profetas Dios les había dicho: “Ustedes fueron destruidos por falta de conocimiento, así que esfuércense por conocerme.” Pero después añadió: “Cuando llegue ese día y se establezca el nuevo pacto, ustedes me van a conocer y me van a experimentar.” Tanto así que ya no habrá necesidad de decirle al que ha experimentado “conoce a Dios”, porque ya le conoce.
Pero además de eso, ¿qué otra cosa iba a pasar en ese día? Dios les da a conocer algo que nadie se esperaba: les iba a enviar un rey. “David será el rey de ustedes”, dijo Dios. Pero si David ya había muerto, ¿por qué vuelve a aparecer su nombre? Lo que Dios está diciendo es que va a cumplir la promesa que le hizo a David: “El que ocupe tu trono reinará para siempre.” O sea que vendría un rey de la línea de David, y cuando ese rey llegara, todas esas cosas se cumplirían.
Hasta ese momento el pueblo no había esperado a un rey. Pero a través de los profetas, las predicciones sobre ese rey fueron llegando una tras otra. Y así, el pueblo comenzó a anhelar ese día en que Dios estaría con ellos, ese día en que aparecería ese rey, ese día en que vendría el rey David. Porque solo cuando ese rey llegara todo sería restaurado, las promesas de Dios se harían realidad de verdad, y el reino de Dios se establecería para nunca más ser destruido.
Entonces desde ese momento el pueblo empezó a esperar a ese rey. A esperar al rey David. Por eso cuando Jesús llegó, la gente lo buscaba diciendo “¡El que viene en el nombre de David!” y lo llamaban “¡Hijo de David!” La pregunta era si ese Jesús era realmente el Salvador, si era aquel que restauraría a Israel.
Por eso, incluso cuando Jesús resucitó y estaba a punto de subir al cielo, la gente todavía no entendía y le preguntó: “¿Es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?” Seguían pensando en cuándo serían libres de la opresión romana y volverían a vivir bien como nación independiente, igual que en los tiempos del rey David. Pero Jesús les respondió: “Eso no les corresponde saberlo a ustedes. No se preocupen por las cosas de esta tierra, piensen en las cosas del cielo.” Les dijo: “Cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes, recibirán poder y serán mis testigos.” Esto significaba que el reino de Jesucristo, el reino de Dios, iba a llegar. Por eso también dijo: “Si ustedes echan fuera demonios por el Espíritu de Dios, entonces el reino de Dios ya llegó a ustedes.” Y cuando Jesús llegó también anunció: “El reino de los cielos está cerca.” Así como después dijo “busquen primero el reino de Dios y su justicia”, ahora somos llamados a trabajar por ese reino. El reino y el rey no se pueden separar. Por eso Dios nos lleva a anhelar a ese rey que viene.
Entonces, cuando ese rey llegue, ¿qué más será él? Dice: “Todos tendrán un solo pastor.” El rey y el pastor son la misma cosa. Decir que será rey es decir que será pastor. Alguien que guía al pueblo, que lo cuida y lo protege, aunque le cueste la vida. “Y andarán en mis preceptos, y mis estatutos guardarán, y los pondrán por obra. Habitarán en la tierra para siempre; y mi siervo David será príncipe de ellos para siempre.” No son palabras inventadas. Es una profecía real sobre ese rey David que vendría a reinar para siempre. “En ese tiempo haré un nuevo pacto.” Aquí también se habla de ese nuevo pacto, y se llama “pacto de paz.” También dice: “Es un pacto eterno. Lo voy a confirmar, y cuando ese pacto se cumpla, el santuario estará en medio de ellos. Mi morada estará en medio de ellos.”
Lo que Dios le prometió a Abraham fue el Emanuel, es decir, “estaré con ustedes”, que es lo mismo que decir “mi santuario estará en medio de ustedes.” Esto no es algo abstracto como cuando decimos “mi mamá que ya falleció todavía vive en mi corazón.” No es igual. El santuario de Dios estaría realmente en medio de ellos. Dios viviría con ellos de verdad. Así que Emanuel se cumple en la realidad. “Mi santuario estará en medio de ellos para siempre”, dijo Dios. Y todo esto se cumple por medio de Jesucristo.
A pesar de que el ser humano había decepcionado a Dios muchas veces, Dios no les echó la culpa a ellos, sino que decidió enviarle al rey David para hacer un nuevo pacto, un pacto de paz. ¿Por qué? Porque, aunque el ser humano había pecado, también había sido usado y engañado. Sí pecaron, pero también fueron víctimas. Por eso Dios deseaba perdonarlos y darles una nueva oportunidad.
En el Antiguo Testamento no se hablaba abiertamente de la relación entre el ser humano y el diablo, ni de que el diablo los controlaba completamente, pero Dios lo sabía. Por eso no les echó toda la culpa a ellos y decidió salvarlos. Por eso deseaba hacer un nuevo pacto con ellos, y ese pacto solo podía cumplirse cuando viniera el rey David. ¿Y qué vendría a hacer ese rey, ese pastor? A rescatar las ovejas de la boca del lobo, del león, del oso. ¿Y quién es ese lobo? El diablo. Entonces lo que ese pastor, ese rey, vendría a hacer es rescatarnos. Rescatarnos del enemigo. En otras palabras, rescatarnos del diablo. Y después de rescatarnos del diablo, diría: “¡Voy a estar con ustedes! ¡Voy a poner mi morada en medio de ustedes!” Ese es el plan de Dios. Los profetas lo vieron de antemano y lo profetizaron, pero la gente no lo entendía y seguía con el corazón puesto en las cosas de esta tierra. Sin embargo, esta profecía se cumple de manera sorprendente y exacta por medio de Jesucristo. Qué cosa tan maravillosa.
Nosotros somos personas que estábamos oprimidas por el diablo, que fuimos usadas y engañadas. Por eso recibimos esta oportunidad. Pero todo esto hace parte del gran plan de Dios de enviar a su Hijo a esta tierra. Dios tiene toda la capacidad y la sabiduría para usar todas las cosas, tanto las malas como las buenas, para cumplir su plan. Su grandeza es verdaderamente inmensa y profunda. Por eso muchas veces parece que no estuviera haciendo nada. Es porque es demasiado grande.
Es como cuando uno va corriendo de noche y mira la luna. Da la sensación de que la luna lo está siguiendo a uno, como si estuviera de su lado. Pero si uno corre en dirección contraria y mira la luna, también parece que lo sigue. Cada uno cree que la luna lo quiere a él. Cada quien lo interpreta desde su propio punto de vista. Pero la luna siempre está en el mismo lugar. La razón porque que todos les parece que la luna los sigue es porque está muy arriba. De la misma manera, Dios está llevando a cabo su obra.
Cuando caemos en el antropocentrismo y nos enfocamos tanto en que Dios nos ama que todo lo vemos desde nuestro propio punto de vista, parece que Dios solo existe para nosotros. Pero que el hecho de que Dios nos ame hoy de esta manera no es algo normal ni lógico. No tiene sentido. Sin embargo, precisamente porque hace algo que no tiene sentido, eso es gracia. Si tomamos la gracia como algo que merecemos, ya deja de ser gracia. Dios se encuentra en lo más alto. Dios va cumpliendo su obra y puede usar todas las cosas para llevarla a cabo. Pero en medio de todo no olvida al ser humano, sino que nos tiene presentes, y porque fuimos engañados nos da una oportunidad, renueva el pacto y nos da vida. Por eso hay que dar gracias.
Esa grandeza de Dios también se ve en el ministerio pastoral. El pastor tiene que acoger y usar a las personas malas y buenas, a las correctas y a las incorrectas, para que todo resulte en bien. Nosotros pensamos que si alguien es malo y se equivocó ya no tiene arreglo, pero el pastor y Dios tienen que acoger a todos mientras el nombre de Jesús esté en ellos. El pastor también tiene que hacerlo. Tiene que acoger a todos. Si uno va cortando a la gente como quien poda un árbol, solo van a quedar los que le caen bien. Si saca a los que no obedecen y solo se queda con los que obedecen, va a haber buen ambiente, pero siempre será un grupo pequeño. Los que no se sienten a gusto se van y los que no están interesados también. Pero una iglesia grande no funciona así. Lo aguanta todo. Por eso el pastor sufre aún más. Para poder hacer eso hay que tener el carácter para hacerlo. Si el ministerio crece no es tanto por tener buenos métodos pastorales, sino porque en lo más básico el pastor está acogiendo a todos, incluso a los que le dan patadas.
Más allá de los métodos, lo importante es si de verdad uno puede hacer eso. Dios lo hace, y por eso toda la humanidad sigue adelante así. Él deja estar a los que lo insultan y se atreven a hablar mal del cristianismo. Uno pensaría que en ese momento Dios debería mandarles un castigo para que no puedan ni hablar, pero no lo hace, los deja ser. Y todo eso después resulta siendo útil. Dios saca el bien de todo. Dios es verdaderamente generoso, su pensamiento es amplio y profundo, y tiene una visión a largo plazo. Incluso a los que hablan así los considera útiles, desea que crean en Jesús, los espera con paciencia, los acoge, aunque tengan un carácter muy difícil, y sigue adelante.
Por eso nosotros, aunque hayamos sido salvos y aunque Dios nos use, no podemos creernos mejores que nadie. No nos usa porque seamos especiales, simplemente nos está dejando estar. Y el hecho de que nos deje estar no significa que podamos hacer lo que queramos. Pensar “hago esto y no pasa nada, entonces estará bien” es un engaño. Por muy malo que sea el camino, uno puede seguir por él sin que pase nada aparentemente, porque Dios nos deja. Por eso solo podemos darnos cuenta de esto si constantemente vivimos en la Palabra. Eso de “lo hago y no pasa nada” es lo que lleva a la gente a cometer adulterio o a robar. Uno roba y espera que algo cambie de inmediato, pero como “no pasa nada” va creciendo poco a poco. Con el adulterio igual, una vez, dos veces, “no pasa nada” y el asunto se va agrandando. Por eso hay que vivir según la Palabra para que eso no nos pase.
Hay que reconocer que Dios nos ha dado una gracia tan especial, y recordar que cuando nos da esa gracia tiene la expectativa de que “anden en mis preceptos, y mis estatutos guardaren, y los pongan por obra.” Eso es lo que harán los que han recibido la gracia. Por eso, si de verdad hemos recibido gracia, debemos tomar la decisión de obedecer la Palabra del Señor y orar para que Dios nos ayude a ser personas obedientes. Oremos.
Padre nuestro, gracias por darnos gracia a nosotros que estábamos sin esperanza. Gracias porque como no había salida de nuestra parte, tú estableciste un nuevo pacto con nosotros. Gracias porque nos enviaste a Jesucristo, que vino en el nombre del rey David, y porque al final hiciste que tu morada estuviera en nosotros. Padre, todo esto es únicamente por gracia, así que ayúdanos a actuar como personas que han recibido gracia. Señor, porque has tenido tanta paciencia y has esperado en nosotros, hemos recibido gracia. Por eso ayúdanos también a perdonar a los que pecan contra nosotros, ayúdanos a tener paciencia, y obra en nosotros para que podamos acoger a otros. En el nombre de Jesús oramos, amén.

