Servicio del Día del Señor del 11 de enero del 2026
Tú que juzgas a otros
(Romanos 2:1)
Pastor Sung Hyun Kim
“Injusticia, perversidad, avaricia, maldad, homicidios, contiendas… las personas son muy malas. Es lógico que la ira de Dios more en este tipo de personas. ¿Pero Yo? Yo no llego a ese extremo. Ya llevo muchos años en la vida de fe. Esas maldades les pertenecen a los no creyentes, pero pienso que para personas como yo, que asisten a la iglesia, no es un problema al que debamos prestar atención. Estoy completamente de acuerdo con el diagnóstico del apóstol Pablo. Pienso que este tipo de personas merecen ser condenadas. Menos mal que yo soy cristiano. Quienes han recibido la gracia no tienen que preocuparse más por la ira de Dios”. ¿Es esto cierto? ¿Por ser cristianos no tenemos de qué preocuparnos?
En los tiempos en que obraba el apóstol Pablo, los judíos eran quienes tenían tales pensamientos. Ellos creían que, por ser el pueblo escogido por Dios, tenían asegurada la entrada al reino de los cielos. Aseguraban que, por obedecer la Ley de Moisés y guardar las costumbres de los rabinos, alcanzaban la justicia; por lo tanto, Dios los excluiría de Su juicio. Aun cuando sus acciones estuvieran manchadas, creían que Dios los trataría con un criterio diferente al de los gentiles. Desafortunadamente, estas actitudes que mostraron los judíos en aquel entonces son las mismas que demuestran muchos cristianos de hoy.
El apóstol Pablo se dirige a los judíos que, al considerarse a sí mismos justos, juzgaban las acciones de los gentiles diciendo: “Por lo cual eres inexcusable, oh hombre, quienquiera que seas tú que juzgas; pues en lo que juzgas a otro, te condenas a ti mismo; porque tú que juzgas haces lo mismo” (Rom 2:1). El mismo hecho de que los judíos juzguen a los gentiles indica que ellos saben lo que está bien y mal delante de Dios. Así es. Incluso los gentiles, a través de la conciencia, pueden juzgar hasta cierta medida lo que es correcto, pero los judíos, además de esto, han recibido la revelación de Dios. ¿No es lógico, entonces, que los judíos reciban un castigo mucho mayor que los gentiles?
Es igual para nosotros los cristianos. Debemos recordar que, mientras más nos enorgullecemos de tener conocimiento de la verdad, mayor es nuestra responsabilidad. El Señor dijo que el siervo que, conociendo la voluntad de su señor, no se prepara, recibirá muchos azotes (Lc 12:47). Juzgamos a los demás con severidad, pero cuando se trata de nosotros mismos, somos sumamente indulgentes. Vemos la paja en el ojo ajeno y no la viga en el nuestro. De la misma manera, el Señor advierte severamente a quienes subestiman tanto la justicia de Dios como su propio pecado: “Con la medida con que medís, os será medido” (Mt 7:2).
Nadie puede juzgar a los demás, porque todos nosotros somos injustos. A quien pregunta de vuelta: “¿Yo? ¡Si nunca he cometido ninguna injusticia!”, el Señor le responde: “¿Piensas que serás recibido por Dios por no tener ninguna mancha exterior? Ustedes, que piensan que son justos, si sus corazones son malos, ya están pecando”. Lo que necesitamos es el arrepentimiento; y si tenemos un mayor conocimiento sobre Dios, esta necesidad es aún mayor. No menospreciemos la voluntad de Dios. No subestimemos el poder del pecado. No nos pongamos en el lugar de juez de los demás. Seamos conscientes de nuestra realidad, pidamos perdón a Dios durante toda nuestra vida y dependamos del poder del Espíritu Santo para vencer continuamente nuestras debilidades.

