Servicio del Día del Señor del 21 de diciembre del 2025
Abandono divino (reprobación)
(Romanos 1:24-25)
Pastor Sung Hyun Kim
“¿Acaso Dios no es amor? Entonces, seguramente nos perdonará todo. Yo creo que Dios me sostendrá hasta el final, sin importar cómo vida.” Muchos piensan de esta manera. Consideran que Dios nos ayudará de forma incondicional, más allá de nuestra voluntad. Sin embargo, la Biblia dice algo diferente, “Por lo cual también Dios los entregó a la inmundicia, en las concupiscencias de sus corazones.” A la persona que, aun cometiendo el mal, no reconoce su error y persiste obstinadamente en ese camino, Dios no la acepta de manera ilimitada. La forma en que no la acepta es paradójica. Dios acepta las exigencias de quien lo rechaza y lo entrega para que quede bajo el poder del pecado.
La expresión ‘los entrega’ es muy extrema y contundente. En la Biblia, esta palabra se usa cuando alguien es entregado al juicio o arrojado a las prisiones oscuras. Cuando Dios retira de una persona la mano con la que la protegía y cuidaba, y se aparta de ella, esa persona peca sin freno y, como resultado, avanza rápidamente hacia la condición en la que debe enfrentar el juicio. Por ejemplo, quien continúa en los pensamientos malos llega a un punto en que ya no puede detenerse; quien repite actos de engaño termina perdiendo toda capacidad de dominio propio. Sin embargo, como el castigo no llega de inmediato, piensa equivocadamente: “Parece que no pasa nada”. En realidad, esto mismo ya es el castigo terrible, aunque la persona no lo perciba.
El problema está en el corazón. El corazón se deja llevar fácilmente por los deseos de la carne. Sin embargo, nosotros debemos gobernarlo. Cuando no lo hacemos y permitimos que las concupiscencias del corazón se expresen en el exterior, el resultado es la inmundicia. Lamentablemente, en muchos casos rechazamos la justicia de Dios y seguimos la voz de nuestro propio corazón. Eso es pecado. El pecado ataca la dignidad del ser humano. Dios creó al hombre a su imagen con la expectativa de que preserve la dignidad que le corresponde. Sin embargo, el ser humano no se aflige por estar corrompiéndose. No es afligido por el pecado en sí, sino que solo se preocupa por el daño que vendrá a causa de él.
“Ya que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador.” Una característica del humanismo secular moderno es aceptar sin límites los deseos humanos. Esta ideología ocupa rápidamente el lugar donde debería estar la ley de Dios. Las personas afirman que es necesario respetar el valor del ser humano, pero al enfatizar los derechos humanos terminan normalizando la injusticia, la inmoralidad y la impiedad. Aunque dicen actuar por la dignidad humana, en realidad, al rechazar la verdad de Dios que protege esa dignidad, terminan dañando la verdadera naturaleza del hombre.
En la mayoría de los casos, cuando Dios entrega a las personas a su pecado, no lo hace con la intención de abandonarlas eternamente. Dios desea que, incluso por medio de esto, se arrepientan. El ser humano ha venido a este mundo para arrepentirse; quizá esta sea su última oportunidad. Aquellos que rechazan el arrepentimiento hasta el final, Dios los entrega para que tomen su decisión definitiva: escoger a Dios o escoger el infierno. “El cual es bendito por los siglos. ¡Amén!” Todavía existe la oportunidad de volver. En lugar de seguir las concupiscencias del corazón, sigamos la verdad de Dios. Recordemos Su gracia y avancemos por el camino al que Él nos guía.

