El asombroso mediador de Dios

Todo el pueblo observaba el estruendo y los relámpagos, y el sonido de la bocina, y el monte que humeaba; y viéndolo el pueblo, temblaron, y se pusieron de lejos. Y dijeron a Moisés: Habla tú con nosotros, y nosotros oiremos; pero no hable Dios con nosotros, para que no muramos. Y Moisés respondió al pueblo: No temáis; porque para probaros vino Dios, y para que su temor esté delante de vosotros, para que no pequéis. Entonces el pueblo estuvo a lo lejos, y Moisés se acercó a la oscuridad en la cual estaba Dios. (Éxodo 20:18-21)

Dios llamó a los israelitas para que se acercaran al monte y les dio los mandamientos. “Si quieren estar conmigo, entonces guarden estos mandamientos.” Pero cuando se daban los mandamientos, fue un momento de gran temor. Fue un momento impresionante e imponente. El pueblo vio truenos, relámpagos, el sonido de la bocina y la montaña humeando. Así que, experimentaron cuán grande es Dios con un temor tembloroso.

Y el pueblo solicito a Moisés voluntariamente que Dios no hablara directamente con ellos, sino que hablara con Moisés y ellos escucharían lo que Moisés dijera. Dijeron: “No hable Dios con nosotros, para que no muramos.” Estaban temblando hasta el punto de la muerte. Y, como Dios, en Su santidad, les estaba dando estos mandamientos, ¿cómo responderían? “No tendrás dioses ajenos delante de mí; honra a tu padre y a tu madre; no matarás; no cometerás adulterio…” Cuando el pueblo escuchó estos mandamientos salir de la boca de Dios, ¿qué habrían sentido las personas que escuchaban? Ellos sentían remordimiento por cada uno de ellos. Y no es que lo hayan escuchado de alguien más.

Imaginen que Dios diga cada uno de estos mandamientos Él mismo. Dios dice: “No codiciarás.” Pero todos están codiciando y llenos de codicia. Él dice: “No cometerás adulterio.” ¿Cómo se sentirían las personas adulteras? Todos tiemblan de miedo. Parece como si Dios estuviera observando todo. Entonces, el pueblo no pudo soportarlo más, tomó a Moisés y dijo: “Escucharemos lo que tú digas de ahora en adelante. Así que, por favor, no dejes que Dios hable con nosotros. Escucharemos tus palabras como palabras de Dios.” Le rogaron a Moisés.

Desde ese momento, Dios no habló directamente al pueblo, sino que llamó a Moisés por separado y le habló a él. Y Moisés anotaba todo y se lo leía al pueblo. Al principio, ellos dijeron: “Sí, haremos eso. Todos obedeceremos.” Pero no mucho tiempo después, ellos desobedecieron.

Las personas mismas se dieron cuenta de la necesidad de un mediador entre ellos y Dios. Antes de que Dios siquiera ofreciera darles un mediador, ya sentían la necesidad de uno y lo pidieron. Se dieron cuenta de que no quedarían vivos. Y Dios se complació con ellos. Quería que siempre tuvieran eso en su corazón. Quería que tuvieran temor de Dios.

Si hoy estuviéramos cara a cara con Dios, ninguno de nosotros quedaría con vida. Nuestro Dios nos envió a Jesús para que la voluntad de Dios nos sea transmitida a través de Él, quien conoce todas nuestras debilidades y carencias. Jesús nos entrega la voluntad de Dios exactamente, pero, al mismo tiempo, comprende nuestra situación tan bien porque Él vino en carne. Le cuenta al Padre todas nuestras circunstancias. Le cuenta todas nuestras debilidades y dolores.

En el pasado, Dios designó a un mediador que representaba a Dios y transmitía las cosas de Él. Sin embargo, el Dios con el que esas personas se encontraron en el pasado no era en realidad el propio Dios. Era simplemente un ángel enviado por Dios el que vieron. Si ellos temblaron de terror al encontrarse solo con un ángel enviado por Dios, ¿qué pasaría si viéramos a Dios cara a cara? Es algo que está más allá de lo que el hombre puede imaginar. En el pasado, Dios usó ángeles para representarse a sí mismo, y el pueblo fue representado por Moisés, y los dos se encontraron, y así se estableció la iglesia del Antiguo Testamento.

Por lo tanto, es necesario que hubiera dos representantes: uno que representara al hombre y otro que representara a Dios. Los dos lados se encontraban entonces como si fuera una negociación. En el Nuevo Testamento, sin embargo, no hay dos mediadores. Solo hay uno. ¿Quién representa a Dios? Jesús. El Hijo de Dios, Jesús. ¿Y del lado del hombre? Es Jesús. Jesús, el Hijo del Hombre, es el mediador de todos. Jesús intercede por el hombre y también transmite la palabra de Dios al hombre. Él está en medio del hombre y de Dios. De hecho, la persona en el medio tiene el trabajo más difícil. El que está arriba le dice: “¡Diles que hagan esto!” pero las personas abajo dicen que no pueden. ¿Quién está en problemas en esa situación? El jefe dice que se haga algo. El gerente en el medio transmite ese mensaje a los demás. Pero las personas no escuchan y responden con excusas. Y si el gerente transmite eso al jefe, ¿qué pasa? El jefe se molesta. Y el gerente se mete en problemas.

Así que es Jesús, quien está en el medio, quien tuvo que soportar todo el sufrimiento. Él mismo llevó la cruz y soportó todo castigo, pero a nosotros nos dio solo la gracia. Y por eso, Él quiere que aquellos que la recibieron reconozcan y tengan un corazón de gratitud. A quienes tienen ese corazón, Él les envía al Espíritu Santo para que tengan el poder para hacerlo.

Lo que es importante ahora en Jesús no es si tiene o no el poder para hacerlo. En cambio, ¿tiene el corazón dispuesto para hacerlo? Si tiene el corazón, Él te dará el poder. Así que, tomen una decisión. En los tiempos del Antiguo Testamento, si no tenían ese poder, morían. Si no tenían el poder para obedecer, significaba muerte. Así que era muerte para todos. Pero en el Nuevo Testamento, Él no busca el poder, sino su corazón dispuesto a obedecer.

No importa cuán débil sea una persona y aunque siempre esté pecando, si tiene el corazón dispuesto a obedecer a pesar de sus debilidades y errores, vivirá. Sin embargo, si una persona ni siquiera lo intenta porque piensa que de todas maneras no puede hacerlo y busca excusas para justificar sus iniquidades, no hay esperanza. Esa es la diferencia entre la persona que se arrepiente y la persona que no lo hace. La persona que se arrepiente es la misma en el sentido de que aún peca todos los días. Supongamos que hay dos personas que pecan al mismo tiempo. Pero una de ellas se da cuenta de que es un pecador y se arrepiente después de pecar, buscando una segunda oportunidad. Sin embargo, la otra persona que peca solo busca excusas de por qué fue llevado a pecar e intenta justificar sus pecados. Él está haciendo lo que hace el diablo. Hay una gran diferencia, ¿verdad?

Lo pensamos tan a la ligera, ¿no? Debido a que nuestro mediador es Jesús, lo tomamos tan a la ligera. Pero debemos darnos cuenta de que la gloria de Dios está en Él. Entonces, nos presentamos ante Él y lo vemos. ¿Realmente vemos la gloria de Dios, a quien el pueblo de Israel temía tanto y no se atrevía a enfrentarse? Necesitamos darnos cuenta de que Aquel que se acercó a nosotros es, en realidad, el Dios temible. Sin embargo, solo porque Él sea quien temamos, eso no significa que debamos distanciarnos de Él. Como Él cargó con todo por nosotros, debemos acercarnos a Él, no con miedo, sino con amor por Él. Debemos entrar ante Él y recibir el amor de Dios.

Por lo tanto, antes de recibir la gracia, necesitamos darnos cuenta primero de lo grande y temible es Dios, para no actuar de manera imprudente. Del mismo modo, no debemos tratar a Jesús como el mediador que representa a Dios de manera imprudente. Demos gracias porque nuestras almas han llegado a conocer lo grande y temible que es nuestro Dios, y por cómo nos ha sido dada la gracia de acercarnos a Él y conocerlo. Oremos para que se nos dé un corazón más reverente delante de Dios.

Padre Dios, gracias por permitirnos recibir en nuestros corazones al gran y temible Dios que eres. Compartir Tu nombre y Tu espíritu. Ya que Tú nos has dado tan grande gracia y nos has encomendado Tu obra, ayúdanos a saber lo grande que es la obra que estamos haciendo, lo grande que es el nombre de Jesús y por qué los demonios no pueden hacer más que huir ante nosotros. Llena nuestros corazones de gozo. Además, ayúdanos en el cumplimiento de esta obra, para dar todo nuestro corazón y mejor esfuerzo. Hemos orado en el nombre de Jesús. Amén.