Servicio del Día del Señor del 18 de enero del 2026
Tú no escaparás del juicio de Dios
(Romanos 2:2-3)
Pastor Sung Hyun Kim
“Nadie lo sabrá. Este mundo es más frágil de lo que parece y está lleno de grietas. Basta con evitar astutamente la red de la ley y engañar perfectamente los ojos de la gente. A veces, solo hace falta ser el primero en reprender con frialdad la inmoralidad ajena; así, las personas se engañan creyendo que uno está del lado de la justicia. Al fin y al cabo, en esta tierra la verdad no es tan importante. Un pecado que nunca se descubre, no es pecado. ¿Dios? Bueno, viendo que no me pasa nada ahora mismo, ¿no será que Él también decide ignorar mis asuntos ocultos?”
A menudo vivimos en la ilusión fatal del “alivio que da el ocultamiento”. Al acostumbrarnos a que el juicio no caiga de inmediato, nos convencemos de que nuestras maldades quedarán enterradas para siempre en el tiempo. Usamos un microscopio para examinar las faltas ajenas, pero olvidamos cobardemente nuestra propia malicia interna; la astucia del ser humano, que por fuera finge piedad y por dentro se entrega al pecado, es verdaderamente profunda. Malinterpretamos la paciencia de Dios como una indulgencia a la que tenemos derecho, y no dejamos de hacer cálculos peligrosos, engañándonos con el optimismo de que, al final, todo saldrá bien.
El apóstol Pablo destruye de un solo golpe, con la severa Palabra de Dios, esta calculadora superficial del ser humano: “¿Y piensas esto, oh hombre, tú que juzgas a los que tal hacen, y haces lo mismo, que tú escaparás del juicio de Dios?”. Esta gélida pregunta no es una exhortación moral; es una declaración que atraviesa toda hipocresía y penetra hasta lo más profundo del alma. Mientras que en los tribunales humanos la sentencia fluctúa según las pruebas y los argumentos, el tribunal del cielo usa una sola balanza: la “verdad”. Allí no existen puntos ciegos espirituales, ni acuerdos excepcionales, ni concesiones.
El juicio de Dios se ejecuta teniendo la verdad como único estándar. Dios confronta la realidad de todo lo que hemos hecho y cada rincón de oscuridad que nosotros mismos preferimos ignorar. Cuando la vara estricta con la que juzgábamos a otros se convierta en nuestra propia sentencia, finalmente comprenderemos que quienes se creen justos para juzgar a los demás no solo serán juzgados por sus maldades, sino que recibirán un juicio mayor por su hipocresía. No debemos olvidar que el largo silencio de Dios no fue indiferencia ni impotencia, sino una espera benigna para guiarnos al arrepentimiento.
Es hora de quitarnos la máscara de la hipocresía y presentarnos ante Dios con honestidad, como seres individuales al desnudo. Ni el orgullo moral ni un brillante historial religioso nos permitirán escapar de la red de justicia justo. El único camino a la vida es correr hacia los brazos de la cruz de Jesucristo, quien bebió la copa del juicio y recibió el castigo en nuestro lugar. Al exponernos con transparencia ante la sinceridad de Dios y mediante un arrepentimiento sincero que limpia el interior bajo la luz del Espíritu Santo, hallamos la única esperanza que nos rescata del tribunal para llevarnos a la vida eterna. Seamos santos que dependen verdaderamente del Señor, lo aman y lo alaban solo a Él.

