Servicio del Día del Señor del 28 de diciembre del 2025
Los entregó a pasiones vergonzosas
(Romanos 1:26-27)
Pastor Sung Hyun Kim
“¿Cómo puede decir algo así en tiempos como los de hoy? No es que estén perjudicando a los demás; si dos personas se aman, ya sean homosexuales o heterosexuales, debemos respetarlas. Cambiar a la fuerza la inclinación que uno tiene desde el nacimiento, ¿no es maltrato?” Con frecuencia escuchamos este contraargumento. Esto se está convirtiendo en el sentimiento generalizado de la sociedad moderna. Desde una perspectiva humana, este argumento suena bastante razonable. Sin embargo, el cristiano debe pensar primero en la voluntad del Creador antes que en la corriente del mundo. El hecho de que Dios prohíba algo en particular tiene su razón, porque la verdadera felicidad solo puede disfrutarse dentro del orden de la creación.
Romanos revela cómo avanza la corrupción del ser humano. La caída espiritual y la caída moral van a la par, como las dos caras de una moneda. La caída espiritual ciertamente conlleva la caída en la conducta. Cuando el ser humano sirve a la creación en lugar de a Dios y persiste obstinadamente en rechazarlo, Dios dice: “Haz lo que quieras” y lo entrega a ‘pasiones vergonzosas’. La razón por la cual Dios castiga a una persona no es simplemente por una acción en específico, sino porque, en esencia, esa persona ha destruido el orden de la creación e introduce la inmoralidad en el mundo creado. Como resultado, no solo se destruye a sí misma, sino que también esparce la chispa de la perdición a otros.
Entonces, ¿por qué la Biblia toma como ejemplo la homosexualidad? Esto es para mostrar el nivel más extremo de la corrupción. La Biblia define esto como ‘la acción de cambiar el orden natural por el orden contra la naturaleza’. Al abandonar al Creador, terminan destruyendo el orden que Él ha establecido. Observemos a los hombres de Sodoma. Intentaron pecar contra los invitados en la casa de Lot y, aun después de recibir el juicio de la ceguera, como zombis buscaron la puerta hasta quedar exhaustos. Esta es precisamente la razón por la cual la Biblia describe esta condición como “se encendieron”. Una lujuria desenfrenada, que paraliza la razón y destruye el espíritu, los dominaba. El mundo lo disfraza bajo el nombre de “amor”, pero no es más que perseguir el placer como un tren desbocado que se dirige de frente a la destrucción.
Sin embargo, este no es el punto esencial. La Biblia no dice que únicamente la homosexualidad sea el problema. Los adúlteros, los borrachos, los maldicientes, los estafadores y los que causan contiendas no heredarán el reino de Dios. Aquellos que, aun habiendo recibido gracia, provocan divisiones para destruir la iglesia, los mentirosos y perjuros que incitan a otros, y los que distorsionan la verdad, afligen a la iglesia de manera aún más grave que la homosexualidad. No existe una jerarquía que establezca que cierto pecado sea malo y otro sea aceptable. Juzgar la homosexualidad y actuar como si uno mismo estuviera limpio es hipocresía. Si no hay arrepentimiento, todos recibirán el mismo juicio.
Por lo tanto, nuestra esperanza es esta: “Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios” (1 Cor 6:11). También los homosexuales pueden ser perdonados, si se arrepienten. Así como un estafador no nace siendo estafador, el pecado no es un destino innato. Si descubrimos que estamos yendo en contra de la verdad de Dios, sin importar de qué tipo de pecado se trate, no debemos buscar excusas para tranquilizar nuestra conciencia, sino acercarnos humildemente a la cruz. Dios desea ardientemente que no perezcamos, sino que vivamos como un pueblo santo dentro de la verdad.

